Capitulo 1: La Sonrisa de la Lluvia
El mate estaba lavado.
Don Armando lo supo antes de llevarlo a los labios. La bombilla chupó aire con un silbido flaco, sin espuma, y él se quedó mirando el fondo de la calabaza como si pudiera encontrar algo distinto a la yerba desteñida. A su lado, meciéndose apenas en la reposera de lona que había pertenecido a su suegro, Celia observaba la línea de álamos con los ojos entrecerrados. El viento de septiembre les sacudía las copas, pero acá abajo, en la galería de la chacra, el aire estaba quieto.
—Se lava rápido esta yerba —dijo Armando, más para sí mismo que para ella.
—Porque tomás como si te la fueran a sacar —respondió Celia sin mirarlo—. Siempre igual, Armando. Ni siquiera en la jubilación aprendiste a saborear.
Él dejó el mate sobre la mesa de hierro, junto a la radio que sintonizaba LU10 Radio Azul con un zumbido intermitente de estática. La pava negra, abollada de años, humeaba sobre el calentador a gas. A lo lejos, los perros del vecino —tres overos cruzados de galgo que nunca se callaban— ladraban por algo que Armando prefirió no imaginar. Zorros, seguro. O la manga de pelotudos de la ciudad que andaban sueltos estos días.
—¿Supiste algo de los chicos? —preguntó.
La voz no le salió más alta que la de costumbre, pero Celia captó el filo debajo. Hacía días que Franco no respondía los mensajes. Mateo había llamado desde Mar del Plata el martes, con esa voz pastosa que ponía cuando no quería preocuparlos, y había dicho que todo estaba bien. Y Lautaro… bueno, Lautaro era Lautaro. Un audio de WhatsApp cada tanto, siempre de noche, siempre breve.
—Franco no contesta —dijo Celia. Se acomodó el rodete con la mano izquierda, ese gesto que repetía cuando estaba intranquila—. Le mandé tres mensajes y una foto del rosal que floreció. Nada.
—Estará ocupado con los parlantes esos.
—O con esas criaturas.
Armando resopló. Las criaturas. Los Sonrientes, como los llamaban en la televisión. Bichos redondos, peludos, con ojos de caricatura japonesa y una sonrisa fija que a él no le causaba ninguna gracia. Habían caído con la lluvia de meteoritos del primero de septiembre, y ya eran la sensación. La gente los adoptaba, los subía a TikTok, les compraba camitas y ropita. Los noticieros les dedicaban segmentos enteros, con expertos que no sabían nada explicando todo. Argentina era especialista en abrazar cualquier novedad sin preguntar demasiado.
—No sé, Celia. A mí esos bichos no me gustan.
—No te gusta nada que sea más peludo que vos.
—Está bien, no me gustan. ¿Contenta?
Celia sonrió y estiró el brazo para pedir el mate. Armando cebó otro, despacio, midiendo el agua con la pava que chorreaba un poco. El ritual tenía algo de misa, siempre lo había tenido: pasar la yerba justa, la temperatura exacta, el silencio compartido de casi cincuenta años juntos.
Por la radio, entre la estática, una voz femenina cortó la música folklórica que sonaba de fondo: «Interrumpimos la programación para informar que se reportan incidentes en el área metropolitana de Buenos Aires. Las autoridades recomiendan mantener la calma y permanecer en sus domicilios. Repetimos: incidentes en el área metropolitana…»
—Incidentes —repitió Armando.
—Siempre es «incidentes» hasta que es otra cosa —dijo Celia.
El viento cambió de dirección. Los álamos se sacudieron al unísono, y un olor a lluvia que todavía no llegaba cruzó el campo como un presagio. Armando miró el horizonte, esa costumbre de ingeniero de medir lo que se venía, y vio las nubes amontonándose sobre las sierras.
—Va a llover.
—Que llueva. Total, nosotros estamos bajo techo.
—Y los chicos no.
Celia no respondió. En la cocina, la pava volvió a hervir, y el vapor se mezcló con el silencio.
A cuatrocientos kilómetros de allí, Franco odiaba los shoppings.
No era una pose, no era hacerse el interesante. Los odiaba de verdad, con un rechazo físico que se le instalaba en el pecho cada vez que cruzaba las puertas automáticas y lo envolvía el olor a panadería industrial y aire acondicionado reciclado. Le molestaba la música funcional, esa pasta sonora que nadie había compuesto sino ensamblado, y el brillo de los pisos lustrados, y la falsa sensación de paraíso seguro que te metían por los ojos.
Pero justo hoy tenía que estar acá, en el Shopping La Ribera de La Plata, porque un cliente había contratado a la productora para hacer un evento de presentación de no sabía qué marca, y alguien tenía que calibrar los malditos monitores antes de que llegara el animador.
—¿Me podés explicar por qué mierda suena a lata todo? —dijo la voz a su espalda.
Martín apareció con dos cafés de máquina, uno en cada mano. Era más alto que Franco, más social, más de todo, y se habían hecho amigos en tercer año del secundario porque a los dos los habían sentado juntos en Física y ninguno entendía nada. Después Franco entendió todo y Martín siguió sin entender nada, pero ya eran inseparables.
—Suena a lata porque los parlantes son de lata —dijo Franco—. No es metafísica.
—Pero vos sos el brujo del sonido. Hacé magia.
—No es magia, es acústica.
—Bueno, hacé acústica.
Franco agarró el café y le dio un sorbo con mueca de asco. Café de shopping: agua sucia con espuma sintética. Pero era café al fin, y no iba a despreciarlo. Martín se sentó en el borde del escenario improvisado, balanceando las piernas, y miró a la gente que paseaba por el patio central.
Había decenas de Sonrientes. Los llevaban en brazos, en mochilas especiales, con correítas como si fueran perros. Uno, en el bolso abierto de una señora que miraba vidrieras, ronroneaba algo parecido a un canto. Los chicos les daban de comer en el patio de comidas, y los bichos abrían la boca con esa sonrisa perpetua y tragaban lo que fuera: papas fritas, hamburguesas, pan.
—Viste que ahora venden comida especial para Sonrientes —dijo Martín—. «Nutrientes balanceados para su desarrollo óptimo». Lo vi en el super. Carísimo.
—La gente compra cualquier cosa.
—¿Vos no tendrías uno?
—Ni en pedo.
—Sos un amargo, Fran. Mirá esa carita.
Señaló a un Sonriente que estaba sentado en el mostrador de una tienda de electrodomésticos, con sus ojos negros enormes fijos en un televisor que pasaba las noticias. La pantalla mostraba imágenes aéreas de los cráteres en distintas partes del mundo, y después un primer plano de uno de los bichos en un estudio de televisión. El Sonriente de la tienda inclinó la cabeza al ver a sus congéneres en pantalla, y por un segundo, Franco tuvo la sensación de que los dos bichos —el real y el televisado— estaban mirándose.
—¿Eso es normal?
—¿Qué?
—No sé. Parecía que ese bicho estaba mirando la tele.
—Son inteligentes, eso dicen. Aprenden.
—¿Aprenden qué?
Martín se encogió de hombros. Pero Franco sintió algo. Algo en el sonido. Hacía unos minutos que venía molestándole un zumbido de fondo, muy bajo, casi subliminal, que no pertenecía a los parlantes ni al aire acondicionado ni a la música funcional. Era un tono sostenido, armónico pero no musical, como si alguien estuviera haciendo cantar un vidrio con el dedo mojado a kilómetros de distancia.
—¿Oís eso?
—¿Qué cosa?
—Un zumbido.
—Serán los parlantes de lata.
—No, es otra cosa. Más abajo.
Martín no lo oía. Pero Franco sí. Y a medida que bajaba del escenario y se internaba entre los pasillos para verificarlo, notó que el zumbido no era uniforme. Tenía picos. Aumentaba cerca de ciertas tiendas, cerca de ciertas personas. Personas con Sonrientes.
La señora del bolso abierto pasó a su lado, y el zumbido se intensificó. Franco giró la cabeza para seguirla con la vista, y vio que el Sonriente del bolso estaba girando su cabeza —toda su redondez— para seguirlo a él. Con la misma sonrisa de siempre.
—Martín.
—¿Qué?
—¿Cuántos de esos bichos hay en el shopping?
—No sé. Un montón. ¿Por?
El zumbido subió de golpe. No era un solo zumbido: era un coro.
Y entonces empezó.
El primer grito vino del patio de comidas. Nadie supo bien qué pasaba porque no hubo explosión, ni disparos, ni violencia visible. Sólo una mujer que forcejeaba con su propio Sonriente, que se le había subido al pecho y no se despegaba. El bicho era blando, redondo, inofensivo, pero de repente tenía fuerza, y los brazos diminutos que antes parecían de peluche se alargaron como goma caliente y rodearon el torso de la mujer.
Después, ella dejó de gritar. No porque se calmara, sino porque no pudo. El Sonriente la abrazó entera, la envolvió con su cuerpo que se expandió como una masa, y la mujer se fue desdibujando, diluyéndose, sin un solo ruido, como terrones de azúcar en agua.
Y en el piso del patio de comidas, junto al carrito de panchos, quedó tendida una copia exacta de la mujer. Desnuda. Con la misma ropa adherida a la piel como si fuera su propia carne. Pero la sangre que le brotaba de la boca era verde. Fosforescente.
Todo esto Franco no lo vio, lo reconstruyó después con fragmentos de su memoria y de lo que otros le contaron, pero lo que sí vio, lo que se le grabó en la retina como un hierro al rojo, fue a Martín.
Martín gritó su nombre. Franco se dio vuelta. Lo último que alcanzó a ver antes del derrumbe fueron tres Sonrientes sobre su amigo, fundiéndose con él como cera de vela sobre otra cera, y los ojos de Martín —los ojos de su único amigo— abriéndose enormes, sin miedo, sin dolor, sólo con sorpresa.
Una explosión sorda. Un crujido de estructuras. El falso cielorraso del escenario se vino abajo sobre Franco, y el mundo se volvió polvo y oscuridad.
No supo cuánto tiempo pasó.
Estaba de costado, aprisionado entre una losa de concreto y un amasijo de cables y caños. Le dolía todo, pero no de ese dolor que avisa que te vas a morir, sino del otro, del que te dice que te quedaste vivo y tenés que seguir estándolo. Polvo en la garganta. Sangre en la sien. Y en los oídos, ese zumbido.
Ahora entendía que no era un zumbido. Era un canto. Miles de voces iguales entonando la misma nota.
Movió la cabeza apenas, lo suficiente para ver una grieta de luz entre los escombros, y allí estaba. La copia de Martín. Vestido con la misma camisa a cuadros, los mismos jeans gastados, las mismas zapatillas desatadas de cordones desiguales. Pero la sonrisa no era la de Martín. No era humana. Era idéntica a la de los Sonrientes.
—Fran… —dijo la copia.
La voz era casi perfecta. Casi. Le faltaba el tono de ironía, la modulación canchera, la pausa justa que Martín ponía antes de un chiste.
—Fran… —repitió—. Todo va a estar bien.
La copia sonrió. Franco sintió que el zumbido se volvía insoportable.
Y no pudo gritar.
A la misma hora, en el extremo opuesto de la provincia, en el puerto de Buenos Aires, Lautaro estaba armando un cigarrillo cuando sonó la alerta.
No era fumador. No en serio. Pero en los días largos de guardia, cuando el turno se estiraba como chicle sobre el asfalto caliente, se entretenía armando y desarmando tabaco sobre el papelillo. Le daba algo que hacer con las manos. Algo que no fuera revisar el celular esperando un mensaje de su vieja que siempre llegaba cuando menos ganas tenía de contestar.
—Otra vez celular —dijo Cáceres desde la mesa de al lado, un suboficial mayor que estaba a dos años de jubilarse y ya no se esforzaba ni en simular que trabajaba—. Vas a terminar con los ojos cuadrados, Molina.
—Peor sería terminar con los pulmones negros como vos.
—El pibe tiene respuesta para todo.
—Es artificiero. Si no tuviera respuesta, estaría muerto.
El destacamento del Grupo Especial en la zona de Puerto Madero era un galpón reciclado a base de chapas y burocracia, con olor a aceite de armas y café de pava. Afuera, el río lamía los diques con indiferencia marrón, y las grúas del puerto se recortaban contra un cielo de smog y amenaza de tormenta. Buenos Aires siempre tenía amenaza de tormenta en septiembre, pero esta vez la tormenta era otra.
La alerta no era una alerta común. Lautaro la leyó dos veces, los ojos entrecerrados sobre la pantalla del comunicador oficial.
«ALERTA NIVEL CRÍTICO. TODAS LAS UNIDADES. SE REPORTAN ATAQUES COORDINADOS EN MÚLTIPLES PUNTOS DEL PAÍS. LAS ENTIDADES DENOMINADAS “SONRIENTES” HAN INICIADO CONDUCTAS HOSTILES. ACUARTELAMIENTO INMEDIATO. PROTOCOLO SCUDO. REPITO: PROTOCOLO SCUDO.»
—¿Scudo? —dijo Cáceres, que también lo había leído en su dispositivo—. Ese protocolo es para invasiones.
—Sí.
—Pero no hay invasión. Son bichitos.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, hay invasión.
Lautaro se puso de pie y empezó a vestir el equipo táctico con la precisión automática de quien lo ha hecho mil veces. El chaleco, las cargas, el cinturón de herramientas. Su mochila de desactivación, la que llevaba a todos lados, la que su madre creía que era para equipos electrónicos. Sintió un pinchazo de culpa, como siempre que pensaba en Celia. Después la llamo. Después le explico. Después.
—¿A dónde vas? —preguntó Cáceres.
—A hacer mi trabajo.
—Esperá órdenes, pibe.
—La orden ya llegó.
Afuera, en el muelle, se oían sirenas que no eran de policía ni de ambulancia. Eran sirenas de barcos, y los barcos no tocaban sirenas a esta hora, por este motivo. Lautaro salió al aire libre y vio el horizonte de la ciudad, los edificios de Puerto Madero que se alzaban como dientes rotos, y una columna de humo verde que se elevaba desde algún punto cerca del Obelisco.
Humo verde.
—¿Qué carajo es eso? —dijo una voz al lado suyo.
Lautaro giró la cabeza y lo vio por primera vez. Un tipo de casi metro noventa, uniforme de la Infantería de Marina, hombros como para cargar un barco él solo. El parche decía «Rojas, M.». Tenía la mandíbula apretada y los ojos negros fijos en la columna de humo.
—No sé —dijo Lautaro—. Pero seguro que no es para festejar.
Rojas lo miró. Se midieron un segundo, dos. Lautaro sintió algo raro en ese cruce de miradas, una especie de reconocimiento instantáneo que no supo explicar, como si hubieran compartido algo antes de conocerse.
—Sos Molina, ¿no? El artificiero.
—El mismo.
—Me dijeron que sos bueno.
—No me morí todavía. Eso ya es algo.
Rojas soltó algo parecido a una sonrisa, un breve temblor de comisura que no llegó a ser nada, y le tendió la mano.
—Vamos a estar trabajando juntos. Mejor que nos llevemos bien.
Lautaro se la estrechó. La mano de Rojas era cálida y firme, y el apretón duró un instante más de lo necesario.
—¿Tenés familia? —preguntó Lautaro.
—Todos lejos. ¿Vos?
—Lejos también. Muy lejos.
—Entonces estamos en la misma.
—Sí —dijo Lautaro, y por primera vez en mucho tiempo sintió que no era la única persona en el mundo que cargaba con algo—. Estamos en la misma.
En el bolsillo del chaleco le vibró el celular. Lo sacó. Un mensaje de su madre.
«Lauti, ¿estás bien? Acá en Tandil hay noticias raras. Contestame apenas puedas. Te quiero.»
Guardó el teléfono sin responder. Después. Todo después.
En la oscuridad del shopping derrumbado, Franco seguía sin poder moverse.
La copia de Martín ya no estaba frente a él. Se había ido arrastrándose por los escombros, con movimientos torpes, descoordinados, como si estuviera aprendiendo a usar el cuerpo. Porque lo estaba haciendo. Aprendía.
El zumbido, sin embargo, no cesó. Franco lo sentía en el cráneo, entre los huesos, en las muelas, un tono que lo atravesaba como un diapasón humano. Cerró los ojos. Los abrió. Seguía ahí. Ya no era un sonido. Era un idioma. Y lo peor era que empezaba a entenderlo.
No con palabras. Con imágenes. Con sensaciones.
Veía un océano verde, profundo, sin fondo. Veía rostros, miles de rostros, flotando como medusas. Y escuchaba un nombre. El suyo. Pronunciado por una voz que había sido de Martín y ahora era de todos.
«Fran… vení… unítenos…»
Algo se movió entre los escombros. Una mano. La mano de la copia de Martín, que regresaba gateando entre el polvo, con los dedos demasiado largos. Le tocó la mejilla.
La piel de la copia estaba caliente. Y pulsaba.
—Somos muchos, Fran. Somos todos. Vení.
Franco quiso gritar y no pudo. Quiso llorar y no pudo. Quiso entender y no pudo. Sólo podía oír. Y oyó, detrás del zumbido, detrás del océano, detrás de la cara de su amigo muerto que ahora le sonreía con amor de otro mundo, una frecuencia distinta.
Algo desafinaba. Algo no encajaba en el coro perfecto.
Algo que venía de adentro suyo.
Y en ese silencio roto, en esa grieta mínima entre las voces, Franco entendió que iba a sobrevivir.
Llovió sobre Tandil al atardecer.
Armando había cerrado las ventanas de la chacra, había trancado las puertas, había puesto una tranca adicional con un tablón de dos por cuatro y había revisado dos veces la escopeta que guardaba en el armario desde 1992. Celia preparó sopa. No porque tuvieran hambre, sino porque cocinar era su forma de rezar.
La radio ya no transmitía música ni noticias. Sólo una grabación oficial en bucle: «Permanezca en su domicilio. No interactúe con las criaturas. Reporte cualquier actividad sospechosa a las autoridades.»
—¿Qué actividad no es sospechosa hoy? —dijo Armando.
Celia no respondió. Miraba por la ventana de la cocina, hacia el campo mojado, hacia el portón de entrada.
Había algo allí.
Una figura. Pequeña. Redonda. Empapada de lluvia, con los ojos negros brillantes y la sonrisa fija.
Un Sonriente. Solo, quieto, mirando la casa.
—Armando —susurró Celia—. Hay uno.
—Ya lo vi.
—¿Qué hace?
—Nada. Eso es lo peor. No hace nada.
La criatura seguía allí, bajo la lluvia, sonriendo. Los perros del vecino ya no ladraban. Nada ladraba. El campo entero era un silencio que zumbaba.
Y entonces, con una lentitud insoportable, el Sonriente empezó a avanzar hacia la tranquera.








