Capítulo 1. Traje Sastre
Era un día de otoño. El sonido del viento golpeando las ventanas advertía la tormenta. El rugir del cielo vibraba hasta lo más recóndito de la pequeña habitación, cuyas paredes estaban bañadas de un azul pálido. En una de las esquinas, como era habitual, había una cama con un cobertor gris claro. Justamente ahí estaba Bimorí, consumida. Sus ojos permanecían clavados en el techo, preguntándose si su vida iba por el rumbo correcto. El cielo, oscurecido por densas nubes, brilló con un relámpago que la arrancó de sus pensamientos. Se levantó y caminó hacia el ventanal al otro lado de la habitación; soltó un largo suspiro y abrió las cortinas blancas de par en par. Al mirar a través del cristal confirmó el lluvioso día que se avecinaba. Se dirigió al armario con un movimiento ensayado durante años y tomó lo primero que encontró, sin pensarlo demasiado. Nunca se había caracterizado por llamar la atención; en realidad, era alguien a quien fácilmente se podría considerar modesta.
Era una mujer entrada en los veintitantos, alta y esbelta, sin curvas especialmente prominentes. Su cabello negro azabache caía en suaves ondas que, por practicidad, siempre llevaba cortas. Su rostro era peculiar, dotado de una gracia naturalmente femenina: ojos grandes y grises que contrastaban con su piel oliva, una nariz recta y labios simétricos que, en conjunto, le otorgaban un aire élfico. A veces, cuando se miraba al espejo con demasiada atención, le asaltaba la extraña sensación de que no era ella quien aparecía en el reflejo. Si algo en su vida podía considerarse un pasatiempo, observarse era el suyo.
Al salir de la habitación bajó las escaleras a toda prisa y se dirigió al pequeño auto estacionado a un costado de la construcción. Miró atrás y contempló el edificio del que acababa de salir. Quizá era uno de los más antiguos del pequeño pueblo: una estructura rectangular de cuatro niveles, ladrillo rojo expuesto y grandes ventanales. Pese a los años, se mantenía bien conservado y sus vecinos eran bastante decentes. Bimorí retomó el camino hacia el vehículo y, sin titubear, tomó la carretera que conectaba con el centro del pueblo.
Al estacionarse, observó ansiosamente a través del viejo parabrisas de su March negro, esperando cruzarse con algún rostro conocido. Tras varios minutos de indecisión salió del automóvil, cruzó la angosta calle y se dirigió a la casa.
El lugar desprendía un ambiente lúgubre y el olor a humedad apareció casi de inmediato. Una oleada de nostalgia le inundó el cuerpo, entorpeciendo sus pasos. Después de un esfuerzo inesperado, llegó por fin ante la puerta negra que, para ella, representaba uno de los días más tristes de su vida.
—Aún no llega nadie.
Reconoció la voz a pesar de los años.
—¿Qué haces aquí? —pronunció cuidadosamente cada sílaba, sin dejar de mirar la puerta todavía cerrada.
—El destino.
El chico adoptó un tono sarcástico. Sin necesidad de mirarlo, ella habría podido jurar que sonreía con ironía.
—No tienes ningún derecho, Edahi.
Bimorí giró para enfrentarlo y, a diferencia de lo que esperaba, la expresión del joven no revelaba absolutamente nada.
—¿Y quién eres tú para juzgar eso?
Edahi le dio la espalda y comenzó a abrirse camino entre las personas que empezaban a llegar.
Mientras él se alejaba, Bimorí no pudo evitar notar los bruscos cambios físicos que había experimentado desde la última vez que lo vio. Ahora llevaba el cabello medianamente largo y despeinado, y había crecido casi veinte centímetros por encima de ella. Su voz era más grave y su cuerpo delataba un cuidado ejercicio. Todavía conservaba aquella piel blanca que hacía juego con su mirada felina. A pesar de la madurez que habían adquirido sus facciones, aún poseía un rostro armonioso, aunque ya desprovisto de cualquier aire infantil. Su forma sencilla de vestir, que todavía conservaba, le provocó un sutil sentimiento de familiaridad.
Tras esperar varios minutos, Bimorí comenzó a distinguir rostros conocidos cruzando hacia la sala. Por un instante sintió alivio al ver únicamente personas cercanas. Seguía inmersa en sus pensamientos, incapaz de atravesar aquella puerta, cuando un movimiento cauteloso en el extremo contrario del banquillo llamó su atención: la madre de Demián se había colocado a su lado con expresión melancólica.
—Estás aquí, cariño.
Bimorí no hubiera querido estar ahí; tener a la mujer junto a ella duplicaba el peso sobre sus hombros.
—Señora… no sabe cuánto lo siento. Cualquier cosa que requiera, lo que sea…
Se interrumpió al notar el profundo sufrimiento que emanaba de aquella alma verde.
—Lo sé. Cuento con demasiada ayuda ahora.
La mujer, llamada Emma, sonrió mientras se mordía el tembloroso labio inferior. Tenía los ojos húmedos e hinchados. Normalmente se caracterizaba por ser cálida y alegre, pero ahora no era más que una mujer destrozada.
Cuando aún era una niña y conoció a aquella mujer, Bimorí recordaba haber sentido envidia. Envidiaba lo cercana que era a Demián, la forma en que aquel niño de seis años la seguía a todas partes y cómo ella lo abrazaba. De algún modo, Bimorí quería serlo todo para Demián, tal como su madre lo era para él. En ese entonces no sabía si aquello era un sentimiento romántico hacia el chico o, más bien, un anhelo biológico por llegar a tener un vínculo así en el futuro.
Emma era fuerte e independiente. Trabajaba en la dirección de una de las empresas de papel más importantes del pueblo. Siempre iba bien vestida, de traje sastre; jamás la había visto en pijama o usando sandalias. Incluso cuando, ya entrados en la adolescencia, llegaban a quedarse a dormir en casa de Demián hasta altas horas de la madrugada, la mujer lucía impecable. Precisamente por ello, verla ahora de una forma tan vulnerable le resultaba profundamente extraño.
—Honestamente, pienso que todo esto es muy extraño —soltó Bimorí sin pensarlo demasiado.
—Así son estos casos. Eso dicen en todos lados: nadie lo espera y un día pasa.
La madre de Demián tomó las manos de la joven y, de manera desprevenida, las besó. Ninguna palabra que Bimorí hubiera preparado habría podido competir con la empatía que sintió en ese momento. Después de un silencio que en otra circunstancia habría considerado incómodo, la mujer comenzó a llorar como solo una madre que acaba de perder a un hijo sabe hacerlo.