Vol. 1 capítulo 1
Serían 11.460 bolívares, joven -dijo el comerciante con el tono monótono de quien ha repetido la cifra mil veces en un día, mientras sus dedos manchados de tinta de periódico contaban las monedas sobre el mostrador de fórmica desgastada.
-¿Y en dólares? -pregunté, ya con la mano en el bolsillo de mi short, sintiendo el borde áspero de los billetes arrugados.
-Serían... 20,54 dólares. Al cambio de hoy -respondió, encogiéndose de hombros con la indiferencia de quien ve cómo el valor del dinero se desvanece cada amanecer.
-Tenga, quédese con el cambio -respondí sin muchas ganas de esperar por billetes de baja denominación que solo abultarían mi cartera, extendiendo un dólar de 20 y otro de 1 arrugado que olía a cobre y sudor.
Salí de la tienda cargando una bolsa de plástico cuyas asas se me enterraban un poco en los dedos, marcando surcos rojizos en mi piel. Dentro, el tesoro de un mediodía ordinario: una cabeza de ajo con los dientes apretados como mandíbulas, una cebolla que aún conservaba tierra de algún conuco lejano, varios montones de monte -ají dulce para el guiso, cebollín de hojas largas y caídas, perejil rizado y cilantro cuyo olor ya empezaba a impregnar la bolsa- y unos tomates que esperaban convertirse en guiso, firmes y rojos como corazones pequeños. En mi otra mano, el frío consuelo de una lata de malta, cuya condensación humedecía mi palma y dejaba caminitos de agua que resbalaban por mi muñeca.
Al pasar frente al cristal de una farmacia, me detuve un segundo. Una leve mueca de autodesprecio cruzó mi rostro.
-Por lo menos tengo buen rostro... pero estoy físicamente mal con estos kilos -murmuré para mí mismo, mientras el vidrio me devolvía una imagen distorsionada por años de descuido y comida rápida.
Mi reflejo me mostró a un joven de 22 años con un físico que solo podía describir como "redondo". La cara no estaba mal, eso siempre lo supe: facciones proporcionadas, piel morena clara, ojos oscuros y expresivos, una sonrisa que podía ser encantadora cuando me esforzaba. Pero el cuerpo era otra historia. Por eso mi uniforme diario consistía en ropa holgada; la tela pegada al cuerpo me hacía sentir que el aire me faltaba, una presión asfixiante que odiaba con cada fibra de mi ser. Pantalones cortos holgados y camisas XL eran mi armadura contra la mirada ajena, mi coraza contra los comentarios que a veces llegaban en voz baja: "gordo", "tranquilo que eso se quita", "si hicieras ejercicio". La gente no entendía que no era solo peso, era una incomodidad visceral con mi propio volumen.
Sacudí la cabeza y seguí caminando hacia casa, arrastrando los pies con esa pereza crónica de quien preferiría estar frente a una pantalla que haciendo mandados bajo el sol de mediodía. El asfalto caliente despedía un vapor tenue, y el olor a pollo frito de una casa vecina se mezclaba con los gases de los carros.
Entonces, el mundo decidió ponerse pesado.
Sentí una punzada súbita en los ojos, como si un puñado de arena microscópica se hubiera alojado bajo mis párpados. Un ardor químico, irritante, implacable. Cerré y abrí los ojos repetidamente, parpadeando con desesperación, pero el ardor solo aumentaba, volviéndose un fuego líquido que me nublaba la vista. En un arranque de irritación, terminé de un trago mi malta -el líquido dulce y carbonatado bajó sin que apenas lo saboreara-, lancé la lata vacía a un cesto de basura y me restregué los ojos con los dedos, presionando con fuerza como si pudiera arrancar el dolor de cuajo.
-Verga... Odio cuando se mete basura en los ojos... -gruñí, mi voz resonando en la calle vacía.
Mi humor ya estaba por el suelo. Mi mamá me había mandado a comprar estas cosas justo cuando estaba por derrotar al jefe del evento en mi juego, ese maldito dragón de fuego que llevaba tres días dándome problemas. Como hijo mayor en una familia venezolana, mi destino siempre parecía ser el de mandadero en los momentos menos oportunos, el sacrificio humano en el altar de las compras del almuerzo. Seguramente mi personaje ya había muerto, convertido en cenizas digitales, y mis amigos estarían quemando el chat grupal con insultos por mi ausencia. "Dónde está ese hp", "se durmió otra vez", "ya lo mataron".
-Mis amigos me van a matar... -sonreí con amargura, imaginando las burlas mientras el ardor no cedía, transformándose en un pinchazo eléctrico que me hacía lagrimear.
-Coño de la madre, y ahora mis lentes no sirven para un coño -mascullé mientras me los quitaba con manos temblorosas, guardándolos en el bolsillo de la camisa para restregarme con más fuerza.
Por un momento, una voz distorsionada, como una radio mal sintonizada que encontrara señales de otro mundo, vibró en mis oídos. No eran palabras, eran más bien ideas que se colaban en mi cerebro sin pasar por mis tímpanos.
Sa... lo...
Parpadeé, confundido. El dolor aumentaba.
Tie... ue... sal...
-¡Argh, maldita sea! -exclamé, apretando los párpados con tanta fuerza que vi fuegos artificiales negros danzando en mi oscuridad particular.
Por... Tu... Sálvalo.
El dolor cesó de golpe. No disminuyó gradualmente, no se desvaneció: simplemente se apagó, como si alguien hubiera desconectado un interruptor en mi cerebro. El silencio que siguió no era el silencio de mi barrio; no había ruidos de motos a lo lejos, ni el reggaetón del vecino, ni los gritos de los niños jugando en la calle. Era un silencio extraño, vibrante, lleno de murmullos que no reconocía y el sonido de agua corriendo, un agua cristalina y musical que no era el chorro de una tubería.
Con un gruñido final, busqué mis lentes en el bolsillo, me los coloqué con manos aún temblorosas y abrí los ojos.
El mundo había cambiado.
Ya no pisaba el asfalto agrietado de mi calle, lleno de huecos y parches irregulares. Ahora mis pies descansaban sobre piedra pulida, losas de un color grisáceo con vetas azuladas, limpias como si alguien las lavara cada mañana. Estaba en una plaza amplia, rodeada de edificios que no podían existir en mi mundo. Una fuente monumental se erguía a mis espaldas, con agua que caía en cascadas perfectas desde la boca de figuras esculpidas: criaturas mitológicas, leones alados, serpientes emplumadas, todo tallado con un detalle que mis ojos no podían procesar completamente.
Las casas que me rodeaban parecían salidas de una ilustración victoriana pero con esteroides de fantasía: tejados puntiagudos, balcones de madera tallada, ventanas con vitrales que capturaban la luz del sol y la descomponían en arcoíris diminutos sobre el adoquinado. Y la gente... Dios, la gente.
Humanos, sí, pero también criaturas con pelaje y rasgos animales: hombres con orejas de lobo que sobresalían entre cabelleras desordenadas, mujeres con colas de zorro que se enredaban en sus faldas como accesorios vivos, niños con orejas y colas peludas correteando, semi-humanos de todo tipo que caminaban entre la multitud con la naturalidad de quien vive así desde siempre. Todos vestían túnicas medievales de lino y lana, chalecos de cuero repujado con diseños intrincados, capas que ondeaban al viento, o incluso yukatas de seda con estampados de flores y grullas.
Apreté la bolsa de las compras contra mi pecho con una fuerza instintiva, casi animal. No sabía dónde estaba, pero esos tomates me habían costado un ojo de la cara -literalmente, en términos de poder adquisitivo venezolano- y mi mamá me mataría si los perdía en otra dimensión. Esa idea, la de mi madre esperando el almuerzo en algún lugar que ya no existía, me ancló a la realidad cuando todo a mi alrededor gritaba que me había vuelto loco.
-Como sea... quizás sea un dejavu, pero... me hicieron isekai. -Solté un suspiro desganado, con ese tono de resignación que usamos los venezolanos cuando nos pasan cosas absurdas-. Nunca pensé que diría algo tan estúpido en mi vida.
-¡Estoy en otro mundo!
Una voz totalmente emocionada me sacó de mis pensamientos. Miré en la dirección de la voz... y me congelé.
Un chico de unos diecisiete años, con un chándal gris y negro que gritaba "Japón moderno" a pleno pulmón, giraba sobre sí mismo con los brazos extendidos como un niño en su primer parque de diversiones. Pelo negro, corto, ojos brillantes de emoción desbordada, una sonrisa tan amplia que parecía que se le iba a salir de la cara. El típico protagonista de anime isekai. El típico Subaru Natsuki.
Espera... ¿Subaru Natsuki?
Mi cerebro tardó un segundo más de la cuenta en procesar la información. Conocía esa cara. Conocía ese chándal. Conocía esa voz, ese entusiasmo desbordante, esa energía de perro golden retriever atropellando a todo el mundo. Había visto suficientes capítulos, leído suficientes foros, discutido suficientes teorías en grupos de WhatsApp como para reconocer al protagonista de Re:Zero cuando lo tenía a diez metros de distancia.
No puede ser. Esto no puede estar pasando.
Porque si él era Subaru Natsuki, y estaba en Lugunica, y acababa de ser invocado...
Entonces yo también.
Pero antes de que pudiera procesar completamente esa revelación, algo más captó mi atención. Algo mucho más inmediato y perturbador.
Mis manos.
Mis manos aún sostenían la bolsa de las compras, pero... no eran mis manos. Eran más pequeñas, más delgadas, con dedos largos y uñas naturalmente cuidadas que tenían un leve tinte rosado en las puntas. La piel era más clara que la mía, varios tonos más clara, casi pálida, como si nunca hubiera conocido el sol caribeño que había bañado mi vida entera. Las venas apenas se marcaban bajo una piel suave, sin las cicatrices que yo conocía: la de la quemadura con aceite en el nudillo del pulgar, la del corte con el filo del cuaderno en el índice, la callosidad en el dedo medio por escribir tantos años. Todo borrado.
La bolsa de las compras cayó al suelo con un ruido sordo. Los tomates rodaron sobre el adoquinado como pequeños soles rojos escapando de una galaxia de plástico. La cebolla golpeó mis pies -unos pies extraños, más pequeños, calzados con unas sandalias de cuero que yo jamás había visto en mi vida- y siguió su camino hacia la fuente. El ajo rebotó dos veces y se detuvo contra el borde de piedra.
Mis piernas. Podía ver mis piernas bajo unos pantalones cortos que definitivamente no eran los míos -eran de un tejido ligero, color crema, atados con un cordón trenzado-, y eran piernas delgadas, tonificadas, de una longitud que no cuadraba con la perspectiva que había tenido durante veintidós años. Mi estatura. Yo medía uno setenta y cuatro. Ahora todo se veía desde más abajo. Los edificios parecían más altos. La fuente parecía más grande. El mundo entero se había estirado hacia arriba, y yo me había encogido.
-No... no, no, no, no... -Mi voz sonó extraña. Más aguda. Más suave. No mi voz-. Esto no es...
Llevé mis manos -esas manos ajenas- a mi cabeza. Mis dedos encontraron cabello. Mucho cabello. Largo, sedoso, cayendo en cascada sobre mis hombros y mi espalda, de un color negro tan profundo que atrapaba cualquier luz del sol. Seguí palpando, sintiendo el pánico crecer como espuma en mi pecho, subiendo por mi garganta.
Y entonces las encontré.
Orejas.
Dos orejas peludas, triangulares, que no estaban a los lados de mi cabeza sino en la parte superior. Se movieron bajo mi tacto, se aplastaron contra mi cráneo como si también ellas estuvieran asustadas, y yo sentí cada milímetro de ese movimiento como si hubiera tenido esos músculos toda la vida. Podía sentir el viento en ellas. Podía sentir cómo se orientaban hacia los sonidos: el murmullo de la fuente, las conversaciones lejanas, los pasos de Subaru acercándose.
Y detrás de mí, saliendo de la base de mi espalda, un peso que se movía solo. Una cola. Gruesa, peluda, del mismo color que las orejas. La sentí agitarse nerviosamente, azotar el aire una, dos veces, y luego enroscarse alrededor de mi propia cintura en un gesto que mi cuerpo ejecutó sin consultarme, como un mecanismo de autoprotección animal.
Caí de rodillas al borde de la fuente.
El agua cristalina me devolvió un reflejo, y lo que vi me robó el aire que me quedaba.
Una chica me miraba desde la superficie. Cabello largo de un tono negro azabache como un cuervo que flotaba suavemente con la brisa, ojos grandes y almendrados de un dorado intenso con pupilas rasgadas como las de un felino, una nariz pequeña y delicada, labios finos de un rosa pálido, pómulos suaves. Orejas de zorro aplanadas contra el cráneo por el miedo. Una cola de zorro que se movía nerviosa detrás de ella.
Pero no era una chica cualquiera. Era una chica que llevaba mi camisa. Mi camisa XL, la que yo me había puesto esta mañana pensando que me quedaba holgada, y que ahora colgaba de esos hombros estrechos como una tienda de campaña improvisada, dejando al descubierto una clavícula delicada y demasiada piel. Era una chica de unos diecisiete años. Era una chica que medía tal vez un metro sesenta y cuatro. Era una chica que tenía mi bolsa de compras tirada a sus pies, mis tomates regados por el suelo, mi cebolla rodando hacia la libertad.
Era yo.
-Esto... esto no es un isekai normal... -murmuré con esa voz que no era la mía, viendo cómo los labios de la chica del reflejo se movían al unísono con mis palabras-. Esto es una broma de mal gusto.
Mis nuevas orejas captaron el sonido de pasos apresurándose hacia mí. Levanté la vista y vi a Subaru acercándose con expresión de preocupación, con esa nobleza de protagonista que lo caracterizaba.
-¡Oye! ¿Estás bien? ¡Vi que te caíste! -Su voz era exactamente como la recordaba del anime: enérgica, sincera, un poco torpe-. Vaya, esto es increíble, ¿no crees? ¡Otro mundo! ¡Dragones, caballeros, magia! Y tú... -Se detuvo frente a mí, me tendió una mano y su sonrisa se amplió-. Tú también eres nueva aquí, ¿verdad? ¡Tu ropa es de mi mundo!
Me quedé mirando su mano extendida. Luego miré mi reflejo en el agua. Luego mis manos pequeñas. Luego las orejas que se movían solas sobre mi cabeza. Luego la cola que no dejaba de agitarse como un metrónomo del pánico.
-Sí... -respondí finalmente, con un hilo de voz que no reconocía como propia-. Nueva es... una forma de decirlo.
Subaru inclinó la cabeza, confundido por mi tono, pero su sonrisa no vaciló. Su mano seguía allí, tendida, esperando.
Y yo, atrapado en un cuerpo que no era mío, en un mundo que no debería existir, junto al protagonista de una historia que conocía demasiado bien, solo pude pensar en una cosa mientras mi cola se enroscaba más fuerte alrededor de mi cintura:
Mi mamá me va a matar por perder los tomates.
Mis dedos, aún torpes y ajenos en sus movimientos, recogieron los tomates uno a uno del suelo de piedra. Rodaban con una lentitud exasperante, como si también ellos estuvieran desorientados en este nuevo mundo. La cebolla había llegado hasta el borde de la fuente y tuve que estirarme para alcanzarla, sintiendo cómo mi nuevo centro de gravedad -más bajo, más ligero- me obligaba a recalcular cada movimiento. Los ajos se habían dispersado como canicas y tuve que perseguirlos agachándome varias veces, consciente de que mi cola se movía a mis espaldas con vida propia, como un péndulo nervioso que delataba mi ansiedad.
Los tomé y los puse en la bolsa con todo lo demás que se me había caído. La bolsa de plástico, absurda y mundana, era el único objeto que me conectaba con mi vida anterior. Allí seguían el perejil, el cebollín, el cilantro, aplastados pero enteros, oliendo a hogar y a almuerzo interrumpido.
Subaru seguía de pie frente a mí, con la mano aún extendida en un gesto que empezaba a volverse incómodo por lo prolongado. Su sonrisa no flaqueaba, pero en sus ojos -esos ojos que el anime siempre describía como "de mirada tenebrosa"- empezaba a asomar una chispa de confusión.
-¿Eh... estás bien? ¿Te golpeaste muy fuerte? -preguntó, inclinando la cabeza como un perro que no entiende por qué no le lanzan la pelota.
-Sí, sí... solo... dame un segundo -respondí, usando esa voz nueva que salía de mi garganta como si perteneciera a otra persona. Porque pertenecía a otra persona. A esta chica zorro de ojos dorados que me miraba desde el reflejo del agua.
Me incorporé lentamente, sacudiéndome las rodillas del pantalón corto color crema. La camisa XL me colgaba de un hombro, dejando al descubierto una clavícula que no era la mía y una piel demasiado pálida para ser caribeña. Me la ajusté con un gesto instintivo, cubriéndome, sintiendo una incomodidad nueva: no la de antes, la del volumen excesivo, sino la de habitar una forma que no reconocía como propia.
Entonces, con toda la discreción que pude reunir, aproveché el movimiento para palparme.
Primero el pecho. Mis dedos -delgados, de uñas rosadas- presionaron la tela de la camisa contra mi torso. Nada. Plano. Liso como una tabla, sin el más mínimo indicio de volumen. Mi corazón, que ya iba acelerado, dio un vuelco adicional. ¿Era un cuerpo masculino extremadamente delgado y andrógino, o era un cuerpo femenino sin desarrollo?
Necesitaba confirmación.
Con el pretexto de sacudirme el "sucio" de la caída, dejé que mi mano bajara con fingida naturalidad hasta la entrepierna, presionando suavemente sobre la tela ligera del pantalón.
Y entonces sentí algo.
Algo familiar. Algo inequívocamente masculino.
Pene. Y bolas.
Bien.
Un suspiro que no supe si era de alivio o de incredulidad escapó de mis labios. Mi cola, traicionera, se agitó dos veces en el aire antes de enroscarse de nuevo alrededor de mi cintura, como si ella también necesitara procesar la información.
-Bien... -murmuré para mis adentros, con los ojos todavía fijos en el suelo-. Tengo pene y bolas en el cuerpo de una chica anime. -Hice una pausa, saboreando lo absurdo de la frase que acababa de pronunciar, incluso en susurro-. Por lo menos no cambié de género, solo de cuerpo y apariencia. Podría ser peor. Podría ser mucho peor.
Era un consuelo extraño, casi ridículo, pero en ese momento me aferré a él como un náufrago a una tabla. Mi identidad, mi sentido de quién era, ya había recibido suficientes golpes en los últimos dos minutos. Si además hubiera tenido que lidiar con un cambio de sexo completo, probablemente me habría tirado de cabeza a la fuente y me habría quedado allí hasta ahogarme o hasta que alguien me sacara.
-¿Seguro que estás bien? -La voz de Subaru me trajo de vuelta. Seguía allí, con la mano extendida, aunque ahora su expresión empezaba a teñirse de una preocupación más genuina-. Estás hablando sola... y te estás tocando raro.
Lo último lo dijo bajando un poco la voz, con un tono que intentaba ser educado pero que no podía ocultar cierta incomodidad. Justo en ese momento caí en cuenta de que mi mano seguía apoyada en mi entrepierna, en lo que probablemente parecía un gesto extrañísimo para un espectador externo.
Retiré la mano como si me hubiera quemado.
-No es lo que parece -dije, demasiado rápido.
-Ah... eh... claro, no es mi asunto -respondió Subaru, rascándose la nuca con una risa nerviosa-. Cada quien tiene sus... costumbres.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. El agua de la fuente seguía cayendo con su murmullo constante. A lo lejos, una mujer con orejas de gato regateaba el precio de unas telas. El sol de Lugunica brillaba sobre los tejados puntiagudos, ajeno por completo a la crisis existencial que yo estaba atravesando.
Subaru carraspeó, claramente decidido a romper el hielo y fingir que no había visto a una chica zorro tocándose la entrepierna en público.
-Entonces... ¿cómo te llamas? ¡Yo soy Natsuki Subaru! -Se presentó con una energía renovada, golpeándose el pecho con el pulgar en un gesto que destilaba protagonismo de anime-. ¡Recién llegado a este mundo de fantasía y listo para la aventura!
Levanté la vista hacia sus ojos.
Y los miré de verdad.
En el anime, siempre decían que Subaru tenía una "mirada tenebrosa". Los personajes lo mencionaban una y otra vez: Emilia, Rem, Ram, incluso los aldeanos. "Tus ojos dan miedo", "tienes una expresión fea", "pareces un delincuente". Y allí, en persona, a menos de un metro de distancia, pude entender por qué.
No era que sus ojos fueran feos en el sentido estético. Eran ojos grandes, oscuros, con un iris que ocupaba buena parte del globo ocular. Pero había algo en la forma en que miraba: una intensidad desbordada, una emoción a flor de piel que no sabía moderarse, una necesidad casi desesperada de conectar que resultaba abrumadora. Era la mirada de alguien que había pasado demasiado tiempo aislado, que no sabía dosificar su entusiasmo, que se lanzaba de cabeza a las interacciones sociales con la misma torpeza con la que se lanzaría a luchar contra un dragón.
Sí. Definitivamente era una expresión fea. Pero no de las que provocan rechazo, sino de las que provocan una ternura extraña, como ver a un cachorro demasiado grande que no sabe que ya no es un cachorro.
-Todavía no me decido por mi nombre aquí -respondí finalmente, desviando la mirada hacia un punto indefinido sobre su hombro-. Dame tiempo para pensar en algo.
-¡Ah! ¿Como un nombre de personaje? ¡Eso es genial! -Subaru pareció encantado con la idea, sus ojos brillando todavía más-. Como en los juegos, cuando creas tu avatar y eliges un nickname épico. ¡Yo debería hacer eso también! Aunque... supongo que Subaru ya es bastante épico de por sí. -Hizo una pausa, llevándose una mano a la barbilla en un gesto pensativo-. Pero si tú todavía no tienes nombre... ¿cómo te llamo mientras tanto?
Me encogí de hombros, sintiendo cómo mis orejas de zorro se movían hacia adelante, orientándose hacia él sin mi permiso. Tenía que aprender a controlar eso.
-Como quieras. Zorro. Chica. Tú. Lo que te salga.
-¡No puedo llamarte "Zorro"! ¡Eso es muy frío! -protestó Subaru, agitando las manos-. Tiene que ser algo más... no sé... ¡más amigable! ¡Somos compañeros de invocación! ¡Los únicos dos terrícolas en este mundo! ¡Tenemos que apoyarnos mutuamente!
Compañeros de invocación. La frase resonó en mi cabeza con un peso que Subaru no podía entender. Él no sabía que yo conocía su historia. Él no sabía que yo sabía lo que le esperaba: las muertes, el sufrimiento, el Retorno a la Muerte, la bruja, el culto, los arzobispos, los bucles infinitos de desesperación. Él no sabía nada de eso todavía. Para él, esto era una aventura. Un sueño hecho realidad.
Para mí, era una condena compartida.
Pero también era una oportunidad. Porque si yo estaba aquí, si había sido invocado al mismo tiempo y al mismo lugar que Subaru Natsuki, quizás podía cambiar algo. Quizás podía evitar algunas de las tragedias que sabía que se avecinaban. Quizás podía...
Mi estómago rugió.
Fuerte. Muy fuerte. Un sonido profundo y prolongado que resonó en la plaza como un trueno en miniatura. Mis orejas se aplastaron instantáneamente contra mi cráneo, y mi cola se erizó en una explosión de pelaje negro. Subaru parpadeó, sorprendido, y luego soltó una carcajada.
-¡Ja, ja, ja. Supongo que tienes hambre! ¡Yo también! ¡No he comido nada desde que llegué!
-No he comido nada en todo el día -admití, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas. ¿Las chicas zorro se sonrojaban? Por la forma en que me ardía la cara, supuse que sí.
-¡Entonces vamos a buscar algo! -Subaru señaló hacia la calle principal con un gesto grandioso-. ¡En los mundos de fantasía siempre hay tabernas! ¡O puestos de comida! ¡O frutas exóticas que curan estados alterados! ¡Vamos, vamos!
Empezó a caminar con esa energía inagotable que lo caracterizaba, y yo, sin muchas opciones, lo seguí. Mi cola se balanceaba detrás de mí con un ritmo vacilante, todavía sin decidir si estábamos a salvo o no. La bolsa de las compras colgaba de mi mano, los tomates golpeándose suavemente unos contra otros con cada paso, la cebolla dejando un rastro tenue de tierra sobre la piedra.
Antes de alejarme del todo de la fuente, lancé una última mirada a mi reflejo en el agua. La chica zorro de ojos dorados me devolvió la mirada, con el cabello negro flotando como tinta en la brisa y una expresión que mezclaba el pánico, la resignación y una chispa minúscula de determinación.
-Esto va a ser un desastre -murmuré para mí misma. Para mí mismo. Para lo que fuera que era ahora.
Y luego, apretando la bolsa contra mi pecho, seguí a Subaru Natsuki hacia las calles de Lugunica, hacia el primer día del resto de una vida que no me pertenecía, en un cuerpo que no reconocía, con una cola que no paraba de moverse y el recuerdo persistente de un dragón de fuego que nunca llegué a derrotar.
Mi personaje seguía muerto en el juego. Mis amigos seguían putiando mi ausencia en el chat grupal. Y mi mamá seguía esperando el almuerzo en algún lugar que ya no existía.
Pero al menos tenía pene.
Eso era algo.








