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Kai se mordía el labio inferior mientras el coche de lujo de su novio se dirigía hacia las afueras de la ciudad. Miró a su novio sin poder evitar sentirse pequeño; a diferencia de él, Marcus era un hombre de éxito, medía más de 1,90 m y era más musculoso. Todo eso siempre le había hecho sentirse pequeño.
—¿Estás nervioso, cariño? —preguntó Marcus con esa voz grave y tranquila.
—Un poco... Dijiste que tenías una sorpresa especial para mí, pero no me has dado ninguna pista —respondió con voz suave.
—Confía en mí, Kai —Marcus sonrió, colocando una mano sobre su muslo—. Te quiero tanto... Haría cualquier cosa por verte feliz.
—Yo también haría cualquier cosa por ti, Marcus. —Tragó saliva y volvió a hablar—. Es solo que… me pongo nervioso cuando no sé qué esperar.
—Mi amor, Kai —dijo con suavidad—. No me gusta verte angustiado. Creo que ya es hora de darte una pista… una muy buena.
Marcus apretó suavemente el muslo de Kai.
—Esta noche solo tienes que dejarte llevar. Los chicos han tenido una temporada dura. Les falta motivación. Y tú eres exactamente lo que necesitan.
Kai levantó la mirada, sin entender a qué venía lo del equipo.
Aun así, no preguntó. Había algo que le inquietaba más
—¿Yo? —murmuró— ¿Cómo podría ayudar a un equipo de fútbol americano? No soy como ellos.
Marcus no respondió de inmediato. Primero aparcó su auto en la mansión privada, que había preparado el día anterior, luego bajó para abrirle la puerta a Kai.
—Lo sabrás cuando entremos. —Le tendió la mano.
Kai dudó antes de aceptarla. Quería respuestas, pero lo único que hizo fue morderse el labio y seguirlo en silencio.
Al entrar, estaban los once jugadores del equipo de fútbol americano sentados en los sofás. Eran altos, de cuerpos atléticos y algunos destacaban por sus rostros atractivos.
Kai se tensó al verlos, más aún cuando cruzó miradas con un chico rubio, que tenía una sonrisa maliciosa en la cara.
—Buenas noches, entrenador —dijo uno de ellos mientras le daba la mano a Marcus—. Tengo a todos los chicos aquí, tal y como pediste.
—Chicos —los llamó; todos se giraron y escucharon con atención—, últimamente han estado muy desanimados. Han perdido los últimos tres partidos y he estado pensando en algo que realmente los motive.
Marcus miró a varios de los jugadores.
—Lo sé todo, chicos. ¿Creéis que no me he dado cuenta de cómo se lo comen con la mirada? Lo he notado en cada partido que viene a verme, incluso lo he notado ahora —hizo una pausa, luego añadió sin rodeos—, así que seré generoso y dejaré que lo follen.
Entre los jugadores se escucharon exclamaciones de sorpresa.
—Espera… ¿qué? Marcus, ¿de qué estás hablando? —chilló Kai.
—Shhh, mi amor —susurró, mientras lo miraba con ternura—. Esto es perfecto. Ellos te desean, y tú querías que todo un equipo te usara, que te follaran hasta que no pudieras ni caminar.
Le ardían las mejillas al pensar que alguien lo había oído. Miró de reojo a los jugadores, que estaban de espaldas, alejándose para darles privacidad. Para Kai fue un alivio.
Hasta hacía poco, ese era uno de sus secretos más sucios, hasta que una noche de excitación y descontrol terminó confesándolo porque Marcus se lo había pedido. Cuando pasó toda esa excitación, se arrepintió, creyó que lo abandonaría por ser tan pervertido. Pero no fue así. Marcus siguió siendo el mismo hombre tranquilo y cariñoso con él.
Pero eso solo había ocurrido en su mente, una fantasía que no llevaría a cabo. Jamás consideró hacerla realidad.
—Sí, pero eso no...
—Es tu regalo.
En el fondo no podía creer que lo estuviera diciendo en serio y con tanta calma.
—No... Marcus. Yo... Yo me equivoqué. No quiero.
Marcus echó un vistazo a los jugadores, luego tomó la mano de Kai y lo guió hacia una de las gradas de la mansión. Al detenerse, puso sus manos en las mejillas de Kai, acariciándolas.
—Mi amor, sabes lo importante que es el equipo para mí.
El corazón de Kai dio un vuelco al oír esas palabras.
—Y sé que, en el fondo, tú quieres esto.
—Marcus, por favor —negó con la cabeza—. Debe haber algo más que pueda hacer por el equipo. Pero no esto.
—Es lo que necesitan, Kai —afirmó con una cálida sonrisa—. Es lo que yo necesito: que mejoren para los siguientes partidos. Y tú necesitas cumplir esa fantasía.
Kai bajó la mirada y empezó a sentir dolor en el pecho. Sentía que el rendimiento de los jugadores estaba en sus manos. No quería ser el culpable de la tristeza de su novio.
—No te preocupes, me encargaré de que todo sea seguro. Usaremos una palabra clave. ¿Recuerdas nuestra palabra clave?
—Nuestra palabra clave es sandía —respondió Kai.
—Bien —felicitó—. Tú puedes hacer eso por mí, ¿verdad?
—Yo —hizo una pausa, no quería, pero por Marcus...—lo haré.
—Ese es mi chico —sonrió, acariciando el cabello de Kai—. Ahora ve a prepararte, mi amor. En la primera habitación de arriba hay un conjunto de lencería justo como en tus fantasías. Quiero que te lo pongas completo. Yo iré a hablar con los chicos.
—Está bien —obedeció.
Las medias de encaje se ajustaban a sus delgados muslos y, al ponerse de pie frente al espejo, contempló el conjunto completo: lencería blanca con pequeños detalles negros.
A través del encaje semitransparente, se podían ver sus pezones rosados marcándose claramente contra la tela.
Se giró un poco. Los suaves volantes de encaje no ayudaban a cubrir sus partes íntimas: había una abertura entre ellos. Sus nalgas redondas y su polla quedaban totalmente expuestas.
Era justo como en sus fantasías: él, con su lencería semitransparente, la facilidad para acceder a sus nalgas, y podían usar su agujero tanto como quisieran, todo sin quitarle esa prenda sexy.
Entonces pensó en su novio. ¿Su novio lo vería siendo follado por otros tipos? ¿Se excitaría igual que aquella vez cuando se lo contó?
Sus pezones se pusieron erectos, sintiendo la necesidad de pellizcarlos contra el encaje.
—Ugh —gimió sin querer, y el sonido lo sorprendió.
¿En qué estaba pensando? ¿Acaso le estaba gustando la idea de que lo vieran siendo follado? Sacudió la cabeza frenéticamente y volvió a mirar hacia la cama; al no encontrar lo que quería, observó con esperanza a su alrededor. No quería bajar totalmente expuesto, pero su novio no le había dejado una bata.
Frustrado, no tuvo más remedio que bajar.
—Mira a esa putita —dijo el chico rubio del principio, Tyler.
—Joder, cariño, te has puesto esa lencería como si supieras exactamente lo que ibas a provocar —comentó otro chico, Colin, con la voz cargada de deseo.
Kai, sintiéndose nervioso, recorrió con la mirada cada rostro con urgencia.
—¿Buscas a tu novio, putita? —preguntó Tyler, dando un paso más cerca, con una sonrisa lenta—. Ya se ha ido.
Kai sintió como si se le oprimiera el pecho.
¿Se fue?
Kai se encogió de hombros, sintiendo esta vez miedo. Macus lo había dejado cuando su presencia era lo que le daba valor para seguir adelante con esta locura.
Retrocedió unos pasos, temblando, hasta que su espalda chocó con algo firme y cálido.
—Nos dijo que por fin podíamos tenerte —susurró Colin contra su oído y Kai se estremeció.
—Ya no tienes que fingir más, cariño. Esta noche eres nuestro —añadió otro chico.
Colin bajó sus manos grandes y callosas hasta llegar a la polla de Kai. La acarició lentamente y apretó la sensible punta con el pulgar.
—Joder… mira cómo responde —dijo presionando un poco más y Kai arqueó la espalda—. Como un necesitado de polla.
—Espera... Espera —gimió Kai, con voz entrecortada.
Sintió otras manos cálidas sobre sus partes: pellizcándole los pezones, bajando por su abdomen y explorando sus muslos. La sensación hizo que su polla se agitara involuntariamente y soltara pequeños gemidos.
Tyler, que hasta ese momento había estado observando lujuriosamente, se acercó más. Empujó a Colin suavemente con el hombro.
—Déjame a mí un rato —dijo con voz grave—. Yo también quiero sentirlo.
Colin soltó una risa baja y se apartó, aunque no sin antes darle una última caricia lenta a la polla de Kai.
Tyler no perdió tiempo. Agarró a Kai por las caderas y lo atrajo hacia sí para que su polla erecta estuviera cerca de lo que tanto anhelaba. A través de sus pantalones presionaba entre las nalgas de Kai.
—Joder —maldijo Tyler, empujando las caderas—. Este culito nos ha tenido locos desde hace semanas. Ahora que tenemos la oportunidad, lo llenaremos hasta que rebose.
Antes de que Kai pudiera protestar, sintió cómo lo levantaba sin esfuerzo. Con los pies apenas rozando el suelo, lo llevó hasta la mesita del salón y lo colocó boca abajo.
Su cara quedó presionada contra la madera, con el culo levantado y completamente expuesto por la posición y la abertura de la lencería.
Varios de los chicos empezaron a quitarse las camisetas, y otros, desesperados, comenzaron a masturbarse.
—Ahora sí, chicos, es hora de divertirnos y hacerlo nuestro —dijo uno de ellos con voz enérgica.
El mismo chico se acercó a Kai. Se sentó al borde de la mesa con la polla fuera, y se inclinó para separar las nalgas de Kai.
—Joder, qué agujero de juguete. Seguro que el entrenador se lo come todas las noches.
En ese momento, se avergonzó; no fue hasta que sintió algo frío y resbaladizo bajar por su entrada que su cara se ensombreció.
—¡Sandía! —gritó con voz ahogada—. ¡Sandía! ¡Sandía!
Los chicos se quedaron en silencio por un segundo… y luego algunos de ellos estallaron en risas.
—¿Sandía? —se rió, sin dejar de separarle las nalgas—. Oigan, nuestro chico quiere sandías.
—No tenemos sandías, pero tenemos algo que te encantará más —se burló Tyler detrás de él.
Kai se sintió humillado.
Quiso protestar, pero al instante tres dedos entraron en él de un solo golpe, sorprendiéndolo y arrancándole un gemido.
—Ugh... No... —los dedos lo embestían sin piedad— esp... espera —apenas pronunció, sintiendo que aumentaba la velocidad— mhg... Dij mmhg... la pa... labra.. . Ugh... clave
Por los movimientos constantes, su cuerpo se frotaba contra la mesa, dándole una sensación de dolor y placer que no quería sentir. Ya no le estaban abriendo las nalgas, sino follándole el agujero.
—Mierda —maldijo Tyler mientras añadía un cuarto dedo—. Mira cómo tu agujero recibe mis dedos, se aferra a mí pidiendo más.
Tyler sacó los dedos de golpe, provocando un sonido húmedo y obsceno. Con mirada desesperada, abrió las piernas de Kai al máximo, tomó su polla dura y la golpeó repetidamente contra su estrecha entrada, ansioso por penetrarlo.
—¡Dije la palabra! —soltó con miedo—. Dije la palabra clave: ¡Sandía!
—Esa no es la palabra clave —afirmó Tyler, clavando su polla contra el culo de Kai.
Kai arqueo la espalda y soltó un grito ahogado, sintiendo cómo sus paredes internas se abrían forzadamente ante la polla gruesa de Tyler.
—Joder —gruñó—. Sigue estando apretado.