
Josephine se sentó finalmente encima de aquellas rocas que la creciente oscuridad del bosque en el que se hallaba perdida le había permitido divisar. Allí estaban, a unos metros por delante de donde su paso, débil y agotado por las largas horas de caminata, le llevaba. Una vez llegado a su destino, aquellas grandes piedras, que hacían las veces de rudimentarios asientos, le mostraban una frialdad tan real como la que el bosque mismo exhalaba.
Aunque estaba oscureciendo, todavía no era noche plena, de modo que la temerosa niña se aferraba a una realidad de las cosas todavía aparente, donde afortunadamente todo lo que se mostraba a su alrededor era verídico. La luz, aunque empezaba a escasear, era el filtro bajo el que se medía lo real, aquella característica física que, como un espejo, reflejaba unas imágenes verdaderas y ciertas que coincidían con la manera en que la pequeña interpretaba el mundo.
Sin embargo, a medida que se imponía el ocaso, la intranquilidad de Josephine aumentaba. La luz iba desapareciendo, y, con ella, la interpretación de la realidad adquiría lentamente matices inquietantes y hasta perturbadores. “Quiero irme a mi casa”, imploraba. Los ojos de la pequeña dejaron de mirar al frente, quizás porque no estaban seguros de certificar que aquello que se hallaba ante ellos fuera del todo real. Y así, la niña bajó la mirada hacia el suelo, tratando de evitar la aparición en el horizonte de quién sabe si posibles sombras y formas inquietantes asomándose, desde una lejanía que se aproximaba cada vez más hacia ella, estremecedora y amenazante.
Pero la curiosidad, aquel aguijón que nos incita a ver más allá y a situarnos un paso hacia delante de la acostumbrada comodidad, no pudo doblegar a la seguridad y la prudencia y levantó la cabecita de la niña, mostrando ante ella una silueta casi humana, pero negra como la noche que ya se había instaurado en aquel bosque perdido y oculto a la civilización. Aquel perfil semihumano tuvo un impacto brutal en su mente. Fue como el potente rayo que aparece sin aviso en la atronadora tormenta. Josephine se cubrió el rostro con las manos, negando la posibilidad de tal existencia, en un intento de amparo y protección hacia sí misma. En un último esfuerzo, descubrió su cara de nuevo para sentir la vuelta de la necesaria calma al comprobar que nada yacía en la lejanía, que la pérfida forma que la vigilaba de lejos, había desparecido.
Sin embargo, Josephine sabía, por alguna razón, que los peligros y amenazas de aquel mundo de sombras continuaban allí y permanecían con ella a pesar de sus interminables deseos de tranquilidad. Ciertamente, aquel universo sombrío no daba lugar a la tregua. Ahora eran las ramas de los viejos árboles que rodeaban el claro del bosque en el que se encontraba, las que parecían moverse lentamente, como si hubiesen cobrado vida, en una sinfonía de movimientos acompasados por una música siniestra que los dirigía y aleccionaba.
Su corazón dio un vuelco cuando el certero sonido de una lechuza, oscuro animal de las horas nocturnas, se clavó en sus oídos y la devolvió por unos instantes a una realidad plausible. Y con el eco de aquellos ruidos, los latidos del desbordado corazón volvían a bajar hasta niveles casi normales en su maltrecho cuerpo. “¿Acaso aquellos largos brazos que surgían de los árboles queriendo alcanzarla habían sido tan solo falsas percepciones de su imaginación?”
La respuesta a su inquietante pregunta vino cuando algo desconocido y repentino tocó su espalda y la pequeña se giró bruscamente en un movimiento instintivo que pretendía averiguar la identidad de aquello que había contactado con su cuerpo. Como un calambre vertiginoso había notado cómo toda ella se contorneaba y se detenía inmediatamente después. Sin embargo, nada había a su alrededor que pudiera haber provocado la sensación de tacto sobre su piel.
Fue entonces cuando el miedo se intensificó, transformándose en puro terror, surgiendo nuevas sensaciones de espanto y del horror más absoluto. Era como si ella ya no pudiera controlar sus instintos, como si se hubiera abandonado a la barbarie más terrorífica. Sus pensamientos cabalgaban como caballos desbocados, incluso la capacidad de sentirse a sí misma y a su propia identidad empezaban a fallar estrepitosamente, multiplicándose así la sensación de irrealidad y emergiendo la totalidad de aquel mundo espantoso que hasta ahora solo se había manifestado como un ligero esbozo.
La oscuridad lo dominaba todo. Solo la tenue luz de la luna irradiaba claridad sobre el entorno de aquel bosque del terror. Josephine creyó percibir cómo el aire se enrarecía por momentos y producía una atmósfera maligna, irrespirable, dibujándose en imágenes que confirmaban la posibilidad de ser visto, percibido por el ojo humano, negando su origen etéreo de férrea invisibilidad. El aire que respiraba mostraba apariencias que no deberían existir, visiones de sombras que poco a poco adoptaban formas cada vez más nítidas, figuras fantasmagóricas que se iban materializando de manera lenta pero inexorable. Contornos que semejaban espíritus de la oscuridad se movían en torno a ella. Los mismos árboles del bosque parecían caminar en su dirección, rodeándola como entes salvajes y primarios de un mundo imposible que hubiera despertado de un largo sueño, tratando de agarrarla con sus ramas convertidas en largos brazos. Las mismas rocas que le servían de reposo destilaban largos tentáculos deseosos de abrazarla, de cubrirla con sus besos y abrazos de criatura monstruosa y libidinosa. Josephine gritaba, pero sus chillidos y lamentos no eran escuchados y se perdían en medio de aquel universo de pesadilla.
Sus piernas de delicada niñez intentaban correr para alejarse de aquel infierno, pero, pesadas como grandes losas, permanecían detenidas, paralizadas en el suelo, donde la maligna hierba se enredaba sobre sus pies como gruesas sogas que quisieran atarlos a su dantesco mundo para siempre. Finalmente, el conjunto del bosque se había transformado en un ente único que la observaba con sus múltiples ojos de maléfica mirada, que profanaban todo su ser, ávidos de poder y dominio sobre el alma de inocencia rota de Josephine, quien hace un último intento de supervivencia, extendiendo sus bracitos hacia delante, rogando, implorando ser salvada de aquel mundo de oscuridad, antes de sucumbir, presa del pánico y del terror más espantoso, a la absoluta eternidad.



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