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Donde el Olivo Florece

Summary

Katsuki Bakugo hizo una promesa el día que Izuku le confesó que estaba esperando un hijo suyo: no lo dejaria solo. Cuidaría de él a toda costa. A medida que el embarazo avanza, la vida de ambos da un giro completo. Entre citas médicas, miedos e ilusiones compartidas, Katsuki descubre hasta dónde es capaz de llegar por amor. Porque amar a lzuku significa cargar con el peso del mundo entero sobre sus hombros, y sonreír mientras lo hace.

Status
2mo ago
Chapters
19
Rating
n/a
Age Rating
16+

1

Estoy en una de las bancas de la universidad. Libro de medicina abierto, almuerzo a medias. A un lado, la cafeteria -siempre esta llena de gente.

Una mano me sacude el hombro. Volteo

-Oh, hola Uraraka

-Deku, tienes que venir a la fiesta de esta noche -me dice sin saludar siquiera-. Ya le dije a lida que ibas.

-Uraraka, yo..

-No acepto un no. Te hace falta salir, dejar ese libro dos segundos y respirar. Por favor.

Insiste. Como siempre que quiere algo. Y como siempre, voy a terminar cediendo.

-Tengo que estudiar para los exámenes - digo sin despegar la vista del libro.

Por el rabillo veo su puchero formarse -¡Por favor, Izuku! --insiste y me jala del brazo-. iPor favor, por favor!

-Está bien, ya.. suéltame -contesto zafándome. No soporto cuando se pone así.

-¡Perfecto! -aplaude una vez-. Ahora vamos a comprarte algo decente. No puedes ir a la fiesta con esa bata de hospital andante. Ya terminaron tus clases no?, perfecto! Vamos -se contesto sola sin tomarse el tiempo de esperar mi respuesta, para luego arrastrarme fuera del campus hacia el centro comercial.

Apenas siento su mano jalarme del brazo y ya estoy a medio tropezar tratando de seguirle el paso.

—¡Oye, oye! —me quejo entre risas—. ¿"Bata de hospital andante"? Ofensivo, pero… tienes un punto.

Me miro la sudadera XL con manchas de café y los pants que uso desde el día uno. Técnicamente sí terminaron mis clases, pero mi dignidad se quedó en la semana tres de parciales.

—¿Y ya decidiste tú sola que vamos al centro comercial? —pregunto mientras me dejo arrastrar. Suspiro dramáticamente, aunque no puedo evitar reírme—. Está bien, tú ganas. Pero con dos condiciones:

Levanto un dedo. 

—Uno: tú eliges el outfit, porque claramente yo perdí ese derecho al salir así a la calle.

Levanto el segundo. 

—Dos: me debes un bubble tea por el ataque personal de lo de la bata.

La alcanzo fuera del campus mientras intento alisarme el desastre que traigo por pelo. No sé qué me asusta más: la fiesta o darle a Uraraka control total de mi clóset por una noche. 

—¿A qué tienda vamos primero? —pregunto.

—Iremos a esa —la escucho decir mientras me arrastra hacia una tienda.

Entramos. Saludamos a la empleada con un gesto rápido y yo me quedo cerca de la entrada, observando la ropa sin tocar nada. Uraraka, en cambio, ya está recorriendo los percheros como si llevara una misión.

La veo tomar una prenda tras otra, medirla con la vista y luego mirarme de arriba a abajo, calculando. Como si intentara adivinar qué tipo de atuendo podría ocupar… bueno, esto. 

Este cuerpo que apenas pasa por "esbelto" y que vive metido en sudaderas XL por algo.

—Pruébate este —dice, y me avienta una camisa negra al pecho sin esperar respuesta.

Tomo la ropa sin mirarla y me meto a los vestidores. Cierro la cortina de un tirón.

Me visto despacio. La tela se siente ajena, demasiado limpia, demasiado… ajena a lo que acostumbro. Cuando por fin levanto la vista al espejo, el que me devuelve la mirada parece un extraño con mi cara.

Salgo arrastrando los pies, con las manos metidas en los bolsillos aunque el pantalón apenas tiene.

—Me siento incómodo, Uraraka —murmuro sin atreverme a verla.

Uraraka deja de revisar su celular y levanta la vista. Me recorre de arriba a abajo una vez. Dos veces.

—¿Incómodo? —repite, ladeando la cabeza—. Izuku, te ves…

Se muerde el labio para no reírse, pero le gana la sonrisa. 

—Te ves como alguien que sí duerme y come correctamente. No como el fantasma del edificio de medicina.

Se acerca y me acomoda el cuello de la camisa sin pedir permiso. Sus dedos se detienen un segundo de más sobre la tela. 

—Deja de encorvarte. No estás pidiendo perdón por existir.

Suspiro. Ella siempre hace esto: decir lo que pienso pero en voz alta y sin anestesia.

—Está bien —cedo—. Pero si alguien me pregunta quién me vistió, diré que fui secuestrado. 

—Trato hecho —dice, y me empuja hacia la caja—. Ahora paga el secuestrador y vámonos. Iida ya mandó tres mensajes preguntando si sigues vivo.

Agarro la etiqueta para ver el precio y casi me desmayo. Uraraka me quita la prenda de las manos antes de que la devuelva al perchero. 

—Yo invito. Considéralo pago por adelantado por arrastrarte a la fiesta. 

—Eso fue secuestro, no por gusto —refunfuño, pero ya estoy caminando hacia la caja con ella.

Afuera, el sol ya bajó. La ciudad empieza a encenderse. Y yo, por primera vez en semanas, no traigo una sudadera XL manchada de café. No sé si eso es bueno o si acabo de firmar mi sentencia de muerte social.

....

El Uber nos deja a dos cuadras porque la calle está bloqueada. Se escucha la música desde aquí.

—Te dije que llegáramos temprano —digo, más para mí que para ella. 

—Y yo te dije que “temprano” en lenguaje universitario significa “cuando ya no hay hielos” —contesta Uraraka mientras me jala del brazo otra vez—. Vamos, fantasma. Respira.

Caminamos. Cada paso más cerca, más gente. Gente en la banqueta, gente en el porche, gente asomada por las ventanas con vasos rojos en la mano. Mi camisa nueva ya se siente dos tallas más chica.

Nos detenemos frente a la casa. La puerta está abierta de par en par y el calor con olor a alcohol barato nos golpea como pared.

Trago saliva. 

—Creo que prefiero la bata de hospital andante. 

—Muy tarde —dice ella, y me empuja para cruzar el umbral—. Bienvenido a tu sentencia de muerte social, Deku.

Adentro es peor. La sala repleta, la música vibra en el piso, y por medio segundo juro que todas las cabezas voltean. No lo hacen. Pero se siente así.

Uraraka ya está saludando a gente que apenas ubico. Yo me quedo pegado al marco de la puerta, contando salidas de emergencia como si esto fuera un simulacro.

El olivo de la facultad era tierra muerta. Esto es tierra de nadie. Y acabo de poner un pie dentro.

....

El calor es insoportable. La música me martilla la cabeza. Uraraka me puso un vaso en la mano hace tres minutos. O hace veinte. Ya no sé.

—Solo bebe lento —dice ella—. Es para los nervios, no para acabar debajo de una mesa.

Le doy un trago. Sabe a ponche y a mala decisión. 

Miro hacia la cocina. Hay demasiada gente. Y luego lo veo.

Bakugo. Apoyado en el marco, vaso rojo en la mano, hablando con Kirishima. No me ha visto. O finge que no.

Algo en el estómago se me aprieta. 

—¿Uraraka? 

—¿Mhm? 

—Creo que me quiero ir. 

—Midoriya Izuku, ni lo sueñes —me contesta sin voltear—. Ya pagué por esa camisa.

Me río. Forzado. Le doy otro trago al vaso.

Y ese es el último recuerdo claro que tengo.

.....

Luz. Demasiada luz.

Abro los ojos y el techo no es el mío. Huele a suavizante caro y a algo… a algo que no identifico. La boca seca, la cabeza un tambor.

Me incorporo y todo da vueltas. Las sábanas están revueltas. Mi camisa nueva está en el suelo. Mis pantalones no aparecen.

No. No no no.

Me tapo la cara con las manos. Después del segundo trago no hay nada. Solo negro. Negro y… sensaciones sueltas. Como fotos mal reveladas.

Sus labios besan mi cuello.

Caliente. Lento. Ahí, justo donde ahora me arde la piel.

Me toca el cuerpo.

No recuerdo dónde. No recuerdo cómo. Solo el peso de unas manos que no eran las mías y que no me aparté.

Su calor corporal es cómodo.

Demasiado cómodo. Del tipo de calor que te hace dejar de pelear contra algo. Del que te convence de que estás a salvo aunque sepas que no deberías.

Parpadeo. El cuarto sigue aquí. Las sábanas siguen revueltas. Hay un vaso vacío en el buró con un círculo de humedad en la madera. Nada más.

No tengo la película completa. Solo pedazos. Texturas. Presión. Respiración cerca. Nada que pueda poner en orden, nada que pueda negar.

Algo pasó. Algo pasó esta noche. Algo sucedió. Algo de lo cual yo no recuerdo nada, pero sé que pasó porque mi cuerpo sí se acuerda.

Y es importante. Es un antes y un después y ni siquiera me dieron el privilegio de decidirlo despierto.

Estoy totalmente solo.

No sé qué esperaba. ¿Que alguien siguiera aquí? ¿Una nota? ¿Una explicación? No hay nada. Solo silencio y las sábanas revueltas como prueba de que no lo soñé.

Me levanto. Las piernas me fallan un segundo. Mal. 

Mi ropa está tirada por el cuarto. La junto sin mirar. No quiero ver. No quiero pensar.

Es un hotel. La llave magnética sigue en el buró junto al vaso vacío. Hotel. Ni siquiera sé cómo llegué aquí.

Me visto. Rápido. Brusco. La camisa nueva ahora está arrugada y huele a alcohol. Me la pongo igual.

Salgo. Pasillo, ascensor, lobby. Mantengo la cabeza gacha. No cruzo mirada con nadie. Intento pagar lo que sea que se tenga que pagar solo para que me digan que ya pago mi acompañante y me retiro resignado a sentir que le debo aunque sea la mitad del pago a un desconocido.

El aire de la calle me golpea. Son las 8:47 a.m. Tengo clase a las 9.

Llego a mi casa. Cierro con doble llave. Al baño directo.

La ducha quema. Me tallo la piel como si así pudiera borrar las últimas doce horas. Como si el agua caliente pudiera deshacer nudos que ni siquiera veo.

Salgo y me paro frente al espejo. El vapor se disipa lento.

Y ahí están. Marcas. En el cuello. En la clavícula. En la cadera. No son moretones de una caída. No son rasguños de gato. Son de la noche anterior. De esa noche que mi cabeza se niega a devolverme.

Algo pasó. Y mi cuerpo me lo está restregando en la cara.

Trago saliva. Me visto otra vez. Pantalón ancho. Sudadera dos tallas más grande. Gorro puesto. Si puedo desaparecer bajo la ropa, tal vez el día de hoy también desaparezca.

Salgo rápidamente hacia la facultad. Oculto bajo mis grandes ropas, rogando que nadie me mire dos veces. Rogando que nadie sepa.

Porque yo no sé. Y esa es la peor parte.

El campus está igual que siempre. Gente corriendo tarde, café en mano, risas en los pasillos. Normal.

Hasta que entro.

No es inmediato. Primero es una mirada. Luego otra. Luego dos cabezas juntas, teléfonos en mano, risitas mal tapadas.

Están cuchicheando. Y me están mirando a mí.

Me ajusto más el gorro. La sudadera sigue siendo mi armadura. No saben nada. No pueden saber nada. Yo ni siquiera sé nada.

Paso de largo. Llego a clase, última fila, contra la pared. Saco una libreta. No escribo.

El celular vibra en mi bolsillo. Mensaje de Uraraka.

Uraraka: ¿Dónde estás? ¿Estás bien???

Uraraka: Te desapareciste anoche y ahora mira.

Uraraka : [Imagen adjunta]

Abro la foto con el estómago en un puño.

Una foto mía. Con un chico que esta de espaldas; cabello rubio, alto..cabello rubio, ese cabello que reconocería donde fuera. Siento el mundo detenerse y no de forma linda, si no de una que me hace entrar en pánico ¿que pensara el? ¿Me odiara? ¿Estará molesto? Si, seguro lo esta. Me matará.

💫

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Good Writing

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Strong Dialog

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