Sexo Prohibido En El Campo — Historia Caliente by Celine Parra at Inkitt
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Sexo Prohibido en el Campo — Historia Caliente

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Summary

Rocío vuelve al campo después de seis años y se reencuentra con su prima María, sus rituales ancestrales y un secreto que cambiará su vida para siempre. Lo que comienza como una escapada de la rutina de Buenos Aires se convierte en un viaje al corazón de la noche, donde los límites se difuminan y el deseo se vuelve adictivo. Relato erótico +18 que explora el sexo prohibido entre primas, la tensión clandestina entre una sobrina y su tío, y la pasión salvaje que nace cuando las máscaras caen. Una historia ardiente, sensual y oscura sobre la seducción, el pecado y la pérdida gradual de la inocencia. Prohibido, caliente, secreto. Para lectores que buscan intensidad, morbo psicológico y una narrativa decadente que atrapa desde la primera página. ⚠️ ADVERTENCIA IMPORTANTE Este relato es una obra de ficción para mayores de 18 años. Contiene contenido erótico explícito, relaciones prohibidas y situaciones de manipulación emocional. La autora no pretende hacer apología de conductas abusivas ni promover relaciones familiares inapropiadas. La historia explora la oscuridad del deseo humano desde una perspectiva literaria, como un ejercicio de estilo y exploración psicológica. Lea bajo su propia responsabilidad. 🔞

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Parte 1 - Sendero

El polvo del camino todavía se sentía en el aire cuando el colectivo la dejó en la encrucijada de tierra. Rocío bajó con una mano ajustando el bolso al hombro y con la otra protegerse los ojos del sol que ya empezaba a caer, tiñendo todo de un naranja denso y pesado. Hacía seis años que no pisaba ese pueblo, seis años desde la última vez que había visto a su prima María, y la espera la tenía con una mezcla de nervios y curiosidad que le cosquilleaba en el estómago. 

Eligió la ropa con cuidado antes de viajar, porque Rocío era de esas chicas que sabía que su cuerpo hablaba incluso antes que sus palabras. Llevaba unos jeans negros de tiro bajo, tan ajustados que parecían pintados sobre sus piernas, y una remera blanca escotada que dejaba ver el borde de su corpiño de encaje negro. Pero lo que realmente marcaba la diferencia, lo que ella sabía que ningún otro detalle podía opacar, eran sus nalgas. Paraditas, redondas, formadas por horas de gimnasio en Buenos Aires, se movían con un vaivén hipnótico mientras caminaba por la huella polvorienta. Cada paso hacía que la tela de los jeans tirara apenas un poco más, marcando la separación perfecta entre esos dos montículos firmes que desafiaban la gravedad. Su cuerpo era joven y delicado, una contradicción hermosa porque en esa fragilidad de hombros estrechos y cintura pequeña se asentaba esa retaguardia explosiva que llamaba la atención sin permiso.

Su rostro era fino, de facciones suaves como dibujadas con un pincel pequeño. Los ojos oscuros, grandes y profundos, miraban el camino con una mezcla de nostalgia y escepticismo. Las cejas finas, apenas perceptibles, enmarcaban una mirada que podía ser dulce o cortante según el momento. Los labios pequeños, de un rosa natural, se apretaron con fuerza cuando divisó a lo lejos el alambre tejido de la tranquera. El cabello castaño oscuro, largo hasta la cintura, lacio pero con ondas suaves en las puntas que el viento del campo se encargaba de desordenar, le caía sobre los hombros como un manto líquido. Su piel clara, ligeramente cálida por el sol porteño que aún no lograba broncearla del todo, contrastaba con la tierra roja del camino.

—Cómo habrá crecido María —musuró para sí misma mientras apoyaba la mano sobre el frío metal de la tranquera.

La abrió con un chirrido que rompió el silencio del atardecer y entró al campo. El recuerdo de su prima vino a ella como un perfume viejo. Se veían cada tanto en la infancia, cuando los padres de Rocío todavía la traían a pasar las vacaciones. Pero después cada una siguió su camino: Rocío se quedó en la gran ciudad, con sus luces, sus ruidos y sus citas vacías; María se quedó en el campo, con sus misterios y sus rituales que a Rocío siempre le parecieron una excentricidad pintoresca.

"Seguirá haciendo brujerías", pensó Rocío con una sonrisa apenas dibujada en sus labios pequeños. "O se habrá vuelto una paisanita, de esas que toman mate amargo y se acuestan con el sol".

No tuvo que esperar mucho para darse cuenta de que su prima no había cambiado nada. La vio aparecer por la puerta de la casa antes de que Rocío llegara al patio. María era pura presencia. Morena como la tierra después de la lluvia, con esa piel tostada que hablaba de sol acumulado por generaciones. Llevaba una pollera larga de colores tierra, bordada con figuras geométricas que Rocío reconoció como símbolos de los pueblos originarios. En sus orejas colgaban aros de plumas largas, negras y blancas, que se mecían con cada movimiento que hacía. Y alrededor de su cuello, varios talinaes de semillas y piedras, que sonaban como una lluvia fina cuando ella caminaba.

—¡Rocío, hermana! —gritó María desde la puerta, abriendo los brazos de par en par.

—¡María! —respondió Rocío, y la sonrisa que se le formó fue tan genuina que le dolió un poco la cara, como si esos músculos estuvieran oxidados de tanto no usarlos para algo real.

Corrieron la una hacia la otra y se encontraron en un abrazo apretado, de esos que no necesitan palabras porque todo lo que importa se dice con los brazos alrededor del cuerpo del otro. Rocío sintió en la nariz el olor de su prima: a humo de leña, a hierbas secas, a tierra mojada. Nada de perfumes franceses ni cremas caras. Era un olor antiguo, y sin embargo le resultó extrañamente familiar.

—Seis años, loca —dijo María contra su cabello, separándose apenas para mirarla a los ojos. Esos ojos oscuros de María, idénticos en forma a los de Rocío, pero con una profundidad distinta, como si en ellos vivieran cosas que Rocío no alcanzaba a comprender.

—Seis años —confirmó Rocío, y sintió que su propia voz le temblaba un poco—. Estás igual. No cambiaste nada.

—Mentirosa —rió María, mostrando una hilera de dientes blancos y parejos—. Vos sos la que está más linda que nunca. Mirá esas gomas, eh. El gimnasio te sienta bien, prima.

Rocío rió también, con una risa nerviosa que se mezcló con el sonido de los talinaes de María.

—Vamos, entrá —dijo María, pasando un brazo por los hombros de Rocío y guiándola hacia la casa—. Te va a dar un infarto cuando veas cómo creció el viejo.

La casa era de campo, ni chica ni grande. Blanca, con techo de chapa y un alero que daba sombra a un pequeño patio de tierra apisonada. En una de las esquinas del patio, una parra cubierta de hojas verdes prometía uvas para el verano. Las puertas eran de madera oscura, gastadas por los años, y las ventanas tenían rejas de hierro forjado que el tiempo había pintado de óxido.

Al entrar, Rocío sintió el frescor del interior. Una mesa larga de madera presidía el comedor, y en una silla al lado de la ventana, un hombre de unos cincuenta años, de espaldas anchas y manos grandes, estaba leyendo un diario viejo. A su lado, un chico de veinticinco, alto y flaco, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada que recorría el cuerpo de Rocío con una lentitud que ella sintió como un roce.

—Tío Domingo —dijo Rocío, acercándose al hombre mayor con pasos que intentaban ser seguros pero que bajo la mirada del primo se volvían un poco temblorosos.

Domingo levantó la vista del diario y sus ojos claros, casi celestes, tan distintos a los del resto de la familia, se iluminaron con una sonrisa que le arrugó toda la cara.

—¡Rocío! Mirá vos, la piba de la ciudad. Creciste, eh. Ya no sos la nena que se escondía detrás de las polleras de su mamá.

—Ya no, tío —dijo ella, inclinándose para darle un beso en la mejilla. La barba canosa de Domingo le raspó la piel.

—Te acuerdas de tu primo, Matías —dijo Domingo, señalando con un gesto de la cabeza al joven que seguía apoyado contra la pared.

Matías no se movió hasta que Rocío lo miró directamente. Entonces enderezó el cuerpo y dio dos pasos hacia ella. Era más alto de lo que parecía desde lejos, de unos pocos centímetros más que Rocío, y tenía los hombros anchos de los hombres que trabajan la tierra. El pelo castaño, desordenado, le caía sobre la frente, y los ojos oscuros —heredados de la misma rama familiar que María— la miraban con una intensidad que Rocío no supo cómo interpretar. Tenía las manos grandes, con los nudillos marcados, y cuando extendió una para saludarla, Rocío sintió la palma áspera y caliente apretando la suya con más fuerza de la necesaria.

—Prima —dijo Matías, con una voz grave que parecía salir del fondo de un pozo.

—Matías —respondió ella, y retiró la mano tal vez demasiado rápido.

Domingo les ofreció unos mates. Se sentaron alrededor de la mesa: Domingo en la cabecera, Matías a su derecha, María a su izquierda, y Rocío entre Domingo y María, en un lugar que la dejaba justo frente a Matías. Él no dejaba de mirarla. No era una mirada disimulada, sino abierta, directa, que se posaba en sus labios cuando ella hablaba, bajaba hasta el escote de la remera blanca cuando ella se inclinaba para alcanzar el mate, y volvía a subir con la lentitud de una caricia que no termina de concretarse.

La charla fue banal. El tiempo, el viaje, lo caro que está todo, si el colectivo vino con aire acondicionado, si le gustó el cambio cuando se bajó. Rocío contestaba con monosílabos, medio distraída por la incomodidad de los ojos de Matías pegados a su cuerpo. Sabía que no debía preguntar por la mujer de su tío, la que un día se fue y abandonó su familia. Nadie mencionaba a Elena, y el silencio alrededor de ese nombre era un acuerdo tácito que Rocío respetaba desde niña.

—Esta noche vamos a hacer un asado para festejar que viniste, Rocío —dijo Domingo mientras cebaba otro mate, moviendo la bombilla con una parsimonia que parecía estudiada.

—No —cortó María, firme, desde su lugar—. Esta noche Rocío y yo vamos a saludar a los espíritus.

Domingo levantó una ceja y miró a su hija con una mezcla de resignación y cariño.

—¿Ah, sí? —preguntó, como si ya conociera la respuesta.

—Sí —dijo María, sin dar lugar a más preguntas.

Rocío sonrió. Era inevitable. Su prima no había cambiado nada. Recordó de golpe aquellas noches de cuando eran chicas, cuando María la convencía para escaparse de la casa y quedarse a dormir en el bosque. Llevaban mantas y comida, y María hacía pequeños montículos de piedras para "no ofender a los espíritus". Rocío siempre había pensado que era un juego, una ocurrencia de nena del campo aburrida. Pero el recuerdo la llenó de ternura.

—¿Seguís con esas cosas, María? —preguntó Rocío, con una sonrisa que era más para su prima que para el resto.

—Sigo y voy a seguir —respondió María, y sus ojos oscuros brillaron con una luz que Rocío no recordaba haber visto antes—. Acá hay cosas más viejas que nosotros, prima. Más viejas que el pueblo. Y no podemos hacernos las boludas.

—Bueno —terció Domingo, levantando las manos en señal de rendición—. Mañana asado. Mañana seguro. Pero mañana, sin falta.

—Me encantaría —dijo Rocío, y soltó una sonrisa amplia, de esas que le levantaban las mejillas y le marcaban una pequeña arruga en la comisura de los labios.

No se dio cuenta, en ese momento, de cómo su tío Domingo desviaba la mirada apenas un segundo para posarla en sus nalgas cuando ella se inclinó hacia adelante para agarrar el último mate. Tampoco vio cómo Matías se mordió el labio inferior con una lentitud que parecía deliberada, y cómo sus ojos negros se demoraron en el mismo lugar que los de su padre. Los dos, padre e hijo, la devoraban con la mirada. Rocío, distraída con la promesa de un ritual pagano en el medio del bosque, no se dio cuenta de nada.

Después de las presentaciones y los mates, Rocío llevó sus cosas a la habitación de María. Era una pieza pequeña, con paredes de madera y una cama de una plaza y media. Había velas en todos los rincones, algunas prendidas y otras no. Un altar con fotos de gente que Rocío no conocía, rodeadas de plumas, piedras y pequeños frascos con líquidos de colores. Sobre la mesa de luz, un manojo de hierbas secas colgaba boca abajo, y el aroma a salvia y romero era tan fuerte que Rocío sintió un leve mareo.

Se dejó caer en la cama y se quedó mirando el techo. No creía en los espíritus. Nunca había creído. Para ella, esas cosas eran cuentos para entretener a los niños o excusas para no enfrentar la realidad vacía de un pueblo que se quedaba sin jóvenes. Pero había venido al campo con un propósito claro: distraerse de la rutina aplastante de Buenos Aires. El ruido, el smog, el encierro del departamento, las noches sin sueño y los días sin sentido. Un ritual en el bosque, aunque ella pensara que era una boludez, le parecía al menos pintoresco. Divertido, incluso.

—¿Te quedás dormida, che? —la voz de María entró antes que ella, y la puerta se abrió de golpe.

—No, no. Pensaba.

—No pienses tanto. Te va a hacer mal.

María se acercó al placard y empezó a revolver entre un montón de ropa.

—Ponete algo cómodo para el bosque. Pero cómodo en serio, eh. Que puedas moverte. Y abrígate un poco que después refresca.

Rocío se levantó y rebuscó en su propia valija. De entre todas las prendas de ciudad, con las que había pretendido impresionar a medio pueblo, eligió unos shorts de jean cortos, tan cortos que apenas cubrían la curva inferior de sus nalgas, y una musculosas blanca sin mangas, con un tiro que dejaba ver la cintura. Debajo, un corpiño de encaje negro que hacía juego con los shorts. Para los pies, unas zapatillas viejas, cómodas. Era sensual, pero diferente a la sensualidad de la llegada. Esta era más cruda, más descarada, como la de una chica que sabe que la van a mirar igual y que ya no le importa.

—¿Así está bien? —preguntó Rocío, dándose una vuelta lenta para que María la viera completa.

—Para lo que tenemos que hacer, sí —dijo María, y su sonrisa tenía algo que Rocío no supo leer.

Cuando la noche cayó, el campo se transformó. La oscuridad no era la oscuridad de la ciudad, con sus faroles y sus luces de edificios. Era una oscuridad densa, casi sólida, que se podía tocar con las manos. El cielo estaba plagado de estrellas, pero parecían tan lejanas que apenas servían para iluminar el camino. María salió primero, con una linterna en la mano y una mochila a la espalda que, según dijo, llevaba lo necesario: el vodka, las empanadas y algunas cosas más para "ayudar a los espíritus".

El camino hacia el bosque era un sendero de tierra que se internaba detrás de la casa. Rocío lo recordaba de cuando era chica, pero en ese momento le pareció más largo, más angosto, más oscuro. Los árboles crecieron a los costados hasta formar un túnel vegetal, y el olor a humedad y hojas secas se hizo tan intenso que casi se podía saborear.

—En este bosque viven los espíritus de mis antepasados —dijo María mientras caminaba adelante, moviendo la linterna de un lado a otro como si estuviera buscando algo o a alguien—. Una tribu guerrera de pueblos originarios. No son espíritus cualquiera, prima. Son los de la gente que vivió acá antes de que llegaran los blancos. Y nosotros tenemos que respetarlos.

Rocío escuchaba la historia de su prima, pero le restaba importancia. Asentía con la cabeza en los momentos adecuados, hacía algún comentario vago como "mirá vos" o "qué loco", pero en su cabeza ya estaba pensando en el vodka que había mencionado María y en cómo el ritual podía ser una excusa perfecta para emborracharse un poco y reírse de todo.

—Cuando llega un visitante nuevo —siguió María—, hay que hacer el ritual de purificación. Es para no ofender a los espíritus. Porque si no, se enojan.

—¿Y qué hace un espíritu cuando se enoja? —preguntó Rocío, con un tono que intentaba ser despreocupado.

María se detuvo de golpe. Apagó la linterna. La oscuridad fue total, absoluta. Rocío sintió un escalofrío que le subió por la espalda y se le clavó en la nuca.

—Cuando se enojan —dijo María en la oscuridad—, cobran lo que les deben.

Encendió la linterna de nuevo y siguió caminando como si nada hubiera pasado.

Llegaron a un pequeño claro. No era un claro bonito, de esos que salen en las películas. Era más bien un espacio abierto entre los árboles, con el suelo cubierto de hojas secas y ramas rotas. Pero lo que llamó la atención de Rocío fue el sendero que se abría al fondo, un camino angosto que se perdía entre la vegetación, más oscuro que el resto del bosque, como si la luz no quisiera entrar ahí.

María se paró justo en la boca de ese sendero y dijo, con una seriedad que a Rocío le heló la sangre:

—En este sendero fueron masacrados mis antepasados por europeos. Acá hay más espíritus que en cualquier otro lugar. Y acá vamos a pasar la noche.

El tono de María no era de terror ni de superstición. Era de un conocimiento profundo, de alguien que sabe que las cosas son así y que no hay nada que hacerle.

Rocío tragó saliva. "Está loca", pensó. Pero no dijo nada.

María, experta en acampar como era, armó una pequeña fogata en el centro del claro con leña seca que llevaba en la mochila. En pocos minutos las llamas crecieron y empezaron a iluminar el círculo de árboles alrededor. No usaron carpa. María dijo que no se podía, que los espíritus debían verlas para saber que ellas los respetaban. Había que dormir al aire libre, bajo las estrellas y bajo la mirada de los muertos.

Rocío empezó a sentir miedo cuando la noche se hizo más profunda. No era un miedo racional, de esos que se pueden razonar y desarmar con argumentos lógicos. Era un miedo antiguo, de esos que viven en la médula de los huesos y que no entienden de palabras. Miró hacia el sendero oscuro y algo dentro de ella le dijo que no mirara, que no se acercara, que se fuera de ahí ahora mismo.

Pero entonces María abrió la mochila con un gesto triunfal y sacó una botella de vidrio. Era vodka, de una marca barata que se conseguía en cualquier almacén de pueblo. El líquido transparente brilló a la luz de la fogata.

—A los espíritus —dijo María, destapando la botella con los dientes— les encanta tomar.

Rocío soltó una risa que era mitad alivio, mitad nervios. Agarró la botella cuando María se la tendió y tomó un trago largo. El alcohol quemó su garganta y la llenó de calor. Otro trago. Otro más. María también bebía, pero con más mesura. Además de la botella, su prima sacó una bolsa de tela de la que empezaron a salir empanadas, una a una. Eran de carne cortada a cuchillo, con huevo y aceitunas, y estaban tibias como recién hechas. Rocío agarró dos y se las comió casi sin masticar, entre trago y trago de vodka.

Así que las dos chicas continuaron tomando juntas y conversando. Hablaron de la infancia, de los veranos enteros que pasaron juntas, de las travesuras que hacían y de las peleas tontas que terminaban con abrazos y promesas de amistad eterna. Hablaron del presente, de los chicos con los que salían, del trabajo que no terminaba de llegar, de la ciudad que apretaba y el campo que soltaba. Rocío se sintió liviana, alegre, más cerca de su prima que en todos los años de distancia.

Las horas pasaron y la fogata empezó a bajar. Las llamas se hicieron más pequeñas, más anaranjadas, y el círculo de luz se fue achicando hasta dejar apenas un resplandor tenue. El bosque, alrededor, estaba en silencio. Demasiado silencio. Ni grillos, ni bichos, ni el viento moviendo las hojas. Todo quieto, todo esperando.

María miró el cielo y dijo:

—Es la hora.

Rocío también miró hacia arriba. Las estrellas seguían ahí, pero algo había cambiado. El aire se había vuelto más frío, más denso. La cabeza le daba vueltas por el vodka, y las piernas le temblaban. No sabía si por el frío o por otra cosa.

—¿Qué hora? —preguntó, con la voz un poco pastosa.

—La hora de los espíritus —respondió María, poniéndose de pie con un movimiento fluido.

Agarró las manos de Rocío y la obligó a levantarse. La prima estaba más borracha de lo que creía, y por un momento sus piernas la traicionaron. Se apoyó en María para no caerse.

—Ahora —dijo María, señalando con la cabeza el sendero oscuro— tenés que caminar por ahí. Y obedecer a los espíritus.

Rocío abrió los ojos grandes, oscuros, y sintió que el miedo le trepaba por la garganta.

—¿Solaaaa? —preguntó, y su voz sonó como un chillido de rata.

—No vas a estar sola —dijo María, apretándole los dedos entre los suyos—. Los espíritus te van a hablar, y te van a guiar. Solamente tenés que hacer lo que te digan. No pienses. No cuestiones. Obedece.

Rocío la miró con bronca. El vodka le daba valor, pero no suficiente. Ella no creía en los espíritus, por Dios. Era una piba de ciudad. Había ido a la universidad, había leído libros, había visto videos en YouTube que desmentían todas esas pavadas. Pero la oscuridad era real. El silencio era real. Y ese sendero negro era más real que cualquier cosa que hubiera estudiado en sus veintiún años.

—María, no sé...

—No tenés que saber nada —la interrumpió su prima—. Solamente caminá.

—Bueno —dijo Rocío, después de un silencio que le pareció eterno—. En un rato vuelvo.

Se soltó de las manos de María y dio el primer paso hacia el sendero. La oscuridad la tragó sin hacer ruido.

El camino se volvió más angosto a los pocos metros. Las ramas de los árboles se cerraban sobre su cabeza formando un techo irregular, y las raíces cruzaban el suelo como serpientes dormidas. Rocío caminó con los brazos extendidos para no chocarse con los troncos, sintiendo la corteza áspera bajo las palmas. El aire era frío y húmedo, y el olor a tierra mojada y hongos le llenaba la nariz.

Llevaba puesta la musculosas blanca, que en la penumbra brillaba como un fantasma, y los shorts de jean tan cortos que cada vez que daba un paso la tela se le subía un poco más, dejando al descubierto la parte inferior de sus nalgas. Esas nalgas paraditas, formadas en el gimnasio, se movían con un balanceo propio, y el roce de la tela con la piel mojada por el sudor frío del miedo le provocaba una sensación extraña, un cosquilleo que no sabía si era placer o terror. Las zapatillas viejas pisaban las hojas secas con un crujido que a ella le parecía ensordecedor, pero que en realidad era el único sonido que rompía el silencio absoluto.

Los pensamientos le daban vueltas en la cabeza, empañados por el alcohol. "Esto es una boludez", se dijo. "María siempre fue una exagerada. En un rato vuelvo y nos reímos de todo." Dio unos pasos más. El camino se hizo todavía más angosto, hasta que los árboles le rozaban los hombros. "Ya está", pensó. "Ya es suficiente."

Se detuvo en seco. Dio media vuelta, decidida a regresar. Pero cuando hizo unos pasos hacia atrás, sintió que el aire cambiaba. No era que se moviera, sino que se volvía pesado, espeso, como si alguien estuviera respirando justo detrás de su nuca.

—Eres una descendiente —dijo una voz— de uno de los soldados que nos masacraron.

La voz era robótica, metálica, como si no saliera de una garganta sino de un altavoz viejo. Pero no había ningún altavoz en el medio del bosque. Rocío se quedó paralizada, con los ojos abiertos como platos y el corazón golpeándole las costillas como un pájaro encerrado.

"Esa voz tienen los espíritus", pensó, y el pensamiento fue tan claro y tan aterrador que se le clavó como un cuchillo. "Mierda. Mierda, mierda, mierda. Sí existen."

La voz volvió a hablar, y esta vez sonó más cerca. Más adentro. Como si estuviera dentro de su cabeza.

—No —atinó a decir Rocío, y su voz salió temblorosa, casi un susurro—. No, yo tengo sangre de pueblos originarios. Mi abuela... mi abuela por parte de mi mamá...

—Una parte sí —interrumpió la voz, y Rocío sintió que el aire a su alrededor se enfriaba varios grados—. Pero la mayor parte de tu sangre es de soldados asesinos. Es la sangre de los que vinieron con espadas y cruces, y mataron a los que vivían acá. Esa sangre corre por tus venas. Y esa sangre tiene que pagar.

Rocío sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, pero no se atrevió a llorar. No sabía por qué, pero algo le decía que llorar no iba a ayudarla. Que tenía que mantenerse quieta, callada, y esperar.

—No me mates —suplicó, y su voz sonó tan patética que casi sintió vergüenza.

La voz rió. No era una risa humana. Era una risa seca, áspera, que crujía como ramas que se quiebran.

—No morirás —dijo la voz—. Pero si pagarás. Con tu cuerpo.

Antes de que Rocío pudiera procesar esas palabras, sintió dos manos firmes que la agarraban de la cintura. Las manos eran frías, demasiado frías para ser de una persona viva. Pero tenían dedos, tenían palmas, tenían una presión real y sólida que la sujetaba con una fuerza que no admitía discusión.

Su primera reacción, instintiva, fue girarse. Quería ver quién o qué la estaba tocando. Quería enfrentarlo, o por lo menos saber a qué se enfrentaba. Pero en el mismo instante en que empezó a rotar los hombros, una de esas manos la agarró de los pelos, desde la nuca, tirando hacia arriba con una fuerza que le dolió en el cuero cabelludo.

—Mira hacia el frente —dijo la voz, ahora directamente en su oído, y el aliento era frío como el vientre de una cueva—. Y obedece.

Las palabras de María resonaron en su mente como un eco lejano: "obedece a los espíritus". Rocío tragó saliva y se quedó quieta. El miedo le paralizaba los músculos, pero algo más empezaba a moverse en el fondo de su vientre. Era una sensación caliente, húmeda, que no entendía y que la avergonzaba.

El "espíritu" —porque ya no tenía ninguna duda de que eso era— comenzó a recorrer su cuerpo con las manos. Los dedos fríos se movieron desde su cintura hacia arriba, lentamente, como si estuvieran aprendiendo la geografía de su espalda. Subieron por las costillas, contando cada una, y llegaron hasta los omóplatos. Allí hicieron una pausa, y luego descendieron por la columna vertebral, tan despacio que cada vértebra era un universo de sensaciones.

Rocío cerró los ojos. No quería, pero no podía evitarlo. Las manos frías en su piel caliente creaban un contraste que le hacía cosquillas en el estómago. Y esas cosquillas se transformaban en algo más profundo, más oscuro, que la estaba mojando por dentro. Sintió la humedad extenderse entre sus piernas, empapando la tela fina de los shorts de jean, y se avergonzó. ¿Cómo podía estar excitándose en un momento como ese? Estaba sola, en medio de un bosque, agarrada por un espíritu vengativo que quería cobrarse una deuda de sangre. Y sin embargo, cuando los dedos helados le rozaron la nuca, un gemido se le escapó de los labios antes de que pudiera contenerlo.

—Te gusta —dijo la voz, y esta vez no era una pregunta. Era una constatación.

Rocío no respondió. Se mordió el labio inferior, esos labios pequeños y rosados, y sintió que la vergüenza se mezclaba con el deseo de una manera que nunca había experimentado antes.

Las manos siguieron explorando. Bajaron por la espalda, pasaron por la curva de los riñones, y llegaron a sus nalgas. Allí se detuvieron. Los dedos fríos apretaron la carne firme, primero con suavidad, luego con más fuerza. Las nalgas de Rocío eran duras, redondas, perfectamente formadas por meses de sentadillas y peso muerto. El espíritu las apretó una y otra vez, como si estuviera comprobando que eran reales, y Rocío sintió que la humedad entre sus piernas se hacía más intensa.

—Vos venís a hacerte la divina al campo —dijo la voz—. Con tus jeans ajustados y tu carita de princesa. Pero ahora estás acá. Conmigo. Y no hay nadie que te saque.

Rocío quiso decir algo, quiso pedirle que la soltara, quiso decirle que no era una princesa, que ella no tenía la culpa de lo que habían hecho sus antepasados. Pero las palabras no le salían. Lo único que salía de su boca eran pequeños jadeos, suspiros cortos que se escapaban cada vez que las manos del espíritu apretaban un poco más fuerte.

El espíritu comenzó a desnudarla. No fue un acto brusco, sino lento, casi ceremonial. Los dedos fríos se metieron por debajo de la musculosas blanca y la subieron, centímetro a centímetro, dejando al descubierto su vientre liso y plano. La tela pasó por encima de sus costillas, por encima de su corpiño de encaje negro, y finalmente por encima de su cabeza. Rocío levantó los brazos sin que nadie se lo pidiera, como si su cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer, y la musculosas cayó al suelo de hojas secas.

Después fue el turno de los shorts. Las manos frías se posaron en sus caderas y tiraron hacia abajo, con la misma lentitud exasperante. La tela de jean se fue deslizando por sus piernas, mostrando primero la curva de sus nalgas, luego la línea blanca que el sol de la ciudad no había logrado broncear, luego la parte posterior de sus muslos. Los shorts se amontonaron en sus tobillos, y Rocío, con un movimiento mecánico, se los sacó de las piernas de una patada.

Quedó en el centro del sendero oscuro, desnuda excepto por el corpiño de encaje negro y la tanga que combinaba. El frío del aire nocturno le erizó la piel, pero las manos del espíritu seguían ahí, recorriéndola como si fuera un instrumento que estuvieran afinando.

El cuerpo de Rocío era una obra de arte de la naturaleza y el gimnasio juntos. Sus tetas, pequeñas pero firmes, se levantaban apenas bajo el encaje negro. Los pezones, de un rosa pálido, se habían endurecido por el frío y la excitación, y se marcaban contra la tela como dos pequeños guijarros. Su cintura era estrecha, casi frágil, pero sus caderas se abrían en una curva suave que le daba un aire de mujer. Y sus nalgas... esas nalgas paraditas, redondas, duras como piedra, pero suaves como terciopelo, se ofrecían al aire nocturno como dos mitades de una luna llena. La línea de la tanga negra se hundía entre ellas, marcando un camino que invitaba a seguirlo.

El espíritu, sin decir palabra, desabrochó el corpiño con un movimiento de dedos que Rocío no pudo ver. La tela cayó hacia adelante, y sus tetas quedaron al descubierto. Los pezones, ya erectos, se endurecieron aún más con el aire frío. Las manos frías las cubrieron por completo, apretándolas y soltándolas, acariciando los pezones con las yemas de los dedos hasta que Rocío soltó un gemido más fuerte, más descontrolado.

—Calladita —dijo la voz, y Rocío obedeció.

Una de las manos bajó desde sus tetas hasta su vientre, recorriendo la línea del vello púbico que apenas asomaba por encima de la tanga. Los dedos se metieron por debajo de la tela, y Rocío sintió cómo rozaban la humedad que ya había empapado por completo la fina prenda.

—Me encanta —dijo el espíritu, y su voz robótica sonó casi humana por un instante— cuando se mojan tanto las putitas.

Rocío quiso protestar, quiso decir que ella no era una putita, que no tenía por qué humillarla así. Pero cuando el dedo frío rozó directamente su clítoris, todas las palabras se le borraron de la cabeza. Fue como si alguien hubiera apretado un botón dentro de ella y todo su cuerpo se hubiera convertido en un circuito de placer.

El espíritu comenzó a masturbarla desde atrás. Una mano le apretaba una teta mientras la otra se movía entre sus piernas, con un ritmo que parecía conocer cada una de sus reacciones. Cuando el dedo presionaba justo en el punto exacto, Rocío arqueaba la espalda y apretaba los dientes para no gritar. Cuando el dedo se deslizaba hacia abajo y luego volvía a subir, ella sentía que se iba de este mundo, que su conciencia se desdibujaba en una mancha blanca de placer.

—¿Te gusta, putita? —preguntó la voz, y ya no había nada de robótico en ella. Era una voz grave, masculina, llena de un poder que Rocío no había sentido jamás.

—Sí —jadeó ella, y las sílabas se le escapaban entrecortadas, rotas—. Sí, me encanta. Me encanta. Me encanta.

No mentía. Aunque el miedo seguía ahí, aunque sabía que estaba siendo víctima de algo que no entendía, el placer era tan inmenso, tan absoluto, que cualquier cosa que no fuera ese placer dejó de existir. El bosque dejó de existir. La noche dejó de existir. Solo quedaron las manos frías en su cuerpo caliente, el dedo que la masturbaba con una precisión infernal, y la voz que la llamaba putita como si fuera el nombre más hermoso del mundo.

El espíritu se inclinó y empezó a besarle el cuello. Los labios fríos recorrían la piel desde la mandíbula hasta el hombro, dejando un rastro de hielo que ardía. Los dientes —porque los tenía, y eran afilados como de animal— mordían suavemente la unión del cuello con el hombro, y Rocío sintió que un nuevo torrente de humedad se derramaba entre sus piernas.

—Vení, dame —susurró la voz contra su piel—. Terminá para mí.

Rocío cerró los ojos y se mordió el labio. Las manos del espíritu apretaron sus tetas con más fuerza, los dedos fríos retorcieron sus pezones, y el movimiento entre sus piernas se hizo más rápido, más duro, hasta que todo su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse.

El orgasmo le explotó dentro como un fuego artificial. Fue largo, interminable, un terremoto que le sacudió las piernas y le nubló la vista. Oyó su propio gemido como si viniera de otro lugar, y sintió que las piernas le cedían, que se iba a caer. Pero el espíritu la sujetó por la cintura y la sostuvo en el aire mientras ella seguía temblando, sacudiéndose en espasmos que no querían terminar.

Cuando por fin el orgasmo amainó. Le costaba pensar. El sudor le corría por la frente y se mezclaba con las lágrimas que no recordaba haber derramado.

—Por favor —alcanzó a decir, con una voz que apenas era un hilo—. Por favor, pará. Ya terminé.

El espíritu no se detuvo. El dedo siguió moviéndose entre sus piernas con el mismo ritmo implacable, y los labios fríos volvieron a besarle el cuello, y las manos frías siguieron apretándole las tetas como si no hubiera un mañana.

—Tu sangre asesina —dijo la voz, y ahora sonaba a risa, a burla, a castigo— debe pagar mucho aún.

Rocío lloró mientras el segundo orgasmo llegaba, y el tercero, y el cuarto. No lloraba de tristeza. No sabía de qué lloraba. Tal vez de alivio. Tal vez de una libertad que nunca había conocido. El caso es que las lágrimas le corrían por las mejillas mientras su cuerpo temblaba y se retorcía en manos del espíritu, y cada vez que pensaba que no podía más, que ya no quedaba nada dentro de ella para dar, el dedo encontraba un nuevo lugar, un nuevo ritmo, y la volvía a encender como a un brasa que se creía apagada.

Fue masturbada hasta el amanecer. Seis orgasmos. Un récord para ella. Nunca había llegado a más de dos con ningún amante de la ciudad, y esos dos siempre le habían parecido suficientes. Pero esa noche, sintió que la arrancaban de sí misma una y otra vez, y que cada vez que volvía quedaba un poco menos de Rocío y un poco más de algo que no sabía nombrar.

Cuando el sol empezó a filtrarse entre los árboles, tibio y naranja, el espíritu detuvo sus manos. Rocío cayó al suelo de rodillas, desnuda, temblando, cubierta de sudor y de la humedad de sus propios orgasmos. Las hojas secas se le pegaron a las piernas y al vientre, y sintió que no tenía fuerzas ni para levantarse.

—Me quedaré con tu ropa —dijo el espíritu, y su voz ya no era robótica ni grave. Era apenas un susurro que se perdía en el viento—. Como ofrenda. Mañana a la noche debes volver. O te perseguiremos por la eternidad.

Rocío sintió que el aire a su alrededor se volvía liviano de nuevo. Las manos frías desaparecieron. El peso sobre su espalda se fue. Estaba sola.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, se puso de pie. Sus piernas le temblaban como si hubiera corrido una maratón, y el sexo le ardía con una mezcla de dolor y placer que no sabía cómo procesar. Dio un paso, y otro, y otro. A dos plantas de donde había pasado la noche, sobre un tronco caído, vio algo que no estaba antes. Una remera larga de color verde, tan larga que llegaría a cubrirle hasta las nalgas. Como si alguien la hubiera dejado ahí para ella.

Rocío se la puso. La tela era suave, tibia, y olía a hierbas secas. Le cubría apenas la parte superior de los muslos, pero era suficiente. Caminó hacia el sendero, tambaleándose, apoyándose en los troncos de los árboles. El bosque ya no era tan oscuro. La luz del sol se filtraba por las hojas y le daba a todo un color dorado.

A los pocos minutos de caminar, cuando el sendero se ensanchó y empezó a parecerse al camino de ida, escuchó una voz detrás de ella.

—¡Rocío! ¡Rociííí!

Se dio vuelta. Vio a su prima María corriendo hacia ella, con la pollera larga levantada para no tropezar, los aros de plumas saltando a los costados de su cara, y una sonrisa tan amplia que le ocupaba toda la cara.

María la alcanzó y la abrazó con fuerza.

—¡Qué bien que volviste! —dijo, y la risa le temblaba en la voz—. ¿Viste? ¿Viste que no es joda?

Rocío no pudo responder. Solo apoyó la cabeza en el hombro de su prima y sintió que todo su cuerpo se rendía por fin.

María la apartó un poco, la miró de arriba abajo, y la sonrisa se le hizo más grande.

—Estás hecha un desastre, prima —dijo—. Pero un desastre lindo.

Rocío intentó reír, pero lo único que salió de su boca fue un suspiro.

—Vení —dijo María, pasándole un brazo por la cintura—. Vamos a casa. Después me contás todo.

Y así, las dos primas caminaron juntas hacia la casa del campo, con el sol subiendo detrás de ellas, mientras el bosque se quedaba en silencio, esperando la noche siguiente.

Continuara...

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