Prólogo
Entre los movimientos cotidianos de una ciudad, una guitarra acústica era paseada. Era una pieza particular, de un color marrón que en su rosetón tenía unas rayas zigzagueadas en negro y naranja, y en su paleta, colgaba un cordón amarillo entretejido con una pluma de ave en tono oscuro. La cargaba un joven en la espalda.
Aquel cruzó una avenida y revisó su reloj de mano, y dándose cuenta de que era tarde, se apresuró. Dobló una esquina y se introdujo a una calle, cerca de la Plaza Olavide. Entre varios locales, la mayoría de restaurantes y de comida rápida, se topó con un llamativo bar de luces neón llamado Piso Diez. Cruzó por la entrada anexa a ese bar, saludando a algunos trabajadores. Él vestía una playera roja, pantalón y chamarra de mezclilla en color negro deslavado y unos botines oscuros, resultaba un atuendo muy acorde al lugar. Y caminó por un pasillo hasta llegar al fondo del establecimiento. «Buenas, chaval», le dijo uno de mantenimiento, y a su vez, este le correspondió alzándole la mano en señal de saludo. Se reacomodó la guitarra y dio largos pasos. Se notaba preocupado, pero cuando localizó a un hombre fumando un cigarrillo, se calmó. Se le acercó y se saludaron de mano. Aquel hombre le ofreció un cigarro de la cajetilla, sin embargo, este no aceptó. El muchacho era alto, delgado y de tes clara. De cabellos un tanto largos y rizados, que al igual que sus ojos, eran de un castaño oscuro. A simple vista parecía ser una persona amigable y sociable.
Ellos permanecieron unos minutos detallando algo, de eso, se despidieron dándose un fuerte apretón de manos. Aquel hombre se miraba conmovido y, extendiendo su brazo le señaló una puerta que llevaba un letrero que decía: «Gerente». El joven le sonrió y agradeció inclinándose, caminó hasta ingresar a la oficina y cerró la puerta dando un gran respiro. Con nerviosismo se dirigió hasta un archivero de metal, tomó el teléfono que estaba encima, e iba a teclear, aunque algo lo detuvo. Con el auricular del teléfono en mano se dio unos golpecitos en la frente, y de nuevo respiró hondo. «Vamos, tú puedes. Tú puedes», se dijo en voz baja. Enseguida marcó.
—¿Bueno?
»Hola. ¿Cómo estás?
»Bien, ya por fin veintiséis. Ni yo me lo creo.
»S-sí, ella me compró un pastel. Tuvimos un pequeño percance con eso.
»Ajam, accidentalmente se cayó un pedazo en la funda de la guitarra y en mi teléfono. Ya no sirve.
»Si, eso es lo que pensé. Oye, lamento mucho no haberte marcado antes. Hemos estado ocupados haciendo los últimos preparativos para dejar el departamento. Hace rato estaba empacando, y sin darme cuenta se me fue el tiempo, no quería llegar tarde a mi último día de trabajo. Todavía mañana tenemos cita con el ginecólogo, será la última revisión. Por cierto, ¿si te avisó mamá?
»Sí, sí. Será niño.
»¿Que?
»Oh, sí. Fueron casi cinco meses de preguntarnos que sería. Aún no lo podemos creer.
»Bueno, no la veo tan convencida, sobre todo por Deni. Aún no se hablan, y conmigo…, bueno, él debe de odiarme el doble.
De repente, la puerta se entreabrió. «¡Adrián, ya es hora!», le indicó un sujeto con urgencia. Dado el mensaje, le volvió a dar privacidad.
»Pa, debo de irme.
»Sí, sí, les hablaremos.
»Es bueno saberlo, de mientras salúdamelos a todos, por favor, diles que los amo. Los amo a todos. Nos vemos. Hasta luego.
Tras finalizar la llamada, el muchacho colocó el teléfono en su lugar y salió de la oficina.








