Prólogo
La supremacía divina es algo de lo que se jactaban los gobernantes de Transilvania. Para otras especies, la aristocracia solo era una colección de colmillos afilados y modales impecables. No distinguen la letalidad detrás de cada mirada.
Pero de forma interna, había niveles. No era suficiente con la sangre para que un vampiro poseyera un título o se ganara el derecho de hablar por sus intereses.
Desde hacía milenios quienes gobernaban pertenecían a una misma raza: los vampiros emocionales. En la intimidad de la corte es donde sus ojos rosados brillan con arrogancia y crueldad. Rebajando en silencio a los de sangre pura o "sangre simple", quienes no podían subir de puesto más allá del condado.
Distinguidos por sus habilidades que el resto de especies apenas comprendía. Cada miembro de aquella raza existía ligado a una emoción distinta, de la cual obtienen la fuerza y poder necesario para someter a los demás. Existían quienes se alimentaban de la esperanza, del orgullo, o de la admiración. Otros, mucho menos afortunados, o mucho más crueles, dependían plenamente del amor.
Estos últimos cargaban con la peor reputación de todas.
Para los condenados a nutrirse del amor, incapaces de engendrar ese sentimiento por su cuenta para autoalimentar sus poderes, se veían obligados a seducir corazones ajenos. Dejando atrás el desvalijamiento emocional de alguien que confió en ellos. Kieran Valentine, era uno de ellos y dominaba a la perfección ese arte. A sus 1615 años de edad había llenado la bodega de su hogar con trofeos imposibles de contar, atrapado eternamente en la lozanía de los 16 desde que Lord Stoker lo convirtió a él y a su madre a la fuerza, para intentar aplacar las exigencias de la corte. Lord Stoker necesitaba un heredero, ¿Y quién mejor que una humana con su hijo destacados por su belleza hipnótica y letal?
El joven duque sabía exactamente cómo hilar promesas perfectas, ilusionar a sus pretendientes, y cuando el vínculo alcanzaba su punto más alto, quebraba el corazón de sus víctimas. Devorando esa emoción que conscientemente había cultivado. Absorbía hasta la última gota de su devoción, dejándolas vacías e incapaces de volver a amar.
Famoso por ser uno de los emocionales más fuertes y con la colección más grande. Sin embargo, en ese mundillo de políticos no podías descuidar tus pasos por muy poderoso que fueras.
Lord Stoker había hurtado el trono durante al menos 400 años, pretendiendo buscar a la reina vampira que el corazón indicaba. Nada más que su ego y arrogancia lo llevó a caer ante sus propias mentiras estúpidas.
La hija del conde Drácula, conocida por ser la bastarda y la cúspide de colmos en la familia de dicho conde poco ortodoxo. Ella no podía ser mejor opción para el plan de Stoker, fingiendo que ella sería la próxima reina y puesto que no era nada apreciada entre los nobles, ella no tendría otra opción más que obedecer. El error fue tomarla como tonta, más temprano que tarde se dio cuenta que el corazón nunca la había reclamado como reina legítima.
Stoker tuvo una estrepitosa caída ante su sobrina, Elissabat, cuando gracias a Draculaura decidió reclamar su trono. Resulta que ella siempre supo su lugar en la realeza, sin embargo, buscó evitar cargar el peso de gobernar sobre su alma. Aunque al final del día, se dejó vencer por la sombra de un pueblo infeliz bajo el mandato de su tío.
Desterrando entonces al regente. Los Valentine rozaron la desgracia. Ante la situación de crisis que estaban viviendo, recurrieron a una medida despiadada y desesperada. Asegurando el asesinato de su antigua cabeza de familia. Un secreto a voces, se decía que en privado le habían presentado a la mismísima reina, la cabeza de Stoker.
Fue entonces cuando el favor de Elissabat les fue concebido. Entregando el ducado al joven y algo inexperto, Kieran.
Obligado a asistir y desfilar en los grandes banquetes y eventos sociales de la crema y nata de los políticos, así como presentarse a reuniones del consejo y viajar como representante del reino para consumar alianzas y cerrar tratados.
Cada palabra, reverencia e incluso gesto se había convertido en un examen a sus capacidades. Lo confirmaba la fría mirada de Bram, el impecable heredero del conde Devein, quien desde el otro extremo lo analizaba detenidamente con una expresión apenas disimulada de absoluto desprecio. Para un vampiro de sangre pura, Kieran no era más que un bastardo que tuvo la suficiente suerte de ser transformado en un vampiro emocional.








