Inicio del cambio
Era una noche calurosa de verano en su casa en las Lomas de Chapultepec. Laura había invitado a su mejor amiga, la Dra. Mariana López, a cenar. Mariana estaba emocionada porque acababa de traer un prototipo muy avanzado de su laboratorio: un dispositivo portátil de "sincronización neural" que, en teoría, podía ayudar a tratar traumas y trastornos de memoria. Era solo un prototipo y nunca se había probado en humanos.
Alex, que acababa de cumplir 15, estaba en casa aburrido y curioso. Se unió a la conversación en la sala. Mariana, un poco tomada por el vino, decidió mostrarles el aparato.
—Solo es una demostración inofensiva —dijo riendo—. Se coloca en la cabeza y crea una conexión temporal entre dos cerebros. Nada más.
Laura se rio.
—Suena a ciencia ficción, Mari.
Alex, juguetón, se ofreció como voluntario junto con su madre. Se sentaron uno frente al otro en el sofá. Mariana colocó el dispositivo en ambas cabezas y activó la secuencia.
Hubo un zumbido fuerte, un flash de luz azul y un dolor agudo en las sienes.
Cuando abrieron los ojos... todo había cambiado.
Alex estaba mirando su propio cuerpo desde afuera. Sintió el peso de unos senos grandes presionando contra su pecho, el cabello largo cayéndole sobre los hombros y una extraña suavidad entre las piernas. Bajó la vista y vio el escote profundo de su madre.
—Qué... ¿qué carajos? —dijo, pero la voz que salió fue la de Laura, suave y femenina.
Al mismo tiempo, Laura (ahora en el cuerpo de Alex) se tocó el pecho plano y sintió un bulto duro entre las piernas que comenzaba a endurecerse rápidamente.
—Alex... Dios mío... —murmuró con la voz de su hijo.
Mariana palideció.
—Esto... esto no debería haber pasado. El prototipo no estaba listo para dos cerebros de diferente edades. ¡Tenemos que revertirlo!
Pero el dispositivo se había sobrecargado y quemado. Mariana les dijo que tardaría al menos una semana en repararlo.
Los tres se quedaron en silencio, procesando el horror.
Laura (en cuerpo de Alex) miró a su propio cuerpo (ahora ocupado por su hijo) y sintió una mezcla de pánico y algo mucho más oscuro: una excitación involuntaria al ver cómo su cuerpo se movía con la consciencia de Alex.
Alex (en cuerpo de Laura) sintió el calor subirle por el cuello. Sus nuevos senos se sentían pesados y sensibles. Cada respiración hacía que la bata de seda se rozara contra sus pezones, que se endurecieron inmediatamente.
—Mamá... esto es... —intentó decir, pero su voz femenina tembló.
Esa primera noche fue un infierno de tensión.
Laura (en cuerpo de Alex) se encerró en su habitación, tratando de procesar que ahora tenía un pene erecto que no podía controlar. Alex (en cuerpo de Laura) se quedó en la sala, tocándose los senos por primera vez con manos temblorosas, sintiendo cómo su nuevo sexo se humedecía lentamente.
Ninguno de los dos durmió bien.






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