MI CASTIGO:NATALY
Estaba completamente exhausta en el salón de clases. Me había pasado las últimas dos horas maldiciendo entre dientes mientras corregía montañas de exámenes, cuadernos cochinos y tareas mediocres de un montón de imbéciles. Solo en esta última semana maldita, mi mano no había temblado para mandar a treinta malditos estudiantes directo a recursar en vacaciones; ninguno de esos vagos había hecho las tareas tal como yo, con mi tono autoritario, se los había exigido.
Cuando finalmente terminé, arrastré la silla con pesadez. El silencio en el pabellón era absoluto. Al darme cuenta de que no quedaba ni un alma cerca, el morbo y el cansancio acumulado se me subieron a la cabeza. Me levanté con las piernas temblando, caminé hacia la entrada y le pasé el pestillo a la puerta del salón. No perdí el tiempo. Con una urgencia casi animal, empecé a desnudarme allí mismo, tirando mi ropa de trabajo al piso. Me desabroché la blusa barata hasta que mis tetas gigantescas, redondas y pesadas saltaron libremente, mostrando mis pezones marrón claro, hinchados por la excitación del encierro. Me bajé la falda y las bragas, quedando completamente en cueros, chorreando sudor y fluidos. Al mirar a mi alrededor, me desesperé al notar que no tenía un puto consolador a la mano para calmar la calentura. Desesperada, mis ojos se clavaron en el mobiliario del aula. Agarré una de las sillas de madera, la volteé con fuerza contra el piso y, usando el peso de mi cuerpo, le rompió una de las patas. Sin asco ni dudarlo, embadurné la madera con mi propia saliva y me metí la pata de la silla entera en mi coño. La fricción áspera y fría de la madera contra mis paredes vaginales me ponía a gemir como una maldita desquiciada. Tras unos minutos de bombearme el coño a un ritmo salvaje, metiendo y sacando esa madera astillada, mi cuerpo se sacudió por completo y me corrí en un chorro espeso y transparente que salpicó las carpetas de la primera fila. En pleno orgasmo, me pareció escuchar pasos y risas sofocadas afuera en el pasillo, pero la neblina del placer me hizo pensar que solo era el viento colándose por las ventanas.
Una vez saciada, me limpié de mala gana con mi misma blusa, me vestí apresuradamente y salí del salón arrastrando los tacones. Al caminar por los pasillos oscuros, el reloj de la pared me advirtió lo tarde que era. Miró de un lado a otro buscando a Ana y a sol, pero mis amigas ya se habían largado. «Perras, me dejaron sola», pensé con un toque de amargura. Sin embargo, el mal humor se me disipó al recordar que mi novio me esperaba en el departamento. En lo único que podía pensar como una zorra en celo era en llegar, arrodillarme y tragarme toda la verga de mi hombre, saboreando cómo se la metía hasta la garganta hasta dejarme el hocico desbordando de ese semen espeso, tibio y delicioso que tanto me gustaba.
Estaba a punto de cruzar la puerta de salida cuando un crujido a mis espaldas me congeló. Antes de que pudiera girarme, dos alumnos corpulentos del último año se me echaron encima como animales de caza. Me agarraron del pelo, me taparon la boca con una mano sudorosa y, arrastrándome por el piso, me metieron a la fuerza en uno de los salones abandonados del fondo. Al entrar, me estamparon contra el suelo de cemento con una violencia que me sacó el aire. Con los ojos abiertos por el terror, miré hacia arriba desde el suelo y vi cómo los dos estudiantes comenzaban a bajarse los pantalones sin el menor apuro, exhibiendo sus vergas ya duras y venosas.
—Por tu puta culpa voy a tener que pudrirme en la escuela durante las vacaciones, te mereces un castigo que no se te va a olvidar en la vida, perra —me escupió el primer alumno, dándome una patada leve en el costado para que me diera la vuelta.
—¡Eso no es mi culpa! —chillé, arrastrándome hacia atrás como una cucaracha—. ¡Si hubieras hecho las mil páginas de procedimiento a mano para calcular la masa del universo no habrías reprobado, maldito vago!
—¡Cállate la puta boca, perra asquerosa! —me gritó el otro, dándome una bofetada que me partió el labio—. Te vamos a violar entre los dos y nadie te va a escuchar por más que grites.
Terminaron de bajarse los calzoncillos y se abalanzaron sobre mí. Mientras uno me inmovilizaba poniéndome la rodilla en el cuello, el otro me agarró la ropa y me la rasgó por completo, dejando los jirones de tela esparcidos. Mis tetas descomunales rebotaron con violencia por el forcejeo. Al ver semejante par de carnes, el primer alumno no pudo contenerse; se me tiró encima al cuello y empezó a morder y chupar mis pezones marrones, llenándomelos de baba pegajosa. Mientras tanto, el segundo se escupió la mano, se lubricó la verga cabezona y se la sepultó de un solo golpe en mi coño todavía húmedo por la pata de la silla. Las embestidas eran tan brutales, rítmicas y despiadadas que se me pusieron los ojos en blanco, soltando espumarajos de saliva mientras el colchón de carne de mis nalgas aplaudía contra el suelo.
El que me devoraba el pecho se apartó un segundo, agarró su verga chorreante de líquido preseminal y la encajó en el canal que formaban mis dos tetas enormes, pajeándose a toda velocidad contra mi piel. Tras varios minutos de un bombardeo ensordecedor de carne contra carne, ambos alumnos llegaron al límite y se corrieron al mismo tiempo, bañándome la cara, el cuello y el vientre con chorros hirvientes de esperma espeso. Yo, jadeando en el piso como un animal moribundo, pensé que el calvario había terminado, pero el alumno que me había dejado las tetas llenas de leche me agarró las piernas, me las dobló hasta el pecho y me expuso el ano. Me aterroricé por completo; ningún hombre me había tocado por ese agujero estrecho y sucio. El tipo ni siquiera se molestó en escupir; empujó la cabeza de su verga contra mi esfínter seco. Justo cuando iba a soltar un alarido de dolor que rasgaría las paredes, el otro estudiante me metió la verga entera en la boca, sellándome el grito y obligándome a mamar a la fuerza. A pesar de mis intentos por morder o zafarme, los dos continuaron taladrándome por ambos extremos sin piedad.
Cuando volvieron a eyacular, mi boca era una piscina de semen que me estaba ahogando, obligándome a tragarme la leche para no asfixiarme. Pero los alumnos seguían insaciables. Con las vergas nuevamente duras gracias al morbo de verme destruida, me agarraron los labios del coño y me los abrieron al máximo. Con una crueldad absoluta, alinearon las dos vergas y se las metieron juntas, ensanchándome la vagina hasta el límite del desgarro. Yo gritaba como una maldita loca, llorando lágrimas de sangre, con los hilos de semen colgándome de la boca mientras suplicaba entre balbuceos que pararan por lo que más quisieran. Los dos estudiantes me bombearon las entrañas hasta que se vaciaron de nuevo en el fondo de mi útero; mi coño quedó rebosando un fango blanco que goteaba hacia el piso. Estaba completamente preñada de mis propios alumnos.
Para terminar de romperla, sacaron los miembros cubiertos de fluido y se los encajaron a la vez en mi culo. Mi grito de dolor fue tan agudo que seguro resonó en todo el maldito vecindario. Me embistieron por el recto con tal saña que cuando sintieron el espasmo del orgasmo, las sacaron rápidamente. Uno se la metió de nuevo en mi garganta para eyacularme directo en las amígdalas, haciendo que el semen me saliera por la nariz, mientras que el otro se corrió directamente sobre mis pezones, apretándolos con los dedos para abrir los conductos y meterme la leche dentro de la misma piel.
Quedé tirada en el piso como una piltrafa humana, temblando, con los ojos vacíos y completamente rota por la follada tan intensa. Los alumnos me amarraron de pies y manos con los restos de mi propia falda y dijeron con desprecio:
—Nadie revisa este puto salón abandonado. Vas a ser nuestra esclava sexual de planta hasta que nos cansemos de reventarte todos los agujeros.
Justo en ese instante de humillación, la puerta crujió y alguien interrumpió la escena. Era Abigail, una de las alumnas más hermosas y deseadas del salón. Entró caminando con total impunidad, completamente desnuda, con sus tetas firmes balanceándose a cada paso y un hilo espeso de semen chorreándole por el coño y el ano.
—Lleven a esta puta perra de profesora al almacén del fondo —dijo Abigail con una risita morbosa y burlona—, seguro que va a disfrutar muchísimo la compañía de las otras perras de sus amigas.
Los alumnos soltaron una carcajada sucia, me cargaron como un saco de papas y me arrastraron hasta el almacén. Al abrir la puerta pesada de metal, el panorama adentro era un infierno de lujuria: una orgía masiva y descontrolada donde profesores y alumnos se mezclaban en un charco de fluidos. Con mi vista nublada, pude divisar a lo lejos cómo Ana y Sol estaban siendo folladas en todas las posiciones imaginables por grupos de estudiantes sedientos, y al respirar ese olor rancio, denso y sofocante a semen y sudor que inundaba el aire, supe que mi nueva vida como esclava apenas estaba comenzando.








