Capítulo 1
Lleva a través de ocluidos silentes el olvidado vigil, hija fúnebre;
Que aquel cuadro que llamamos mente,
Sea el percebe del cuento jamás contado—Y si en las rudas horas del conticinio se te atraganta,
Indómito un grito ahogado…
Que sea esa alma errante la que te ha de llevar al sepulcro:
Ese sueño ruin que ha olvidado la separación,
Para ser solo un llanto anquilosado,
De lágrimas frívolas… color alquitrán.
Me gustaste más Buenos Aires,
Cuando la sombra de Junio se posó sobre tus calaveras roncas;
El temor del semblante de aquel que antes, a sus anchas,
Sembró impune la desidia inclemente—
Bendita pesadilla supurante,
Hecha de la sangre negra de la alcantarilla,
Que como el pus emergió dando brincos alegres,
Y se comió, goloso, a toda tu ruidosa familia.
Quizás un ladrillo hueco no significa nada,
Ni su humedad latente contendrá las fechorías,
De diminutas criaturas itinerantes;
Se dirá que las canaletas negras chorreaban brea,
Y la ciudad entera supuró—
“La sangre”, diría una desconocida Helena,
“Es toda la sangre que nunca se decantó”,
¿Quién lo diría?
La deuda visceral del horror latente, invisible, el rapto,
Cuando el pánico se asienta y la calle se calla,
Desearíamos que en vez del vacío al menos hubiera un remanente,
Que permita horrorizarse…
Porque incluso una pesadilla viviente es mejor,
Que la nada misma y nada más.
Una espiral es un trazo,
Que no tiene ni principio ni fin;
Depende de quién le mire será decir,
Si se expande o se contrae—
En el corazón yace esa circunstancia citerior,
La desazón de los calvos y los necios,
Para ser ruin sin razón,
Para ver y creer lo que está más allá del Mar.
Filo cristalino envuelto en sombras,
Tu líquido espeso es mortal;
Severas tus marcas de único brío,
Quíntuple esencia de tu umbral magistral—
Cuando te acechas silente a la virgilia,
En las horas de la luna del cáucaso,
Saborearás el licor de sus penas,
Beberás impune tu icor subterráneo.
Libre serás como el sur,
En una amedrentada velada de tormenta obscura;
Deja que tus cabellos bailen con el pavor de la sudestada.
Si tu aliento despide miedo,
Y tu silueta escarmienta,
Entonces vete por la hendidura más delgada—
Pues esta es la casa de los que duermen y no descansan;
Una casa donde los temores se acumulan como charcos negros,
Que sangran entre la losa fisurada.
¿Necesitas acaso forzar el tieso velo?
Ungir tus labios en las lejanas convocaciones de suspiros menores o mayores,
Mientras la sutil vigilia falla en percatar,
En una bisagra lóbrega, el visaje maligno,
Nunca atrasado para el vil banquete de los necios temerarios.
Así es como todas las cosas llegan a su sitio:
Necesitan la elusiva brisa que empuja la espalda fifiriche,
Cuando el mordaz río arrulla y muerde con frío,
La distancia bruna que emerge cual urgencia fantasmagórica,
Alertando de aquello que imperativo se debe aprehender antes de que su estela abandone el mundo hacia el otro, féretro.
Ni aunque contengas, pueril, la respiración mundana,
Asustarás al vano injerto en el fondo de este río ruin,
Jamás oímos el desvelo de ese apagón infatigable.
Insistirías en clamar, grosera, que de noche aún es hoy,
Si emergieras de esas hinchadas sombras y atestiguaras ese sol amargo,
Aquel por el cuál aún aguardamos… el paso final.
Nacen los gemidos entre la roca sibilante.
Aunque el escuálido hastío enfría la abúlica corriente,
Jamás ha de prohibirse su dulce gula,
Internalizado a través del amasijo diligente,
Su lengua el hálito de un recuerdo principal,
A propósito de esa prensa que aplasta con rojo brío, violenta.
Miríadas de esperpentos compuestos de tu insidia,
Irán en dirección opuesta al calor…
Kilos les pesan sobre las almas tiesas,
Aunque aún son capaces de sufrir,
El escozor bubónico, la amarga llamarada,
La garra que arrastra la carne contra la norma de su piel sangrienta,
Al límite absoluto del fin de su humanidad.
No retengas en tu sangre ese malsano coraje,
Asco de la peña que grita tu semblante,
Justo cuando la hora es bella para la doncella de cristal,
Insisto en que será una plagada de dulce herrumbre oleosa;
Si en la noche ctónea secuestras un respiro austero,
Arderá la carne del fértil cabrío ahogado en el río negro del caliente hogar.
Bramando entre la ruin tiniebla oirás el rumor,
Ronco como el arranque tosco de un mancillado pulmón,
Un latido profundo que no tiene dueño,
Cuando el espectro segó tus ansias y las reemplazó por temor,
Incluso bajo la estela de una estrella bondadosa o un respiro entre el aluvión,
Otras serán las virtudes del apagón en tu corazón violado.
Ni las estrellas sedosas ni la neblina que es la bruma de la luna,
Anticiparon con recelo el advenimiento de la lluvia negra,
Juzgando a ese vago recuerdo envuelto en arañas y ojos raros.
Internamente algunos habrán considerado la curiosa similitud,
Sancionó el negro espejo con una marisma de ponzoña,
Aquel entonces hace dos años cuando la tormenta devoró la fracturada vereda desdeñada.
Guarnecida en el seno de un trueno supurante,
Rumiarán entre escozores los centinelas sigilosos,
Entes de veneno, de destinos robados,
Tronando espurios sus versos de sombras,
Trastornando el vientre y con ponzoña la mente,
Ahorcando tus sueños hasta que, extraviada en la tiniebla, tropieces con su palacio espectral.
No se supo la causa secreta por la cual esa tiesa hija,
Aulló como la vena que salpica la bruna sangre,
Jalando de la frontera un alma que ya se había retirado.
Insistieron entonces en procedimientos inconsecuentes,
Silente como el origen del aciago clamor,
Algún lugar la habría reclamado, ahora vacía de su viajera solitaria.
Fustes anclados, empalados en el vil metal,
Incluso ahora enhiestos por la mera reminiscencia del sol,
Gastarán sus balas en pesadillas vagas,
Arrullando a su demonio con el desvelo del licor negro,
Ronco como un trueno, maligno como un orco, duro como un yunque,
Obtenebrado en el suplicio, arrebatado por la negra mano.
Así es que todas las cosas encuentran su encuentro,
Los fuegos negros del llamado trepidante,
Auspicio del sol dormido bajo la tierra de mis padres,
Nacido y reunido para la séptima condena.
La labor del siglo emancipada por medio del inocuo ruido,
Alguna tempestad de talante adormilante en un escollo sangriento y sombrío,
Fue en su honda encomienda que se llevó a mis vecinos,
Entre una marcha fría de muertos vivos que se retiran,
Insistentes en olvidar la carne que abandonarían a heredar.