Prólogo

Todo el mundo ve la postal: agua color turquesa que no parece real, arena que no quema, brisa que huele a coco y a vacaciones pagadas. Yo veo lo que no se controla, lo que te revuelca sin preguntarte el apellido y sin importarle cuántos ceros tienes en tu cuenta.
Era verano en Filipinas, vacaciones con mi familia, y yo estaba a punto de ahogarme en tierra firme.
“Ya no puedo seguir haciendo esto, Keana. Se terminó”, me dijo la mujer impecable frente a mí.
Tenía los brazos cruzados, el cabello moviéndose con el viento y los ojos de quien ya había hecho el duelo antes de llegar.
Mi corazón corría como si todavía pudiera alcanzarla, mientras mi cabeza buscaba una forma de despedirla sin terminar de rompernos a las dos.
“Anya...” Mi voz salió medida, templada, como si estuviera ofreciendo un trato y no entregando a la mujer que más había querido. “Tiene que haber otra manera.”
Anya Hartwell.
La mujer que conocí por una red social. Yo, que despreciaba esas frivolidades, caí en la frivolidad más hermosa: una foto.
Anya tenía esa clase de belleza que no pide atención porque nació sabiendo que ya la tiene. Ojos oscuros, pesados, como si siempre estuviera cansada del mundo; labios carnosos que parecían vivir a medio segundo de sonreír con esa ironía suya o besar a alguien. Había algo peligrosamente tranquilo en ella, como el mar antes de una tormenta.
La primera vez que vi su perfil pensé que parecía una modelo que odiaba ser mirada. La segunda vez ya había encontrado una excusa para creer en las casualidades.
Nos vimos aquí, en Filipinas.
“Casualidad”, insistía yo.
Anya siempre sonreía antes de responder, nunca me creyó, y tenía razón.
Yo moví cielo, tierra y millas para coincidir.
“Keana”, dijo con una serenidad que solo tienen las personas que ya tomaron una decisión. “Me encantas. Me gustas tanto que hace semanas dejé de pensar en estas vacaciones y empecé a pensar en nosotras después de ellas, pero tú nunca lo hiciste.”
Y entonces apareció Anya, tirándole gasolina a una vida que llevaba años perfectamente calculada. Me hizo imaginar un futuro que nunca había permitido entrar en mis planes y, por primera vez, confundí el hogar con una persona.
Al principio fue cine negro: mi medio hermano suspirando por ella, Anya dejándolo creer que todo marchaba exactamente como él imaginaba, y yo agradeciendo, con un egoísmo que jamás admitiría en voz alta, que fuera tan fácil distraerlo.
Las dos entendíamos el juego: manos bajo los manteles de lino, besos con sabor a mango y a secreto.
Yo creí que podía vivir dentro de aquella grieta, mitad verdad, mitad actuación. El problema era que Anya nunca actuaba. Ella siempre iba en serio.
“Intenta entenderme”, dije.
Anya sostuvo mi mirada unos segundos.
“Llevo semanas intentándolo, Keana.”
Abrí la boca. Las palabras seguían ahí, perfectamente ordenadas, pero ninguna servía.
“No”, me interrumpió sin alzar la voz.
Ella no necesita gritar para decapitar.
“Ya te entendí. Tú sí me quieres, simplemente no lo suficiente.”
“No digas eso.”
“Entonces...”, su voz se quebró apenas, tan poco que cualquier otra persona habría pensado que era el viento. “Dímelo tú.”
Las tenía. Eran pocas, sencillas, incluso ridículamente fáciles; lo bastante pequeñas para caber en una boca y lo bastante grandes para incendiar una vida entera.
“Estoy cansada de sentir que hay una puerta a la que nunca voy a poder entrar. Cansada de sonreírle a tu hermano como si no estuviera enamorada de su hermana.”
Mi medio hermano la descubrió apenas un par de días después.
Y sí, la culpa me rozó, medio segundo, porque cuando Anya me besó la primera noche, a escondidas en la playa, me supo a sal y a secreto, y entendí que no iba a cederla.
¿Quién, en su sano juicio, le dice que no a Anya Hartwell?
Yo no saltaba al agua sin ver, necesitaba saber cuántos metros había hasta el fondo, pero Anya no era metros.
Era precipicio.
“¿Qué es tan terrible?”
¿Qué es tan terrible?
Todo.
Llevo veinticuatro años escondiendo una parte de mí de las personas que más quiero.
Le temo a que Richard me mire como mira todo aquello que considera una decepción: con asco y cálculo. Le temo a que Vivianne prefiera perder una hija antes que perder la imagen de una familia perfecta. Le temo a que Matteo deje de decirme “hermanita” para empezar a verme como un problema que nunca supo que existía. Le temo a perder el voleibol, lo único que conseguí sin la ayuda de un apellido. Le temo a que el mundo descubra quién soy.
Y, por encima de todo, le temo a descubrir que todo ese miedo no alcance para justificar perderla.
Pero no le digo nada de eso, porque suena patético; porque ella ya pasó por fuego y yo sigo jugando con cerillos mojados.
“Claro”, dije. “Es sencillo cuando nunca has tenido que ponerlo todo en una balanza.”
Anya me miró como un incendio que ya sabías que iba a pasar porque dejaste la estufa prendida.
Me sostuvo la mirada unos segundos más y, después, sonrió. Una sonrisa pequeña, tranquila, demasiado tranquila para una mujer que acababa de romperse el corazón.
“Algún día encontrarás a una mujer que te haga prenderle fuego al apellido si hace falta y ruego que ella valga cada ceniza. Adiós, Keana”.
Y ahí la perdí.
Se dio la vuelta y no la detuve, porque yo no corría detrás de nadie. Me habían enseñado que retirarse antes de suplicar siempre parecía más elegante.
Me quedé ahí, con el agua turquesa riéndose de mí, con el sabor a sal y a derrota en la boca, entendiendo, por primera vez, que el dinero no compra la valentía, pero sí compra silencio.
Compra mesas donde nadie pregunta demasiado, sonrisas entrenadas y apellidos tan caros que pueden disfrazar cualquier podredumbre de elegancia.
Y yo estaba a punto de sentarme con expertos.








