Capítulo 1 En automático
La sartén ya chirriaba; era el momento de poner los huevos. Los quebré dentro y solo ahí me di cuenta de que ya se había recalentado. Una lágrima asomó por el rabillo de mi ojo. Me pregunté: ¿por qué estaba haciendo el desayuno si no quería comer? No lo entendí, pero seguí mi labor; asumí que era mejor hacer eso que no hacer nada.
Mientras preparaba el café, Jaime me vio en la cocina. Caminó lentamente hasta tomar su lugar en la mesada. Yo, de espaldas, lo escuché, pero no volteé. Calenté otra vez el agua; estaba a la temperatura adecuada, pero apreciaba cada minuto que tardase en darme vuelta hacia la mesa. La tetera anunció a borbotones que estaba lista. La miré, tomé la prensa francesa y la revisé con minuciosidad; cuando por fin me convencí de que estaba lista para llenarla, la dejé lista sobre el mesón.
Con la taza entre las manos, pensé que quería cambiarla. Me respondí, desde ese sosiego, que ahora quería cambiarlo todo; sabía que esta sensación era pura anestesia racional, pero le quité importancia a todo. Dejé caer el agua en el recipiente de cristal y agradecí que el filtrado tomará algunos minutos; ese tiempo me dio valor. Ya estaba lista para girarme y ver la cara de ese hombre.
Empecé a verter el contenido. Podía oler ese café que, por un segundo, me hacía pensar en un extinto entusiasmo y en la esperanza de comenzar un nuevo día. El calor del pocillo contrastaba con el piso frío bajo mis pies. Miré hacia abajo y recordé que, al levantarme, no había encontrado mis pantuflas; simplemente había seguido adelante. Me giré para caminar hacia la isla de la cocina, siempre mirando mis pies. Fue ahí cuando noté que entraba por la ventana un exquisito rayo de sol y, por un segundo, volví a sonreír. Amaba el sol, pero ya era mayo y estaba refrescando; pronto llegaría el invierno.
Levanté la cabeza y caminé. Apreté fuertemente la taza; me quemaba las manos. Aun así, no quise soltarla: necesitaba abrigar mis manos, mi cuerpo; sentía que todo estaba helado. No había puesto ningún esfuerzo en poner la estufa algunos minutos para así estar más cómoda; mi comodidad significaba compartirla con él, y ahora no quería, no quería nada. Tomé la silla y la arrastré hacia mi cuerpo; el sonido me recorrió la espalda y erizó mi piel. El rostro de él dibujó una mueca; lo noté. Pensé que por fin veía en ese rostro, tan conocido desde la adolescencia, un atisbo de sinceridad. Aun así, él siguió sin emitir palabra.
¿Porqué no me habla?, ¿cree que lo mataré? -jajaja- no puedo creer este hombre se comporte ahora como un niño que hizo una travesura y quiere que se me olvide.
Me senté, tomé un sorbo. Lo sigo mirando, intercalo entre la ventana, mi taza y su cara. No es capaz de mirarme a los ojos.
—En la cocina hay huevos, perdí el apetito.
Él no apartaba sus ojos de mí y respondió:
—Lo podemos arreglar.
Sentí estas palabras como una ofensa. Tomé mi taza, di un sorbo más y hundí la nariz en ese aroma familiar. Me fui incorporando de a poco. La silla volvió a sonar mientras era empujada hacia atrás con mis piernas. Cuando ya tuve espacio suficiente y pude estar completamente de pie, fui rumbo a nuestra pieza y, con decisión, le respondí:
—Sí, como tú digas.








