Necrofago

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Summary

Cuento corto de vampiros.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El noctívago vecindario, viciado de una sombra hostil, recurría a miradas furtivas para prescindir de sus inesperados visitantes. Dos forasteros, la hermana de la ultrajada y el vacilante vigilante, se aventuraron a través de las eriales callejas del noroeste de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en ese barrio ostraciado. El frío resplandor de sus faroles Telerman, cargados del cerúleo aceite ardiente, contrastaba contra las pálidas y debilitadas cargas desahuciadas de los merodeadores huraños de las callejuelas ocultas. Muchos, para el espanto de la dupla, dispensaban por completo de sus artículos de común protección, y por ende era de esperarse que estos habitantes noctívagos de la Buenos Aires post—apagón eran de una calaña particular: sospechosa en principio, y peligrosa en extremo.

El rastro se había enfriado hace algo más de dos semanas. La primera incursión en el barrio, tras la desaparición, fue una virtual pérdida de tiempo. El cuerpo social una caja blindada; los vecinos, de ojos vidriosos; las bocas, labios tan secos y retorcidos que bien podrían sellarse engrapados. La comunidad del erial se cerraba como un puño parco sobre tierra de cementerio, y el paradero del cadáver secuestrado se perdía en las entrañas de ese laberinto colindante al sombrío conurbano. Mas, hace apenas un día habían recibido la pista que revitalizó la frustrada, trágica búsqueda: una ruptura en el silencio… Una queja de carne podrida.

El reporte había sido de corte macabro, semejante a la inicial profanación perpetrada en el Cementerio de Chacarita, inexplicable con el contexto de la soberbia vigilia que yacía enhiesta sobre los terrenos sagrados donde —idealmente— descansaban los muertos. Pero el desconocido perpetrador del crimen debía haber sido sagaz, y por sobre todo capaz, porque había logrado remover la aún tierna tierra que cubría el sepulcro, escarbando su camino hasta el amado ser para perturbar su descanso. El cuerpo había desaparecido. Solo los desechos propios del occiso sirvieron para cernirse sobre la sospecha, y ahora el nuevo reporte apuntalaba su potencial locación. La certidumbre no era total, pero la sugerencia era ciertamente macabra: pues se había denunciado —anónimamente, claro— un desagradable hedor proveniente de una morada tan desvencijada como obscura. Se hallaba al fondo de una calle cortada, y ninguno de los domicilios estaba habitado. Parecía más una maqueta que un sitio donde la gente pudiera vivir; un caso de descomposición, de la cruel entropía del tiempo sobre los sitios que no son amados, y la perseverancia del yeso y el cemento y el ladrillo solo eran testimonio de las cosas que insisten en no morir a pesar de ya están técnicamente muertas. La denuncia advertía una cosa histérica: una pestilencia tan severa que había alcanzado las calles ajenas al callejón umbrío, el azote de una putrefacción virulenta que se esparcía como una nube de viscosa vileza sobre el barrio marginal. La peste… De la muerte.

El oficial Mendez lo supo al momento que llegaron a la bifurcación. Cristina lo sospechó, infiriendo del curado mas presente efecto del cuerpo sin vida al tiempo de visitarle en la morgue tras el siniestro. Poco había quedado de su hermana en aquel entonces, pero ahora quedaba aún menos. Y a pesar de que esta era una dupla irregular, Mendez le prefería así: nadie sabría confirmar si fue debido al secreto rechazo que le generaba el caso, o porque había desarrollado un interés informal en la hermana de la víctima. Tales motivaciones, en todo caso, eran intrascendentes: pues cuando se aventuraron con desvelo a través de las sombrías veredas derruidas, en esa callejuela que no conocía el beso del sol, solo el frío resplandor cerúleo de sus linternas les sirvió de consuelo. Pusieron un pie en la frontera de la destrozada vivienda, y para entonces la pestilencia era tan siniestra que ambos espíritus desearon flaquear. Mas, sus razones eran fuertes, más o menos nobles, y con pistola en mano el oficial encaró la búsqueda. No necesitó llamar a la puerta, pues la misma estaba abierta. Y desde la garganta negra de la morada, se olía como el estómago expuesto de una bestia putrefacta.

Era una jornada ventosa, y por eso en principio supusieron que los tintineos y golpeteos metálicos, recurrentes, serían producto del vaivén de destartalados, desparramados instrumentos. Mas, en la medida en la que atravesaron ese hogar siniestro, les pareció advertir una débil intención. Cristina, envalentonada por su ferviente vindicación, se aventuró al origen: lo que parecía ser una cocina. Y “parecía” es la palabra correcta, a través de la calima del ocaso, pues el atroz desorden se arremolinaba sobre el atramento bruno del establecimiento para asemejarse más a un nido de cucarachas que a una morada humana. El sitio entero era un destrozo, pilas de porquería y vestigios de un tiempo ajeno, y se podía oír más allá de la inmundicia el rumiaje de un tercero, y mucho antes les abatió el espantoso hedor de la descomposición y el veneno negro.

Al acercarse, sigilosos, los movimientos les parecieron desesperados y groseros. Había un gemido constante, una especie de quejido patético pero peligroso, sumergido en una suerte de gorgoteo mojado, cruel… Inhumano, pero reminiscente. Mendez apuntó el cañón hacia la amarga tiniebla antes de que levantara la mirada y le brillaran pálidos los iris de los ojos; no había luz alguna salvo la de los cerúleos faroles, y la oscuridad circundante se les resistía con intención. El gorgoteo cesó, y la cosa terminó de mandibulear con lentitud en la medida en la que sus blancas pupilas se dilataban para aprehender, en su entendimiento, a quienes habían interrumpido su banquete. Cristina necesitó retroceder, hendida por el miedo y el espanto, pues supo reconocer en su profanación al cuerpo mutilado que servía cual banquete sobre la mesa destartalada. El oficial titubeó, tembloroso a pesar de las décadas de servicio, suponiendo por instinto que quitarle el cañón de encima por solo un segundo significaría la muerte para los dos. Pues la criatura olía el miedo, y no lo sabrían explicar.

Su forma era ociosa pero humana, humanoide, y su pelo podría ser azabache, extenso, por suerte cubriéndole una generosa dimensión del semblante espantoso. La penumbra no facilitaba el análisis, y esto fue afortunado, pues la mera sugerencia de la hendida nariz y los calamitosos dientes era suficiente para erradicar todo vestigio de coraje. Mas, era impreciso tal vez suponer que eran exactamente dientes por debajo de parcos labios: en cambio, era como si la propia comisura fuese faltante, y en cambio la carne se replegara contra el cráneo deformado, dándole así una frívola, caricaturesca forma serrada. Todo boca. Todo horror. Ideal para quebrar el hueso. Para atiborrarse, grotesca y avara, de carne podrida, ultrajada. Pero en cuanto les contempló, el entendimiento fue como que le volvió: los ojos se tornaron, y el escueto cuerpo se le torció, al tiempo que los harapos revelaban algo que pobremente podría haber sido humano. Y la criatura, permitiendo que la materia rancia se le cayera de entre las fauces, gimió.

Por instinto, el oficial estuvo a punto de disparar. Mas la criatura, con la boca desocupada, escupió un grotesco gorgoteo que descubrieron era un lamento. Un lloriqueo rancio, y de a poco lo moduló para representar el idioma castellano. En esos fatales segundos se petrificaron en silencio, contemplando cómo la monstruosidad necrófaga les empezaba a hablar. Y les suplicó así, entre llantos:

—No tuve opción. Por favor… Estoy tan vacía… Tan vacía desde que me dejó… —y la criatura profirió un llanto agrio, pustulante, al tiempo que sin respeto se daba a un nuevo bocado del banquete putrefacto. Cristina vaciló, y luego le profirió un grito al tiempo que le iluminaba con el farol azul. La criatura se retorció como si la hubieran quemado, y la hermana necesitó retirar de inmediato el instrumento bajo la fuerza del espanto acaso revelado.

—Lo único que te voy a dejar es la jeta llena de balas, monstruo —gruñó Mendez, más aterrado que otra cosa.

—No… Ni filo ni plomo… Ni fuego ni bala… Pero no soy hermosa. No como me prometió. Solo me ve el horror. El grito. El asco. Y no tengo sed, no como ella. Estoy tan seca que me siento un desierto. Y no tengo hambre; pero debo comer. Tengo que com… —gruñó, interrumpiéndose a sí misma, al tiempo que regresaba a su lugar de un espasmo cuando el arma vaciló.

—¡No es mi culpa, no! ¡Me engañó! ¡No elegí ser así! —chilló de nuevo la criatura, entre lamentos.

—¿Y por qué no te dejas matar? Monstruo —acusó Cristina.

—Me da más miedo morir —respondió.

—¿Morir? Ya estás muerta. No es… No es posible que estés viva. Sos una monstruosidad. Un insulto a la humanidad.

—¡No debería ser así! Porque si te parezco espantosa, te prometo que peor es el agujero que me dejó. Me atrapó con sus besos sedosos, con los susurros viciosos más groseros y exquisitos. Yo andaba por la noche por elección, pero ella lo hacía por necesidad. Y cuando me atrapó, me hizo creer que yo la quería de verdad. Y al prometerme la noche, creí que por fin me libraría del día… Pero en verdad, el mundo ahora es más negro que el lugar bajo la tierra del cementerio. Los oí venir, saben. Yo sabía. Pero tenía la esperanza de que fueran ella. Que por fin hubiera llegado por mí, como mintió que vendría. Y que al beber de sí, por fin volviera a ser bella. Pero en cambio me seco, porque no me dejan comer mi comida.

—Tu comida es mi hermana, bestia asquerosa —profirió Cristina, asiendo la manga del oficial en un esfuerzo por envalentonarle a usar el arma, sin efecto.

—Si mi merienda es tu hermana, entonces yo soy humana.

—No sé qué sos, pero una persona no —respondió Mendez.

Y al tiempo que se observaron mutuamente, separados por el mueble repleto de podredumbre, viscosidad y restos, el hedor se hizo dulce en comparación con la sugerencia que se vislumbraba en el lamento de la criatura. Cristina advirtió la suspicaz curiosidad en el rostro del hombre, y le rogó silenciosa que de una vez la liquidara. Pero, en cambio, el oficial le preguntó:

—¿Qué puede ser peor que vos? ¿Cómo es que podés ser así?

Y el necrofago rumió, como si estuviera degustando el horror en el aire, una reflexión propia de una inteligencia diferente y no del todo desconocida para la abominación inquirida. Les pareció que sonreía, pero el semblante era más espantoso que antes, de rasgos negros, hundidos, como fosas descomunales, viciadas de horrores escondidos para los cuales servía de nervio vinculante.

—Mientras que yo como de los muertos, come de los vivos. Es como estar junto al tigre, y desear que te clave los colmillos en la yugular, porque en sus brazos, entre sus labios, la muerte es más dulce que el amor a un recién nacido o el orgullo de tus papás. Dispensarías de tus penas para asumir las suyas, y no te darías cuenta de su asquerosidad porque su belleza es virulenta. Y después de que te abuse, que te viole y que te mate, tras mentirte y te convierta en una monstruosidad, aún vas a llorar esperando a que venga a consumirte una vez más. Pero ahora que estoy podrida y me sé vacua, contemplo una cosa que me hace reir. Está tan vacía como yo, y va a vivir más. Bien. Que así sea…

Habló, y finalmente, calló.