Extra de To Good At Goodbyes
Está nervioso y no puede evitarlo. Es una inquietud física, un zumbido bajo la piel que no lo deja en paz.
No es la primera vez que Jungkook lo invita a cenar a su departamento, pero sí es la primera ocasión en la que la invitación lleva consigo un peso distinto. Esta noche, Taehyung no ha empacado una mochila para pasar la noche; ha traído consigo la intención tácita de no marcharse más. Pretende quedarse, y no se refiere únicamente a dormir, como han sido las veces anteriores.
Lo desea con una intensidad que aún le asusta.
Llevan meses entrelazando sus vidas, compartiendo el tiempo, el amor y los silencios, pero hoy el ambiente vibra con una frecuencia diferente. Es un ansia que se le instala en la boca del estómago y se expande en oleadas de calor hacia sus extremidades, es…
—¿Qué haces ahí parado? ¿Por qué no entras? —La voz de Jungkook rompe el trance al tiempo que la puerta se abre—. ¿Por qué no usas tus llaves, Hyung?
Taehyung parpadea, regresando de golpe a la realidad. Jungkook aparece ante él como un caos: brillante, elocuente, abrumadoramente precioso en su ropa de estar por casa. Su sola presencia parece purificar el aire denso de hace un momento, aunque su corazón siga martilleando contra sus costillas, recordándole que el “peligro” de ser amado así es real.
—Ahm… yo… bueno… —balbucea, sintiéndose repentinamente torpe bajo esa mirada.
Es imposible hilar un pensamiento coherente si Jungkook le sonríe de esa manera. Con esa expresión que le nace en los ojos, donde la piel se le arruga con ternura antes de que sus labios se abran para mostrar sus dientes frontales. Es una sonrisa que le desarma cualquier defensa.
—Hola —logra decir al fin, y su propia voz le suena extraña, cargada de todo lo que aún no se atreve a verbalizar.
Jungkook se acerca un paso, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de quien se sabe dueño de su afecto. Lo toma de las mejillas, acunando su rostro con una delicadeza que a Taehyung le resulta devastadora. Sus pulgares le acarician los pómulos con un ritmo pausado, enviando un hormigueo eléctrico directo a su columna. El sonrojo no tarda en encenderse bajo el tacto ajeno, justo antes de que Jungkook se incline para sellar el momento con un beso dulce, lento, con sabor a bienvenida.
Ese amor lo empalga, lo envuelve hasta dejarlo sin aire, y a Taehyung no hay nada que le guste más que esa sensación de asfixia dulce.
—Entra —susurra Jungkook contra sus labios—, la cena está casi lista.
Taehyung asiente y cruza el umbral. El gesto de quitarse los zapatos y dejarlos en su lugar habitual ya no se siente como el de un invitado educado, sino como un ritual de pertenencia. Al mirar alrededor, se da cuenta de que las estanterías ya no solo guardan los libros de Jungkook; hay detalles suyos por todas partes. Su cepillo de dientes en el baño, su sudadera favorita en el sofá, su esencia mezclándose con el aroma de la comida recién hecha.
Ya no está de visita. Está en casa.
Jungkook llegó para transformar su mundo hasta convertirlo en el refugio que hoy habitan. Conquistó su alma con paciencia, uniendo sus fragmentos y reparando aquello que Taehyung creía insalvable. Ahora, anhela que ocurra lo mismo con su cuerpo; que el contacto físico sea tan sanador y placentero como todo lo que han construido desde el primer día.
Inconscientemente voltea hacia la puerta, como si a través de la madera pudiera visualizar las escaleras donde aquel choque repentino le reveló la pureza de Jungkook y lo desvergonzado de su propio corazón.
Enamorarse le fue tan sencillo como inevitable…
Ahora Taehyung se mueve por el departamento como si estuviera sumergido bajo el agua, donde los sonidos llegan amortiguados y los movimientos son lentos, mecánicos. Es el piloto automático el que toma el control de su cuerpo; sus manos saben dónde dejar las llaves y sus pies conocen el camino hacia la mesa, pero su mente sigue atrapada en el pasado, rememorando su historia.
Escucha el tintineo de los cubiertos contra la cerámica y el murmullo suave de Jungkook desde la cocina, pero para Taehyung, esos sonidos son solo el eco de una conquista que empezó mucho tiempo atrás, poco a poco, tan sutilmente.
—Tae, ¿me ayudas con las copas? —la voz de Jungkook lo alcanza, trayéndolo de vuelta a la superficie por un breve segundo.
Asiente sin decir nada. Sus dedos rodean el cristal frío de las copas con una precisión robótica. Mientras las coloca sobre el mantel, vuelve a caer.
Regresa a esas tardes de lluvia en las que Jungkook se sentaba a su lado a leer, simplemente para que Taehyung no estuviera solo. Recuerda cómo, poco a poco, las barreras que él mismo había levantado con tanto cuidado —esas que decían que estaba “emocionalmente indispuesto”— empezaron a agrietarse. No fue en un asalto violento, fue en una erosión dulce. Jungkook no derribó sus muros; lo convenció de que ya no eran necesarios.
Se sienta frente a la cena humeante, pero sus ojos no ven la comida. Ven a ese Jungkook que, meses atrás, le sonrió con la misma ternura con la que lo hace ahora, demostrándole que quedarse era su única intención.
Taehyung observa el vapor que sube desde su plato, pero su mente sigue desenterrando momentos. Recuerda la noche en que, con el corazón en la garganta, le confesó a Jungkook que empezaría a tomar terapia; se lo dijo así, tajante, sin muchas explicaciones y con el nerviosismo como abrigo. Esperaba juicio o incomodidad, pero solo recibió aliento. Fue a partir de esa confesión cuando algo dentro de él finalmente cedió: dejó de comparar, dejó de estar alerta. Estaba aprendiendo a amar de nuevo, y Jungkook era un excelente maestro.
Con él, las reglas del juego habían cambiado. No había silencios incómodos después de un desacuerdo; no existía ese vacío gélido que solía seguir a una discusión. En su lugar, siempre había un espacio para aclarar ideas y conversar después. No había rechazo físico, más bien contención; un refugio donde sus inseguridades no eran castigadas.
Tampoco existía la asfixia. Al contrario de lo que Taehyung temía, Jungkook le recordó que había un mundo vibrando más allá de las paredes de ese departamento. Lo incluyó en sus planes con amigos, le devolvió su lugar en el mundo y le enseñó, con una paciencia infinita, cómo vivir sin depender, cómo ser dos individuos compartiendo un mismo camino.
—¿Te gusta? —pregunta Jungkook, señalando la cena con un gesto suave.
Taehyung parpadea, forzándose a probar un bocado del que apenas percibe el sabor.
—Está delicioso —miente a medias, porque aunque la comida es perfecta, él sigue alimentándose de los recuerdos de cómo Jungkook lo conquistó: no con grandes gestos heroicos, sino con la constancia de quien sabe cuidar lo que ama.
Porque Jungkook lo ama, se lo demuestra todo el tiempo y de todas las formas posibles; bueno, de casi todas.
El murmullo de la cena continúa como una melodía de fondo, mientras Taehyung se sumerge en las profundidades de una memoria que se niega a ser silenciada; específicamente de un tema en concreto. Reproduce, con una nitidez casi dolorosa, aquellos instantes donde la dulzura se transformaba en una urgencia eléctrica. Recuerda la transición del roce tímido al hambre voraz, cuando los besos dejaban de ser caricias para convertirse en una búsqueda desesperada de aire, como si los pulmones de uno solo hallaran alivio en el aliento del otro.
Sin embargo, cada uno de esos encuentros fue interrumpido por él mismo, atormentado por la inseguridad más persistente de su memoria.
“Vamos, Tae, ya eres un adulto, puedes arreglártelas solo”.
No era su cuerpo lo que lo atemorizaba. Era el pánico a convertirse en una satisfacción momentánea; en algo que, con el paso del tiempo, dejara de ser requerido.
Y sí, era un adulto y podía arreglárselas solo. Lo hizo muchas veces, quizá más de las que le gustaría admitir.
Dónde, por supuesto, Jungkook fue el protagonista de todas esas veces. Taehyung aún guarda en su memoria un atisbo del sabor y la intensidad de sus besos, de la fuerza y el dominio de sus manos sobre su cuerpo, de…
—¿Tae? —vuelve a interrumpir Jungkook—. ¿Te quemaste?
Es entonces cuando Taehyung nota que ha soltado un jadeo pequeño, traicionado por su propio cuerpo. Necesita concentrarse.
—No —responde rápido, tratando de recuperar el aliento—. Terminemos de cenar. Quiero ver esa película de la que hablamos.
La cena termina y se trasladan al sofá. El televisor está encendido, pero las imágenes que desfilan por la pantalla son solo manchas de color sin sentido. Para Taehyung, el mundo se ha reducido al espacio que separa su cuerpo del de Jungkook.
Sigue nervioso. Su mente es una pantalla que proyecta en bucle aquellas veces en las que su imaginación voló demasiado lejos. Recuerda la frustración contenida, pero sobre todo recuerda la paz que Jungkook le ofrecía después. Cuando Taehyung decidía detenerse, Jungkook no se alejaba con resentimiento; simplemente lo envolvía en sus brazos, le daba un tierno beso en la frente y proponía algo tan trivial como jugar un videojuego o pedir helado. Nunca lo hizo sentir culpable, ni siquiera cuando el deseo era tan denso en el aire que se podía cortar con un cuchillo.
Habían llegado a extremos intensos a través de las pantallas. Sexteaban; habían compartido llamadas calientes que duraban horas, mensajes que le hacían arder la cara y audios que Taehyung escuchaba en bucle a solas. Pero ahí, bajo la luz tenue de la sala, el peso de la piel contra la piel se siente diferente. En la realidad, no hay un botón de “bloquear” o un silencio que pueda fingir; están él, su inseguridad y el hombre que lo ama con una paciencia que lo desarma.
—¿Qué pasa, Hyung? —La voz de Jungkook suena más profunda en la quietud del departamento. Está sentado de lado, con un brazo apoyado en el respaldo del sofá, rodeando el espacio de Taehyung sin llegar a tocarlo—. Hoy estás raro. Estás aquí, pero te siento a kilómetros de distancia. ¿Quieres hablarlo?
Taehyung lo mira. Nota la preocupación genuina en esos ojos que tanto ha descrito en su mente. Jungkook no está exigiendo nada, solo está ofreciendo el espacio para que él se desahogue, como siempre lo hace. Es esa misma contención de la que Taehyung hablaba: Jungkook no quiere invadirlo, quiere entenderlo.
El roce de la rodilla de Jungkook contra la suya se siente como una quemadura suave. Taehyung baja la vista a sus propias manos, que descansan inquietas sobre sus muslos. El dilema lo golpea de nuevo: ¿cómo explicarle que su miedo no es al acto en sí, sino a la posibilidad de dejar de ser especial una vez que lo hayan tenido todo?
Taehyung levanta la vista. El miedo sigue ahí, agazapado en un rincón de su mente, pero el deseo de pertenecer por fin a ese momento es mucho más fuerte. Esos ojos preciosos, tan redondos y brillantes, le causan una mezcla de ternura y excitación que le otorgan la valentía suficiente para actuar.
Se inclina apenas hacia él, lo suficiente para que el aroma de Jungkook lo inunde por completo.
—Eres demasiado lindo —dice Jungkook con la voz grave, llena de una adoración que hace vibrar el aire—. Me dan ganas de besarte hasta quedarnos sin aliento.
Taehyung siente un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura. Sus ojos bajan a los labios de Jungkook y luego regresan a su mirada, que lo observa con una atención fija y una curiosidad peligrosa.
—Hazlo entonces —susurra Taehyung, acortando la distancia final—. Bésame y hazme sentir bien.
La frase queda suspendida en el aire como una promesa. Es la primera vez que Taehyung no pone un freno, la primera vez que no busca una salida de emergencia. Jungkook lo nota; hay algo diferente hoy en él, algo tan notorio como desconocido.
—¿Eso es lo que quieres? —pregunta Jungkook, aunque no se aleja. Sus dedos rozan la mandíbula de Taehyung con una lentitud que quema—. ¿De qué estás tratando de distraerme? ¿Qué pasa por esa cabecita tuya, ah?
La pregunta queda flotando, pero Taehyung ya no tiene palabras para responder. ¿Cómo puede seguir dudando? Lo tiene frente a él, suspendido en una espera infinita, atento a la más mínima señal para avanzar o retroceder. Jungkook lo mira como si no existiera nada más en el universo, como si descifrar lo que atormenta a Taehyung fuera más importante que la película, que la cena o que el mundo entero.
Esa devoción le da el empujón final.
Taehyung lo besa. Es un roce minúsculo, apenas un contacto sutil de labios que sabe a timidez y a una confesión silenciosa. Es el sello de su rendición.
Cuando se separa apenas unos milímetros, nota que los ojos de Jungkook brillan más que cualquier galaxia. Sus pupilas dilatadas recorren cada facción del rostro de Taehyung con una urgencia nueva, reconociendo el permiso que acaba de recibir. Jungkook no espera más; toma sus mejillas con una firmeza llena de ternura y es él quien reclama sus labios esta vez, devolviéndole un beso que ya no tiene nada de pequeño.
Es un beso que responde a todas las preguntas que Jungkook hizo hace un momento. Un beso que dice: “Estoy aquí, siempre estaré aquí“.
Jungkook no se detiene tras el primer contacto. Sus labios buscan los de Taehyung una y otra vez, intercalando palabras con roces que queman.
—Estás muy atrevido hoy —susurra contra su boca, seguido de un beso lento—. Si… —otro beso más profundo—. Solo necesito ponerte una mano encima para que te vuelvas sumiso.
Taehyung se separa de golpe, rompiendo la conexión física pero no la visual. Lo mira fijamente y alza una ceja en un gesto de claro reclamo, una chispa de desafío brillando en sus ojos que parece decir: «No me conoces tanto como crees».
Jungkook suelta una risa baja, vibrante, disfrutando de la pequeña rebelión.
—Bien, quizá sumiso no es la palabra —rectifica con una sonrisa ladina—. Dócil… eso es.
Para demostrarlo, Jungkook desliza su mano con lentitud, dejando que la palma de su mano se asiente con firmeza sobre el muslo de Taehyung. El efecto es instantáneo: el cuerpo de Taehyung traiciona su postura desafiante con un temblor de anticipación que recorre toda su columna.
—¿Ves? —murmura Jungkook, atrapando de nuevo su mirada—. Tu cuerpo no sabe mentir, Taehyungie.
Taehyung exhala el aire que no sabe que esta reteniendo. El temblor de su cuerpo bajo la mano de Jungkook no es de miedo, sino de una verdad que ya no puede ocultar. Se inclina hacia adelante, apoyando su frente contra la de Jungkook, cerrando los ojos para que la honestidad fluya sin distracciones.
—Estoy atrevido porque no quiero que mañana sea otro día de quedarnos a medias —confiesa en un susurro quebrado—. No estoy tratando de distraerte, Jungkook. Estoy tratando de decirte que está vez quiero… quiero continuar. Quiero estar. Aquí. Contigo. De todas las formas posibles.
El silencio que sigue es denso, pero no incómodo. Siente cómo la mano de Jungkook en su muslo se tensa un segundo antes de subir con suavidad hasta su nuca, enredando los dedos en su cabello para obligarlo a mirarlo.
—Llevo meses esperando que lo dijeras —responde Jungkook, y su voz ya no es juguetona; es pura devoción.
Taehyung sonríe de una manera tan linda y tierna, mordiendo su labio inferior en el proceso, sintiendo cómo el último rastro de miedo se disuelve ante esa mirada. Jungkook es, sin duda alguna, lo mejor que le ha pasado en muchísimo tiempo.
Sosteniendo esa conexión de miradas, Taehyung se impulsa hacia adelante. Se mueve sin prisa, disfrutando de la expectación en los ojos ajenos, y se sienta encima del pelinegro, acomodándose en su regazo con una calma deliberada y sin romper, ni por un segundo, el contacto visual.
Al sentir el peso completo de Taehyung, las manos de Jungkook, que antes descansaban en su nuca, bajan con lentitud por su espalda hasta posarse en su cintura. No lo aprieta, solo asegura el agarre, como si temiera que el momento fuera un espejismo que pudiera romperse con un movimiento en falso. Sus respiraciones, ahora acortadas por la proximidad, se mezclan en el pequeño espacio que separa sus rostros.
—¿Es por eso por lo que has estado tan distraído hoy? —susurra Jungkook, con los labios rozando los contrarios con cada palabra.
Taehyung asiente despacio, permitiéndose disfrutar del calor que emana de Jungkook y de la firmeza de sus manos en su cintura. Esboza una pequeña sonrisa, esa que el pelinegro adora, y acorta los últimos centímetros de distancia, inclinando la cabeza lo justo para que sus narices se rocen en una caricia silenciosa, un mimo torpe; pero lleno de ternura que hace que a Jungkook se le escape un suspiro entrecortado.
—Sí. A menos… que no quieras hacer nada hoy—confirma Taehyung, dejando que sus propias manos suban por el pecho de Jungkook hasta enredarse detrás de su cuello—. Por favor —insiste, todavía cerca, demasiado—, dime que sí.
Jungkook no necesita escuchar nada más. Rompiendo la última barrera, inclina el rostro hacia arriba y busca sus labios. El beso empieza sin urgencia, suave y exploratorio, un reconocimiento de todo lo que se han guardado durante meses, pero que rápidamente cambia de naturaleza.
Es Taehyung quien rompe la calma. La confesión de sus propios deseos desata una necesidad repentina y casi violenta; el miedo a volver a frenarse, a despertar mañana sintiendo que volvieron a quedar a medias, lo empuja a querer consumirlo todo ahora mismo. Se inclina más, profundizando el beso con una urgencia salvaje, mientras sus dedos se entierran con fuerza en el cabello de la nuca de Jungkook para retenerlo.
Sus caderas se presionan contra él en un impulso voraz, buscando una fricción desesperada que disipe cualquier rastro de duda.
Jungkook deja escapar un gruñido ahogado contra sus labios. Por un segundo, sus manos en la cintura de Taehyung se clavan con fuerza, cediendo a la tormenta que el otro ha desatado y respondiendo con la misma intensidad pesada. Sin embargo, antes de que el ritmo los arrastre por completo, el autocontrol de Jungkook se impone.
Con una lentitud que requiere un esfuerzo feroz, Jungkook separa la boca de la suya, aunque se niega a darle espacio; mantiene sus frentes unidas y sus respiraciones se mezclan en jadeos calientes. Sube las manos desde la cintura hasta las mejillas de Taehyung, deteniendo con firmeza pero con extrema delicadeza el movimiento de sus caderas.
—Tae, ey... tranquilo —pide Jungkook. Su voz es un hilo grave, rasposa por el deseo, pero cargada de una paciencia absoluta—. Despacio.
Taehyung parpadea con el pecho agitado, los labios encendidos y la mirada nublada, frustrado por el freno cuando siente que lo necesita tanto.
—No hay prisa —murmura Jungkook, acariciando su pómulo con el pulgar para calmar los latidos desbocados del otro—. Dijiste que esta vez quieres continuar, y lo vamos a hacer. No nos vamos a quedar a medias, te lo prometo. Por eso mismo... vamos a hacerlo bien.
Taehyung deja ir un suspiro tembloroso, rindiéndose ante la seguridad de sus palabras. La urgencia salvaje no se apaga, pero se transforma en una anticipación eléctrica, mucho más densa.
Jungkook baja las manos hacia los muslos de Taehyung, dándoles un ligero apretón antes de deslizarse un poco debajo de él.
—Vamos a la habitación —sugiere en un susurro oscuro contra su oído, erizándole la piel—. Estaremos más cómodos ahí y no tendré que contenerme.
Taehyung suelta una risa incrédula. Está excitado y sabe que Jungkook también lo está; lo puede sentir en el aire, en la forma en que se miran, en el calor que emana de sus cuerpos y en la evidente erección sobre la que está sentado, pero sobre todo, en la manera en que Jungkook lo sigue acariciando y apretando.
—¿Contenerte? Que rudo —murmura Taehyung, llevando las manos de Jungkook hacia sus glúteos por encima del pantalón, incitándolo a tocar, a apretar—. Entonces, hagámoslo aquí. Vine preparado para esto —insiste, presionándose más contra sus palmas.
Jungkook no se resiste. Cediendo a la provocación, accede y comienza a besar su cuello, enterrando el rostro en el hueco entre su hombro y su mandíbula. Sus labios, calientes y húmedos, dejan un rastro de besos firmes que hacen que Taehyung eche la cabeza hacia atrás, exponiendo por completo la línea de su garganta.
Al mismo tiempo, las manos de Jungkook responden al estímulo. Siguiendo la guía que Taehyung le dio, sus dedos se clavan con fuerza en sus glúteos por encima de la tela del pantalón, apretando con una posesividad que le arranca al castaño un jadeo agudo. Ya no hay rastro de la delicadeza de antes; el agarre es firme, pesado, arrastrando el cuerpo de Taehyung hacia abajo para presionar sus intimidades con una fricción que los hace temblar a ambos.
—Jungkook... —gime Taehyung, con la voz quebrada, entrelazando los dedos en el cabello de la nuca ajena para empujarlo más contra su piel.
Jungkook succiona con fuerza justo debajo de su oreja, es una caricia deliberada y profunda que promete dejar una marca, antes de lamer la zona para calmar el ardor. Sus dientes rozan la piel de Taehyung en una advertencia silenciosa, haciéndole saber que, aunque accedió a tocarlo ahí mismo, él sigue dictando el ritmo.
Con los ojos oscurecidos por el deseo, Jungkook sube una de sus manos por el costado del torso de Taehyung, delineando sus costillas hasta llegar a su cuello, donde apoya el pulgar sobre su pulso desbocado. Siente los latidos frenéticos del castaño contra su palma, la prueba viva de cuánto lo altera.
—¿Aquí? —susurra Jungkook contra su piel, con la voz tan grave y rasposa que vibra directamente en el pecho de Taehyung. Hace una pausa para succionar otra zona de su cuello con una lentitud deliberada—. Te recuerdo que necesitamos lubricante y condones.
Taehyung deja escapar un suspiro dramático. Jungkook está tan sumergido en el mapa de su piel, tan concentrado en tocarlo, que no ha notado el sutil relieve que trae consigo en el bolsillo trasero del pantalón.
—Te dije que vine preparado —le asegura con una mirada felina y una media sonrisa.
Desliza una de sus manos por el torso de Jungkook, trazando un camino exasperantemente lento que le arranca un par de suspiros contenidos. Con un movimiento ágil, Taehyung lleva esa misma mano hacia atrás para sacar dos pequeños sobres metalizados y los agita frente a su rostro, desafiante.
—Condones y lubricante.
Jungkook echa la cabeza hacia atrás con una risa ligera y genuina, disipando por un segundo la densidad del aire. Rodea por completo la cintura de Taehyung con ambos brazos, atrayéndolo hacia sí hasta recargar la mandíbula en la unión de sus clavículas. No hay palabras suficientes para describir la manera en la que lo mira; es un despliegue silencioso de devoción y adoración absoluta.
—Kim Taehyung —reclama juguetón, con un brillo de complicidad en los ojos—. Realmente viniste decidido a robarte mi virtud.
—Iugh, no le digas virtud. ¿Qué eres, un caballero del siglo pasado? —responde, arrugando la nariz con una mueca divertida que le quita cualquier rastro de seriedad al momento.
Jungkook suelta una última carcajada sorda contra su cuello, haciendo que la vibración le provoque cosquillas en la piel. Le fascina esa capacidad que tiene Taehyung para desarmarlo con un solo comentario, para recordarle que, más allá del deseo que empieza a consumirlos, siguen siendo ellos dos.
—Tal vez lo sea —admite, subiendo la mirada lentamente hasta encontrar esos ojos felinos que lo desafían. Su sonrisa juguetona se ensancha mientras sus manos bajan con firmeza desde la cintura de Taehyung hasta sus muslos—. Pero los caballeros no hacen lo que yo tengo pensado hacerte hoy. Así que muévete.
Antes de que Taehyung pueda procesar la réplica o protestar, Jungkook se impulsa hacia arriba. Con un movimiento fluido y limpio, se pone de pie cargándolo sin esfuerzo aparente directamente desde el sofá.
Taehyung deja escapar un grito ahogado que rápidamente se transforma en una risa limpia y escandalosa. Por puro instinto de supervivencia, enreda sus piernas alrededor de la cintura de Jungkook y se aferra a sus hombros, balanceando los dos sobrecitos metalizados en el aire como si fueran un trofeo.
—¡Jungkook, vas a tirarme! —se queja entre risas, aunque no hace ningún intento por bajarse; al contrario, esconde el rostro en su hombro, disfrutando del vaivén y del calor del pecho ajeno.
—Nunca te dejaría caer —promete Jungkook, soltando una risa baja mientras camina con paso firme hacia el pasillo que lleva a la habitación.
A pesar de las risas y el juego, el agarre de Jungkook en sus muslos es posesivo y firme, y la urgencia latente del inicio no desaparece; solo se transforma en una anticipación eléctrica que va creciendo con cada paso que dan en la oscuridad de la casa hacia la cama.
El trayecto es sumamente corto, son solo unos cuantos pasos, pero para Taehyung se siente demasiado. El miedo no ha escapado del todo de su sistema; está eclipsado por las sensaciones que le causa Jungkook.
Jungkook.
Siempre Jungkook.
Jungkook y sus manos. Jungkook y sus besos. Jungkook y sus caricias. Jungkook y su mirada.
Jungkook.
Cuando finalmente cruzan el umbral, Jungkook no enciende la lámpara principal. Prefiere esa luz difusa que se filtra desde el pasillo, una claridad tenue que suaviza los contornos y convierte la piel en un paisaje de sombras. La penumbra de la habitación se vuelve su cómplice en el mismo instante en que lo deposita sobre el colchón con una lentitud casi reverente.
Taehyung no espera a que Jungkook tome la iniciativa; en lugar de eso, sus manos buscan el pecho ajeno con una seguridad que no siente, pero que decide fingir hasta que se vuelva real. Siente la firmeza de los músculos bajo la tela y el latido desbocado de su corazón, un sonido que le confirma que no es el único que está al borde del abismo.
Se inclina hacia adelante, atrapando el labio inferior de Jungkook entre sus dientes en un mordisco juguetón que termina en un beso profundo, cargado de lengua y una necesidad voraz. Presiona su cuerpo contra el suyo, eliminando cualquier rastro de aire entre ambos, y desliza una mano hacia la nuca de Jungkook, tirando ligeramente de su cabello para forzarlo a profundizar el contacto.
Escucha el gruñido bajo que escapa de la garganta del pelinegro, una vibración que siente contra su propio pecho y que le envía una descarga eléctrica directo al vientre.
Es el sonido de la paciencia rompiéndose.
Jungkook lo toma de la cintura con una fuerza renovada, sus dedos hundiéndose en la carne de sus caderas como si quisiera dejar su marca ahí mismo. Lo aleja un poco, solo lo suficiente para mirarlo a los ojos bajo la luz plateada que se filtra por la ventana. Sus pupilas están tan dilatadas que el iris oscuro casi ha desaparecido; es una mirada de hambre pura.
—Taehyung… —advierte Jungkook con la voz rota—, si sigues jugando así, no voy a poder detenerme. No esta vez.
Taehyung suelta una risa pequeña, desafiante, y baja sus manos hacia el borde de los pantalones de Jungkook. Sus dedos rozan el elástico del boxer con una lentitud tortuosa, manteniendo el contacto visual.
—No lo hagas —ordena en voz baja, guiando las manos de Jungkook hacia sus propias caderas—. No quiero que me cuides hoy. Quiero que me toques como si fueras el dueño de cada lugar que tus manos encuentran.
Jungkook obedece con un gruñido bajo, sus manos, grandes y firmes, se cierran sobre su piel con una posesividad que Taehyung ha anhelado en cada uno de sus sueños solitarios. Lo atrae hacia sí, obligándolo a sentir la evidencia física de su deseo, esa dureza que dicta el ritmo de lo que vendrá.
En un movimiento rápido, Jungkook le atrapa las muñecas, alejando las manos de su ropa interior para fijarlas con firmeza sobre el colchón, a ambos lados de su cabeza. Se cierne sobre él, eliminando cualquier distancia, y cae sobre sus labios con un beso que ya no pide permiso. La lengua de Jungkook reclama la suya con una exigencia pesada, devorándolo, mientras su cuerpo lo presiona contra las sábanas con un peso reconfortante y abrumador.
Taehyung suelta un gemido ahogado atrapado en la boca ajena. Sus piernas se cierran instintivamente alrededor de las caderas de Jungkook, buscando desesperadamente esa fricción que ahora se vuelve más intensa y caótica. Le encanta haber desatado esto; es un placer puro el sentir la fuerza sin filtros de Jungkook sobre él.
Jungkook le muerde el labio inferior una última vez antes de descender de golpe hacia su mandíbula y su cuello. Sus manos abandonan las muñecas, pero solo para subir con urgencia por el dobladillo de su camiseta, desesperado por el contacto directo de piel contra piel.
—Tú lo pediste —gruñe Jungkook contra la piel sensible de su garganta, dejando una marca húmeda y oscura que hace que Taehyung arquee la espalda, perdiendo el control por completo—. Ahora no me pidas que vaya despacio.
Taehyung no responde. En lugar de eso, reta la urgencia ajena: cada vez que una prenda se desliza, se asegura de clavar sus ojos en los de Jungkook, convirtiendo el contacto visual en una declaración de necesidad absoluta justo antes de que el pelinegro vuelva a esconder el rostro en su piel. Sus dedos, antes torpes por el nerviosismo, ahora se mueven con una precisión maliciosa. Despoja a Jungkook de su camiseta con una lentitud que roza lo cruel, dejando que sus palmas recorran el relieve de su abdomen, deteniéndose en cada curva de sus músculos, sintiendo el calor que emana de su piel como si fuera un incendio vivo.
Jungkook suelta un jadeo de aire caliente contra el cuello de Taehyung, un sonido que es mitad queja y mitad rendición ante esa calculada tortura. Sus manos viajan por la espalda del castaño, despojándolo de su propia camiseta y de los pantalones con una urgencia que contrasta salvajemente con la lentitud del otro.
Cuando finalmente la tela deja de ser un obstáculo y la piel se encuentra con la piel en la penumbra, el choque térmico es devastador.
Taehyung se siente expuesto bajo la luz plateada que se filtra por la ventana, pero en lugar de encogerse, se yergue sobre el colchón. Se siente poderoso al ver cómo la mirada de Jungkook lo devora, recorriendo cada centímetro de su torso con una adoración que quema más que cualquier roce físico.
Las manos de Jungkook bajan de inmediato por sus costados con una firmeza implacable, delineando la curva de su cintura antes de hundirse con posesividad en la piel descubierta de sus muslos. Le abre las piernas con un empuje lento pero inamovible, obligándolo a rodear su cintura por completo y exponiéndolo al máximo.
—Eres precioso, Tae —clama Jungkook, su voz ahora convertida en un raspón bajo y demandante—. Mírame... Tócame.
Taehyung obedece con la respiración entrecortada. Echa la cabeza hacia atrás cuando los labios de Jungkook encuentran el punto sensible debajo de su oreja, dejando marcas que no son solo de pasión, sino de pertenencia. Cediendo ante su propio deseo, se deja poseer por completo por esa mirada y esos labios que lo reclaman como suyo, mientras pasea sus manos por el cuerpo ajeno, adorando el relieve de todos esos músculos.
El toque de las palmas de Taehyung, recorriéndolo con esa mezcla de reverencia y timidez, es la estocada final para la resistencia de Jungkook. El pelinegro suelta el aire contenido, obligándose a romper el hechizo de ese contacto directo para dar el siguiente paso. Sosteniendo esa mirada que quema, Jungkook estira la mano hacia un lado, tanteando entre el desorden de las sábanas hasta que sus dedos dan con los pequeños sobres que cayeron junto con los pantalones de Taehyung.
El sonido del plástico al rasgarse rompe la densidad del silencio como una promesa inminente.
Taehyung traga saliva, ansiando el momento de sentirlo, de ser uno con él. Su mente se inunda de pronto con los recuerdos de cada audio, cada sonido en las videollamadas y cada foto que conservó durante meses, habiendo creído casi imposible que este instante llegara. Ahora que lo está viviendo en carne propia, la realidad lo sobrepasa; su cuerpo lo traiciona y su postura desafiante se disuelve en un temblor de anticipación que le recorre toda la columna.
Jungkook nota el espasmo debajo de él y una diminuta sonrisa asoma en la comisura de sus labios, disfruta ver la adorable contradicción entre la audacia de Taehyung y la hermosa vulnerabilidad de su cuerpo. Sus ojos se suavizan con una devoción desbordante al ver la absoluta confianza que el castaño está depositando en él.
Se inclina un poco más, dejando que el calor de su cuerpo roce directamente la erección de Taehyung en una caricia deliberada que le arranca un gemido agudo, desarmado y ahogado contra el hombro ajeno.
—Me vuelve loco lo mucho que me dejas amarte, Tae —le susurra Jungkook al oído, su voz temblando ligeramente por la emoción antes de dejar un beso tierno justo en el pulso frenético de su cuello—. Eres perfecto. Todo tú.
Las palabras de Jungkook calan hondo en su pecho, disolviendo los últimos residuos de miedo que se aferraban a su sistema. En ese segundo, suspendido en la penumbra, Taehyung lo descubre: entregarse a él no es perderse a sí mismo, sino encontrar un refugio. Comprende que la realidad de este juego previo es infinitamente más sanadora y placentera de lo que jamás alcanzó a construir en sus fantasías; no hay distancia, no hay pantallas, solo una verdad absoluta que lo abraza por completo.
Antes de que pueda procesar el alivio de ese pensamiento, la mano de Jungkook baja entre ambos, untada con el lubricante que contrasta de golpe con el calor febril de sus cuerpos. Cuando el primer dedo de Jungkook presiona con decisión su entrada, Taehyung arquea la espalda por completo. Su cabeza cae hacia atrás sobre las sábanas y un jadeo largo se le escapa de la garganta, perdiendo la noción del espacio.
Jungkook no tiene prisa; con una paciencia implacable pero un dominio absoluto, comienza a mover su dedo dentro de él, preparando su cuerpo con movimientos lentos y profundos que obligan a Taehyung a perder el sentido del ritmo y a entregarse por completo a la destreza de sus manos.
El gemido inicial del castaño se disuelve en el aire de la habitación, transformándose en una serie de respiraciones cortas y pesadas. Su mente está en nublada, la intensidad de lo que siente es tan vasta que lo marea; el tacto de Jungkook dentro de él es implacable, moviéndose con una cadencia perfecta, estirándolo y reconociendo cada rincón con una familiaridad que le quema las entrañas.
Extasiado ante tanta estimulación, Taehyung estira el cuello hacia arriba, buscando desesperadamente la boca de Jungkook. Quiere fundir sus propios jadeos con los suyos, compartir el peso de esa delicia. Jungkook le concede el beso de inmediato, pero no es un beso tierno; es hambriento, denso, cargado de mucha saliva que fluye al mismo ritmo en que añade un segundo dedo abajo, aumentando la presión con una lentitud deliberada.
Taehyung suelta un quejido ahogado contra la boca de Jungkook, apretando los muslos contra sus costados ante la nueva invasión, pero se obliga a relajar la pelvis, permitiéndole el paso.
—Despacio, Tae... respira para mí —le pide Jungkook entre los besos, su propia respiración chocando contra sus mejillas mientras siente la hermosa rendición de su cuerpo—. Eso es... déjame hacer espacio.
La combinación de esa dulzura en su voz y la invasión física de su mano termina por derretir la última resistencia de Taehyung. Su cuerpo cede por completo, abriéndose a la preparación y amoldándose al poder de Jungkook. Sintiéndolo listo, el pelinegro retira los dedos con una lentitud profunda, provocando que Taehyung suelte un quejido frustrado ante el vacío repentino; un sonido desarmado mientras sus caderas se elevan un milímetro del colchón de manera inconsciente, buscando recuperar el contacto perdido.
Jungkook se incorpora apenas lo suficiente, arrodillado entre sus piernas. La luz plateada que se filtra por la ventana contornea la anchura de sus hombros desnudos, dándole un aire imponente mientras desenvuelve el preservativo con dedos rápidos pero precisos.
El sutil sonido del látex estirándose se vuelve una deliciosa tortura para los oídos de Taehyung. Parpadea con pesadez, con la vista completamente nublada por el deseo y el pecho subiendo y bajando en un ritmo errático, fascinado por la silueta del hombre que está a punto de reclamarlo por completo.
Taehyung rompe el silencio con un hilo de voz, un sonido roto y húmedo que apenas logra rellenar el espacio entre ambos:
—Jungkook… por favor —suplica, y sus propias manos bajan a apretar los muslos de Jungkook, instándolo a volver a bajar—. Ya no me hagas esperar. Entra.
Los movimientos de Jungkook se congelan por una milésima de segundo al escuchar la súplica directa. Alza la mirada, y esos ojos oscuros, dilatados por un hambre feroz que ahora se mezcla con una ternura infinita, se clavan en los de Taehyung. Una sensación de pura satisfacción y deseo salvaje cruza el rostro de Jungkook.
Termina de acomodarse el látex con una urgencia renovada y vuelve a cernirse sobre él, apoyando los antebrazos a los lados de la cabeza de Taehyung, atrapándolo bajo su peso.
—No tienes idea de cuánto tiempo llevo esperando que me lo pidas así, Tae —responde Jungkook en un susurro ronco, su aliento rozando sus labios segundos antes de presionar la punta de su erección contra la entrada perfectamente dispuesta.
Con un empuje lento, firme y continuo, Jungkook comienza a deslizarse dentro de él.
El impacto inicial hace que Taehyung abra los ojos de golpe, sus pupilas dilatándose por completo mientras un jadeo agudo y entrecortado se le escapa de la garganta. Siente cómo cada milímetro de Jungkook lo invade, lo estira y lo reclama, llenándolo de una manera tan profunda que le roba el aire. Sus manos abandonan los muslos de Jungkook para subir con urgencia a su espalda, clavando las uñas en los músculos tensos de sus hombros; necesita sentirlo, comprobar que es real, que esa marea de calor que amenaza con ahogarlo es gloriosa y la está provocando el hombre que ama con una inmensidad incomprensible.
A mitad del camino, Jungkook se detiene. Se queda completamente inmóvil dentro de él, con los músculos de los brazos temblando por el esfuerzo de sostener su propio peso y contener sus propios impulsos.
—Respira, Tae… Mi amor, respira —le pide Jungkook en un susurro roto, su voz cargada de una devoción tan intensa que duele.
Taehyung aprieta los dientes, con el rostro perlado de sudor y las lágrimas del puro límite físico asomándose en las esquinas de sus ojos empañados. Sosteniendo la mirada de Jungkook, obligándose a perderse en ese pozo oscuro de adoración, relaja los músculos de la pelvis con un suspiro tembloroso. Su cuerpo finalmente asimila la presencia de Jungkook, abrazándolo desde adentro en un espasmo cálido y estrecho.
Al sentir esa rendición absoluta, Jungkook suelta un gruñido bajo, una mezcla de alivio y deseo puro, y termina de hundirse por completo en un solo movimiento suave, uniendo sus caderas en un choque sordo y perfecto. Ya no queda un solo milímetro de distancia entre ambos.
Taehyung echa la cabeza hacia atrás, emitiendo un gemido largo y quebrado que se clava directo en el pecho de Jungkook. Está completamente lleno, completamente poseído. Jungkook no le permite perderse por completo; de inmediato baja a buscar sus labios, atrapando su boca en un beso denso, profundo y desesperado, devorando sus gemidos y saboreando la gloria de tenerlo finalmente suyo antes de comenzar a dictar el primer y definitivo ritmo de la noche.
El beso se vuelve el único medio para respirar. Jungkook mantiene sus labios sellados contra los de Taehyung, moviendo la lengua con una lentitud pesada que imita a la perfección lo que está por comenzar a hacer abajo.
Cuando Jungkook da el primer paso atrás, retirándose apenas unos centímetros, Taehyung suelta un quejido sordo detrás del beso, sus manos subiendo instintivamente hacia la nuca de Jungkook para evitar que se aleje. Pero Jungkook no se va; solo está tomando impulso. Con una deliberación implacable, vuelve a hundirse hacia adelante, encontrando el ángulo exacto que hace que Taehyung se arquee sobre las sábanas, despegando la cintura del colchón mientras un gemido completamente desarmado rompe el sello de sus bocas.
—Jungkook… dios, Jungkook —lloriquea Taehyung, con la voz ronca, perdiendo cualquier rastro de coquetería con la que jugaba al inicio.
Jungkook suelta un gemido bajo, un sonido que vibra directo contra el cuello de Taehyung cuando baja a morder la línea de su mandíbula. Sus manos abandonan el colchón para bajar con fuerza hacia las caderas de Taehyung, enterrando los dedos en la carne con una firmeza que va a dejar marcas el día siguiente; para finalmente abrazarlo por la cintura y mantenerlo un poco elevado. Establece un ritmo constante, pesado y profundo.
No hay sutileza ahora, pero sí una adoración salvaje. Cada vez que Jungkook se empuja dentro de él, sus ojos oscuros se clavan en los de castaño, obligándolo a sostenerle la mirada, asegurándose de que Taehyung sepa exactamente quién lo está dominando, quién lo está amando de esa manera tan desmedida.
Taehyung se deja arrastrar por el vaivén, con las piernas enredadas firmemente alrededor de la cintura de Jungkook, subiendo y bajando en una marea de sensaciones que lo superan por completo. Está más que fascinado con todo, tanto que no puede dejar de acariciarlo desde sus muslos hasta su espalda —aunque sus piernas se interpongan en el camino—, tratando de hacerle saber lo mucho que está disfrutando; se siente completamente seguro en medio de esa fuerza sin filtros, completamente libre al entregarse al dueño de cada rincón de su piel.
Las embestidas continúan, profundas y constantes, marcando un compás que resuena en el silencio de la habitación junto al roce de las sábanas y sus respiraciones entrelazadas. Sin embargo, en lugar de acelerar hacia un ritmo frenético, Jungkook mantiene esa cadencia pesada, deteniéndose casi al final de cada empuje para presionar su frente contra la de Taehyung, compartiendo el mismo aire caliente.
—Mírate, Tae... —le susurra Jungkook con la voz completamente rota, su aliento golpeando los labios húmedos de Taehyung—. Eres mío. Todo tú... desde siempre.
Taehyung suelta un jadeo largo, un sonido que es mitad queja y mitad delicia, mientras sus ojos empañados buscan desesperadamente los de Jungkook en la penumbra. Las palabras del pelinegro se le clavan más hondo que el propio contacto físico, curando esos meses de distancia y silencios acumulados. Alza las manos, con los dedos temblorosos por el esfuerzo, para acunar el rostro de Jungkook, delineando con el pulgar la línea de su mandíbula tensa.
—Tuyo —confiesa Taehyung en un hilo de voz, entregando no solo su cuerpo, sino su voluntad entera en esa sola palabra—. Soy tuyo, Jungkook... Haz lo que quieras conmigo.
Escuchar esa declaración, con el baritono airado, hace que algo tiemble en el pecho de Jungkook. Sus ojos se oscurecen aún más, inyectados de una devoción tan densa que asusta, y vuelve a besarlo. Pero este beso no es un ataque; es una promesa silenciosa, un pacto sellado con el sabor de sus bocas mientras abajo sus caderas se vuelven a unir en un vaivén más lento, pero infinitamente más profundo, buscando tocar el alma del otro.
Jungkook desliza sus manos desde las caderas de Taehyung hacia arriba, hasta encontrar sus manos para entrelazar sus dedos con los de él sobre el colchón, atrapándolos con firmeza. Cada movimiento de Jungkook es una caricia interna, un “te amo” silencioso y rudo que obliga a Taehyung a arquear la espalda una y otra vez, soltando pequeñas lágrimas de puro éxtasis emocional que Jungkook se encarga de secar a besos, descendiendo por sus mejillas hasta besar sus párpados cerrados. Están suspendidos en un espacio donde el tiempo no existe, completamente perdidos el uno en el otro.
Con el paso de los minutos el vaivén se vuelve más rápido, más profundo, un ritmo febril que hace que el colchón cruja levemente bajo sus cuerpos y que sus respiraciones se conviertan en un solo jadeo desesperado.
Taehyung echa la cabeza hacia atrás —como por milésima vez en la noche—, con los ojos cerrados con fuerza. Cada vez que Jungkook se empuja dentro de él, una ola de calor insoportable le recorre la espina dorsal. Está temblando, completamente abrumado por la fricción y por la inmensidad de tener a Jungkook devorándolo de esa manera. El placer es tan agudo que empieza a doler, una tensión deliciosa que se acumula en su vientre y que lo hace suplicar entre dientes, soltando gemidos rotos que ya no puede controlar.
Jungkook lo siente. Sabe perfectamente que Taehyung está a punto de romperse, porque él mismo está en su límite absoluto. Los músculos de su espalda están rígidos, sudorosos bajo la luz, y el latido de su corazón es un tambor desbocado contra el pecho ajeno.
—Un poco mas, Tae… mírame, termina conmigo —gruñe Jungkook, su voz apenas un raspón agónico mientras busca la erección de Taehyung, acariciando de arriba abajo con fuerza, girando un poco la muñeca.
Taehyung abre los ojos, empañados por las lágrimas de éxtasis, y se queda hipnotizado a la mirada fija y oscura de Jungkook. Ver la devoción y el hambre en el rostro ajeno en ese segundo exacto es el detonante final.
Taehyung arquea la espalda de manera violenta, su garganta liberando un gemido largo, agudo y completamente quebrado mientras su propio cuerpo se contrae en espasmos ciegos de puro placer, liberándose sobre la mano del pelinegro, quien no deja de acariciarlo hasta vaciarlo todo.
En el mismo instante, Jungkook suelta un rugido ahogado contra el hueco de su cuello, con los ojos cerrados con fuerza y la mandíbula tensa mientras se derrama dentro de él en una pulsación larga y caliente que parece no terminar nunca.
El tiempo se detiene de verdad.
Poco a poco, la descarga eléctrica da paso a una calidez flotante y pesada. Jungkook se desploma lentamente sobre él, cuidando de no dejar caer todo su peso, y esconde el rostro en su pecho, con la respiración latiendo de forma errática —compitiendo con los latidos del corazón ajeno—, contra la piel húmeda de Taehyung.
Taehyung, con el cuerpo aún vibrando por las secuelas del orgasmo, sube los brazos con torpeza para rodear los hombros de Jungkook, abrazándolo con una ternura inmensa mientras las sábanas revueltas y el silencio de la noche los envuelven en un refugio perfecto. Acaricia los mechones oscuros y sudorosos del pelinegro, masajeando un poco el cuero cabelludo.
El silencio que sigue es espeso, cómodo y cargado de un calor somnoliento. Los latidos de sus corazones, que antes parecían amenazar con salir de sus pechos, van disminuyendo el ritmo poco a poco, coordinándose en un compás tranquilo. Jungkook se mueve con lentitud, saliendo de él con un suspiro pesado, y tras encargarse de limpiar el desorden con la misma reverencia con la que empezó todo, regresa a la cama para desplomarse de lado, atrayendo a Taehyung directo hacia su pecho.
Taehyung se deja hacer, completamente laxo. Su cuerpo se siente pesado, bendecido por un cansancio glorioso, y apoya la mejilla contra el pecho desnudo de Jungkook, escuchando el eco amortiguado de su corazón. Sus dedos, aún flojos por el éxtasis, trazan líneas perezosas e imaginarias sobre el abdomen ajeno.
El aire fresco de la noche se filtra por la ventana, pero el abrazo de Jungkook es un escudo perfecto. Es entonces cuando Jungkook rompe la quietud con una pequeña vibración en el pecho que delata una sonrisa traviesa.
Acomoda un mechón de cabello húmedo detrás de la oreja de Taehyung y le da un beso corto en la frente antes de hablar.
—Bueno... —comienza Jungkook, y su voz, todavía un poco ronca por el esfuerzo, lleva un tinte de diversión maliciosa—. Voy a ser un caballero y voy a esperar pacientemente a que te recuperes.
Taehyung parpadea, alzando un poco la barbilla desde su posición para mirarlo desde abajo, intrigado por el rumbo de la conversación.
—¿Ah, sí? ¿Qué tan paciente? —pregunta Taehyung con un hilo de voz, divertida y perezosa.
—Lo suficiente para que tus piernas dejen de temblar —bromea Jungkook, ensanchando su sonrisa ladina y apretando un poco más el agarre en su cintura—. Porque en cuanto estés listo, lo vamos a hacer otra vez. Y otra vez. No pienso parar hasta que memorice cada milímetro de tu cuerpo, Tae. No bese lo suficiente tu cuerpo, quiero saber exactamente dónde tocar y qué tan fuerte hacerlo para hacerte reaccionar así de hermoso. Considera esto una advertencia. De todas formas, ya declaraste que eres mío.
Taehyung se queda mirándolo un segundo, procesando la audacia y la deliciosa posesividad de sus palabras. En lugar de morder el anzuelo con otra provocación o un reclamo orgulloso, la calidez del momento lo desarma por completo.
Solo se ríe dulcemente. Es una risa pequeña, suave y cantarína que vibra contra la piel de Jungkook; se acurruca todavía más en su cuello, dejando un beso tibio justo en su clavícula.
—Se vale soñar, Jungkookie —susurra Taehyung contra su piel, cerrando los ojos con una sonrisa que ya no puede ocultar—. Duérmete ya.
Jungkook suelta una risita baja, ganada por la dulzura del otro, y entrelaza sus piernas con las de él bajo las sábanas, sellando el inicio de un descanso largo y perfectamente correspondido.
El silencio vuelve a reinar en la habitación, pero esta vez es un silencio habitado, cálido y ligero. Con los ojos cerrados y el cuerpo flotando en esa agradable pesadez previa al sueño, Taehyung se toma un instante para dejarse llevar por la marea de sus propios pensamientos. Se siente abrumadoramente feliz, satisfecho y, si es que eso es posible, todavía más enamorado que antes.
Escuchar los latidos constantes de Jungkook bajo su mejilla le da una certeza implacable: nunca, bajo ninguna circunstancia, se permitiría perderlo. Ya no hay dudas ni distancias que valgan; la manera en que Jungkook lo ha tocado, la devoción con la que lo ha reclamado y cómo se ha entregado a él en esa cama son la prueba irrefutable de que ese sentimiento es absoluto y mutuo. Sabe que el camino por delante no siempre será sencillo, pero también sabe, con el corazón lleno de orgullo, que ambos lucharán con uñas y dientes por conservar y hacer crecer este amor. Van a mantenerse en la vida del otro todo el tiempo que les sea posible, entrelazados, tal como están ahora.
Con un último suspiro suave, Taehyung se relaja por completo en los brazos del pelinegro, dejando que la penumbra lo arrastre por fin hacia un sueño profundo, acunado por la certeza de saberse, al fin, en casa.