La Última Página
Alma Ríos tenía dieciséis años y una obsesión muy específica: las novelas antiguas.
Mientras otras chicas veían series modernas, ella pasaba las noches leyendo historias olvidadas en bibliotecas virtuales. Su favorita era una novela romántica de los años 80 llamada “Corazones de Neón”. Todo en esa historia era exagerado: los peinados enormes, las chaquetas de cuero, los casetes y los protagonistas perfectos.
Pero había algo que Alma odiaba.
El personaje de Beatriz Salcedo.
La chica rica, tímida y obesa que toda la novela usaba como burla. Nadie la defendía. Ni siquiera el protagonista.
—Qué injusto… —murmuró Alma mientras cerraba el libro.
Esa noche, una tormenta hizo temblar las ventanas.
Un relámpago iluminó su habitación.
Y todo se volvió negro.
Cuando abrió los ojos, escuchó música vieja sonando cerca.
—♪ Take on meeee… ♪
Alma se incorporó de golpe.
Había pósters ochenteros en las paredes.
Un teléfono enorme descansaba sobre una mesa rosa.
Y frente al espejo… estaba ella.
O más bien, alguien más.
Una chica de mejillas redondas, cabello rizado y uniforme elegante.
Entonces alguien gritó desde afuera:
—¡BEATRIZ, APÚRATE O LLEGARÁS TARDE!
Alma palideció.
—No… no puede ser…
Corrió hacia el escritorio y encontró el libro.
La portada decía:
“Corazones de Neón”
—¡Entré en la novela!
Y no solo eso.
Había despertado dentro del cuerpo de la chica que más sufría en toda la historia.
El corazón de Alma latía tan fuerte que creyó que iba a desmayarse.
Miró otra vez el espejo.
La misma piel clara.
Los mismos ojos grandes.
La misma expresión insegura que describían en cada capítulo.
Beatriz Salcedo.
La chica invisible.
La chica que todos utilizaban como chiste.
—Esto tiene que ser un sueño… —susurró.
Se pellizcó el brazo.
Dolió.
—¡BEATRIZ! —gritó otra vez la voz femenina—. ¡Tu padre ya encendió el auto!
Alma tragó saliva.
Recordaba perfectamente esa escena.
Era el inicio oficial de la novela.
El día en que Beatriz llegaba tarde a clases, tropezaba frente a todos y terminaba humillada por el protagonista: Leonardo Vidal.
El chico más popular del instituto Saint Mary.
El favorito de toda la historia.
Y el mismo que Alma siempre había querido golpear con un diccionario.
—No pienso seguir el guion —murmuró.
Abrió el armario.
La ropa parecía salida de una revista vieja: hombreras gigantes, medias de colores y blusas brillantes.
—Definitivamente esto son los 80…
Tomó una chaqueta roja y salió de la habitación.
La mansión Salcedo era enorme. Escaleras de mármol, cuadros dorados y un enorme tocadiscos sonando en la sala.
Una mujer elegante levantó la mirada desde el sofá.
—Por fin bajas.
La madre de Beatriz.
En la novela apenas le prestaba atención a su hija porque estaba demasiado ocupada organizando fiestas.
—Lo siento… mamá —dijo Alma, todavía confundida.
La mujer frunció el ceño.
—¿Te sientes bien? Normalmente bajas mirando el suelo.
Alma se quedó callada.
Tal vez la verdadera Beatriz sí hacía eso.
Pero ella no.
—Solo estaba pensando.
La mujer arqueó una ceja, sorprendida.
—Bueno… apúrate.
Afuera, un auto negro esperaba frente a la entrada.
El conductor abrió la puerta.
Alma respiró profundo antes de entrar.
“Solo tengo que sobrevivir”, pensó.
Pero mientras avanzaban por la ciudad, algo comenzó a inquietarla.
Todo se veía demasiado real.
Las tiendas antiguas.
Los anuncios de casetes.
Las personas caminando con ropa brillante.
No parecía un sueño.
Parecía una vida completa.
Cuando el instituto apareció frente a ella, Alma sintió un nudo en el estómago.
Saint Mary era exactamente como lo imaginó al leer la novela: enorme, elegante y lleno de estudiantes que parecían modelos de comerciales viejos.
Y entonces ocurrió.
Un chico bajó de una motocicleta negra frente a la entrada.
Cabello oscuro.
Chaqueta de cuero.
Sonrisa arrogante.
Leonardo Vidal.
Las chicas comenzaron a susurrar emocionadas.
—Es tan guapo…
—¿Viste su chaqueta?
—Dicen que irá a la fiesta de Valentina…
Alma puso los ojos en blanco.
—Sí, sí… el príncipe tóxico llegó.
Sin darse cuenta, lo dijo en voz alta.
Leonardo volteó.
Sus ojos se encontraron.
Y por primera vez en toda la historia…
Beatriz Salcedo no apartó la mirada.
El patio quedó en silencio por un segundo.
Leonardo frunció ligeramente el ceño, confundido.
Porque en la novela original, Beatriz siempre bajaba la cabeza.
Siempre.
Pero Alma sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Desafiante.
Y en ese instante…
La historia empezó a cambiar.