El cajero automático
Salí del cajero automático. La lluvia era tan intensa que yo ni llegaba a ver el cordón de la vereda. Para peor había dejado el auto estacionado a dos cuadras, y de esa dirección venía un torrente de agua que bajaba hacia mí, de tal magnitud que no tenía la menor chance de cruzarlo.
Tras un fogonazo y un estallido que se escuchó muy parecido a un trueno cercano, las luces de la calle se apagaron. Me di vuelta de golpe, y alcancé a ver la torre de luz ya apagada, pero las chispas todavía cayendo como cataratas; el viento habría tumbado uno de los cables de electricidad y el piso mojado habría producido un cortocircuito en el tablero de la columna. La única luz de la cuadra era la del banco.
Encima a oscuras, pensé. Grandioso. No sólo el cajero no tiene plata, me vine hasta acá tan solo para volver con los bolsillos vacíos, y además ahora no puedo moverme de la puerta del banco. Nada peor puede sucederme esta noche.
Metí la mano en el bolsillo de la campera, saqué el celular para avisarle a mi mujer donde estaba. Y cuando toqué la pantalla, ninguna luz se encendió. ¿Qué le pasa al maldito aparato, por qué no se enciende? Estaba equivocado, todavía me podían pasar más cosas. Sí, definitivamente sí. Mi hijo había jugado al Preguntados con mi celular durante toda la tarde y no lo había puesto a cargar, al teléfono se le había acabado la batería.
Genial. Qué podía hacer. El banco estaba a un nivel un poco más alto que la vereda, y para entrar al cajero había una rampa para discapacitados, y al lado dos escalones. Sin poder hacer absolutamente nada, me senté a esperar a que parara la tormenta; aunque me llevara un rato largo, no tenía ninguna otra opción.
Ahora la lluvia en lugar de amainar arreció, un remolino de viento provocó que mojara de manera oblicua, entonces, por más que estuviera a resguardo debajo del techo del cajero automático, la lluvia me mojaba igual. Fastidiado, me puse de pie, tanteé la billetera y la tomé con las dos manos. No sea cosa que se me caiga y la pierda, pensé. Saqué la tarjeta, la pasé por el lector, y la puerta se abrió. Al menos una buena en esta noche de domingo, fría, lluviosa y deprimente. Adentro de la sala del cajero, no me mojaba ni tenía frío. En vano intenté encender de nuevo el celular, estaba completamente muerto. La ansiedad embistió la poca paciencia que me quedaba, y mis pasos me llevaron a recorrer toda la sala, que por cierto era bastante pequeña. Después de diez minutos, parecía un perro enjaulado y rabioso, que se quiere morder su propia cola.
Pasaron quince minutos más. Mi fastidio iba en crecimiento de manera inversamente proporcional al cese de la tormenta, cuando la figura de una persona completamente empapada apareció entre la cortina de agua que había convertido en invisible todo lo que había fuera del cajero. La persona llevaba una capa impermeable con una capucha para cubrir el rostro y la cabeza. La miré desde adentro, y no hice ningún movimiento que llamara su atención. No comprendía qué otro ser humano podía ser tan loco de salir a la calle con semejante tormenta, porque además por el atuendo era evidente que había salido cuando la lluvia estaba ya arreciando. El extraño se detuvo justo en la puerta del cajero y se quitó la capucha. Cuando bajó la cabeza, la larga cabellera le cubrió la cara. La capa impermeable se abrió, la persona metió un brazo dentro de ella, como tanteando algo. Y sacó un monedero, y de él una tarjeta. La pasó por el lector, pero la puerta no abrió. La volvió a pasar, pero la puerta no hizo ningún ruido. Levantó la mirada: era una mujer. Pasó la tarjeta tres, cuatro, cinco veces más, con insistencia, hasta con violencia, pero la puerta no se abrió.
La mujer —ahora tan desesperanzada como yo, pero del lado de afuera— hizo un gesto de decepción mezclado con ira y algo de incredulidad; seguramente pensaría que todo esto no le podía estar pasando. Golpeó el taco de su zapato derecho en el escalón, en señal de no poder creer su desdicha, se dio vuelta buscando a Dios para echarle en cara su suerte, pero no lo halló, entonces volvió a intentar vanamente que la puerta se abriera. A esa altura, imaginé que la dama estaría necesitando mi ayuda para no continuar padeciendo la tormenta y el frío, aunque ni siquiera había mirado hacia adentro, no me había visto. Pensé que podía asustarla, pero imaginé que luego se tranquilizaría y se pondría a resguardo del diluvio.
Me acerqué a la puerta y la abrí. Tal como lo imaginé, la mujer dio un salto hacia atrás y casi se cayó al piso. Pero un segundo después, cuando me miró a los ojos, aunque se mantuvo alerta, accedió a pasar.
—Gracias —me dijo con tanto recelo, que entendí el mensaje: Manténgase a distancia.
—Por nada— le dije con la misma sequedad y el mismo fastidio con el que le abrí la puerta, y volví a sentarme en el piso, en el ángulo más alejado del pequeño salón, con las piernas recogidas, mirando hacia afuera.
La mujer se quedó parada unos segundos antes de quitarse el impermeable. Me miró por el rabillo del ojo para asegurarse de que mis movimientos estuvieran bajo su control. De todas maneras nadie podría salvarte, pensé. No creo que haya otro ser vivo en al menos doscientos metros a la redonda, y si lo hubiera no podría llegar antes de que hiciera con vos todo lo que yo quisiera. Me reí del solo hecho de pensar en eso, ya que un instante antes de que se sacara la capucha, había creído que era un ladrón, y que yo podría haber sido la víctima.
La tormenta mantenía una intensidad asombrosa; el anegamiento de la calle hacía verdaderamente imposible que pudiéramos salir. La mujer metió la mano en la cartera otra vez, la sacó y la abrió con un gesto bastante bruto. Buscaba algo en su interior, algo que no encontraba, entonces su desesperación comenzó a crecer. Revolvió la cartera, flexionó una pierna y apoyó la cartera sobre ella. Siguió revolviendo, y a cada segundo que pasaba su ansiedad crecía. Ya pasé por eso, pensé, y volví a sonreír. Al parecer, mi sonrisa fue bastante visible, porque la mujer me vio.
—¿De qué se ríe? —dijo con enojo.
—De las coincidencias, apuesto que está buscando su celular y no lo encuentra.
La dama me miró sorprendida e indignada: yo había acertado.
—¿A usted le pasó lo mismo? —me dijo ahora un poco menos enojada.
—No, a mí se me terminó la batería —dije sin mirarla.
Dejó caer los brazos con fastidio, cerró la cartera y la soltó. Más bien la arrojó al suelo. Se tomó la cabeza con las dos manos y llevó el cabello hacia atrás. Lo tenía totalmente mojado. Natural, llegó en plena tormenta. Pero si traía una capucha impermeable.
—Debí haberlo olvidado en el taxi —pensó en voz alta—. Qué estúpida soy, quién me manda a…
Ahora yo comprendía menos, pero tampoco estaba con ganas de comprender demasiado: la mujer era extraña, su actitud también, su cabello mojado, el modo en que llegó y sobre todo el momento, y habiendo estado dentro de un taxi. Pero no dije nada. Seguí mirando la lluvia, sentado en el suelo, lejos de ella, que ahora comenzó a caminar con la misma ansiedad que yo, buscándose la cola para mordérsela. Esfuerzo inútil, ella tampoco tenía rabo.
La calle estaba totalmente a oscuras hasta la avenida, desde donde venía el torrente de agua, donde mi auto estaba estacionado. La única luz era la del cajero automático, donde estábamos nosotros. La mujer se acercó al vidrio de la puerta, miró al cielo inútilmente, miró a la calle en un esfuerzo igualmente inútil y se alejó caminando hacia atrás, como si hubiera visto a un fantasma. Con las manos separadas del cuerpo y la cara transformada en un gesto de terror, se alejó hasta apoyarse contra la pared en la que estaba yo también apoyado.
—¡Estamos en una vidriera! ¡Somos carne para los tiburones! ¡Nos van a asaltar, a violar, a matar!—dijo, y a medida que hablaba, el nivel de su voz iba in crescendo, hasta que la última frase la dijo gritando—. ¡Y ni siquiera podemos salir!
—Cálmese —le dije con fastidio—, con esta lluvia ni siquiera los ladrones podrían llegar hasta acá.
—¿Usted no entiende? No hay ninguna luz en toda la cuadra, estamos en el lugar indicado para llamar la atención. ¡Y ni siquiera podemos ver la calle!
—Cálmese, no podemos hacer nada. —Ya bastante con mi malhumor como para bancarme a esta loca.
La mujer me miró como para insultarme, luego con interrogación, y luego con decepción, hasta que finalmente dejó de mirarme.
Lentamente, se fue tranquilizando. Como yo, se dejó caer deslizándose por la pared hasta sentarse en el suelo. Hasta el momento no la había observado bien: era delgada y tenía curvas llamativas, el oscuro cabello enrulado y mojado la hacía más atractiva. Las mujeres siempre son más atractivas con el pelo mojado. Llevaba un vestido negro al cuerpo, corto, con mangas largas y cuello tipo polera; tenía medias negras y zapatos de taco alto, también negros. Me pareció que regresaba de una salida, o quizás estuviera preparándose para salir, eso explicaba el pelo mojado, habría salido de la ducha recién. Sin embargo, con semejante tormenta, seguía sonando incoherente la idea, era más probable que estuviera regresando.
—No hablaba de ladrones —dijo luego de unos segundos de silencio, algo que lamenté escuchar.
La miré sin decir nada. La mujer me miró con lástima, sin indicio de enojo. No comprendí esa mirada, hasta que me lo explicó:
—Estoy regresando a casa después de verme con mi amante.
Me asombró la revelación, pero imaginé que estaba pretendiendo establecer un diálogo, ya que estábamos ahí varados y parecía que íbamos a seguir estándolo por un rato.
—Al menos la pasó bien —dije despectivamente.
—Tuve que bajarme del taxi de repente —dijo ella—, porque mi marido me estaba siguiendo.
Ahora comprendía un poco más lo del cabello mojado y lo del taxi, pero no lo de la cara de lástima.
—Lo siento —me dijo mirándome con gravedad.
Se ve que ella se dio cuenta de que no la había comprendido, entonces miró hacia la calle, sosteniéndose la cabeza con una mano, y apoyando el codo sobre la rodilla.
—Está buscándome. Y si nos ve acá, va a pensar que usted es mi amante.
Lentamente fui tomando consciencia de lo que podía llegar a pasar. Giré la cabeza hacia ella: en sus ojos seguía habiendo lástima. Recordé la afirmación que me había hecho cuando entré al cajero: Todavía podían seguir pasándome cosas. Sin embargo, jamás pensé en ser víctima de un marido enfurecido por una mujer que lo engañaba, a la cual ni siquiera había visto antes.
Estoy jodido, me dije. Y me levanté. La mujer me miró sorprendida. Me acerqué a la puerta, y traté de ver algo, aunque más no fuera el cordón de la vereda. Nada. Tormenta total, anegación que estaba ahora tapando el primero de los dos escalones de la entrada al cajero.
Me di vuelta con furia.
—¿Quién se cree usted para meterme en un problema? —le dije con tanto furor, que se asustó—. Encima que le abrí la puerta para que no siguiera mojándose… —cerré la frase con fastidio.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón, y ahora fui yo el que volvió a girar buscando morderse el rabo otra vez. La mujer trató de disculparse con los gestos, apenada, pero se ve que no encontró palabras y desistió.
—Genial —dije, abriendo los brazos y cerrándolos con un golpe contra el cuerpo—. Estoy parado acá, en un cajero que no tiene un puto mango, con la billetera casi vacía, sin carga en el celular, con el auto a dos cuadras en medio de una inundación una noche de tormenta torrencial, con una mujer que engañó a su marido, que puede inculparme sin que yo siquiera los haya visto a ella ni a él en mi vida, todo por el favor de abrirle la maldita puerta.
—Bueno —dijo la mujer, ahora también enojada—, no podía saber lo que el destino tenía preparado para usted, de seguro debe tener algo que esconder, algún pecado que lo incrimine.
—Nada tienen que ver mis pecados con usted —le dije con vehemencia, acercándome, apuntándola con el dedo muy cerca de la cara, y le pude ver el gesto de terror—, y de hecho no la hago responsable por ellos.
La dama se mantuvo en silencio. Me alejé unos pasos.
—Yo tampoco lo hago cargo, usted estaba acá.
—Por eso —le dije todavía enojado, pero al menos ya no le grité—. Yo no la llamé.
—¿Si lo hubiera sabido, hubiera dejado que me quedara afuera, en plena lluvia, inundada como está la calle?
No le contesté. No la hubiera dejado afuera, pero al menos hubiera podido elegir si hacerlo o no.
Seguí mirando inútilmente hacia la calle. Nada se veía, sólo la luz de la sala del cajero iluminaba los escalones. Ahora el agua ya tapaba inclusive hasta el segundo, y en muy poco tiempo estaría colándose por debajo de la puerta. No había peor situación; o sí, peor era que llegara el marido de ella.
Traté de pensar en frío. Ese tipo estaba dando vueltas por la calle, sabiendo que su mujer, la dama que estaba ahora conmigo, lo había engañado. Debía estar ciego de furia, por lo tanto, explicarle que yo no conocía a la mina no serviría; ni siquiera sabía si me daría tiempo a emitir una palabra. La lluvia pronto haría que hasta el piso de la sala del cajero comenzara a inundarse. Mi auto estaba a doscientos metros y seguramente también inundado. No había caso que me quedara ahí, si de todas maneras la lluvia no iba a parar. Entonces tomé la decisión.
—Muy bien —le dije con gravedad—, creo que me iré.
—¿Está loco? ¿Con ésta lluvia y su auto a dos cuadras? ¿Cómo va a hacer para llegar?
—Pronto el agua va a entrar acá —le dije señalando el escalón casi cubierto—, de todas maneras nos vamos a mojar, no tiene caso que me quede, y usted también debería irse.
Subí el cierre de mi campera y empuñé el picaporte. Un segundo antes de abrir, me di vuelta y la miré interrogativo.
—¿Su amante no iba a ayudarla?
—Esperaba que lo llamara cuando llegara a algún sitio donde pudiera buscarme.
—Pero perdió su celular.
—Así es.
Pensé que era estúpida, pero luego entendí que en el estado de miedo en que estaría, era natural que hiciera pavadas.
—No creo que con esta lluvia su marido siga buscándola —dije y abrí la puerta.
—Me va a encontrar, es policía.
Me paralicé.
—¿Que es qué?
—Debe haber enviado una orden de captura, cualquier patrullero que me encuentre me llevará a sus manos, indefensa.
—Sólo a usted se le ocurre engañar a un hombre que tiene portación legal de armas —dije sacudiendo la cabeza.
—Es de la Metropolitana. Lo que yo debía haber salido de la jurisdicción de la ciudad, afuera no podría encontrarme.
Pobre mina, casi lo había logrado. El cajero automático en el que nos encontrábamos estaba a unas cuadras de la subida a la autopista 25 de Mayo, en Independencia y 9 de Julio, y de allí hasta la General Paz era difícil que pudieran localizarla. Sostuve la puerta abierta, trataba de comprender qué puede llevar a una persona a hacer tantas boludeces juntas. No logré responderme. A su vez imaginé que el tipo, cuando la encontrara, haría con ella lo que quisiera, y tuve la sensación de que no iba a ser nada bueno. Ella lo había engañado. Seguramente el marido le cobraría ese engaño con creces, mucho más de lo que esa mujer se merecía. Sentí pena por ella. Me di vuelta y la miré. Sentada en el suelo, tenía las piernas juntas y las abrazaba con las dos manos; mantenía el mentón apoyado en las rodillas, y hasta me pareció que temblaba. Mi auto era totalmente desconocido para el marido. Si no tenían registrada la patente, difícilmente la vieran en medio de la oscuridad, y mucho menos con la tormenta. Estaba a punto de cometer la locura más grande, ni siquiera de la noche, creo que de mi vida entera; sin embargo, la imagen del tipo golpeando a la mujer, como imaginé que lo haría, me sacudió desde mi ser más íntimo.
—Muy bien, venga conmigo —dije, arrepintiéndome de mis propias palabras en ese mismo instante.
La mujer se puso de pie, se quitó los zapatos, levantó la cartera, el impermeable; y lo puso sobre su cabeza y la mía, y con los cuerpos pegados, comenzamos a caminar a paso acelerado por el agua, que nos llegaba casi a las rodillas.
Caminamos en silencio en medio de la tormenta, hasta que llegamos a Lima. Miramos hacia ambos lados: la calle era un caos total, inundada de cordón a cordón. Imposible moverse sin meter las ruedas en el agua hasta taparlas por completo. Tomé a la mujer de la cintura, indicándole que cruzáramos hacia la estación de servicio que estaba a la derecha sobre Lima, pero antes miré que no hubiera ningún patrullero de la metropolitana. El auto estaba estacionado en un lugar en el que había bastante agua, pero no había llegado a cubrir siquiera la mitad de las ruedas. Al verlo, tuve la esperanza de que pudiera ponerlo en marcha y salir de ahí lo más rápido posible. Nos metimos en auto, accioné la llave y arrancó.
La mujer miró el tablero, ansiosa y aterrada. Yo también tenía miedo, pero estaba más ansioso que ella por irme de ese lugar. Salí directamente en segunda, ya que no debía dejar de acelerar cuando el caño de escape se sumergiera. La mujer se mantuvo callada, atenta, mirando en todas direcciones. Miré el tablero: el contador de revoluciones estaba arriba de las cuatro mil vueltas, el ruido del motor indicaba que posiblemente se rompiera en pocos metros más. Aún no podía comprender por qué estúpida razón estaba haciendo todo eso.
Continuamos la marcha en segunda a cuatro mil revoluciones durante los doscientos metros de Lima, hasta la subida a la autopista. Aceleré todavía más, y el cuenta vueltas se fue a cinco mil, casi en la banda roja, a riesgo de fundirlo. La mujer seguía callada y aterrorizada, y también atenta alrededor. Apenas las ruedas tocaron el asfalto de la subida, el auto produjo un súbito empujón hacia adelante que nos sacudió, mientras que el chirrido de las ruedas fue tal que tuve la duda de haber llamado la atención de algún patrullero de la metropolitana que nos hubiera visto. Por suerte no nos siguió ninguno. Ya arriba de la autopista, pude manejar con cautela, y accionar los cambios como correspondía; al menos no estaba anegada.
Nos alejamos de la avenida enseguida. A cada metro que el auto avanzaba, la mujer iba relajándose. La autopista era larga y había que atravesar toda la ciudad, eso nos iba a llevar al menos quince minutos, porque no se podía correr demasiado en un asfalto tan mojado. Cuando pasamos la salida de Jujuy, la mujer aflojó los hombros. Cien metros más adelante se echó a llorar. Se tapó la cara con las dos manos; estaba completamente desconsolada. Mantuve la vista en la autopista, pero también en los espejos.
—Por favor, fíjese en la guantera si encuentra el cargador del celular —le pedí—, pero no prenda la luz.
Abrió la guantera y comenzó a revolver todo lo que había allí: papel higiénico, el control remoto del estéreo, el carnet del Automóvil Club, la linterna, las llaves de casa, la boleta del seguro, una caja de preservativos. Pero el cargador no estaba. La mujer miró los preservativos, los sostuvo en alto por un instante, giró la cabeza para decirme algo, pero se quedó callada y los guardó de nuevo.
—Okey —le dije de malos modos—, la entendí, yo también tengo una amante.
La dama me miró y enseguida volvió a mirar hacia adelante.
—De hecho fui al cajero a buscar dinero porque el que tenía me lo gasté con ella —le dije, ahora con menos fastidio y casi sin enojo.
Hicimos el resto del viaje callados. Llegamos a la bifurcación de la 25 de Mayo con la Perito Moreno, y entré en esta última. A unos pocos metros frené en la estación de peaje, y después de pagar la tarifa, seguimos.
—¿Por eso me sacó del cajero? —me dijo, ya saliendo del peaje.
—No —le dije secamente.
—¿Entonces por qué lo hizo?
Mantuve silencio un instante.
—¿Qué iba a sucederle si su marido la encontraba?
—Iba a pegarme —me dijo enseguida y con total seguridad—, y no sé cuántas otras cosas más me iba a hacer.
No dije nada. La mujer me miró ahora con ternura, y mientras pasábamos por Vélez Sarsfield, su mirada se clavó en mí. La miré; tenía los ojos brillantes, húmedos.
—Gracias —me dijo con la voz casi quebrada.








