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Entre culpa y destino

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Capítulo 1

Capítulo 1: El eco de los pasos en el pasillo

El silencio en la casa de los Rossi no era un visitante ocasional; era el dueño absoluto del lugar. Para Giuliano, a sus dieciocho años, el crujido de la madera vieja y el zumbido constante del refrigerador eran la única melodía de sus tardes. Su madre era un recuerdo inexistente, una sombra que ni siquiera las paredes de aquella vieja casa de piedra en un tranquilo pueblo del norte de Italia lograban retener. Su padre, Matteo, era un sargento de la policía local que parecía haber contraído matrimonio con su uniforme. La comisaría demandaba su tiempo, sus noches y, a menudo, su cordura, dejando a Giuliano en un limbo de soledad y apuntes universitarios.

Aquella tarde de otoño, el frío comenzaba a colarse por las rendijas de las ventanas de madera. Giuliano estaba sentado a la mesa de la cocina, rodeado de pesados libros de historia y tazas de café ya frías. La universidad le exigía una concentración que a veces le costaba encontrar, sobre todo cuando el peso del aislamiento se volvía demasiado denso.

De pronto, el sonido metálico de las llaves en la cerradura interrumpió el mutismo de la tarde. No era la hora habitual de Matteo.

La puerta principal se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado y el rumor de dos voces masculinas. Giuliano se puso de pie con lentitud, estirando la espalda, y caminó hacia el recibidor, frotándose los ojos cansados.

—¡Giuliano! Ven aquí un momento, por favor —la voz de Matteo sonaba inusualmente animada, desprovista del cansancio crónico que solía arrastrar.

Al llegar al pasillo, Giuliano se detuvo. Su padre estaba allí, quitándose la pesada chaqueta de abrigo, pero no estaba solo. A su lado se erguía un hombre alto, de hombros anchos y porte imponente. Vestía un abrigo largo de lana oscura que acentuaba su figura robusta y madura. Sus facciones eran marcadas, con una mandíbula fuerte ensombrecida por una barba de varios días y unos ojos grises, agudos como los de un ave de rapiña, que contrastaban con las pocas canas que asomaban en sus sienes.

—Hijo, quiero presentarte a alguien muy importante —dijo Matteo, apoyando una mano en el hombro del recién llegado—. Él es Alessandro. Fuimos compañeros en la academia y trabajamos juntos hace muchos años, antes de que lo trasladaran. Es detective. Acaba de regresar de Bruselas después de una larga temporada fuera.

Alessandro dio un paso al frente. Su presencia parecía llenar el estrecho recibidor, reduciendo el espacio a su alrededor. Giuliano sintió una extraña corriente de aire cálido cuando el hombre le dedicó una sonrisa pausada, que no llegó a desarmar la frialdad de su mirada.

—Un placer, Giuliano. Tu padre me ha hablado mucho de ti en el trayecto desde la estación —la voz de Alessandro era profunda, un barítono rasposo que pareció vibrar en el pecho del joven.

—El placer es mío —respondió Giuliano con timidez, ofreciéndole la mano.

Cuando la mano de Alessandro envolvió la suya, Giuliano experimentó una sensación desconcertante. El agarre del detective era firme, áspero por los años de servicio, pero extrañamente cálido. El contacto se prolongó un par de segundos más de lo estrictamente necesario.

—Alessandro ha vuelto para incorporarse a la división de investigación de la provincia —explicó Matteo, visiblemente entusiasmado por recuperar a su viejo amigo—. Mientras organiza su traslado definitivo y encuentra un lugar propio, le he ofrecido quedarse con nosotros. El piso de arriba tiene espacio de sobra.

—No quiero ser una molestia, muchacho —añadió Alessandro, sin apartar los ojos de Giuliano.

—No es ninguna molestia. De todas formas, la casa siempre está vacía —contestó Giuliano, encogiéndose de hombros con una ligera sonrisa melancólica.

—Bien, entonces está decidido. Llevaré estas maletas arriba. Giuliano, por favor, ayuda a Alessandro a instalarse y muéstrale dónde puede dejar sus cosas —pidió Matteo, tomando el equipaje más pesado antes de subir las escaleras de madera, que crujieron bajo su peso.

Giuliano se quedó a solas con el detective en el recibidor. El silencio volvió a caer sobre ellos, pero esta vez no era un silencio vacío; estaba cargado de una tensión invisible que el joven no lograba comprender del todo.

—¿Quieres que te ayude con el abrigo? —preguntó Giuliano, intentando romper el hielo.

—Por favor —respondió Alessandro de forma escueta.

El detective se giró levemente para deslizar la prenda de sus hombros. Al recibir el abrigo, Giuliano percibió un aroma penetrante: una mezcla de tabaco de pipa, cuero húmedo, el frío de la calle y una fragancia amaderada, profundamente masculina. Era un olor completamente distinto al de su padre; era el aroma de un extraño que acababa de invadir su espacio seguro.

Mientras Giuliano colgaba la prenda en el perchero, de espaldas al invitado, no pudo notar cómo los ojos grises de Alessandro descendían lentamente por su figura. El detective recorrió la línea de sus hombros delgados, la curva suave de su cintura bajo el suéter holgado y la longitud de sus piernas. Fue una inspección minuciosa, silenciosa y desprovista de toda prisa. Cuando Giuliano se giró de nuevo, Alessandro ya había recuperado su expresión de cortesía profesional, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Por aquí —dijo el joven, indicando el camino hacia la planta superior—. Tu habitación está al final del pasillo, justo al lado de la mía. Compartiremos el baño, espero que no te importe.

—No te preocupes por eso. Me adapto con facilidad —replicó el detective, siguiéndolo de cerca.

A cada paso que daban por la estrecha escalera, Giuliano sentía la proximidad del cuerpo de Alessandro detrás de él. El crujido de los escalones parecía sincronizarse con los latidos de su propio corazón, que por alguna razón desconocida, habían comenzado a acelerarse.

Al llegar al piso de arriba, Giuliano abrió la puerta de la habitación de invitados. El cuarto era sencillo, con una cama matrimonial, un armario de madera oscura y una ventana que daba hacia los tejados del pueblo. Alessandro entró, dejando su maletín de mano sobre la cama, y se giró para observar al joven, que se había quedado de pie en el marco de la puerta.

—Es un espacio cómodo —comentó Alessandro, rompiendo el silencio mientras paseaba la mirada por el lugar—. Dime, Giuliano, ¿siempre es tan silenciosa esta casa?

—Casi siempre —respondió Giuliano, cruzándose de brazos de manera inconsciente—. Mi padre vive para la comisaría. A veces pasa días enteros sin venir más que a dormir unas pocas horas. Supongo que ahora que estás aquí, tendrá una razón para volver más seguido.

Alessandro dio un par de pasos hacia él, acortando la distancia de manera sutil. La diferencia de estatura y corpulencia se hizo evidente de inmediato.

—¿Y a ti te molesta? ¿La soledad? —preguntó el detective con un tono de voz ligeramente más bajo, con una curiosidad que rayaba en lo íntimo.

Giuliano parpadeó, un tanto descolocado por la pregunta directa del recién llegado. Buscó los ojos grises del hombre y sintió un pequeño vuelco en el estómago al notar la fijeza con la que este lo examinaba.

—Me he acostumbrado —dijo Giuliano, desviando la mirada hacia el pasillo—. Bueno... el baño está justo al lado, como te dije. Si necesitas toallas limpias o cualquier otra cosa, mi habitación es la de enfrente. Solo tienes que tocar la puerta.

—Lo tendré en cuenta —contestó Alessandro con una media sonrisa que no llegó a mostrar sus dientes—. Gracias, Giuliano. Creo que nos llevaremos muy bien durante mi estancia aquí.

Giuliano asintió con la cabeza, sintiendo una repentina necesidad de alejarse de la intensa gravedad que emanaba del detective.

—Te dejo para que te acomodes. Bajaré a preparar algo de cenar antes de que mi padre tenga que volver a salir —anunció el joven dando un paso hacia atrás.

—Te acompaño en un momento —concluyó Alessandro, sin apartar los ojos de él hasta que el muchacho se dio la vuelta y comenzó a descender los escalones.

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