La Reina de Sangre y Luna

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Summary

Por Dereck Valemont, el poderoso alpha de una manada licántropa, dejó atrás su hogar, su nombre y el destino que la esperaba entre los suyos. Durante tres años vivió en un mundo que nunca terminó de aceptarla, soportando miradas de odio, susurros venenosos y el desprecio de quienes la veían únicamente como una vampira entre lobos. Pero Athanasia no era una vampira cualquiera. Detrás de su silencio se escondía una sangre antigua, un linaje real y una corona que había decidido abandonar por amor. Creyó que Dereck cumpliría su promesa, que algún día la tomaría de la mano frente a todos y demostraría que ella era más que una intrusa en su manada. Hasta que los secretos comenzaron a romperlo todo. Cuando descubre que el hombre por quien renunció a su mundo le ha ocultado una verdad capaz de destruirla, Athanasia comprende que no puede seguir esperando un lugar que nunca le dieron. Sin suplicar, sin mirar atrás y con el corazón hecho cenizas, decide regresar al reino que una vez dejó. Dereck descubrirá que la mujer que creyó rota jamás estuvo perdida.

Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

La princesa que renunció a su corona

Durante tres años, Athanasia había aprendido a caminar entre lobos sin hacer ruido.

No porque les temiera.

Jamás había temido a los licántropos, ni siquiera cuando sus ojos dorados se clavaban en ella como si su sola presencia ensuciara la madera de sus salones, ni siquiera cuando las madres apartaban a sus cachorros de su camino, ni siquiera cuando los guerreros bajaban la voz al verla pasar y murmuraban aquella palabra con la que pretendían herirla.

Vampira.

Como si fuera una maldición.

Como si su sangre no hubiera sido antigua antes de que muchos de ellos aprendieran a transformarse bajo la luna.

Athanasia soportaba el desprecio porque había elegido amar. Porque una noche, bajo un cielo cubierto de nieve y estrellas, Dereck Valemont le había tomado el rostro entre las manos y le había jurado que nada ni nadie podría separarlos.

—Ven conmigo —le había dicho entonces—. Sé mi luna. Sé mi esposa. Deja que te demuestre que nuestro amor puede ser más fuerte que la guerra de nuestros pueblos.

Y ella, que había nacido para ocupar un trono de mármol negro y rubíes, lo había dejado todo.

Su corte. Su nombre completo. Su derecho de sangre. Su corona.

Por él.

Pero el amor, descubrió Athanasia demasiado tarde, podía convertirse en una habitación sin ventanas cuando solo una persona estaba dispuesta a sacrificarlo todo.

Aquella mañana, el territorio Valemont despertó cubierto de niebla. Los bosques parecían devorar el amanecer y las torres de piedra de la residencia alpha se alzaban como garras grises contra el cielo. Athanasia observó el paisaje desde la ventana de la habitación que compartía con Dereck, aunque últimamente la palabra “compartir” comenzaba a parecerle generosa.

Dereck llevaba semanas durmiendo poco, saliendo temprano y regresando con el olor de reuniones ajenas impregnado en la ropa. Cuando ella preguntaba, él sonreía con ese encanto que había doblegado a guerreros, ancianos y mujeres por igual.

—Asuntos de la manada, Thana.

Thana.

Antes ese diminutivo le calentaba el pecho. Ahora, a veces, le sonaba a una forma elegante de evitar pronunciar todo lo que ella era.

Athanasia Veyrath Draven.

Heredera legítima del Reino Carmesí.

Princesa de sangre antigua.

Futura reina de los vampiros.

Allí, en cambio, era solo Athanasia. La vampira que el alpha había traído de quién sabía dónde. La mujer sin familia visible, sin clan reconocido, sin aliados en la mesa.

Y Dereck nunca preguntó por qué ella ocultaba tanto.

Quizá porque le convenía no saberlo.

La puerta se abrió a sus espaldas y él entró abotonándose la camisa negra de entrenamiento. Era, incluso para sus enemigos, un hombre difícil de ignorar. Alto, de hombros anchos, mandíbula firme y ojos ámbar que parecían encenderse cuando la luna estaba cerca. La autoridad le nacía de la piel; no necesitaba levantar la voz para que los demás obedecieran.

Athanasia lo amaba.

Esa era la parte más cruel.

Lo amaba todavía, incluso después de cada cena en la que la dejaba sola frente a las miradas hostiles; incluso después de cada comentario venenoso de su madre; incluso después de cada promesa postergada.

—Estás despierta —dijo Dereck, acercándose a ella.

—No pude dormir.

Él le acarició el cabello oscuro, largo como una sombra de medianoche. Athanasia cerró los ojos un instante. Su cuerpo recordaba la ternura antes que la traición.

—Otra vez pensaste demasiado.

—Alguien tiene que hacerlo.

Dereck suspiró, cansado antes de empezar.

—Athanasia…

Ella se giró.

—Han pasado tres años, Dereck.

El silencio cayó entre ambos con la pesadez de una sentencia.

Dereck apartó la mirada primero.

—No otra vez.

—Sí, otra vez. Porque cada vez que pregunto por nuestra boda, actúas como si estuviera pidiendo una guerra.

—Es más complicado que eso.

Athanasia soltó una risa breve, sin humor.

—Siempre lo es.

Dereck se pasó una mano por el cabello.

—Mi manada aún no está lista.

—Tu manada nunca estará lista si su alpha les enseña que pueden despreciarme sin consecuencias.

Los ojos de Dereck se endurecieron.

—No seas injusta.

Athanasia sintió que algo dentro de ella se tensaba.

—¿Injusta?

—Han odiado a los vampiros durante siglos. No puedes esperar que cambien de un día para otro.

—No espero que cambien de un día para otro. Esperaba que tú cambiaras algo en tres años.

Dereck abrió la boca, pero no respondió.

Esa era su costumbre. Callar cuando la verdad exigía valor.

Athanasia dio un paso hacia él.

—Cuando me pediste venir contigo, dijiste que sería tu esposa. Dijiste que tu gente aprendería a respetarme cuando me dieras mi lugar.

—Y lo haré.

—¿Cuándo?

Dereck apretó la mandíbula.

—Cuando sea el momento correcto.

La frase cayó como una gota de veneno conocida.

Athanasia la había escuchado tantas veces que ya podía sentir su sabor antes de que él la pronunciara.

—El momento correcto —repitió ella—. Qué conveniente que siempre esté en el futuro.

Dereck se acercó para tomarle las manos, pero ella no se las ofreció.

—Te amo.

Durante años, esas dos palabras habían sido suficientes para calmarla.

Aquella mañana, no.

—Amarme en privado no me protege en público.

Él frunció el ceño.

—No sabes la presión que cargo.

Athanasia lo miró largo rato. Quiso decirle que ella sí conocía la presión. Que había nacido bajo profecías, pactos de sangre y salones donde cada sonrisa podía ocultar una daga. Quiso decirle que su linaje era más pesado que cualquier manada, que su nombre podía hacer inclinar cortes enteras.

Pero se contuvo.

No quería que él la eligiera por una corona.

Nunca había querido eso.

—Entonces dime qué lugar ocupo en tu vida, Dereck.

Él la miró como si la pregunta le doliera.

—El primero.

Athanasia sonrió apenas.

—No. El primero no se esconde.

Antes de que él pudiera responder, llamaron a la puerta.

Tres golpes secos.

Dereck se separó de inmediato.

Athanasia notó el gesto.

Pequeño. Rápido. Devastador.

—Adelante —ordenó él.

La puerta se abrió y entró Mireya Valemont.

La madre de Dereck era una mujer de belleza afilada, con cabello plateado recogido en un moño impecable y ojos claros que jamás miraban a Athanasia sin desprecio. Llevaba pieles blancas sobre los hombros y una sonrisa que nunca tocaba su rostro entero.

—Hijo, te esperan los ancianos —dijo Mireya. Luego miró a Athanasia—. No sabía que seguías aquí.

Athanasia no bajó la mirada.

—Vivo aquí.

—Qué palabra tan generosa.

—Madre —advirtió Dereck.

Pero fue una advertencia débil. Cansada. Sin filo.

Mireya lo sabía.

Por eso sonrió.

—Solo digo que algunas presencias son más largas de lo prudente.

Athanasia sintió el impulso de mostrar los colmillos. No por miedo, sino por hartazgo. En su reino, una ofensa así habría costado sangre.

Pero allí no era reina.

Todavía.

Dereck tomó su chaqueta.

—Hablaremos después.

Athanasia no respondió.

Lo vio salir con su madre, alto, hermoso, poderoso y cobarde de una manera tan específica que solo ella parecía notarlo.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió.

Athanasia caminó hasta el espejo. La mujer que le devolvió la mirada parecía serena: piel pálida, labios rojos sin pintura, ojos oscuros de una antigüedad que ningún lobo de esa casa había sabido reconocer.

Durante tres años, había apagado su brillo para no incomodar al hombre que amaba.

Durante tres años, había dejado que la llamaran intrusa cuando había nacido para ser soberana.

Durante tres años, había esperado un anillo que nunca llegó.

Ese día, aunque todavía no lo sabía, sería el principio del final.

Y en algún lugar profundo de su sangre, la corona empezó a despertar.