Vestido Blanco

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Summary

El día de su boda, él entró a la habitación de la novia minutos antes de la ceremonia. No llevaba el traje completo. Y tampoco llevaba intención de quedarse.

Genre
Young Adult
Author
Halll
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1



Todo estaba listo para empezar.

Excepto nosotros.

El vestido todavía no estaba cerrado y la habitación estaba llena de movimiento. No era caos, pero tampoco calma. Era ese punto intermedio donde todo parece estar bajo control, aunque nadie lo esté realmente. Las cortinas dejaban pasar una luz suave que hacía que todo se viera más blanco de lo normal, más limpio, más definitivo.

Frente al espejo, apenas me reconocía. No porque me viera distinta, sino porque parecía demasiado segura para alguien que estaba a punto de dar el paso más grande de su vida. Mis manos estaban frías. Las apreté una contra la otra, tratando de no pensar en nada más que en respirar.

—Quédate quieta —dijo una de mis amigas, Celine, desde atrás, ajustando la tela del vestido con cuidado—. Ya casi terminamos.

Mi otra amiga, Anabelle, junto con una de las asistentes de la organizadora, iban y venían por la habitación. Una revisaba que todo estuviera en su lugar, como si el orden pudiera garantizar que nada saliera mal. La otra hablaba sin parar, llenando los silencios que yo no sabía cómo ocupar.

Yo asentía a todo sin escuchar demasiado.

Estaba nerviosa. No de ese nerviosismo bonito que te dicen que es normal antes de una boda, sino uno distinto, más profundo, que se sentía como una pregunta sin respuesta instalada en el pecho. Me repetía que era normal, que todas se sienten así, que era solo el peso del momento.

Miré el espejo otra vez, la maquilladora me había retocado varias veces de tanto que sudaba. Pensé en él. En lo que estaría haciendo. En si también estaría nervioso, si tendría las manos frías como yo, si estaría contando los minutos igual que yo los estaba contando sin darme cuenta.

Alguien tocó la puerta. Todas resoplamos al mismo tiempo. Mi mamá venía a cada rato, más nerviosa que yo, como si fuera ella la que estuviera a punto de casarse. Siempre entraba con alguna excusa distinta y siempre salía igual: mirándome demasiado tiempo y dejando que se le escaparan un par de lágrimas antes de cerrar la puerta.

—Debe ser otra vez tu mamá —dijo la asistente de la organizadora, con una media sonrisa—. Le quedan cinco visitas más antes de que empieces a caminar.

Mis amigas soltaron una risa suave mientras acomodaba algo sobre la mesa.

Yo sonreí apenas. No me molestaba. Me tranquilizaba pensar que todo seguía su curso normal, que nada se estaba saliendo del plan.

—Pasa —dije.

Quien entró no fue mamá.

Todas contuvimos la respiración cuando lo vimos.

No llevaba el traje completo. Solo la camisa blanca, mal abotonada, y la corbata colgándole del cuello como si se la hubiera puesto y quitado varias veces sin decidirse. Tenía el cabello ligeramente desordenado y el rostro pálido, demasiado serio para alguien que estaba a minutos de casarse.

Por un segundo nadie se movió. Nadie habló. El cuarto, que hasta hace unos segundos estaba lleno de ruido y pasos, se volvió demasiado pequeño.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó Anabelle, rompiendo el silencio antes que yo pudiera hacerlo.

Él no respondió. Sus ojos estaban fijos en mí, pero no me miraban de verdad. Era como si estuviera buscando valor en algún punto detrás de mi reflejo.

Celine dio un paso al frente, instintivamente, como si quisiera interponerse entre nosotros.

—No puedes estar aquí —dijo, más firme de lo que yo me sentía—. Aún no es el momento.

Las asistentes no dijeron nada, parecían sorprendidas.

Yo seguía sin moverme. Sentía el corazón golpeándome tan fuerte que me costaba respirar, pero aun así pensé que tal vez era una sorpresa. Tal vez había venido a decirme algo bonito, algo que se supone que solo se dicen antes de caminar hacia el altar.

—¿Pasa algo? —logré decir al fin, con una voz que no parecía la mía.

Él tragó saliva. Sus manos temblaron apenas, lo suficiente como para que yo lo notara.

—No puedo hacerlo —dijo.

La frase no sonó fuerte. No fue un golpe seco. Fue peor: fue suave, casi cuidadosa, como si hubiera intentado no lastimarme. Y aun así, algo dentro de mí se rompió con un ruido que solo yo escuché.

—¿Cómo que no puedes? —preguntó Anabelle, incrédula. En otro momento me habría avergonzado tener testigos. Pero ahí, con las piernas temblándome dentro del vestido, agradecí no estar sola.

Yo no dije nada. No porque no quisiera, sino porque el cuerpo no me respondió. Sentí un calor extraño subir desde el pecho hasta la cara, y al mismo tiempo un frío instalándose en las manos. El vestido, que minutos antes me parecía ligero, empezó a pesarme demasiado.

Él respiró hondo, como si ensayara cada palabra antes de soltarla.

—No es justo —dijo al fin—. No sería justo para ti.

Ahí fue cuando lo miré de verdad. No al hombre que se suponía que iba a esperarme al final del pasillo, sino a este otro, el que estaba frente a mí ahora, con los hombros caídos y la mirada llena de algo que no supe identificar. ¿Culpa? ¿Miedo? ¿Alivio?

—¿Justo? —repetí—. ¿Eso es todo lo que tienes para decirme?

Celine se acercó un poco más a mí. Sentí su mano en mi espalda, firme, sosteniéndome cuando ni siquiera sabía si estaba de pie por mis propias fuerzas.

—Esto no se hace así —dijo ella, con la voz baja pero tensa.

Las asistentes intercambiaron miradas rápidas. Una de ellas dio un paso hacia la puerta, como si estuviera considerando salir, pero se detuvo. Nadie parecía saber cuál era el protocolo para un momento como este.

—Mírame —le dije de nuevo, casi en un susurro.

Esta vez sí lo hizo.

—Necesito saber...necesito saber...

Sus labios se entreabrieron, pero no salió nada. Negó con la cabeza, despacio.

—No sé explicarlo —dijo—. Solo sé que no puedo pararme frente a todos y prometer algo que… —se calló.

Esperé.

Esperé a que dijera no te amo.

Esperé a que dijera hay alguien más.

Esperé a que dijera cualquier cosa que me diera algo a lo que aferrarme.

No dijo nada.

El silencio se estiró entre nosotros, incómodo, pesado.

—Entonces dime —dije, sintiendo cómo la voz empezaba a quebrarse—, ¿en qué momento dejé de ser suficientes?

Él bajó la mirada.

Y por primera vez desde que había entrado a la habitación, entendí que esto no era un error de último minuto. No estaba nervioso. No estaba dudando.

Ya había tomado la decisión antes de cruzar esa puerta.

Sentí algo romperse dentro de mí, silencioso y definitivo.

Mis amigas seguían ahí, diciendo cosas que apenas lograba escuchar. Alguien cerró la puerta. Alguien más preguntó si necesitaba agua. Pero todo empezó a sonar lejano, como si estuviera hundiéndome bajo el agua y el resto del mundo se hubiera quedado arriba.

Lo único que podía mirar era a él.

Al hombre que unas horas antes todavía llamaba “el amor de mi vida”.

Y lo peor no era que estuviera dejándome.

Lo peor era darme cuenta de que yo no tenía idea de cuándo empezó a irse.