File #001: Opción Tres (MYG)
CATEGORY: MAFIA / CONTROL FILE
STATUS: CLASIFICADO
RISK LEVEL: FATAL
SUBJECT: Min Yoongi

NOTES: Acceso concedido.
— Mira —
El piso sesenta y tres del rascacielos Min tiene vista al abismo de Seúl, pero yo no veo nada más allá de las puertas de cristal tintado que dan al vestíbulo. Llevo cuatro días aquí. Cuatro días de comida traída por hombres de traje negro, de duchas en mármol italiano que huele a vainilla y amenaza, y de la certeza absoluta de que Min Yoongi —el “Diablo” del inframundo, el fantasma que controla el tráfico de información de medio Asia— va a matarme esta noche.
O algo peor.
La puerta se abre con un siseo hidráulico y entra él.
Lleva un traje negro que debe costar más que mi apartamento completo, sin corbata, el cuello de la camisa abierto mostrando piel pálida y la tinta negra de un tatuaje que asoma —una pistola, creo, o una serpiente— y sus ojos... Dios, sus ojos son de un gris helado que no debería existir en humanos. Me mira como si fuera un error en su código que necesita depurar.
— ¿Todavía no hablas, pequeña hacker? — Su voz es baja, perezosa, peligrosa.
Me llamo Mira. Veinticuatro años. Especialista en criptografía que intentó —estúpidamente— robarle los planos de un cargamento de armas a su organización. Y ahora estoy sentada en su sofá de cuero blanco, con una camiseta de él que me queda grande y nada más, esperando que decida si soy más útil viva o muerta.
— No tengo nada que decirte — digo, y mi voz suena mejor de lo que me siento.
Sonríe. Es una curva cruel de labios rosados.
— Mientes. Pero está bien. Prefiero que guardes la voz para otras cosas.
Se acerca. El olor a tabaco caro, a pachulí y algo metálico—como sangre o cables quemados— me envuelve. Se para frente a mí, tan cerca que sus rodillas rozan mis rodillas desnudas. Lleva un vaso de whisky en una mano, la otra está en el bolsillo de su pantalón, relajada, como si no estuviera interrogando a una prisionera.
— Sabes — dice, dando un sorbo al ámbar líquido —, revisé tus archivos personales. Tienes buen gusto en pornografía. Muy... específico.
Mi sangre se convierte en hielo. Luego en fuego.
— ¿Quieres saber qué vi, Mira? — Mi nombre suena obsceno en su boca —. Vi que te gusta que te dominen. Que te gusta el dolor justo donde duele. Que fantasías con hombres mayores que te rompan hasta que no recuerdes tu nombre.
No respondo. No puedo. Mi respiración se ha vuelto errática.
— Tienes dos opciones — continúa, inclinándose, poniendo sus manos en los reposabrazos del sofá, atrapándome —. Una: te arrojo al río Han esta noche y nadie encuentra tu cuerpo. Dos: me demuestras que eres tan buena como crees ser en tus fantasías, y te dejo vivir... como mía.
La palabra “mía” resuena en mi vientre bajo.
— ¿Y si elijo la tres? — susurro, estúpida, valiente, excitada.
— No hay tres — su mano libre sube, agarra mi barbilla con fuerza que duele —. Pero puedo improvisar.
Me besa.
No es un beso dulce. Es una invasión, una conquista. Su lengua entra en mi boca sin pedir permiso, sabiendo a whisky y veneno, y yo gimo porque no puedo evitarlo, porque llevo cuatro días imaginando esto, porque soy una estúpida y esto es exactamente lo que mi cuerpo pedía cuando intenté hackearlo: que me atrapara.
Sus manos son frías cuando agarran la camiseta que llevo puesta —su camiseta— y la rompe. Literalmente la rompe por la mitad, dejándome expuesta en ropa interior negra de encaje.
— Bonita elección — murmura contra mi cuello, mordiendo el tendón hasta que veo estrellas —. Pero innecesaria.
Me levanta del sofá como si pesara nada. Soy pequeña junto a él, frágil, y eso le excita; lo veo en la dureza que presiona contra mi estómago cuando me empuja contra el escritorio de caoba. Limpia la superficie de un golpe —papeles, laptop, un jarrón de cristal vuelan al suelo— y me sienta ahí, expuesta, vulnerable.
— Ábrelas — ordena, sus ojos grises oscurecidos por la lujuria.
Abro las piernas. Temblando. El aire frío del aire acondicionado golpea mi sexo y me estremezco.
— Más — gruñe, y su mano golpea el muslo, no suave, un azote seco que me hace jadear —. Enséñame lo que querías que encontrara cuando entraste en mis servidores. Enséñame ese coño que has estado mojando pensando en que te atrapara.
Sus palabras son sucias, brutales, y funcionan. Estoy empapada, lo sé, lo siento, y cuando sus dedos —esos dedos que firman órdenes de ejecución y acuerdos millonarios— se deslizan por mi entrada, él sonríe con satisfacción depredadora.
— Tan lista — susurra, introduciendo dos dedos de golpe, haciéndome arquear la espalda —. Toda esta humedad para mí, ¿verdad? Dime que es para mí.
— Es... para ti — gimo, agarrando sus hombros, sintiendo el tejido caro de su traje bajo mis uñas.
— Buena chica.
Me penetra con los dedos con un ritmo cruel, preciso, mientras su otra mano sube a mi garganta, presionando justo lo suficiente para que mi visión se nuble, para que mi corazón se acelere con miedo y deseo indistinguibles. Cuando estoy al borde, jadeando, suplicando sin palabras, él se detiene.
— No tan rápido — dice, desabrochándose el cinturón con una mano, el sonido de la hebilla metálica haciéndome estremecer —. Quiero que me sientas. Quiero que recuerdes quién es tu dueño cada vez que te sientes mañana.
Su pene se libera. Es hermoso y aterrador, grueso, la punta brillante con presemen, la vena dorsal marcada y palpitante. Lo acaricia una vez, observando mi reacción, mi boca abierta, mi lengua saliendo instintivamente para lamer mis labios.
— ¿Quieres probarlo? — pregunta, malicioso.
Asiento. Me empuja al suelo de rodillas, agarra mi cabello con fuerza casi dolorosa, y guía su longitud hacia mi boca.
— Abre — ordena.
Abro.
Entra profundo, sin piedad, hasta que mi nariz toca su vello púbico. Gime, un sonido animal y ronco que vibra en su pecho, y comienza a moverse, follándome la boca con estocadas que hacen que mis ojos se llenen de lágrimas. Sabe salado, masculino, peligroso. Mis manos se agarran a sus muslos, sintiendo los músculos tensos bajo el traje.
— Tócalo — ordena entre dientes —. Tócate mientras te uso.
Obedezco. Mis dedos bajan a mi ropa interior, empujándola a un lado, encontrando mi clítoris hinchado y sensible. Froto en círculos frenéticos mientras él me penetra la garganta una y otra vez, sus caderas moviéndose con precisión militar, sus manos sujetando mi cabeza como si fuera un objeto, una posesión.
Estoy cerca, tan cerca, cuando él se retira de golpe, dejándome jadeando, con saliva en mi barbilla, desesperada.
— No te corras sin permiso — gruñe, agarrándome por los brazos y levantándome —. Quiero sentirlo.
Me voltea sobre el escritorio, de espaldas a él, empujando mi torso contra la madera fría. Escucho el sonido del preservativo —cuándo se lo puso?— y luego siento su calor contra mi entrada.
— Mira a la ciudad — ordena, girando mi cabeza para que vea las luces de Seúl brillando bajo nosotros, expuesta ante la ventana panorámica —. Mira cómo te follan todos los que envidiarían tu lugar aquí.
Y entra.
Es un golpe profundo, devastador, llenándome completamente hasta el fondo. Grito, un sonido estrangulado entre dolor y éxtasis, y él no espera a que me adapte. Comienza a embestir con una fuerza brutal, sus caderas golpeando mis nalgas con sonidos obscenos que llenan la habitación, sus manos agarrando mis caderas con fuerza suficiente para dejar moretones.
— Tan apretada — jadea, inclinándose sobre mí, mordiendo mi hombro a través de la camisa —. Tan jodidamente perfecta. ¿Esto es lo que querías cuando entraste en mis archivos, pequeña espía? ¿Querías que te atrapara? ¿Que te destrozara?
— Sí — lloriqueo, mis manos buscando algo a qué aferrarse en el borde del escritorio —. Sí, por favor, más...
— Más — repite, y su risa es oscura —. Siempre pidiendo más.
Me levanta, cambiando el ángulo, y ahora golpea ese punto dentro de mí que hace que mis piernas se vuelvan gelatina. Una mano baja a mi nuca, presionando mi cara contra el cristal frío mientras su otra mano encuentra mi clítoris, frotándolo con dedos expertos, implacables.
— Correte para mí — ordena, su voz quebrada por su propia cercanía al orgasmo —. Ahora, Mira. Ahora.
Exploto.
Mi cuerpo se contrae violentamente, mi vagina apretándolo con espasmos que parecen no terminar nunca, y grito su nombre, su nombre real, “Yoongi”, como una súplica y una maldición. Él gruñe, profundo y animal, y siento cómo se estremece, cómo sus embestidas se vuelven erráticas, cómo su semen caliente llena el preservativo mientras se hunde profundo una última vez, quedándose ahí, jadeando contra mi espalda.
Pasan varios minutos. Nos quedamos así, conectados, sudorosos, él pesando sobre mí con una intimidad que no debería existir después de algo tan brutal.
— La opción tres — murmura finalmente, besando mi nuca, su voz volviendo a ser humana —. Te quedas. Como mi hacker personal. Y mi puta. Y lo que se me ocurra.
Me giro para mirarlo. Sus ojos grises están suaves ahora, casi tiernos, si no fuera por la posesión salvaje que aún veo ahí.
— ¿Y si digo que no? — pregunto, desafiándolo, aunque mi cuerpo todavía tiembla con el eco del placer.
Sonríe, y es la sonrisa del hombre que sabe que ya ha ganado.
— Entonces te dejo ir — dice, mintiendo descaradamente, besando mi mandíbula —. Pero no lo harás. Porque mañana querrás más. Y pasado mañana. Y la semana que viene, cuando estés sentada en mi regazo mientras reviso los informes, mojándote con solo mirarte.
Tiene razón. Lo sé. Él lo sabe.
— Sí — susurro, y no es derrota, es elección —. Sí, jefe.
— Buena chica — repite, y esta vez suena como una promesa de mañanas oscuras y noches infinitas bajo su control.
FILE CLOSED.
Déjame el próximo caso que quieras abrir...