Capítulo 1. Día del Juicio
Todos los seres bajo el cielo deberán enfrentar el día de su final. Para mí, esa frase había sido mi lema de vida. Sin embargo, el día de mi propio fin... No me lo esperaba tan pronto.
—Doctor, paciente femenina de 30 años. Accidente automovilístico de alta energía contra vehículo pesado. Impacto frontal con compromiso del habitáculo.
—¿Estado de ingreso?
—Glasgow 9. Trauma craneoencefálico severo: pupilas hiporreactivas, deterioro neurológico y probable lesión intracraneal. Trauma torácico cerrado con dificultad respiratoria e inestabilidad hemodinámica.
—¿Signos vitales?
—Inestables. Hipotensión progresiva, taquicardia y saturación comprometida. Con soporte ventilatorio y monitorización continua.
—¿Imágenes?
—Tomografía compatible con lesión intracraneal que requiere cirugía urgente. Sospecha de lesiones torácicas asociadas.
—Activen protocolo quirúrgico. ¿Neurocirugía y trauma?
—Notificados. Quirófano listo.
—Aseguren la vía aérea, mantengan la estabilidad y continúen el manejo indicado.
—La familia espera información.
—Infórmenles que está crítica, con lesiones graves y que requiere cirugía inmediata. El pronóstico es reservado.
—Entendido.
—Confirmen imágenes, laboratorios y sangre disponible antes del ingreso.
—Todo listo.
—Vamos. Cada minuto cuenta.
Si no fuese porque en la universidad había tomado clases abiertas de medicina, probablemente no habría entendido ni la mitad de lo que esa gente estaba diciendo.
Incluso en mi estado, soportando un dolor intenso y la desesperación de no poder respirar correctamente, era muy consciente de las voces a mi alrededor, del olor a desinfectante, del alcohol, de los medicamentos. Cada sonido, cada palabra, cada movimiento llegaba a mí con claridad.
Mi cerebro se había acostumbrado desde muy temprano a registrar todo lo que ocurría a mi alrededor, ignorando lo que sentía, dejando el dolor en segundo plano, solo para analizar, comprender y descubrir cuáles eran mis posibilidades.
Esta vez tenía que admitirlo... Mis posibilidades apestaban.
No estoy segura de en qué momento dejé de sentir el dolor que quemaba mi pecho y convertía cada respiración en una tortura. Tampoco estoy segura de cuánto tiempo ha pasado desde que estoy en este lugar.
¿Acaso morí y ahora estoy esperando mi juicio antes de ser enviada al infierno?
Crecí escuchando historias sobre el cielo y el infierno desde una edad temprana, y debo admitir que desde entonces me resigné a la idea de que yo no tendría un lugar en el cielo.
Un lugar así nunca habría sido para mí.
Después de todo, había abrazado mi propia oscuridad desde el momento en que decidí que no quería seguir siendo una víctima de esta vida. Si alguien, quien fuera, me hacía daño, yo se lo devolvería multiplicado. No esperaría en fantasías como el karma; yo sería el karma encarnado.
Así que, mientras no cruzaras mi camino de la peor manera, no tenías nada que temer de mí.
Desde aquel día, todo se convirtió en una simple cuestión de causa y efecto.
Pero también era consciente de las reglas de esta sociedad y de las consecuencias de quedar atrapada en las redes de la ley. Por eso tuve que informarme meticulosamente sobre todo lo necesario para no caer en un crimen ni ensuciar mis manos con mierda.
Después de todo, ¿qué clase de estúpida sería si permitiera que mi vida fuera arrastrada y sentenciada por un sistema al que ni siquiera le importo?
No.
Tenía que lograr que el sistema trabajara para mí. Esa habría sido la situación ideal. Aunque, siendo honestos, ningún sistema es completamente infalible.
Por esa razón, solo podía confiar en mí misma y en mis propios conocimientos. Así que hice lo que hice, viví lo que viví y, aunque no me enorgullezco de mis acciones, tampoco me arrepiento de ellas.
Mi historial de vida está limpio. Ese es un hecho. Pero mi conciencia no tiene mala memoria. Sé que hay quienes me esperan al otro lado, aquellos que desearían vengarse de mí por haberles hecho pagar en vida por sus propias fechorías.
Y, de alguna manera, espero poder arrancarles la piel si vuelvo a encontrármelos. Claro... si es que todavía la tienen.
Pero algo en este lugar oscuro me inquietaba demasiado. No había claridad... No había ruido... No había una luz al final de un túnel esperando por mí.
Solo este silencio profundo y desesperante.
Lo único que podía escuchar era mi propia conciencia, obligándome a reflexionar sobre lo que me esperaba y sobre todo lo que había sido en vida.
Y lo odiaba... Lo odiaba profundamente.
¿Acaso esto era todo?
Era un hecho que seguía viva... aunque no pudiera sentir mi cuerpo. Entonces, ¿era mi alma la que permanecía aquí?
¿Me quedaría atrapada en este maldito lugar olvidado para siempre?
¿Hay alguien ahí?
¿Alguien siquiera puede escucharme?
¿Qué demonios se supone que ocurre ahora?
¡Díganmelo de una maldita vez!
Pero no había respuesta. Ni siquiera había paredes contra las cuales descargar mi frustración. No había nada.
Esto no era un lugar cualquiera, parecía una prisión. Una prisión sin barrotes, sin cadenas y sin salida.
¿Acaso este era el infierno? ¿Este era mi castigo? ¿Pasar una eternidad suspendida en esta agobiante oscuridad, olvidada por todos?
El tiempo pasó... aunque ya no estaba segura de cuánto. Podía haber sido una hora, una semana, un mes, un año... O una eternidad.
Me abracé a mí misma en posición fetal mientras respiraba lentamente, intentando soportar aquel tormento. No sabía si realmente necesitaba respirar, pero era lo único que conservaba de mi humanidad.
Nada parecía funcionar. Hasta que de repente vi un pequeño destello. Por fin... algo distinto.
Me incorporé de inmediato y avancé hacia él. Sin embargo, mientras yo juraba estar dando pasos, el destello se alejaba exactamente la misma distancia.
Aceleré... Nada... Corrí... Nada...
La luz seguía alejándose, como si se burlara de mí. La desesperación regresó a torturarme. Solo quería alcanzarla, descubrir qué era, cualquier cosa que rompiera aquella maldita oscuridad.
El cansancio y la frustración terminaron por vencerme, me detuve. Levanté la mano hacia aquella diminuta luz, como si pudiera alcanzarla solo por desearlo.
En un parpadeo, el espacio desapareció entre nosotros. Sin sentir que me hubiera movido, aparecí justo frente al destello. Casi me da un nuevo paro cardiaco del susto.
¿Así funcionaba este lugar?
Delante de mí había un cristal sostenido por un marco de plata, delicadamente tallado con grabados que parecían cambiar cada vez que intentaba seguir sus formas.
Me acerqué... Era un espejo. Su superficie era tan limpia y perfecta que parecía agua inmóvil. En un instante... Sobre el cristal comenzó a dibujarse un rostro. Me quedé completamente inmóvil.
Era el rostro de la única persona que, en vida, consideré lo más cercano a una amiga.
Valeria.
La conocí después de casarme. Era la esposa del mejor amigo de mi esposo; ambos habían sido amigos desde la infancia.
Mi esposo era un hombre bastante decente, su mejor amigo en cambio, era otra historia. Un narcisista de manual.
Siempre hablaba de sí mismo. Incluso las travesuras de su niñez las narraba de una forma que lo convertía en el intrépido y valiente protagonista de cada historia, como si el mundo entero hubiera existido para admirarlo.
Valeria, en cambio, era todo lo contrario. Reservada, dócil, suave. Lamentablemente, cada vez que nos reuníamos, su hermoso rostro lucía más decaído, con ojeras y una expresión de agotamiento que ya no podía ocultar. Para mí era evidente cuál era el origen de ese desgaste.
Su flamante esposo.
Yo veía con claridad cómo, poco a poco, iba apagando su brillo. La minimizaba sabiendo que sus palabras la herían profundamente. Disfrutaba haciéndola sentir insignificante.
Ella, en cambio, jamás respondía con la misma moneda. Se devanaba los sesos intentando encontrar una explicación para su comportamiento. Buscaba excusas para no abandonarlo.
Que el hogar... que los hijos... el amor... En muchas ocasiones terminaba culpándose a sí misma de que las cosas entre ellos estuvieran mal.
Para mí, Valeria era la prueba viviente de que todo aquello que yo era y creía tenía sentido. Ella era exactamente lo opuesto a mí... Y por eso sufría como una condenada. Perseguía ideales que solo existían en su cabeza.
Por mucho que yo le mostraba la verdadera cara de su esposo, y le anticipaba lo siguiente que él haría —y siempre terminaba ocurriendo—, ella era incapaz de dejarlo.
Siempre regresaba. Siempre le creía cuando prometía cambiar. Siempre encontraba una razón para perdonarlo.
Valeria era profundamente empática, pero también tenía un problema serio, dependía emocionalmente de él y no sabía poner límites. Era incapaz de devolver una bofetada. Incapaz de actuar contra quien la lastimaba.
Para mí... Completamente indefensa.
Jamás habría podido ser mi rival en ningún sentido. Y por eso, terminé tomándole cariño. Aunque su constante papel de víctima llegaba a agotarme, lo soportaba porque nunca vi malicia en sus palabras.
No tenía segundas intenciones, solo un dolor sincero buscando un lugar donde desahogarse. Y, para su desgracia, había decidido desahogarse conmigo.
Con alguien que, lejos de comprender cómo se sentía, solo era capaz de detectar cada uno de sus errores y pensar en las incontables formas en que podía haber resuelto sus problemas con una sola decisión.
Allí estaba ella. Su rostro, empapado en lágrimas, lloraba frente al cristal como si pudiera verme.
¿Qué estaba ocurriendo?
¿Por qué, de todas las personas que había conocido en mi vida, era Valeria quien aparecía frente a mí?
Su llanto era desesperado pero yo no escuchaba ningún sonido. Solo podía verla a través del espejo, como si estuviera observando una pantalla muda.
Me acerqué y sujeté el marco con ambas manos.
—¡Valeria! ¿Me escuchas? ¿Puedes verme? Dime... ¿qué pasa? ¿Qué te hicieron esta vez?
Su expresión cambió. Por un instante juraría que me había oído. Giró lentamente la cabeza hacia un lado, como si quisiera mostrarme algo.
El reflejo cambió. Ahora veía un dormitorio y sobre la cama, su cuerpo se retorcía entre violentas convulsiones. Alrededor había decenas de píldoras esparcidas entre las sábanas y el suelo.
Un frasco blanco con una etiqueta verde descansaba abierto junto a ella.
—Vaya... —pensé—. Al final te rendiste. No sé por qué esperaba algo diferente de ti.
El espejo volvió a mostrar únicamente su rostro. Seguía llorando...
—Si vas a rendirte, hazlo de una vez. Será mejor para ti. ¿Por qué sigues luchando si ya tomaste una decisión?
Valeria negó lentamente con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de terror. No sabía qué había sido el detonante que la llevó hasta ese extremo. Aunque tenía una buena idea.
Entonces levantó una mano y la apoyó sobre el cristal.
—Ayúdame.
Sus labios pronunciaron aquellas palabras... Pero ningún sonido salió de ellos.
—Créeme... yo no estoy mejor que tú. Pero si puedes soportar este infierno por mí, no me molestaría volver para ir a patear unos cuantos traseros en tu lugar.
Dicho eso, apoyé mi mano sobre su mano en el espejo, al instante siguiente... Todo quedó envuelto en una luz cegadora.
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