De Profesor a Juguete

All Rights Reserved ©

Summary

En las silenciosas aulas de la Facultad de Literatura, Edric Romero había construido una fachada perfecta durante quince años. Cuarenta años, doctorado, investigador respetado, voz grave y modales impecables. Para el mundo era el profesor serio, el hombre intachable. Nadie imaginaba que, bajo esa corbata perfectamente anudada, se escondía un secreto que lo avergonzaba y excitaba en igual medida: un profundo, irrefrenable fetiche por los pies femeninos. Durante años había luchado contra ese impulso. Miradas fugaces, fantasías reprimidas, noches de insomnio. Nunca cruzó la línea. Hasta que llegó Valentina Torres. Veintiún años, cabello oscuro, ojos verdes penetrantes y una inteligencia peligrosa. Valentina no solo era hermosa; era consciente de su poder y disfrutaba usarlo. Desde la primera semana notó cómo el profesor perdía el hilo de la clase cuando ella llevaba sandalias. Cómo sus ojos se escapaban hacia sus pies bronceados, sus uñas rojas, sus tobillos delicados. Al principio le pareció divertido. Luego, intrigante. Finalmente, irresistible. Porque Valentina no era solo una alumna brillante. Era dominante por naturaleza, ambiciosa y sin escrúpulos a la hora de conseguir lo que deseaba. Y lo que ahora deseaba era romper a Edric Romero, doblegar su dignidad y convertir al respetado profesor en su esclavo personal. Esa tarde de mayo, con el aula casi vacía y el sol dorado entrando por las ventanas, Valentina decidió que el juego había terminado. Las sandalias negras nuevas, el perfume sutil, el teléfono listo para grabar… todo estaba calculado. Edric aún creía que podía controlar su deseo. Valentina ya sabía que él estaba perdido. Lo que comenzó como una atracción prohibida no sería una simple aventura. Sería la lenta y completa destrucción de su voluntad. Porque algunos hombres pasan la vida fingiendo ser fuertes. Y otros solo esperan, en silencio, el momento en que una mujer joven y despiadada les ordene arrodillarse. Esta es la historia de cómo Edric Romero dejó de fingir.

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El aula de posgrado estaba casi vacía al final de la clase. Solo quedaban unos cuantos estudiantes recogiendo sus cosas y Edric Romero, sentado en su escritorio, fingiendo revisar unos trabajos mientras su mirada, como siempre, se escapaba hacia el suelo.

Valentina Torres no era tonta. Llevaba semanas observándolo.

Al principio pensó que era solo su imaginación. Pero el patrón era demasiado evidente. Cuando ella llegaba con sus sandalias abiertas —esas de tiras finas que dejaban al descubierto sus pies bronceados, uñas pintadas de rojo oscuro y los delicados tobillos— el profesor Edric perdía el hilo de la explicación por un segundo. Una sonrisa tonta, casi infantil, aparecía en su rostro antes de que él la borrara rápidamente. En cambio, los días que usaba botas o zapatos cerrados, su expresión se volvía más seria, casi decepcionada, y evitaba mirar hacia abajo.

Esa tarde de mayo, Valentina había elegido deliberadamente unas sandalias nuevas: negras, de tacón medio, con tiras que se cruzaban sobre el empeine y dejaban ver la suave curva de sus dedos. Se quedó sentada en su lugar habitual, primera fila al lado derecho, cruzando las piernas con lentitud mientras guardaba su laptop.

—Profesor… —dijo con voz suave pero firme cuando el último estudiante salió—. ¿Tiene un momento?

Edric levantó la vista. Valentina ya estaba de pie, acercándose al escritorio con pasos lentos y deliberados. Sus sandalias resonaban suavemente contra el piso de baldosas.

—Claro, Valentina. ¿Qué necesitas?

Ella no respondió de inmediato. En cambio, se apoyó contra el borde del escritorio, lo suficientemente cerca como para que él pudiera oler su perfume sutil. Luego, sin prisa, descruzó las piernas y colocó un pie sobre la silla vacía que había junto a él, dejando la sandalia a solo unos centímetros de su mano.

—He notado algo curioso —continuó ella, mirándolo directamente a los ojos con esos intensos ojos verdes—. Cuando llevo sandalias… usted sonríe. Cuando llevo zapatos cerrados… se ve casi triste. ¿Por qué será eso, profesor Romero?

Edric sintió que el calor subía por su cuello. Tragó saliva, intentando mantener la compostura. Su mirada traicionera bajó apenas un segundo hacia el pie de Valentina: los dedos perfectos, la piel suave, el arco pronunciado.

—Yo… no sé de qué estás hablando —murmuró, pero su voz careció de convicción.

Valentina sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, llena de satisfacción.

—Mentir no se le da bien, Edric. —Usó su nombre de pila a propósito, bajando el tono—. Llevo semanas viéndote. Mirando mis pies como un perro hambriento. ¿Crees que no me di cuenta de cómo te quedaste embobado el día que me quité las sandalias para estirar los dedos bajo la mesa?

Edric abrió la boca, pero no salió ninguna palabra coherente. Su respiración se había vuelto más pesada.

Valentina se inclinó un poco más hacia adelante, su cabello largo cayendo sobre un hombro.

—Quiero que seas sincero. Ahora. ¿Te gustan mis pies, profesor?

El silencio en el aula era absoluto. Edric, el hombre reservado de cuarenta años que nunca había revelado su fetiche tan abiertamente, sintió cómo su control se resquebrajaba. Miró de nuevo hacia abajo. Los dedos de Valentina se movieron ligeramente, como si lo estuvieran invitando.

—…Sí —admitió finalmente, casi en un susurro.

Valentina soltó una risita baja, victoriosa.

—Bien. Eso es un buen comienzo. —Levantó el pie de la silla y lo colocó directamente sobre el muslo de él, presionando suavemente—. Entonces vas a hacer exactamente lo que yo te diga a partir de ahora. Porque sé muy bien lo que eres… un hombre mayor, inteligente, con una posición respetable… pero que en el fondo solo quiere arrodillarse y adorar los pies de una mujer más joven y dominante.

Edric sintió la presión del pie sobre su pierna. Su pulso se aceleró. Valentina movió los dedos lentamente sobre la tela de su pantalón.

—¿Quieres olerlos? —preguntó ella con voz dulce y cruel al mismo tiempo—. ¿Quieres besarlos aquí, donde cualquiera podría entrar?

Él asintió, casi sin aliento.

—Entonces pídelo como corresponde —ordenó Valentina, presionando un poco más fuerte—. Y llámame como merezco.

Edric tragó saliva. Su voz salió ronca, rendida:

—Por favor… déjame adorar tus pies… Ama Valentina.

Edric sintió que sus rodillas cedían antes incluso de pensarlo. Lentamente, se deslizó de la silla y se arrodilló frente a Valentina, quedando a la altura perfecta de sus pies. El aula estaba en silencio absoluto, solo se escuchaba su respiración agitada.

Valentina sonrió con pura satisfacción. Sin que él se diera cuenta, sacó su teléfono del bolsillo, activó la grabación de video y lo colocó discretamente sobre el escritorio, apuntando directamente hacia abajo. La cámara captaba perfectamente su figura arrodillada y sus pies en primer plano. Esto será mi seguro, pensó ella, aunque en el fondo sabía que Edric ya estaba perdido.

—Buen chico —ronroneó—. Ahora… quítame las sandalias. Con la boca. Sin usar las manos.

Edric miró las delicadas tiras negras que cruzaban los pies de Valentina. Tragó saliva y se acercó. Primero besó el empeine de su pie derecho con reverencia, luego atrapó la tira más suelta con los dientes. Tiró con cuidado, sintiendo el calor de la piel de ella contra su rostro. La sandalia se soltó lentamente. Valentina levantó un poco el pie para facilitárselo, rozándole la mejilla con los dedos.

—Así… muy bien —murmuró ella, grabando cada segundo—. Ahora la otra.

Repitió el proceso con el pie izquierdo, besando y mordiendo suavemente las tiras hasta que ambas sandalias cayeron al suelo. Los pies desnudos de Valentina quedaron frente a su rostro: bronceados, suaves, con un ligero aroma a loción de vainilla y el calor natural después de todo el día. Sus uñas pintadas de rojo oscuro lucían perfectas.

Valentina levantó el pie derecho y lo presionó directamente contra la nariz de Edric.

—Huele. Profundo. Quiero oír cómo inhalas.

Edric cerró los ojos y obedeció. Aspiró profundamente, llenándose los pulmones con el aroma de sus pies. Un gemido bajo escapó de su garganta. Valentina rio suavemente y movió los dedos sobre su nariz y boca.

—Patético… un profesor de cuarenta años arrodillado oliendo los pies de su alumna de veintiuno. ¿Cuánto tiempo llevabas fantaseando con esto?

—Demasiado… Ama Valentina —susurró él contra su piel.

—Lámelos.

Edric sacó la lengua y comenzó a lamer lentamente la planta del pie derecho, desde el talón hasta la punta de los dedos. El sabor salado y ligeramente dulce de su piel lo hizo estremecer. Valentina presionaba el pie contra su lengua, obligándolo a cubrir cada centímetro. Luego le metió los dedos en la boca.

—Chúpalo. Uno por uno.

Él obedeció con devoción, chupando cada dedo con lentitud, pasando la lengua entre ellos mientras ella lo observaba con esa mirada dominante y divertida. Valentina alternaba entre ambos pies, presionando uno contra su cara mientras él adoraba el otro. En un momento, colocó ambos pies sobre su rostro, cubriéndolo completamente, y comenzó a frotarlos suavemente contra su piel.

—Mírate… babeando como un perro. Sigue lamiendo. Quiero que mis pies queden brillando con tu saliva.

Edric estaba completamente entregado. Besaba, lamía y olía con fervor, alternando entre ambos pies mientras Valentina lo guiaba con órdenes suaves pero firmes. Ella grababa todo: sus gemidos, la forma en que cerraba los ojos de placer, cómo su lengua recorría obedientemente cada curva y cada dedo.

Después de varios minutos, Valentina retiró un pie y lo bajó hasta su entrepierna, presionando suavemente contra el bulto evidente en su pantalón.

—Mira cómo te tienes… tan excitado solo por adorar mis pies. ¿Quieres correrte así, profesor? ¿Frotándote contra mi planta mientras me besas el otro pie?

Edric solo pudo gemir afirmativamente, perdido en la sumisión.

Valentina sonrió a la cámara por un segundo, luego volvió a mirarlo.

—Entonces pídelo bien. Y recuerda… ahora eres mío.

Valentina observaba desde arriba con una sonrisa triunfante mientras Edric seguía arrodillado, jadeando, con la cara enrojecida y los labios brillantes por la saliva. Sus pies descansaban sobre el regazo de él, presionando y frotando lentamente contra su erección atrapada bajo el pantalón.

—Dime, profesor… ¿qué estarías dispuesto a hacer para correrte? Quiero oírlo de tu propia boca. Confiesa todo.

Edric tragó saliva, temblando. Su voz salió ronca y quebrada:

—Haría… cualquier cosa, Ama Valentina. Lamería tus pies todos los días… me arrastraría por ti… te daría todo mi dinero si me lo pidieras… solo quiero correrme sobre tus pies perfectos. Por favor…

Valentina rio suavemente y presionó más fuerte con la planta de su pie derecho contra el bulto.

—Qué patético y honesto. Escúchame bien: si te corres sobre mis pies… ya no habrá vuelta atrás. Serás mío completamente. No tendrás voz ni voto en nada. Serás mi juguete personal, mi esclavo. Podré usarte cuando quiera, donde quiera, como quiera. ¿Entiendes eso?

Edric miró aquellos pies hermosos, mojados con su saliva, moviéndose provocativamente contra su entrepierna. Ya no podía pensar con claridad. El deseo lo había consumido por completo.

—Sí… lo entiendo, Ama. Acepto… soy tuyo. Por favor… déjame correrme…

Valentina sonrió con crueldad y aceleró el movimiento de sus pies, frotando uno contra su polla mientras le metía los dedos del otro en la boca.

—Entonces córrete, perro. Córrete como el esclavo inútil que eres.

Edric gimió fuerte, todo su cuerpo se tensó y, tras solo unos segundos de fricción, explotó dentro de su pantalón y sobre los pies de Valentina. Chorros calientes de semen cayeron sobre sus plantas, dedos y empeine. Él se sacudió entre espasmos, completamente rendido.

Cuando terminó, Valentina levantó un pie empapado en su corrida y se lo acercó a la cara.

—Ahora límpialo. Con la lengua. Hasta que queden relucientes. Ese es tu primer deber como mi propiedad.

Edric, todavía aturdido por el orgasmo, obedeció. Comenzó a lamer su propio semen de los pies de Valentina, tragando con humillación mientras ella grababa cada lamida de cerca con su teléfono.

Fue entonces cuando lo vio: el reflejo de la pantalla, la luz roja de la grabación.

—¿Estás… grabando? —preguntó con pánico repentino.

Intentó levantarse rápidamente y extender la mano para quitarle el celular. Valentina fue mucho más rápida. Agarró su muñeca con fuerza, tiró de él hacia abajo y, con precisión brutal, lanzó una fuerte patada con la planta del pie directamente contra sus testículos.

¡PUM!

Edric soltó un grito ahogado de dolor y se derrumbó en el suelo del aula, hecho un ovillo, jadeando y gimiendo de agonía.

Valentina se puso de pie sobre él, dominándolo por completo. Colocó un pie sobre su cabeza, presionando su rostro contra el piso frío.

—¿Te atreviste a intentar quitarme el teléfono, estúpido? —Su voz era fría y peligrosa—. Ya te lo advertí. Ahora eres mío. Ese video es mi garantía… aunque ambos sabemos que ya no lo necesito. Eres demasiado débil y adicto a mis pies como para escapar.

Le dio otra ligera presión con el pie sobre la cabeza.

—Esto fue solo un pequeño castigo por tu insolencia. Si vuelves a intentar algo tan estúpido, el castigo será mucho peor. ¿Entendido?

Edric, todavía retorciéndose de dolor, logró responder entre dientes:

—Sí… Ama Valentina… perdón… soy tuyo…

Valentina sonrió, satisfecha, y frotó lentamente su pie sucio sobre la mejilla de él.

—Buen chico. Ahora sigue limpiando mis pies. Y cuando termines… vas a darme las gracias por permitírtelo.