Prologo
PRÓLOGO
La muchacha permanecía inmóvil bajo el alero de las caballerizas mientras el viento de la tarde agitaba con suavidad el borde de su falda. Había aprendido que la quietud también era una forma de obediencia y, en la hacienda MANGJA, la obediencia era la virtud más preciada después de la fe.
Sintió la mano de su hombre deslizarse lentamente sobre su muslo desnudo. No retrocedió. Tampoco desvió la mirada del suelo.
Aquel contacto no despertaba vergüenza ni temor; al contrario, era la confirmación de que había sido considerada digna. Él la había elegido meses atrás, después de regresar de una misión en la que desmanteló una organización criminal japonesa a las afueras de Seúl. Como recompensa, la Iglesia le había concedido una mujer del convento más cercano.
Ella.
Todavía recordaba el día en que la madre superiora pronunció su nombre frente a todas las novicias. Había caído de rodillas convencida de que Dios, por fin, había escuchado sus plegarias.
El hombre retiró la mano de su pierna con la misma serenidad con la que un sacerdote concluye una oración y acomodó la tela sobre sus rodillas antes de besarle la frente.
—Has sido una buena mujer.
Aquellas palabras bastaron para llenar su pecho de orgullo.
Mientras él se alejaba hacia la casona principal, ella permaneció unos segundos contemplando los extensos arrozales que rodeaban la hacienda. Desde allí, el lugar parecía un refugio bendecido por Dios.
Nadie hubiera imaginado que, entre aquellos jardines impecables y aquellas tierras fértiles, se ocultaba una de las organizaciones criminales más temidas del país.
El pecado se respiraba en la hacienda MANGJA.
Ubicada en Noksan, a las afueras de Seúl, la propiedad permanecía aislada del resto del mundo. Los pueblos cercanos evitaban siquiera mencionar su nombre.
Todos sabían que los hombres que habitaban aquella casona cargaban sobre los hombros innumerables muertes, aunque ninguno se atrevía a llamarlos simples asesinos.
Los MANGJA se consideraban servidores de Dios.
Antes de cada misión rezaban en la pequeña capilla que habían construido dentro de la hacienda y, al regresar, lavaban sus manos ensangrentadas en una pila de agua bendita antes de cambiar sus ropas. Creían que la violencia, cuando era ejercida en favor de un propósito mayor, podía encontrar absolución.
Durante décadas, la Iglesia recompensó sus servicios con oro, reliquias y favores políticos. Sin embargo, con el paso de los años comprendieron que existía una ofrenda mucho más valiosa.
Las mujeres.
Cada cierto tiempo, los conventos enviaban novicias para servir en la hacienda. Ninguna era obligada. Desde niñas habían sido educadas para creer que convertirse en la mujer de uno de aquellos hombres era el mayor honor al que podían aspirar.
Las que no eran elegidas continuaban dedicando su vida a las obras de caridad. Las afortunadas, en cambio, abandonaban el convento convencidas de que Dios les había concedido la gracia más grande de todas.
Lo que ninguna alcanzaba a comprender era que, en la hacienda MANGJA, la línea que separaba la devoción del pecado era tan delgada que, una vez cruzada, resultaba imposible distinguir dónde terminaba una y comenzaba la otra.

He acudido a sus plegarias hermanas moradas y espero que esto sea de todo su gusto <3
Quiero saber sus primeras impresiones








