La fila del supermercado
—Héctor, vas muy despacio —exclamé con voz mandona y chillona—. Voy a llegar tarde a la fiesta. ¡Muévete!
—Señorita… el tránsito está muy congestionado, hace mucho calor y las personas evitan ir rápido para proteger el caucho.
—Si llego tarde le enviaré un WhatsApp a mi papá para que te despida en el acto.
—Lo intentaré, señorita.
—No quiero que lo intentes. Quiero que llegues.
Héctor llevaba treinta años trabajando para mi familia. Oficialmente era mi chofer. En realidad era el único adulto que me había criado.
Mientras todo esta sacudida de emociones pasaban en mi perspectiva en mi mente corría(Faltaban apenas dos semanas para presentar mi tesis de Administración Internacional. Después de años sobreviviendo a profesores, trabajos y compañeros insoportables gracias a un programa acelerado que mis diecinueve años apenas alcanzaban a explicar, solo quería disfrutar la fiesta de cierre del semestre). Aunque de igual modo solo suspiraba y veía mi Londo Crash 1990.
Dos horas antes había estado eligiendo en mi enorme guardarropa: maquillajes, accesorios, todo el aparato ritual de una chica que nunca ha tenido que apurarse por nada. Qué egoísta fui con el pobre Héctor. Mientras yo contemplaba las hojas caer por la ventanilla de la limusina, como si fuera otoño, no me daba cuenta del sofocante calor que hervía a los mortales de afuera. En el estante de mi tocador había una brújula antigua —pequeña, de latón verdoso, con la aguja siempre girada al mismo punto sin importar hacia dónde la orientara— que mi abuelo me dio cuando era niña. A veces, sin razón aparente, la aguja vibraba un instante, como si algo cercano la llamara, y luego volvía a quedarse quieta. “Algún día sabrás para qué sirve”, me dijo. Nunca me explicó nada más. Nunca más hablamos de eso. Solo recordaba una tarde, mucho antes, en que me preguntó si sabía por qué existían las brújulas. Le dije que para encontrar el norte. Él negó con la cabeza. «No. Para encontrar aquello que insiste en esconderse». Me reí. Él también. Han pasado años y todavía no sé de qué se reía.
En un momento repentino, el vehículo se detuvo.
—Héctor, ¿por qué paras? No hay nadie al frente ni semáforo.
—Señorita, el motor se sobrecalentó.
—Arréglalo ya.
—Me tomará unos momentos.
Me encolericé hasta que mi rostro adquirió el color de mi vestido. Pero cuando estaba a punto de gritar, llegó un mensaje que no me molestó más: me hizo sentir traicionada por mi mejor amiga. Otra de mis «supuestas amigas» escribió: "ve el estado, el tiempo es oro y si te lo pierdes es por boba".
Salí del coche como un cohete, bolso y celular en mano, olvidando incluso los tacos de punta de alfiler que llevaba. Tal era la prisa y las ganas de partirles la madre a mis ex amigas que no escuché a Héctor gritarme que me detuviera. Ni siquiera me di cuenta de que olvidaba el dinero dentro del bolso.
Unas calles adelante, el vestuario inadecuado para mi maratón improvisado me había dejado callos y ampollas en los pies. Empapada en sudor, pensé que si me quitaba los tacos alguien me vería, el glamur se evaporaría, terminaría en las redes y el bullying no cesaría. Así razonaba yo entonces.
Mientras procesaba todas esas mierdas y un chingo más, un ladrido me arrancó el corazón del pecho. Me embalé en sentido contrario con un grito que probablemente espantó a media manzana. Cuando volví en mis cabales, el bolso ya no estaba.
Me armé de valor, caminé sedienta por la carretera y logré salir a la vía principal. Busqué el celular en el escote para ubicarme —y ese también había quedado atrás. El pánico me invadió con la misma intensidad que aquella vez que papá me bloqueó las tarjetas.
—¿Quiere una botellita de agua, Cool Heaven, para un ángel que la dejó perdida en su casa?
Desde lejos: un muchacho de veintitantos, alto, atlético, cabello rizado y unos ojos tan impresionantes que podría haberme pasado el día entero mirándolos. Llevaba un colgante de metal oscuro sobre la camiseta, una especie de espiral que terminaba en punta, como un colmillo. Lo vi apenas un segundo, pero algo en ese símbolo me resultó extrañamente familiar. Lo descarté de inmediato: estaba sudada, asustada y demasiado orgullosa para admitir ninguna de las dos cosas. Pero mi prepotencia habló primero:
—Vete a la verga, heladero de mierda.
—Señorita, se ve bien jodida. Como si le hubieran dado una carrera y voceara como una loca todo el camino.
—¿A ti qué te importa? ¿No sabes quién es mi papá?
—Dos cosas, señorita. La primera: la vi gritando desde el callejón del frente, al pobre viralata. Como es un perro manso no me acerqué. La segunda: tiene un ego tan grande como su belleza. Y tercero —que debería haber sido dos cosas, pero—: va a llover en unos minutos. Le regalo este paraguas.
—No necesito nada de ti. Bueno, sí. ¿Cómo llego al instituto X?
La humildad y el porte de aquel hombre le brotaban por los poros, y me echó otra vez esa mirada que me hizo derretirme por dentro. «Muñeca de porcelana», dijo. Qué piropo tan exquisito para mí, un desaliñado vendedor de helados.
—Sube a la primera ruta C y luego doblas a la derecha. Date prisa, que te mojas más con agua que con sudor. Tome el paraguas.
—Ya te dije que no quiero nada de ti.
Me volteé y seguí las instrucciones. Pero a mitad de camino, una lágrima negra de rímel rodó por mi mejilla. No era yo quien lloraba —me dije—, era el aguacero que acababa de caer sobre mi vestido carmesí de varios ceros.
Grité como una loca: «¿Se puede poner peor?». Y entonces vi a los malvivientes. Tres hombres que me insinuaban vulgaridades desde la acera. Los ignoré. No valió de nada. En pleno aguacero y sin nadie más en las calles, uno me arrinconó contra la pared. El pánico me apagó los sentidos. Me resistí, forcejé. Otro me tapó la boca. Lo mordí y me abofeteó con fuerza. Quedé aturdida, sin saber lo que iba a pasar.
Entonces un golpe seco resonó contra uno de ellos. El segundo sacó navaja, la lanzó, pero recibió un sombrillaz en la cara y en la entrepierna que lo dejó doblado en el suelo. El tercero huyó corriendo.
Todo pasó tan rápido que cuando volví en mis cabales estaba sentada en el camioncito de los helados. Él, con una sonrisa que llenaba el mundo y un pañuelo extendido, me dijo: «Todo estará bien». Palabras que hicieron que mi mundo cobrara sentido de nuevo.
—Ángel, ¿te puedo llamar así? Quería ofrecerme a llevarte, pero tu actitud era muy negativa, así que decidí darte mi paraguas; yo no lo necesitaría.
Mi voz salía en pedacitos, casi gaga. El cuerpo aún me temblaba como gelatina. Me armé de la calma más impostada de mi vida y respondí con una sonrisa pintada:
—Queee… teee… iiimpooortaaaa… cabróoon.
—Bueno, nada, nadita, rubia. Hasta te odio y esto es un secuestro. —Se rio—. Solo quería ver si te ponías más blanca que la manta del viralata.
Miré hacia el fondo del camión y encontré, sobre el viralata empapado de lluvia y con pinta de filósofo zen, mi bolso y mi celular. Me golpeé contra el techo del susto.
—¡Coño! ¿Tú y ese maldito perro tienen un plan en mi contra?
—Woo, woo, rubia, deja la película. Estás más paranoica ahora.
El perro —me explicó luego, con la paciencia de un maestro y la diversión de alguien que sabe que nadie le va a creer— había sido perro guía. Su dueña murió salvando a unos niños. Y él, desde entonces, devuelve los objetos perdidos a la gente despistada. «Me lo dio a mí y al ver esa cartera tan grande y ese celular tan caro, dije: eso debe ser de mi futura novia». No fue la última vez que dudé si ese perro sabía más de lo que un perro debería saber.
Encendió el camión. La radio se prendió. Y el universo, con ese sentido del humor que tiene, puso a sonar «A Thousand Miles» de Vanessa Carlton. No sé si fue Dios o el destino que puso a ese extraordinario heladero amante de los perros callejeros y del pop, pero algo sí sé: mi ira, mi miedo y el temblor infinito de mi cuerpo habían desaparecido.
Al ver que no se sabía la letra del todo, él simplemente:
—Lalala, lalala, lalalaaa —con un tono divertido y picaresco.
Era un momento mágico, a pesar de estar enchumbada de agua. Ese momento era nuestro.
Pero lo bueno no dura, y como ya saben, lo bueno nunca dura. Rebasando todo un Fast & Furious, la limusina de Héctor se plantó al frente del camión, frenando en seco. Héctor salió con dos pistolas, una en cada mano, con la épica frase levemente modificada:
—Hasta la vista, heladero de mierda.
No sabía si cagarme de la risa al ver a un hombre de cuarenta años con el traje manchado de aceite, o morirme del pánico al ver que apuntaba a mi no-boyfriend. Pero el muchacho tampoco dejó de sorprenderme: salió con un machete que espejeaba bajo la lluvia diciendo:
—¡Esto es San Juan!
—Carajo —dije saliendo del camión—. Los hombres quieren resolver todo a putazos. Bajan las pistolas y los machetes. ¡Ya, joder!
Héctor me devolvió el bolso con la precisión herida de un niño al que separan de su madre. El heladero me lo devolvió todo con esa frase que ya empezaba a sonarme:
—La semilla de la abundancia es la generosidad.
Me disponía a pagarle cuando él, apenado y emocionado al mismo tiempo, dijo:
—Todo tiene solución hasta la muerte.
Algo en esas palabras me desarmó. Extrañamente empaticé con él. Y cuando Héctor nos separó, alcancé a susurrarle al oído la palabra que tenía años sin pronunciar:
—Gracias.
—No lo volveré a decir —añadí antes de que respondiera.
Al preguntarle su nombre, me devolvió mi frase con algunas palabras más:
—No te conozco. Pero me encantaría conocerte por más.
—Quizás —respondí ruborizada y aparentemente calmada.
—Hasta luego, mi ángel.
Fue la despedida que más me dolió. Pero mi orgullo y mis delirios de niña mimada me hicieron volverme hermética a mis propios sentimientos. Gobernada por una lógica que no me pertenecía, entré a la limusina y me marché con Héctor rumbo a casa.
En ese momento todavía no comprendía que aquel heladero desaliñado terminaría cambiando el destino de toda mi familia.








