Capítulo 1: La Rosa de Siracusa.
El aire denso y sofocante del verano siciliano se filtraba a través de las rendijas de los ventanales, cargando el ambiente con una pesadez húmeda que volvía la respiración lenta y bochornosa.
Kyle se encontraba tirado en el suelo de la pequeña habitación, sentado en un rincón sobre las baldosas desgastadas. Su cuerpo estaba completamente desnudo y encogido sobre sí mismo, buscando un resquicio de frescura contra la pared. Mantenía la cabeza baja, oculta entre sus brazos doblados que descansaban sobre las rodillas, en una postura instintiva de repliegue.
El silencio denso de la mañana se rompió cuando la puerta se abrió de par en par, estrellándose bruscamente contra la pared. La figura de Salvatore recortó el umbral. Ante el impacto, el cuerpo del omega se tensó por completo de forma automática.
—¡Buenos días, corderito! —exclamó con voz animada mientras acortaba la distancia en un par de zancadas.
Alzó la mirada lentamente desde el suelo, siguiendo sus movimientos con desconfianza. Él se inclinó, extendió un brazo y lo tomó firmemente por la muñeca para levantarlo de un solo tirón.
En cuanto se vio erguido y desprotegido, apresuró las manos hacia el frente en un intento desesperado por cubrirse disimuladamente. En lugar de reaccionar con brusquedad, el alfa extendió una mano y le acarició el rostro con una delicadeza inusual que hizo estremecer su piel.
—Kyle, tenemos que hablar de algo importante —dijo fingiendo pesar—. Hoy fui a ver a tu papito para cobrarle... Pero me llevé la sorpresa de que abandonó la finca. No había rastro de tu familia.
Las palabras lo impactaron con la fuerza de un golpe físico. La idea de que su familia lo hubiera dejado atrás sin dejar rastro no cabía en su cabeza, sin poder contener la marejada de angustia, comenzó a llorar en silencio, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas ante la devastadora idea del abandono.
—Corderito, eso significa que serás tú el que pague la deuda... —continuó sin perder la sonrisa, observando las lágrimas del joven sin remordimiento alguno.
—¿C-cómo podría hacerlo...? —articuló a duras penas, alzando su mirada con voz quebrada—. Usted no me deja salir de aquí...
—Cariño, no te preocupes por eso, ya tengo un trabajito para ti —respondió acomodándole un mechón de cabello húmedo—. ¿Recuerdas que te dije que a mi jefe le gusta pasar el rato con jóvenes como tú?
Kyle asintió con una rigidez casi mecánica, paralizado al notar cómo los ojos verdes del alfa brillaban con una intensidad excesiva.
—Bueno, hoy vas a conocer al Don —añadió en un tono casi festivo—. Solo tienes que ser obediente como te enseñé y todo estará bien.
Sin darle tiempo a asimilar la indicación, le rodeó la cintura con el brazo y lo guio fuera del cuarto, llevándolo hacia la habitación contigua que le pertenecía a él. Al cruzar el umbral, señaló sobre la cama un conjunto de prendas finas que contrastaban bruscamente con la austeridad del lugar.
—Mira esta ropa tan linda que te compré para que vayas a visitarlo hoy... —dijo ufanándose del gesto—. ¿No crees que soy muy bueno contigo?
El omega continuó sollozando en silencio, profundamente confundido y asustado. No lograba descifrar la razón detrás de esa repentina amabilidad y ese trato complaciente.
—Corderito, ve a bañarte —le ordenó con firmeza, pero sin perder el tono risueño—. Quiero que estés muy limpio.
Le dio un ligero empujón desde la cintura para encaminarlo. En cuanto dio un par de pasos al frente, le asentó una nalgada. El impacto resonó y el cuerpo de Kyle dio un respingo violento, un latigazo involuntario le recorrió la columna. Sus músculos se tensaron tanto que se quedó rígido a medio paso, con el aire atrapado en la garganta. El impulso de protestar o de girarse a confrontarlo murió antes de nacer, aplastado por el terror a los puños de aquel hombre.
Avanzó torpemente hacia el cuarto de baño y, antes de que pudiera dar unos pasos más dentro, la voz de Salvatore volvió a sonar desde atrás:
—No olvides dejar la puerta abierta… Tengo que ver el espectáculo —ordenó desde el umbral.
Entró a la ducha y dejó la cortina completamente abierta, tal como se le había indicado. Sin dejar de llorar abrió la llave del registro y permitió que la descarga de agua fría lo empapara de golpe. Tomó la pastilla de jabón entre sus manos temblorosas y comenzó a tallarse la piel con torpeza, intentando desesperadamente ignorar la mirada penetrante lo escudriñaba.
El alfa avanzó hacia él sosteniendo una maquinilla de afeitar metálica entre los dedos, le cambió la hojilla con una parsimonia pausada y metódica.
—Corderito, vamos a tener que depilarte un poco —anunció evaluando su cuerpo con un matiz de reproche—. La verdad no te ves nada atractivo así.
El omega lo miró a través de la cortina de agua, desconcertado y sin alcanzar a comprender el sentido de sus palabras. Sin darle espacio para asimilarlo, Salvatore dio dos pasos al frente, se sentó sobre la tapa del sanitario y le hizo una seña autoritaria con la mano.
—Acércate un poco y no te muevas —le advirtió con una voz gélida.
Obedeció de inmediato, dando un par de pasos al frente con la mirada fija en el techo. Salvatore extendió la mano y apoyó la palma contra su muslo para fijarlo, comenzó a deslizar el filo metálico con trazos firmes y rutinarios; el contraste de esos dedos calientes contra su piel mojada y helada hizo que diera un sutil respingo. Apretó los dientes y solo pudo sollozar, sabía que el más mínimo espasmo haría que la navaja se hundiera en su carne, así que contuvo la respiración.
—¿P-por qué tengo que hacer esto...? —preguntó con una inocencia torpe.
—Porque es lo que está de moda —respondió sin pausar el ritmo de la cuchilla, en un tono despreocupado—. Solo un campesino llevaría vello ahí.
Sin comprender realmente la justificación, prefirió guardar silencio y sofocar cualquier otra pregunta. El temor a provocar el enojo del alfa pesaba mucho más que su propia confusión.
Tras un par de minutos, retiró la maquinilla y se puso de pie para limpiar los residuos bajo el chorro de la llave del lavamanos.
—Ya puedes enjuagarte. Hazlo rápido y deja de llorar de una buena vez —le indicó, dándole la espalda para dirigirse a la salida—.Al Don no le gustan los llorones.
El joven asintió torpemente y acató la orden. Continuó bajo el chorro de agua por unos instantes más, esforzándose por contener los sollozos que amenazaban con ahogarlo. Al cerrar la llave, tomó la toalla y se secó el cuerpo con movimientos apresurados antes de regresar a la habitación.
Allí, junto a la cama, ya lo aguardaba para mostrarle el vestuario. Extendió primero una prenda diminuta de encaje negro de un diseño revelador.
—Ponte esto primero, corderito —ordenó, sosteniéndola frente a él.
—Creo que es muy pequeña... —murmuró, con la voz ahogada por la vergüenza mientras miraba la prenda en sus manos.
—Te va a quedar perfectamente —atropelló mostrando los primeros signos de impaciencia—. Así es la ropa que se usa en la ciudad. Póntela rápido.
Sintiéndose profundamente expuesto, obedeció y se colocó la prenda, intentando de inmediato cubrirse la zona frontal con ambas manos. La reacción de Salvatore no se hizo esperar: le apartó las manos de un golpe seco. Antes de que el omega pudiera encogerse, metió dos dedos por debajo del resorte de encaje, hundiéndolos en la piel recién rasurada del bajo vientre y presionando con fuerza hacia abajo, justo en el límite de la pelvis, asegurándose de que el trabajo hubiera quedado perfecto.
Kyle ahogó un grito de pánico, tensando el abdomen al sentir la presión invasiva tan cerca de su intimidad.
—¿Si ves? Te quedo perfecto —alardeó el alfa, contemplándolo con satisfacción—. Ponte el resto rápido, tenemos que irnos.
Kyle tomó apresuradamente las prendas restantes. Al deslizar las piernas dentro del pantalón, lo sintió excesivamente ajustado contra los muslos, mientras que la camisa blanca, confeccionada en una tela demasiado fina, dejaba entrever con claridad el tono de su piel por debajo. Finalmente, se calzó los zapatos y se pasó los dedos por el cabello húmedo en un intento torpe por acomodárselo.
Salvatore lo recorrió de arriba abajo con la mirada. Sacó una peineta del bolsillo de su chaqueta, dio un par de pasos hacia él y trazó varias pasadas firmes sobre la cabellera del joven para moldearle el peinado.
—Pareces otra persona —concluyó guardando el accesorio—. No sé por qué sigues tapándote tanto. Pensé que después de unas semanas de estar desnudo dejarías esa estúpida timidez tuya.
Salieron de la casa y subieron al automóvil. Para el omega, el trayecto por las calles de Siracusa transcurrió como un pestañeo aturdido; sumido en una desesperación muda y con el pecho comprimido por la incertidumbre de lo que le aguardaba con aquel misterioso Don, el tiempo pareció diluirse sin dejar rastro de los paisajes que cruzaban.
El vehículo finalmente se detuvo frente a una enorme mansión de imponente fachada de piedra, cuyo porte reflejaba el indiscutible poder de su dueño. Tan pronto como bajaron, Salvatore le rodeó la cintura con el brazo, guiándolo hacia el interior con un afecto fingido que le erizaba la piel. A medida que se adentraban en la propiedad, observó con el corazón en la garganta a varios hombres armados y de aspecto intimidante distribuidos en puntos estratégicos, vigilando cada rincón de la casa.
Al llegar al pie de la escalinata principal, el alfa se detuvo, tomó el rostro del muchacho entre sus manos y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Sube, arriba te vas a encontrar con Don Carmelo —le susurró en voz baja y tajante—. Quiero que lo complazcas bien; él te dirá qué tienes que hacer, tú solo debes obedecer. ¿Lo entiendes, corderito?
—Sí, lo entiendo... —articuló apenas, reteniendo un temblor en la voz.
—No me decepciones, el jefe debe quedar satisfecho —le plantó un beso suave en la mejilla y sostuvo su mirada con firmeza—. Ahora vete, vendré a recogerte más tarde.
Dio media vuelta y comenzó a subir los peldaños. Con cada paso, apretaba los puños e intentaba calmar el ritmo frenético de su respiración, repitiéndose a sí mismo como un mantra que, si se mostraba obediente y hacía todo bien, tal vez le permitirían volver a su casa para comprobar con sus propios ojos si era verdad que su familia lo había abandonado.
Al alcanzar el segundo piso, se encontró con una atmósfera extrañamente silenciosa y desierta. No había rastros de hombres armados ni de sirvientes. Avanzó despacio, recorriendo con la mirada el amplio espacio, desorientado sobre hacia dónde dirigirse.
Al fondo del pasillo, la puerta de una habitación permanecía abierta. Se aproximó a pasos cortos y cautelosos, intentando atisbar el interior; desde la entrada solo alcanzó a divisar una imponente cama situada en el centro y diversas plantas distribuidas con esmero por todo el recinto.
Cerca de la gran ventana, una orquídea de pétalos aterciopelados y un matiz púrpura profundo atrapó de inmediato su atención. Atraído por su delicada rareza, no pudo evitar adentrarse unos pasos para observarla de cerca. Se inclinó sobre la maceta, recorriéndola con la vista, absorto por unos segundos en su belleza.
Sin embargo, un leve movimiento entre las hojas lo puso en alerta. Al enfocar la mirada, descubrió un pequeño capullo de mariposa que comenzaba a rasgarse para dar paso a una nueva vida. Instintivamente, estiró el dedo para intentar rozarlo.
—No deberías tocarla. Si lo haces, vas a matarla —una voz grave, apacible y serena resonó desde sus espaldas.
Se giró sobre sus talones en el acto y se encontró de frente con un alfa alto, de cabello negro y profundos ojos castaños. Su presencia irradiaba un porte fuerte e imponente, y a través de los botones desabrochados de su camisa holgada, alcanzó a atisbar varios tatuajes que le trazaban la piel del pecho con líneas oscuras.
—Lo siento... —expresó en tono bajo, conteniendo las manos hacia el frente con cierta reserva—. No quería lastimarla.
—No le des tanta importancia —respondió el hombre, esbozando una sonrisa amable mientras lo observaba con manifiesta curiosidad—. Es solo que quiero verla volar después. ¿Te gustan las flores?
—Sí... —admitió desviando levemente la mirada hacia la maceta—. En mi casa hay muchas…
—¿En serio? —inquirió en un tono distendido, dando un paso más cerca con soltura—. Creo que no van contigo...
—Es verdad... —asintió suavemente, encogiéndose de hombros sin perder su actitud reservada—, aunque yo no las sembré; algunas solo estaban en el campo.
—No puedo creerlo... —murmuró el hombre, recorriendo con la vista el vestuario del joven en una mueca entretenida—. Tu ropa es demasiado elegante para alguien que dice que es del campo. ¿Te gustaría ver más flores?
—¿En serio... Puedo? —preguntó alzando la mirada con curiosidad sincera.
—Claro —aseguró dejando escapar una risa baja y amigable—, ¿acaso no tienes dos ojos para verlas?
Un rubor repentino le tiñó las mejillas a Kyle ante la ocurrencia. Sin embargo, antes de que pudiera asimilar el gesto, el hombre se le posicionó justo al lado, apoyó una mano sobre su cintura con naturalidad y lo guio sin prisas hacia el otro extremo de la habitación. El toque era firme, pero tan extrañamente respetuoso que, estando tan acostumbrado a los arrebatos violentos de su captor, no supo cómo reaccionar.
Al detenerse junto a la segunda gran ventana, extendió los dedos para señalarle una planta que parecía tener pequeños jarros.
—Mira, esta es una Nepenthes —explicó manteniendo esa cercanía confiada—. Atrae insectos a sus flores para comerlos.
—¿Eso es posible? —preguntó desconcertado, inclinando la cabeza para examinar los pequeños recipientes que colgaban de las ramas.
El alfa desplazó el brazo ligeramente para orientar la atención del joven hacia otra maceta contigua, cuyas hojas verdosas lucían diminutas espinas en los bordes.
—Claro que sí. Esta otra es una Dionaea, hace algo parecido —añadió con tono didáctico—, se cierra de golpe para atrapar a su comida. Pero prefiero la primera; esta tiene que esforzarse y morder, mientras que la Nepenthes solo tiene que ser hermosa y aromática para que la presa caiga por su propio pie.
Kyle contempló el ejemplar sin terminar de creer lo que el hombre le explicaba. Fascinado y absorto por la rareza de las plantas, mientras veía cómo una de las hojas se cerraba, ni siquiera notó el instante en que un empleado ingresó en silencio a la habitación para depositar una bandeja sobre una mesa auxiliar. Para cuando se percató de la interrupción y miró hacia el pasillo, la puerta del recinto ya había sido cerrada.
—¿Te gustaría tomar un poco de vino? —propuso el alfa, rompiendo el silencio mientras avanzaba con pasos pausados hacia la mesa auxiliar.
Se tensó de inmediato, llevando las manos sobre el pecho en un gesto instintivo de resguardo.
—No puedo... —respondió manteniendo la voz baja—. Tengo que ver a Don Carmelo, quizá no debería estar aquí.
—¿Tienes cita con Don Carmelo? —inquirió esbozando una sonrisa ligera y divertida mientras lo observaba de reojo.
—Me dijeron que tenía que buscarlo aquí... —admitió desviando la mirada hacia la puerta—, pero no sé dónde está.
—Si tomas una copa conmigo —propuso apoyando una mano sobre el mueble con desenvoltura—, te prometo que te voy a decir dónde está el Don.
El omega dudó. Sin saber muy bien qué responder, recorrió el espacio con la vista en busca de una vía de escape, sintiéndose acorralado sin saber cómo salir de aquella habitación.
—¿No confías en mí? —preguntó el alfa, fingiendo un tono herido—. Pensé que éramos amigos...
—Es que... —balbuceó apretando las manos frente a su cintura—, si me tardo, quizá Salvatore se enoje conmigo.
El hombre se acercó del todo a la mesa y comenzó a servir el vino en un par de copas de cristal con parsimonia impecable.
—Mi amigo Salvatore jamás se enojaría por algo tan trivial, y el Don tampoco —lo tranquilizó el alfa, extendiéndole una de las copas—. Relájate, podemos compartir una copa sin que nadie salga lastimado.
Sin más alternativas y presionado por la situación, tomó la copa y se la llevó a los labios, dándole un trago sumamente tímido. Sin embargo, el alfa estiró la mano y le levantó la base del cristal con la punta del dedo, obligándolo a beber un sorbo más largo.
—¿Qué te dijeron del Don? —preguntó observándolo fijamente mientras él mismo probaba su bebida.
—No me dijeron nada —respondió limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—, solo que tenía que buscarlo.
—¿Y cómo lo vas a buscar si no sabes cómo se ve? —cuestionó el alfa, dando un paso más hacia él con aire juguetón.
—La verdad no sé —confesó el joven, encogiéndose levemente de hombros—, supuse que lo sabría cuando lo viera.
El hombre dejó escapar una risa baja y auténtica ante la ingenuidad de la respuesta.
—¿Y cómo crees que se ve? —inquirió con curiosidad.
—Si es el jefe... —murmuró sosteniendo la copa con ambas manos— supongo que debe ser un señor mayor...
Aun riendo entre dientes, el alfa acortó la distancia entre ambos y le rodeó la cintura con el brazo. Al pegarse a su cuerpo en una cercanía envolvente, Kyle se quedó sin aliento. De cerca, el hombre poseía un atractivo pulcro y sofisticado; las sutiles líneas de expresión junto a sus ojos delataban una madurez magnética, un porte seguro y masculino que estaba a años luz de la tosquedad ruda de Salvatore.
—Me siento un poco decepcionado... —le susurró cerca del oído, disfrutando de la proximidad—; pensé que alguien tan hermoso como tú tendría una imaginación más amplia...
El omega se puso a la defensiva ante el atrevimiento, intentando poner cierta distancia con el torso.
—Ya tomé la copa... —le recordó con firmeza contenida—. Me dijo que me diría dónde está Don Carmelo.
—Aquí estoy —reveló el hombre, dedicándole una sonrisa complacida—. ¿No cumplo con tus expectativas?
—No juegue… —protestó frunciendo levemente el ceño—, yo tengo que ver al Don...
El alfa lo interrumpió alzando la mano derecha frente a su rostro, enseñándole el dorso expuesto.
—¿Ves este anillo en mi dedo? —le mostró, señalando el sello pesado de oro que lucía en el meñique—. Mi padre me lo dio hace algún tiempo, y quien lo tenga en la mano es el Don.
Contempló la joya desconcertado, sin poder terminar de creer que un simple anillo otorgara semejante peso y título.
—Es mi culpa por no haberme presentado desde el inicio —admitió suavizando la mirada—. Soy Carmelo Greco, ¿cómo te llamas tú?
—Soy Kyle D’Alessandro... —respondió el joven rápidamente. Mirarlo a los ojos sabiendo quién era, hacía que su imponente atractivo se sintiera aún más abrumador, dejándolo completamente sobrecogido por la revelación.
El alfa le tomó la mano libre con delicadeza y le depositó un beso pausado en el dorso.
—Encantado de conocerte, Kyle —expresó sosteniéndole la mirada con intensidad sutil—. Ahora que estás con el Don... ¿puedes tomar otra copa?
Recordó de golpe las advertencias tajantes de Salvatore y asintió con sumisión inmediata. Él tomó de nuevo la botella y llenó la copa del joven hasta el tope.
—No me gusta decir mi nombre —comentó observándolo con una mezcla de lástima y entretenimiento—, porque la gente cambia de actitud. Hace un minuto parecías estar cómodo y ahora pareces un maniquí.
—Lo siento... —expresó en voz baja, bajando la mirada—; yo no quiero faltarle al respeto.
—¿Por qué lo harías? —respondió esbozando una sonrisa ligera—. Solo estamos tomando un poco de vino y hablando de plantas. ¿Tienes hambre?
El joven, que llevaba el estómago completamente vacío, sintió el impulso de decirle que sí; sin embargo, la pena y el pudor terminaron imponiéndose.
—No, estoy bien —mintió suavemente.
—Qué lástima —lamentó Carmelo, señalando la bandeja de frutas con la mirada—; estas uvas se ven deliciosas... Pero no quiero comerlas solo, quizá deba tirarlas.
—No... —intervino Kyle con rapidez, mirando la fruta con aprensión—; no las tire, puedo acompañarlo si usted quiere.
El alfa le sonrió encantado. Tomó la primera fruta entre sus dedos, la llevó hacia los labios del omega y la empujó con delicadeza dentro de su boca. Mientras sentía las yemas de Carmelo rozarle su interior, un escalofrío eléctrico le recorrió la espina dorsal. Fue en ese instante que percibió por primera vez el aroma denso de sus feromonas, un matiz magnético de vino y mandarina que impregnó el aire a su alrededor, embriagando sus sentidos y debilitando sus defensas.
El hombre retiró la mano despacio, acariciándole el labio inferior con la yema del pulgar antes de tomar otra uva. Se la llevó a sus propios labios ante la mirada atenta de Kyle y, sin previo aviso, se inclinó sobre él para traspasársela de boca a boca, fundiéndose en un beso apasionado.
No supo cómo reaccionar en el primer segundo; sin embargo, la lengua insistente del alfa y su agarre firme en la cintura no le dejaron escapatoria. Su propio cuerpo respondió de forma involuntaria, liberando un rastro tenue de sus feromonas de azahar y amaretto que se mezclaron con el ambiente.
Cuando finalmente lo liberó, Kyle lucía profundamente ruborizado. En un intento torpe por esquivar aquella mirada intensa, se llevó la copa a los labios de nuevo.
—No hagas eso... —le pidió Carmelo, tomándolo de la barbilla con suavidad para obligarlo a sostenerle la mirada—. Puedes mirarme sin vergüenza. Me gustaría darte otro beso... ¿puedo?
Plenamente consciente de que no estaba en posición de decirle que no, asintió despacio mientras apretaba los dedos con fuerza alrededor del tallo del cristal.
Carmelo dejó su copa sobre la mesa auxiliar y volvió a tomarlo en un beso profundo e intenso que le robó el aliento por completo. Mientras lo besaba, le rodeó la cintura para mantenerlo pegado a su torso, sujetándole la nuca con la otra mano con un dominio absoluto.
En medio del movimiento y la abrumadora cercanía, el omega perdió el equilibrio de su copa que aún descansaba en su mano; terminó volcándola entre los dos, derramando el líquido oscuro sobre sus prendas.
Al apartarse, contempló con horror cómo su camisa blanca quedaba translúcida y manchada, mientras la ropa del alfa se oscurecía por la humedad.
—Lo siento mucho —articuló aterrado ante la posibilidad de un castigo—, yo no quería...
—No pasa nada —lo tranquilizó con una serenidad pasmosa—; solo es un poco de vino.
Sin perder la calma, el hombre comenzó a desabrocharse los botones de la camisa hasta quitársela por completo. Kyle quedó petrificado ante la estampa de su torso al descubierto; no pudo apartar la vista de las líneas trabajadas de su cuerpo y de los complejos tatuajes que le decoraban la piel, donde una enorme serpiente le enroscaba el pecho y el hombro con un aire peligroso y elegante que lo fascinaba e intimidaba a partes iguales.
Carmelo se exhibió ante su mirada con orgullo y, sin perder el tiempo, extendió las manos hacia los botones de la camisa mojada del joven para desabrocharla.
Él intentó apartarle los dedos con timidez y nerviosismo, pero se detuvo en seco al notar la severidad sutil que adoptó la mirada del alfa ante su resistencia.
—Kyle, ¿por qué te aferras a una camisa mojada? —inquirió deteniendo sus manos sin soltar las suyas.
—Es que... —susurró sintiendo que el corazón le latía en los oídos—, me da algo de vergüenza...
—¿Por qué te avergüenzas? —cuestionó suavizando el tono mientras reanudaba el desabroche—. Tu belleza es digna de ser apreciada. Yo no voy a hacer nada que tú no quieras, si eso es lo que te preocupa.
El omega sintió que el rostro le ardía. El calor en las mejillas, el efecto de las feromonas dominantes y la pesadez del licor comenzaron a adormecer su juicio; sumado al pavor constante de desobedecer y enfurecer a Salvatore, terminó por ceder sin volver a oponer resistencia.
El hombre le deslizó la camisa por los hombros hasta dejarlo con el torso descubierto y le ofreció nuevamente la botella.
—Toma otro poco de vino —le indicó, sirviéndole una cantidad abundante.
Kyle no lo dudó; buscando desesperadamente un refugio que anestesiara su mente, tomó la copa y se la bebió de un solo trago a fondo blanco, sosteniéndole la mirada al alfa mientras el fuego del licor le descendía por la garganta.
Carmelo aprisionó sus labios en otro beso apasionado y, deslizándole las manos por los muslos, lo levantó en el aire con una facilidad pasmosa. Se desplazó con movimientos pausados hacia la cama sin romper el contacto de sus bocas ni por un segundo.
Lo recostó con delicadeza sobre el colchón y comenzó a trazarle una ruta de besos cálidos por la línea del cuello, descendiendo lentamente hasta demorarse sobre su pecho. Mientras permanecía allí, extendió las manos para desabrocharle la pretina del pantalón.
Kyle, luchando desesperadamente por mantener la cordura contra el peso de aquellas feromonas que terminaban por desbordarlo, trató de resistirse una vez más.
—No... —murmuró, girando levemente el rostro—... Yo no lo he hecho antes...
—No te preocupes... —le susurró Carmelo cerca de la piel, suavizando las caricias—. Seré muy cuidadoso, no temas.
La insistencia de los besos y el halo de vino y mandarina cada vez más denso terminaron por desorientarlo, provocándole un hormigueo febril que le recorrió el cuerpo entero. La piel se le tornó ardiente y la biología de su condición omega reaccionó sin pedirle permiso, humedeciéndole la entrepierna.
El alfa continuó descendiendo con lentitud, deslizándole el pantalón por las piernas hasta arrancarle sus primeros gemidos reprimidos. Avergonzado al instante por el sonido de su propia vulnerabilidad, apresuró una mano hacia la cara en un intento torpe por cubrirse la boca.
—No seas tímido... —lo detuvo Carmelo, apartándole los dedos con mansedumbre—. Déjame escucharte, por favor.
El omega perdió la capacidad de razonar. El estímulo constante y la marea sofocante de feromonas hacían que su mente divagara a la deriva, sin lograr fijar la atención en ningún punto firme.
El calor y la sumisión lo consumieron por entero hasta que una presión abrupta y un lacerante golpe de dolor le atravesaron la pelvis cuando el alfa se abrió paso dentro de su cuerpo.
—¡Duele...! —se quejó contorsionándose en la cama con angustia pura mientras intentaba empujar el pecho del alfa—. No quiero... No más...
Carmelo no se detuvo, ni mostró el menor rastro de empatía por su sufrimiento. Con una frialdad implacable que delató su verdadera naturaleza, le atrapó ambas muñecas con una sola mano y las clavó contra el colchón por encima de su cabeza, anulando su defensa. Lo acalló estampando su boca contra la suya en un beso rudo que buscaba sofocar sus gritos, mientras liberaba un torrente denso y sofocante de sus feromonas dominantes.
Un par de lágrimas traicioneras resbalaron por las mejillas de Kyle, atrapadas en la profunda confusión de sentir cómo su biología respondía al placer químico del alfa mientras su alma se replegaba asustada y vulnerada.
—Ya está... —le susurró sobre los labios, manteniendo un ritmo de embestidas firme y egoísta, ajeno al llanto del chico—. No te concentres en el dolor, piensa en lo bien que se siente.
Entregado a la marea de la experiencia, el omega hincó las uñas en la piel tensa de la espalda del alfa, liberando un torrente desordenado de azahar y amaretto en respuesta a la invasión.
En medio del caos que le nublaba los sentidos, la mirada desenfocada del joven se desvió instintivamente hacia el gran ventanal. Allí, a través del halo traslúcido del cristal, la mariposa recién nacida desplegó sus alas de matices amarillos cruzadas por elegantes líneas negras.
El animal voló de forma torpe y tambaleante, elevándose en el aire húmedo de la estancia mientras sus alas se abrían y cerraban en un compás frágil, iniciando su vuelo definitivo justo al mismo tiempo en que Kyle quedaba atrapado.









Después de ver tanto lujo en las otras historias, no puedo evitar pensar que Kyle tenía una vida muy miserable... pobrecito 😭
Así llegó mi buen amigo Kyle a la mansión de Seiya que excelente inicio, amo tus historias
que vida tan austera la del prota, ojalá todo mejore para él en la mansión. Tengo mucha curiosidad 🦝