La Causa by boyd_baten at Inkitt
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La Causa

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Summary

Will acepta un último encargo que no debería aceptar. Reed lo acompaña por lealtad, no por convicción. Y Huraño guía el camino hacia la oscuridad con un objetivo que se niega a explicar. Todo mientras Laea se ve envuelta en una guerra desesperada por salvar su hogar, Beckett navega entre la traicionera política del reino y una fuerza invisible amenaza con borrar a toda esta humanidad.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Will (I)

Will despertó cuando los primeros rayos de luz se filtraron por la ventana. Se desperezó y se levantó de la cama, asegurándose de que el primer pie en tocar el suelo fuera el derecho. No quería tentar a la suerte.

Se estiró disfrutando de la sensación y notó otra vez la molestia en su hombro izquierdo. Se lo masajeó y pensó de nuevo en el golpe que se llevó un par de días atrás en el entrenamiento. Aunque pudo parar el golpe con el escudo, Klaus le había dado tan fuerte con la espada de práctica que le había entumecido el brazo y dislocado el hombro.

Menos mal que Martha le cuidaba. Le había preparado uno de sus ungüentos a base de hierbas y le había colocado de nuevo el hombro en su lugar. Y sobre todo le había sonreído. Y con qué sonrisa. Él mismo sonrió tontamente al recordarla. Se regañó al soñar despierto, así que empezó con la rutina matutina: se vistió con su pantalón y camisa de lino, salió al pozo del patio y se lavó la cara. Volvió a casa, se colocó el cinto, puso las botas y por último cogió el macuto que preparó el día anterior. No lo revisó porque sabía que tendría todo lo necesario para el día de hoy y se dirigió al pueblo pensando en la inminente cerveza de cebada que desayunaría.

Mientras caminaba con el macuto a la espalda pasó por la zona de entrenamiento. Suspiró aliviado al no ver a Klaus, pero el campo de prácticas no estaba vacío. Reconoció a Laea, su manera de blandir la espada corta era bastante única. A diferencia de Klaus, ella manejaba la espada con gracilidad y prefería hacer cortes rápidos y superficiales a aprovechar todo el peso del cuerpo a la hora de golpear.

No quiso perder mucho tiempo, le esperaba su maravilloso desayuno. Y Martha. Se dirigió a la armería a recoger lo que había ido a buscar, pero no consiguió localizarlo.

Frustrado, suspiró y llamó a Laea:

— ¡Laea! — gritó.

Laea siguió con su serie de ejercicios hasta que acabó y se giró hacia él. Vino caminando lentamente, casi como si lo hiciera a propósito y no le apeteciera hablar con Will.

— Hola, Will — Le saludó sin ganas, casi con desilusión.

Hubo un tiempo en que sospechaba que Laea no le tenía mucho aprecio, pero pudo confirmarlo hace poco. Y el no saber por qué le causaba confusión, pero no había ido a intentar mejorar su relación con ella.

— Klaus me pidió que llevara las espadas melladas al herrero antes de desayunar. ¿Sabes dónde están?

— Sí, las he estado usando para practicar.

— ¿Espadas con filo? ¿Por qué? Como se entere Klaus... Sabes que solo podemos usar las espadas de prácticas.

— Las espadas de madera son más ligeras que las de acero. — Laea cruzó sus brazos e hizo un gesto de hastío, como si estuviera explicándole algo obvio a un niño particularmente espeso. Espeso no, tonto. — El día que luche será con una espada de verdad y no con una de práctica, quiero estar acostumbrada a su peso. Además, si están melladas, nadie se dará cuenta si las estropeo aún más.

Will arqueó una ceja. Tenía razón. Aun así, se la estaba jugando al hacerlo.

— No dirás nada, ¿verdad? — dijo Laea mientras achicaba sus ojos de manera amenazante.

— Ya veremos, no te prometo nada — contestó Will mientras accedía al campo de prácticas a recoger las espadas. Eran tres espadas cortas, cada una más mellada que la anterior. Les hacía falta una buena puesta a punto.

Laea, que le había acompañado a recogerlas, le puso la mano en el hombro derecho y se lo apretó con fuerza mientras le regalaba una sonrisa forzada muy inquietante.

— Recuerda Will, todo lo que se hizo está olvidado, pero es muy fácil hacer que las cosas se recuerden.

Will la miró de soslayo. Era cierto. Se levantó sin decir nada y sin despedirse, salió de la zona de prácticas y se dirigió al herrero.

Caminó por la periferia del pueblo. Las dos torres de la fortaleza, uno al lado sur de la colina y otra al lado norte, sobre el peñón, sobresalían. Su padre le había contado historias de que el nombre de Wolburg provenía de la manada de lobos que vivía por la zona. Pero sospechaba que en verdad era porque al doblar cierta curva del camino principal, el pequeño poblado se asemejaba a una cabeza de lobo, siendo las torres sus orejas.

La herrería se encontraba cerca de la posada, en la plaza del pueblo principal. Antes de llegar ya empezó a escuchar el impetuoso repique del martillo contra el yunque y percibió en el aire el olor a carbón, hierro y ceniza. Y la mole de hombre que parecía querer romper el yunque a base de golpes con el martillo solo levantó la cabeza cuando Will le llamó:

— ¡Hola Will! — Dijo Will. Siempre le hizo gracia que hubiera otro Will en Wolburg aparte de su padre, en paz descanse. Antes de que pasara todo aquello, los tres solían quedar y tenían conversaciones llenas de Willes.

— Buenos días, Will — Respondió Will, y mirando las armas a la espalda, le preguntó — ¿Qué me traes?

— Klaus me pidió ayer que te trajera estas espadas. Están algo melladas, a ver si las puedes dar un pulido extra.

Will tendió la mano para recoger las armas. Las extrajo una a una con cuidado y, de manera experta, empezó a revisarlas. Primero el filo, luego el protector y por último la empuñadura.

— Estas espadas han visto muchos golpes, haré lo que pueda. Díselo a Klaus. — comentó mientras se rascaba la cabeza.

— Ya sabes cómo es, prefiero decirle que se las devolverás como nuevas — Dijo Will sonriendo.

El otro Will también le devolvió la broma con una carcajada. Le golpeó la espalda con una mano enorme una, dos, tres veces y tan fuerte que volvió a temer que se dislocara su hombro izquierdo. Se separó del hombretón y cuando estaba a punto de despedirse, Will le interrumpió.

— Eres gracioso, Will, de verdad que sí. Pero dile la verdad. Haré lo que pueda. Y entrégale estas armas. Llevan aquí semanas a la espera de que las recojan. ¿Qué os pasa? ¿Se os ha olvidado que las tenía yo para reparar, o solo estáis descuidando vuestros deberes?

Will elevó los hombros a modo de respuesta, recogió el fardo y lo abrió. Dentro vio una espada larga, apta para usarla a una o dos manos, un par de dagas afiladas y una hacha pequeña.

— No te preocupes, yo se las llevo.

— Gracias muchacho. Y dile la verdad — le advirtió el herrero mientras se daba la vuelta para volver a su oficio.

Una vez hechos los recados, se dirigió directamente a la posada del pueblo. Nada más entrar respiró profundamente. Su nariz se llenó de los distintos aromas de la comida que se preparaban: gachas, panceta, cerveza... Los sonidos también eran los de siempre; los jornaleros listos para trabajar el campo, los pastores discutiendo la ruta de pasto del día y la alegría matutina de un día con nuevas promesas. Y al abrir los ojos, ahí estaba esa sonrisa que podría iluminar el cielo en plena noche.

— ¡Buenos días, posadera! — Saludó alegremente, sin ocultar su sonrisa ni felicidad.

— ¿Me lo dices a mí o a mi trasero? — Respondió Martha haciéndose la ofendida

— Posadera es la que ejerce el oficio de atender una posada, amada mía, no hay por qué leer entre líneas — y en tono más bajo añadió — aunque tus posaderas también son de muy buen ver.

Martha se giró mientras arqueaba una ceja. Algo en esa expresión y en como el pelo se le movía hizo que el corazón palpitara más rápido de lo normal.

— Will, algún día esa boca tuya te meterá en más problemas de los que tu cabeza pueda imaginar — mientras se acercaba se fijó en el hombro izquierdo — ¿Ha mejorado?

Will giró el brazo en todas direcciones mientras sonreía

— Está perfecto, ese ungüento tuyo... ¡¡¡Sacarías más dinero como boticaria que como posadera!!!

Detrás de él, la puerta se abrió. Reconoció a Reed. Llevaba esa pelambrera suya despeinada y aunque también llevaba su macuto, no parecía que pesara tanto como el suyo. Seguro que se había dejado algo.

— Buenos días, Reed — le saludó. — ¿Preparado para el día de hoy?

Reed levantó la mirada gacha y sonrió tímidamente al ver a Will. Se atusó el pelo y agilizó el paso. No le pasó desapercibida la mirada a Martha. Pobre zagal. La posadera estaba bien atada. Y por él mismo, no tenía nada que hacer. Aún así, Will no sintió pena por él, sino orgullo porque Martha interesara también a su mejor amigo.

— ¿Te has enterado? Han enviado un destacamento del ejército del reino. Llegaron anoche y están acampados cerca del río. — Le preguntó Reed en voz baja al sentarse a su lado mientras le miraba de soslayo.

Por el tono no parecía que todavía fuera algo de conocimiento público. Martha se paró a medio camino con una jarra de cerveza y unas gachas a las que Will puso ojitos. ¿Soldados del reino, aquí? Wolburg era una baronía pequeña que no tenía nada de importancia y que no merecía ningún tipo de atención por parte del rey. Pero era algo novedoso y emocionante.

— ¿Y sabes qué quieren? — preguntó en voz baja de vuelta mientras apoyaba la cabeza en la barra intentando atraer la atención de Martha y su maravilloso desayuno.

— ¡¡Will Willson!! — exclamó Martha con esa furia tan deliciosa — ¡¡Tómate las cosas en serio!!

— Ya sabes que sin comida en la barriga mi cerebro no trabaja demasiado bien — dijo Will estirando el brazo izquierdo. Cuando una punzada de dolor le recordó la lesión se arrepintió de haberlo movido. Martha dejó las gachas y la cerveza encima de la barra sin ningún cuidado. Will supo que le había visto torcer el gesto al notar el dolor. Iba a restarle importancia cuando le interrumpieron.

— Will has dicho. ¿Sois vos Will?, ¿Eres Will?

Will se fijó en el interlocutor. Llevaba una capa con capucha llena de polvo y desgastada que le ocultaba los ropajes. Reed, rápido y vivo como siempre, ya se estaba moviendo al lado contrario donde se había sentado. De esta manera dejaba al desconocido entre él y Will, rodeándolo en el caso de que fuera una amenaza. Como hacía siempre, Reed le hizo gesto con la cabeza haciéndole entender que no iba armado. Sopesó sus opciones, nunca es bonito que un desconocido pregunte por tí, sobre todo en una pueblo donde todo el mundo te conoce. Decidió decir la verdad y de paso hacer un gesto a Martha que solo ella sabría interpretar.

— Así me llamo, aunque hay más de un Will en el pueblo. Está el herrero y también mi padre, por ejemplo. Seguro que les busca a ellos y no a mí.

El interlocutor gruñó algo ininteligible y se mesó el pelo. Vio un mechón de pelo dorado. Sucio, pero dorado como el oro. Los ojos, anormalmente azules refulgieron en el sucio rostro del desconocido mientras miraba la puerta con expresión sombría. Se inclinó hacia él y bajó la voz.

— No, no. No. Tú eres Will. Los otros también, claro. Pero tú eres el que busco. Me han hablado de ti. Dinero. Tengo dinero. Necesito algo. Acompáñame. Y te lo doy.

No podía ser. ¿Quién y qué le habían contado? El estómago se le encogió. ¿Volvía todo a pasar? Tuvo un mal presentimiento. Ya no hacía ese tipo de encargos, no desde que se prometió con Martha. Necesitaba un trabajo estable y la milicia era lo único que le podía aceptar y a lo que podía aspirar. Atrás quedó su pasado como contrabandista y mensajero. Era una vida peligrosa a la que no quería volver. Y tampoco conocía a este tipo, podía estar tendiéndole una trampa para cogerle por antiguos delitos.

— Siento informarle que ese Will al que vos buscáis hace tiempo que se retiró y no tengo relación alguna con él. Deberíais buscar a otro.

— Quinientos ducados — sugirió.

Will se atragantó. ¿Ducados? Hacía años que no veía más de tres ducados juntos. Trece reales eran un ducado y a él le pagaban tres reales a la semana por jornalero. Incluso como parte de la milicia no cobrarías mas de siete reales a la semana. Era una fortuna inmensa. Miró a Reed y le insinuó golpeando con el anular la cifra que le ofrecía. Reed silbó en silencio para acto seguido poner un semblante pensativo. Su respuesta fue igual de rápida; negar con la cabeza casi imperceptiblemente. No le hacía falta hablar con él para entenderle. Gran recompensa es igual a mayor riesgo. No merecía la pena. No ahora.

— Le ruego me disculpe, señor, pero...

— Huraño — Interrumpió el desconocido.

— ¿Disculpe?

— Señor Huraño. Así me llaman, últimamente. También Huraño a secas — Reed se rascó la cabeza, confundido.

— Pues disculpe, señor Huraño, pero tal como le he dicho, yo no soy el Will al que busca.

— Mentira. Traición. — Huraño se revolvió en su sitio, y Will se puso alerta.

Vio a Reed también atento a cualquier movimiento. La situación se estaba poniendo tensa. Martha, siguiendo sus instrucciones previas se acercó al desconocido y le preguntó en voz lo suficiente alta para que el resto de la sala la escuchara

— Y bien, señor. ¿Desea algo más para su mesa? ¿O ya ha tenido suficiente por hoy?

Huraño, haciendo gala de su nombre ignoró por completo a Martha y se giró directamente a Will

— Guía. Cueva Plateada. Quinientos ducados.

Reed, atento a la conversación y que se había mantenido callado hasta el momento se pronunció en voz baja, dando a entender a Martha que ahora la conversación había cambiado y debía dejarles solos hasta nuevo aviso.

— La cueva plateada está cerrada a cal y canto desde hace años. Es una zona prohibida, el barón no deja acceder a nadie.

— Razón de más por la que los últimos que entraron me deberían de acompañar — dijo Huraño con una sonrisa.

Will se estremeció en el taburete. Miró la puerta calculando posibilidades. Ese tipo sabía cosas de las que nadie en el pueblo quería hablar. Ni recordar. Si corría lo suficiente podría avisar a la guardia o mejor, a Klaus. Pero así dejaba vendidos a Reed y a Martha. Reed no debería haber intervenido. En fin. De perdidos al río. Le forzaría a negar el acuerdo.

— Mil ducados. — dijo con una sonrisa burlona

— ¿Quieres comprarte un reino? — Huraño chasqueó la boca al acabar la frase.

— Como sabes, fuimos dos los últimos en entrar en la cueva. Has ofrecido quinientos por mí. Sin Reed no entro. Y Reed son otros quinientos. Mil ducados.

Huraño miró a Reed, inspeccionándole de arriba a abajo. Estaba claro por su gesto que creía que no aportaba valor al equipo. Will contaba con que Huraño se echaría atrás y todo acabaría allí mismo

— Hecho — dijo Huraño mientras tiraba 5 ducados a Martha por unas salchichas e hidromiel para acto seguido girarse dirección a la puerta.

Will y Reed se miraron con la boca abierta. No había salido como Will lo había planeado. Y por primera vez en mucho tiempo, eso le dio miedo.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Hola... vine después de leer tu cometario en el grupo... yo he leído Canción de hielo y fuego dos veces... jejejeje. En relación a tu historia, se nota la influencia de G.R. R. M. y eso es bueno... creo que tienes una interesante trama, espero seguir leyendo. Luego en relación a lo que escribiste de buscar lectores para hacer feedback, me encantaría poder tener esa tipo de relación contigo: una retroalimentación honesta y crítica de nuestras historias. Igualmente, seguiré leyendo.

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