El Encierro De Voldagh.
PRÓLOGO
Etéreo era el espacio cuando los dioses antiguos decidieron crear un lugar donde pudieran
residir sus creaciones. Los cónsules divinos estipularon cuánto se creaba en enciclopedias
glorificadas. El intento por crear un mundo perfecto, regido bajo las normas de los
mismos dioses, trajo consigo las imperfecciones. Cuatro intentos tuvieron las divinidades
para hacerlo, pero ninguno satisfizo los caprichos de cada ente. Así, en la última y
definitiva creación, los dioses pusieron su fe. Las enciclopedias se tornaron en mitos a
través del tiempo que envolvió el mundo. Los nuevos estandartes mágicos y alquímicos
fueron desempolvando la verdad sobre estos libros.
La máxima imperfección que los dioses no pudieron evadir en cada intento, la avaricia,
motivó al etéreo, a lo ubicuo, a tener la oportunidad que ellos, los dioses, no pudieron. La
carrera contra la creación de una voluntad perversa comienza con el mismo hallazgo de
las enciclopedias crípticas. Los tiempos de volver a pactar con los dioses crecerán, y más
cuando ellos mismos designen sus tareas a los mortales, que una vez olvidaron su existir.
La fuerza de la matriz, el eterno fluir del cosmos, ligará las voluntades divinas con las
mortales.I.
El encierro de Voldagh.
El grito de dolor surcó todo el paisaje. La herida abierta sangraba cual cascada sin cauce.
Aferrado a un último intento, Baalgad, oculto entre dos rocas que resguardaban su
espalda, sostuvo la espada y preparó el ataque. Sabía que el arma más efectiva del dragón
eran esas bocanadas de fuego, pero la lentitud de su cuerpo lo hacía vulnerable a un golpe
certero.
Entre la quijada y el pecho acorazado, el dragón tenía un punto descubierto. Esa parte,
poco protegida por escamas, podía ser el blanco de un ataque. Aun así, el reflejo del
animal, agudo como sus largos colmillos, era ignorado por Baalgad. Cerrando los ojos,
tomando una exhalación de aire, corrió haciendo zigzags a gran velocidad. El rugir del
depredador no lo acobardó; Baalgad fijó su mirada en el cuello de su adversario, que
cubrió el frente suyo con fuego. En cuanto el fuego se disipó, el dragón fue alcanzado por
la lámina de una espada. El lance llevaba fuerza, pero no la suficiente como para hacerle
daño al tirador de fuego.
Al darse cuenta de que su ataque había sido inefectivo, el hombre corrió a protegerse. El
malestar y el dolor que le producía la herida en su pierna casi no lo dejaban concentrarse.
Llevaba demasiado tiempo en el laberinto, sin poderse quitar de encima al dragón. Justo
antes de empezar la prueba, fue advertido de lo peligrosa y dura que esta era. De los
estudiantes del maestro Voldagh, Baalgad era el más cualificado. Todos estuvieron
conformes, menos Kamm, líder del concejo de Mythos. Mythos, el mejor internado de las
doce comarcas del reino. Los estudiantes y contingentes de magia y milicia más
calificados han salido de este internado. Cada monje, al cumplir sus votos y su cadena de
peregrinación, debe pasar doce pruebas. Cada prueba, propuesta e impuesta por cada una
de las comarcas. Doce miembros, uno por comarca.
A Baalgad no le iba muy bien. Otros ya habían cruzado por esa prueba y se hallaban
adelante. A su lado llegaba un miembro del Liceo del Mar y de los Navegantes.
—¡Hola! —dijo el joven, agitado.
—Hola —respondió secamente Baalgad.
—Me llamo Puuk, de Pandion —dijo el joven.
—Necesitamos seguir… Deja los protocolos para después —agregó Baalgad sin dejar de
observar al dragón.
—¿Ya sabes cómo pasar? —preguntó el muchacho, observando al dragón.—Odur tiene un punto débil… —concluyó el monje, mirando fijamente a Puuk—
.
Ayúdame y te ayudaré. El cuello es su punto vulnerable; debemos llegar a las puertas tras
él.
—Tengo un plan —exclamó Puuk—. Antes de ser elegido, estudié cada prueba. Sobre
Odur supe que el agua le produce molestia.
—¿Y qué hay con eso? —replicó Baalgad.
—Soy un almirante del Liceo Pandion, todas mis propiedades básicas son a base de
agua…
—…Comprendo —sumó Baalgad, sonriente.
Puuk clavó su espada en el suelo. De entre su ropa sacó un elegante medallón de oro. Este
era un pentagrama féerico. Sus cinco esquinas estaban adornadas por varios símbolos. En
cuatro extremos tenía grabados los símbolos de los cuatro hemisferios. Una copa, una
espada, un peldaño de trigo, una luna y una lira adornaban también cada esquina. Además
de estar bañado en oro, tenía pequeños enchapes de plata sumados a varios zafiros y un
gran cristal en el centro. Puuk, ahora arrodillado, dibujaba con plena exactitud el
pentagrama. Hablaba en voz baja en el antiguo lenguaje ondino. Momentos después de
situarse en mitad del dibujo, un brillo le cubrió de pies a cabeza, aunque su apariencia no
sufrió cambio alguno.
—Debo ser muy rápido… —exclamó Puuk, que ahora tenía sus pupilas de un azul
profundo—. Tú también debes cruzar lo más rápido que puedas.
—Así será… —concluyó Baalgad—. En marcha.
Puuk caminó desafiante frente al dragón. Este, en cuanto lo vio, preparó una bocanada de
fuego y la lanzó sin previo aviso. El fuego se precipitó hacia Puuk, que se desvaneció en
un gran chorro de agua. Como si fuese impulsada por una fuerte corriente, el agua se
desplazó bajo los pies del dragón. Desconcertado, el animal intentaba dar con Puuk,
mientras Baalgad corría tras unas rocas hacia la salida. Baalgad se mantenía atento a
cualquier eventualidad, pero, gracias a esto, un paso en falso hizo alertar al dragón, que
de un salto cayó enfrente del muchacho. El hocico humeante se abrió sobre la cabeza de
Baalgad, pero el agua se interpuso entre el depredador y su presa. En varias ocasiones,
semejante a una catarata, Puuk atacaba al dragón en el cuello. Su forma líquida le daba
una velocidad fascinante con la cual hacía cortes sobre el cuello del tirador de fuego.
Baalgad saltó y corrió hacia la puerta del final del laberinto. Cuando estaba por llegar,
descubrió que una llamarada alcanzaba a Puuk, volviéndolo vapor. La consternación
paralizó a Baalgad, que no acató ver venir al dragón hacia él. Con enojo, volvió en sí para
enfrentar al dragón. Atacó de frente con la misma estrategia que había utilizado antes.
Esta vez, decidido a todo, solo pudo hacer su embestida a ojo cerrado.Calor. Un sofocante calor se dirigía a su cuerpo, mas nunca llegó. Al abrir los ojos, solo
vio cómo un millar de gotas de agua caían sobre su rostro. El iluminar del fuego, junto
con el agua, recrearon un fugaz arcoíris que acabó en cuanto la cabeza del dragón tocó
tierra. Puuk se levantaba con un costado de su rostro y su cuerpo quemado. Baalgad se
sorprendió por la destreza de Puuk y su entrega por salvarle la vida.
Baalgad sabía que no había palabras para agradecer tal suceso, y de haberlas, él no las
diría igual. Avanzaron a través de las puertas hacia un enorme laberinto de espejos. Ahora
parecían ser parte de este. A un costado se hizo visible un reloj de arena que agotaba su
tiempo rápidamente.
—Aquí la magia sirve poco, es nuestra destreza mental la que nos ayudará a salir —
concluyó Puuk, mirando a Baalgad—. Solo quedan esta y otra prueba más.
Adelante en el laberinto yacían los demás participantes, y atrás del laberinto, otros más.
Había siete estudiantes en total. Casi terminado el laberinto estaba Aikon, de Habetrot, el
Monasterio Azul. Cerca de él permanecía Yarthkins, del Salón Celeste Kirkham. De la
raza más nueva de silfos estaba allí Wark, del Cubil de la Maraña, Anka. La finura de un
rostro juvenil y de una hermosura singular adornaba la estampa de la valiente Daione, de
Alesia, Ministerio de las Monjas Escarlata. Desde los templos de las altas montañas estaba
Nanni, el oriental que llegaba representando a Amintor.
Puuk y Baalgad eran los que sumaban los siete en el cuadro de los alquimistas. Al llegar,
un monje que flotaba en el aire les habló sobre cómo deberían entrar al cuadro.
—La suma de todos los cuadros debe ser igual a quince en cualquier dirección —sumó el
sacerdote mientras recreaba el cuadro con bellas auras de fuego—. Deben adivinar el
número correspondiente para completar la tabla, teniendo en cuenta la amalgama de
metales, para así tener una aleación mágica. Los números están del uno al diez, o sea que
no hay manera de repetir dígitos.
a). — Plata para la Luna.
b). — Azufre para el Mercurio.
c). — Cobre para Venus.
d). — Oro para el Sol.
1 A
4
B C
2
D
2
5 7
3
4
81). — Hierro para Marte.
2). — Estaño para Júpiter.
3). — Plomo para Saturno.
4). — Platino para Plutón.
Si fallaban en los números de la suma, serían devueltos al principio de este, sin importar
cuánto habían avanzado. Puuk y Baalgad estaban dispuestos a hacerlo, pero primero
debían concentrarse. Avanzaron a la primera casilla diciendo A-2. Allí, además del
número para completar la suma de quince, debían hacer la aleación de los dos metales.
Fue simple para un matemático formidable como lo era Baalgad. En A-1 estaba el 4 y en
A-3 el 8; verticalmente, la suma daba con 3. También, sabiendo que B-2 era 5 y que C-2
era 7, sumaban 15 también con 3 horizontalmente. «¡Tres!», gritó fuertemente el joven
monje. Instantáneamente, frente a ellos, una hoguera se abrió, brotando de entre ella dos
bloques de metal. Debían asumir sus nombres para crear la amalgama correcta.
—Este examen no está tan complicado… —dijo Baalgad, mirando el baúl de su
memoria—. Este bloque es… —miró el izquierdo— estaño, y el otro debe ser… plata.
Una cantidad muy pequeña de estaño hace a la plata muy frágil. Sí, eso debe ser. Estaño
y plata… Luna y Plutón.
Los bloques volvieron al fuego, donde se derretían lentamente, dejándose mezclar entre
ellos. Mientras esto pasaba, el monje curaba las heridas de Puuk. Era el premio por haber
descubierto el número. Ahora era el turno de Puuk, que se encontraba preocupado. Las
matemáticas no eran su fuerte. «B-3», dijo Puuk con voz entrecortada. Esa casilla no tenía
un número; el C-1 era 2 y el C-3 era 7. B-1 no tenía número, así que debía estar seguro
de que escogería el verdadero. Él supo que en B-1 no había número, solo había número
en B-2, que era 5. A-3 era 8. Hizo las sumas teniendo en cuenta todas las direcciones
posibles y, en un momento, se encontró perdido…
—No sé qué número decir… —dijo Puuk, tristemente.
—Vamos, Puuk, no te dejarás vencer por esta operación matemática, cuando tú mismo te
enfrentaste al mismísimo Odur —exclamó su compañero.
—Sí, lo sé, pero solo estoy dudando si es uno o es nueve… —dijo el monje de Pandion,
repasando el cuadro—. Es uno… Sí. Perdóname, Baalgad, si nos devuelven. ¡UNO!
La casilla se iluminó de súbito, germinando del suelo un cáliz con tres cabezas de pavos
reales. Era el número correcto. La alegría no pudo ser disimulada por Puuk, que se
abalanzó sobre su compañero a abrazarlo. Ahora los metales para amalgamar:
—Las amalgamas con plomo, plata y oro se usan en la exodoncia dental. Creo que es
Azufre y Plomo… Mercurio y Saturno.
Del cáliz, una lluvia de chispas nació. Allí la amalgama era efectuada mientras un fuerte
hedor a azufre cubría el recinto. Después de un momento y de una espesa humareda, setoparon con un escudo de cobre que estaba sobre el suelo. Puuk, ingenuo, creyó que se
trataba de otro premio a su audaz desempeño, pero al intentar levantarlo se vio incapaz
de hacerlo. Estaba muy pesado. No sabían qué representaba ese escudo. El monje, que
hizo su aparición de nuevo, explicó que se trataba de una protección que habían ganado
a partir de ese momento. Conocían que, si fallaban, serían devueltos al principio del
cuadro, pero con esta protección se les daría una oportunidad más para redimir su error.
La siguiente casilla estaba cerca. La exclamación «B-1» se esparció en un eco profundo
hasta no oírse más. De inmediato, fueron cambiados de casilla. Allí, de nuevo, tomaba el
rol Baalgad. Con minuciosidad había estudiado las dos casillas anteriores, y era muy fácil
descifrar esta donde estaban. A-1 era 4 y C-1 era 2. Esto daba 6, al igual que la suma de
B-2 y B-3 daba 6. Para sumar 15 en ambos casos, era 9. No lo dudó tanto como Puuk. Sin
pensarlo demasiado, pronunció: «Nueve». En torno a la casilla se dibujaban unos
símbolos…
Un símbolo debajo de cada monje. De inmediato, Baalgad comprendió la simbología.
Eran el hierro debajo de Puuk y el azufre debajo de él. Eso fue lo que exclamó: el nombre
de los dos metales. El aroma a azufre volvió a impregnar el aire, casi asfixiándolos. Allá,
el monje apareció de nuevo, dejando escapar una escarcha brillante que caía sobre la
casilla. Esta escarcha, apenas tocaba el suelo, lo corroía. El ácido carcomía el suelo del
encasillado y se dirigía hacia los monjes muy despacio.
—¿Pero ¿qué es esto? —inquirió Puuk, echándose hacia atrás—. ¿No era el número
verdadero…?
—Estoy seguro de que sí era… —exclamó Baalgad, con su mirada en el vacío—. Ácido…
ácido sulfúrico…
—¿Qué? —replicó Puuk, sin entender.
—Eso que carcome el suelo es ácido sulfúrico, la mezcla entre hierro y azufre —continuó
el monje, sin quitarle la vista al vacío—. Entonces, mi respuesta es correcta.
—Sí. Es correcta. Y ahora serán llevados a su último destino: la salida del Cuadro de los
Alquimistas —dijo el monje, desvaneciéndose en el aire.
No pudieron hacer nada frente a la eminente caída. Solo sintieron caer muy velozmente.
Abajo, una luz espesa los aguardaba. Era tan fuerte que parecieron entrar en un sueño. Al
abrir los ojos, se encontraron de frente a un enorme paredón de diferentes símbolos.Examinaron la escultura y se hallaron en una recreación magna de la tabla periódica de
los elementos, que juzgaba por su verosimilitud y su antigüedad. Al parecer, sí era real.
Las fisuras que traía la pared señalaban el dibujo de una puerta que se abriría, pero el
problema era saber cómo. Puuk palpó con cuidado la piel de la pared y pronto halló un
lugar donde podría encajar una llave. Como alquimistas también, decidieron hacer una
llave de hierro para abrir la puerta. Forjada de manera muy sutil, la utilizaron en la placa
de la puerta. Trataron de girar el cerrojo, pero no pudieron, y al hacer bastante fuerza,
quebraron la llave. Después de fallidos intentos con varios metales, tomaron la idea de
hacer una llave aleando hierro, carbono y cromo: una de las aleaciones más fuertes. La
llave fue forjada y usada con inmediatez. Ambos, sostenidos de la llave, tiraron con toda
su fuerza, y de un momento a otro, la placa crujió. Como una puerta que no se ha abierto
en siglos, esta rechinó al abrirse. Allí, frente a sus ojos, un gran número de escalones
ascendentes los descubría.
Después de los largos y espiralados escalones, un gran salón antecedía a la bóveda
principal. De blanco marfil, con elegantes estatuas representativas de las doce comarcas.
Las cortinas, blancas y celestes, se doblegaban flexibles al viento otoñal. El primer
estudiante en llegar al salón principal fue Aikon, seguido por Yarthkins y Sergem. A
medida que Puuk y Baalgad se acercaban al aula, podían ver que Daione los alcanzaba.
Por fin, la bóveda principal. Los vitrales de antiguos monjes y profetas adornaban el lugar.
Las esculturales efigies de antaña procedencia adornaban el pórtico del aposento.
Reunidos en el centro, los doce miembros del concejo esperaban a sus respectivos pupilos.
Voldagh esperaba con ansias a su pupilo, Baalgad. En frente suyo se situaba un estudiante
que sostenía la banderilla del monasterio. Pronto llegaba Wark, junto a Nanni. Segundos
más adelante, un sonido peculiar le hizo la entrada a Solday, que llegaba muy herido. Él
hacía parte del Capitolio Norte, Nan-Cur-Dir. Apenas se hizo notar en la entrada, cayó
desvanecido. La ayuda para este valiente muchacho no fue tardía. El sol ya se ocultaba
en el horizonte, y los últimos tres estudiantes aún no daban vistas de llegada.
El silencio reinaba en el salón. En tal ocasión, se esperaba la aparición de alguno de los
ausentes. El eco torpe de unas pisadas llegó al oído de los que esperaban. En el umbral
de la sala hizo su aparición la joven Mandime, que por su estampa había luchado
fuertemente. Llegaba golpeada y con algo de su cabello carbonizado. Ella venía del
noroeste, representando a la Facultad de Alquimia del Pabellón Universitario, Falerno.
Solo restaban Methe, del Instituto de Biomagia del centro sur, Eremigt, y de los hijos más
ricos del oriente medio, Artalam, de los Templos Féericos de Cacoah.
La noche había llegado. Cuando la luna yacía en el centro del cielo desnudo, ambos
aparecieron: Artalam sosteniendo en hombros a Methe. Curadas las heridas de los
pasantes, se dio paso a la ceremonia de culminación. Las antorchas de cada comarca
fueron siendo encendidas por la llama del Maestre, el líder del grupo de comarcas.
Voldagh acudió al llamado del Maestre, pero fue detenido por una brusca intromisión.—¡Maestre, Maestre! —exclamó un hombre de capa gris, sin dejar ver su rostro—. ¡Algo
abominable ha ocurrido! ¡Han asesinado al clérigo bibliotecario!
—Esto es supremamente grave —dijo el Maestre entre la mezcla de comentarios—. Por
desgracia, no podemos hacer nada sin darle fin a esta ceremonia. No promulgaremos la
noticia hasta no haber estudiado todo lo concerniente al asesinato. La biblioteca será
privada de dar su servicio. Ve ahora, déjanos terminar esta tarea.
La ceremonia transcurría bajo el peso de la incertidumbre. Quién y para qué querrían
ultimar al hombre encargado de la biblioteca. Voldagh honraba a su pupilo, dándole el
título de Monje Primario. Todos los estudiantes culminaban así lo que significaba su
estancia en los centros de formación. Dado el suceso del bibliotecario, la ceremonia
careció de interés.
En la sala del crimen no había nada anormal. No había indicios de forcejeos o cierta
pugna. Los rasgos parecían de una muerte natural, aunque un solo detalle dictó la
verdadera realidad de su muerte. El Maestre revisaba con cautela el cuerpo sin vida del
bibliotecario.
—Esto no es obra de un mortal —dijo el Maestre a la delegación completa—, o por lo
menos de uno que lo fue.
—¿Qué lo fue? —dijo confundido el concejal de Kirkham—. ¿Un muerto vivo o un
espectro?
—Sí. La desfragmentación de alma solo la practican los nigromantes o los muertos vivos
—dijo el Maestre, ocultando el cuerpo con una manta.
—Pero, maestro, el arte de revivir muertos fue clausurado y desterrado de toda práctica
mágica —sumó Aikon—. Según tengo entendido, solo hay un ser capaz de realizar la
«cosecha de sepulcros», y ese es Voldagh.
—Sí, es verdad. Pero no lo creo. Él todo el tiempo ha estado entre nosotros y con su
pupilo en la prueba durante los últimos siete días —exclamó la concejal de Alesia.
—Poco se acuerdan de la nigromancia —dijo Voldagh—. Una cosecha se puede efectuar
en segundos, o como puede tomar años también. Eso está de más.
—Los últimos nigromantes fueron privados de todos sus sentidos para evitar la
conjuración de blasfemias como esta —dijo el Maestre—. Entramos en sucesión para
estudiar el caso. Llamen a Kamm, esto le compete a él más que a cualquiera de nosotros.
Por ahora, vuelvan a sus comarcas. Designen las nuevas tareas a sus estudiantes, y mañana
los veré en el coliseo cubierto a solas; es mejor guardar discreción.En el dormitorio, Baalgad contaba sobre las últimas pruebas a sus compañeros de cuarto.
Les comentó que la prueba física fue muy dura y que, de esta, lo había ayudado a salir un
estudiante de otra comarca. Les contó sobre las propiedades de Puuk. Tampoco pudo
aguantar el comentar algo sobre lo sucedido en la biblioteca. Los sorprendió cuando
reveló lo del muerto vivo. Para muchos en esa época, revivir un muerto quebrantaba las
leyes de la magia y de la alquimia. Vida solo hay una, y no se repite. Baalgad les narró
sobre las sospechas que nacieron ante su tutor por ser el único ejemplar de los
nigromantes. En esta amena conversación, los tomó el sueño.
En la mañana siguiente, el comedor era abordado no solo por los estudiantes y guardias
reales, sino por un aire de pretensión. Ya la mayoría de los estudiantes sabía acerca del
estudiante y del que revivía muertos. Baalgad estaba sentado junto a Maurel, su único
amigo y compañero de tesis. Tomaban el desayuno mientras hablaban sobre Voldagh. La
sala fue irrumpida por el Maestre y el concejo de Mythos.
—Buenos días, queridos estudiantes —dijo el Maestre en voz alta—. Creo que es
inevitable la promulgación de los rumores acerca de la muerte de nuestro bibliotecario.
Hoy se ha hecho consenso con los demás concejos de las comarcas del reino, llegando a
una única conclusión. El Clérigo y Licenciado en Artes Féericas de Mythos, Voldagh Ihn
Tur, ha sido arrestado bajo la sospecha de asesinato. Aunque las pruebas son mínimas, la
decisión abarca las prevenciones sobre este hecho. Es decir, en caso de no hallar al
culpable de este acto, se pasará a la ejecución de las leyes prescritas en la legislación del
reino. Baalgad, pupilo de Voldagh, hijo, ven con nosotros.
Salieron del comedor y se dirigieron al cubil del Maestre. Todos los miembros del concejo
acompañaron a Baalgad. Ya en la rectoría, se le explicó al monje sobre la reunión de la
mañana y sobre la determinación tomada acordemente. Gracias a que Voldagh fue el
único perito desde su postulación a Monje Primario, se vieron en la penosa tarea de dejar
a Baalgad solo de allí en adelante. A pesar de que las leyes prohibían cualquier contacto
con un recluso o sancionado, al chico se le permitió la única oportunidad de hablar con
su maestro. Tuvieron que atravesar todo el internado, pasando por la biblioteca, los
salones, los dormitorios, los laboratorios y el aula máxima. En lo más profundo del
claustro se hallaban las mazmorras con un solo ocupante: el abate Voldagh.
—No sé cómo no se ha pronunciado ante esto, maestro —dijo Baalgad en cuanto tuvo a
su tutor enfrente—. ¡Usted no es un asesino!
—Está bien, muchacho —dijo Voldagh, sereno—. Ellos hacen lo que creen que es
correcto, conveniente.
—Pero usted no lo hizo… —replicó el joven.
—Sí, pero no hay nadie, aparte de mí, que pueda hacer lo que se efectuó en la biblioteca
—sumó Voldagh, dándole la espalda a los barrotes que lo tenían preso—. Es un riesgo
que sé que ellos no quieren correr. Entiéndelo, es mejor así.—¿Qué me dice? —recriminó Baalgad—. ¿Qué pasó con usted? ¿Se rendirá así nomás,
sin aclarar nada?
—No, no me rendiré —dijo el clérigo, ahora de frente—. Por eso estás aquí —continuó
Voldagh, más cercano a su pupilo—. En la reunión de esta mañana, yo no fui el centro de
atención del todo, hijo. En Alesia hubo otro asesinato. Lo extraordinario es que fue la
bibliotecaria. Una monja escarlata. Según el dictamen de la madre superiora, también fue
asesinada por un muerto vivo. El mismo que irrumpió en nuestro monasterio. Lo único
es que hace las cosas cual fantasma. No deja huella alguna. Y, al parecer, este muerto
vivo antes fue una de las doce comarcas. Entra y sale sin ser visto. Conoce bien el reino
y los templos de estudio. Irás a hacer una prueba mayor que la que afrontaste ayer. Irás
con Maurel. Ambos han pasado las doce pruebas, y esta que se viene es perfecta para
sustentar su tesis de grado.
—Pero esto se sale de todo margen lógico; según las doce comarcas, ya tienen al que
revivió el muerto, o ¿acaso tú no eres el único? —preguntó Baalgad, airado.
—Sí, soy el último. Registrado en las constituciones mágicas del mundo, no hay otro. Mi
estirpe fue devastada —sumó Voldagh—. Por eso no importa que me tengan capturado.
Si el revivido sigue haciendo de las suyas y no es capturado, jamás se sabrá el origen de
su resurrección…
—Es hora, hijo —dijo Kamm, que se hizo notar entre las sombras—. Voldagh, aunque tu
pupilo no está listo, será enviado a esta dura tarea. Debería darte vergüenza. Ahora bien,
no volverás aquí, Baalgad, pupilo de Voldagh, hasta no tener una respuesta. Es hora, en
marcha. Hay que prepararte para el viaje hacia Alesia. Allá te esperan más pasantes como
tú. No irás solo…








