Legion Ii Las Doce Monedas by MARIO at Inkitt
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LEGION II Las doce monedas

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Summary

«Un demonio parcial que compra almas saludables. Se consume al huésped mientras habita en él y se apodera por completo de su mente cuando el portador reúne las doce monedas».Roberto Herrera López era un bicho del montón en San Salvador: desempleado, quebrado y atrapado por el luto de su madre. Pero la muerte de su progenitora desentierra un pacto de sangre colonial y la primera de doce misteriosas monedas de oro romano. Al tocarla, el espectro de su gemelo muerto se materializa y un sombrero de cuero quemado aparece en su espalda, otorgándole una mirada hipnótica y una fuerza inhumana. Roberto está cambiando. Se está convirtiendo en el Justo Juez de la Noche.Mientras Roberto arranca candados y desata su sadismo místico para cazar el resto del botín, el Vaticano activa a la Orden de Matías. Desde Roma hasta las faldas del Volcán de Izalco, la Iglesia, una secta internacional que adora a Moloch y las brujas del fuego se cruzarán en una guerra civil infernal donde no existen las casualidades.Fantasía oscura, horror corporal y suspenso criminal en el corazón de El Salvador. La gran cacería por la llave de la serpiente ha comenzado.

Genre
Horror
Author
MARIO
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

PRIMERA MONEDA

El silencio en aquella sala lo rompía la aguja segundera del viejo reloj. Era un espacio ni muy grande ni muy chico: lo suficiente para una mesa de comedor y los sillones de un juego de sala de tamaño económico. En la pared, las fotografías de Roberto Herrera López describían cronológicamente su vida. Sus diplomas desde el kínder, la educación básica, el bachillerato y hasta algún curso de inglés. Recuerdos de fiestas infantiles donde el común denominador era su sonrisa.

Ni una sola foto de ella... su madre. Si bien su rostro no figuraba en ninguna fotografía de esas paredes, el amor con el que ella lo había criado habitaba allí. Rebasaba en cada objeto, no solo en los muros, sino en toda la casa.Roberto estaba sentado con las piernas separadas y las manos colgando entre ellas.

Cabizbajo, evidenciaba pesadez. Sus ojos estaban llorosos, ojerosos, cansados. Él no pasaba de los treinta años y carecía de recuerdos de su padre, de quien alguna vez le dijeron el nombre. Se suponía que ese señor solo la acompañó por dos años de su vida y que el alcohol se lo llevó a la tumba. Se hizo alcohólico después de la muerte del hermano gemelo de Roberto. Un bebé que no alcanzó los veinticuatro meses de edad; la meningitis truncó su corta vida y se lo llevó al cielo, según su madre. Solo Roberto y ella quedaban de esa familia.La puerta de la habitación principal, como es de suponer en esas casas de clase no privilegiada, estaba junto al comedor.

Precisamente de allí salió un quejido gutural, más sonoro que el tic-tac del reloj.

—Robertío...Era la voz de su madre que despertaba.

Roberto pasó por la cocina, sirvió un vaso con agua y entró a la habitación. Postrada en la cama yacía su desahuciada progenitora.

—¿Cómo está, mami?

—Muriendo, hijo...

Roberto no supo qué responder. Tenía casi dos semanas de escuchar lo mismo. Lo cierto es que era verdad: el cáncer estaba en etapa terminal y los médicos esperaban que expirara en cualquier momento. Es más, para ellos debía haber muerto hacía unos diez días. Ella, obstinada, se negó a hacerlo en el hospital. Suplicó morir en su casa. Roberto, su hijo obediente, se comprometió a cumplírselo. Él la cuidaría hasta el último segundo y ahí estaba, junto a ella, viendo cómo dejaba de ser de acero para convertirse en un vago recuerdo tras sus ojos semicerrados. Solo era una sombra de lo fuerte que fue.

—Mi amor...

—No se esfuerce, madre...

—Mi amor, creo que sé por qué no puedo morir...

—Porque es una roca demasiado fuerte...

—No, hijo...

Él le acomodó la almohada e hizo que ella bebiera el agua. Le revisó el pañal. Pensó que le regresaba esa acción que ella debió hacer una infinidad de veces con él cuando era un bebé. Terminó y tomó el camino de regreso a la sala, pero ella lo detuvo:

—¡Hijo!

—Dígame... —respondió él, deteniendo el paso.

—Sentate aquí a mi lado... tengo que confesarte algo...

—Mamá...

Roberto pensó en darle una excusa para salir de la habitación; ella desvariaba mucho y no decía nada coherente. Pero optó por obedecer. Se sentó a la orilla de la cama y ella empezó a hablar.

—Por favor, no vayas a interrumpirme...

—Madre...

—Eran ustedes los dos bebés más hermosos del mundo. Rosaditos, gorditos y glotones... Me parece verlos de nuevo, idénticos... Es más, no tengo que esforzarme para imaginar a tu hermano a mi izquierda, así como tú estás a mi derecha. Como dos gotas de agua. Para Rigoberto, tu papá, lo eran todo. No había día que no llevara a casa un juguete nuevo para ustedes... Éramos muy felices... Luego vinieron ellos...

Roberto la escuchaba atento. Ella parecía estar hilando ideas; no estaba desvariando como otras veces.

—¿Quiénes? —preguntó interesado.

—Esos hombres de traje y corbata... Se llevaron todo. Todo... Solo nos dejaron deudas. Nos cobraron dinero que no debíamos ni teníamos. Rigo se encerraba en el cuarto a hacer cuentas. Prestaba dinero para comprarles leche y pañales. No dormía. Estaba tenso, desesperado. Mucho más cuando los escuchaba llorar de hambre. Y yo... yo no lo ayudé. Al contrario, más le reclamaba que nos tenía en la miseria.

—Mamá... no se culpe usted...

—¡Espera!... No me interrumpas, por favor. Llegó ese maldito día en que me entregó una bolsa con solo dos pañales y una bolsita de leche. Había llorado mucho, yo lo supe, sus ojos lo delataron. Él trataba de hacerse el fuerte, siempre lo hacía frente a mí; no me mostraba lo débil que era. Se encerró de nuevo en el cuarto y volvió a llorar. Daguito empezó con la calentura, cada vez más caliente. Lo bañé, le di acetaminofén y la fiebre no bajaba. Mi niño, mi bebé, hasta las fuerzas para llorar se le fueron. Aguadito, como muñeco de trapo. Lo llevamos a la clínica de Aguilares. Rigo lloraba con él. Nuestro bebé se nos moría. Esa noche la pasamos al lado de la cuna de la clínica. Tú dormías en mis brazos y tu hermano no tenía paz. Los médicos nada pudieron hacer... Me dieron su cuerpecito a las once de la mañana. Una tía de Rigo nos regaló la cajita blanca en la que lo velamos esa noche. Ni para comprársela teníamos...

Era la primera vez que Roberto escuchaba esa historia. Él había preguntado tantas veces sobre la muerte de su hermano y siempre recibió la misma respuesta: un silencio de hielo que jamás pudo descifrar.

—Todos los velorios son tristes. Según la muerte y quién sea el difunto, así se llora. Pero la muerte de un bebé es la que más dolor produce. Todos lloran por lo que sufren los padres... Mi angelito aún no estaba bautizado. Parecía un muñequito en su estuche... Vivíamos en Tejutla, adelante del desvío de Amayo en Chalatenango, justo en la explanada después del triángulo de la entrada, antes de la iglesia católica. Era un mesón. La dueña nos arregló para la vela el cuarto de la entrada, el que daba a la calle empedrada. Muchos llegaron con pan dulce y café. El gentío era exagerado. El padre Ottoniel llegó desde Chalate, pues corrimos a buscarlo. Para eso fue tarde... Lo bendijo y le puso agua bendita en la frente, pero fue por gusto.»Esa noche yo no estaba pendiente del reloj. Yo estaba como noria, solo llorando. A ti te cuidaba la que más tarde sería tu madrina, mi comadre. Rigo bebía, pero estaba muy de los nervios. Se le notaba. Él sí miraba el reloj, como esperando algo. Me contaron que ya casi eran las doce cuando el viento empezó a zumbar helado... Traía consigo un olor raro a azufre con monte quemado. Las mujeres se envolvían en sus chales y los hombres se acomodaban los sombreros. Sin darnos cuenta, de a poco los chuchos ladraban casi a coro. Esa jauría venía de lejos y cada vez más cerca.»Cuentan los que estaban en la puerta del mesón que vieron una figura negra llegar a caballo al triángulo de la calle, donde se divide el camino. Un animal prieto, azabache y enorme. El jinete no se dejaba ver la cara. Solo figuraba como una sombra, todo negro, desde las botas y las espuelas hasta el sombrero. A trote lento subió por la calle empedrada. A su paso, el eco del sonido de los cascos retumbaba en las paredes de adobe de todas las casas. Parecía que las nubes del cielo tomaban tonos oscuros a su espalda... y los chuchos no dejaban de ladrar...»Yo solo escuchaba mi corazón latir. Sabía que algo malo venía. Hasta los rezos pararon. El padre Otto se puso pálido... Rigo se levantó y se paró frente a la puerta como esperando a esa cosa. A cada golpe de los cascos de ese caballo infernal en las piedras de la calle, chispas de sus herraduras iluminaban la oscuridad de la medianoche. No había otro sonido más que eso y mis gemidos por Daguito.»Se detuvo frente a la puerta. Vi sus ojos como ventanas al averno, vacíos y opacos. Miró la cajita en medio de la sala, luego nos vio a todos con desprecio y detuvo su vista sobre ti, que estabas en brazos de la comadre. Se sacudió la capa que lo cubría como un enorme chal y en su cintura se dejó ver esa pistolota negra. Y atrás de ella, una bolsa como de yute negro. Se la destrabó de la cintura y la arrojó a los pies de Rigo. Se echó de ver que la bolsa era pesada. El sonido era inconfundible: allí iban monedas.

Roberto pensó para sí que esa historia era una más del folclor nacional. Uno de tantos relatos que su madre retomaba en la demencia previa a su muerte.

—Tu padre vendió el alma de Dagoberto —continuó la vieja—. Nunca se lo perdoné. Él tampoco se lo perdonó a sí mismo. No tocó jamás con sus manos la bolsa de las monedas. Se entregó a la botella. Entre más bebía, más lloraba. Yo recogí la bolsa y conté doce monedas de oro. Todas llevaban su propio número. Pesaba cada una casi cuatro onzas. Cuando Rigo murió, le tiré las monedas en la caja para que allí terminara lo que hizo el muy maldito.

Robertodio un suspiro de alivio. La historia parecía terminar. Le dedicó una mirada de condescendencia a su madre, pero ella señaló el clóset de la habitación con un dedo tembloroso.—Lo que no me deja morir, hijo, es que me quedé con algo. Allí está colgado un saco de Rigoberto. Ese vejestorio que nunca tiré a la basura. En el bolsillo de la solapa... allí está lo que queda de Daguito. Allí está lo que me ata a este mundo...

Su mano cansada cayó a la cama. Su expirar fue breve y delicado. Los ojos de Roberto se abrieron a más no poder. Tomó en sus manos el cuerpo sin vida de su madre y la lloró con el alma. De esa alma le brotaron las lágrimas que le alcanzaron ininterrumpidamente para la vela, el entierro y los nueve días de rezos que, como a buena católica, le hicieron.

Después del novenario regresó a la casa con desgana. Ese refugio materno estaba impregnado de ella, y la ausencia golpeaba con la fuerza de una locomotora. Armado de valor, llegó con la idea de limpiar todo. Desechar lo innecesario y atesorar lo mínimo. Lo realmente valioso ya lo llevaba por dentro. Poco a poco, las cajas de cartón sustituyeron los adornos y los enseres. Dentro de ellas metió la cotidianidad junto a los recuerdos.

Llegó al armario de la ropa; el olor a mamá lo inundó. Los ojos se le humedecieron nuevamente. Con cada vestido que descolgaba del perchero, un recuerdo le impactaba el corazón. Los doblaba y los colocaba dentro de una caja.Al fondo del clóset seguía colgada una chaqueta vieja. De una moda de otro siglo. Su madre juraba que pertenecía a Rigoberto. Por el diseño, parecía estrenada por su tatarabuelo. Por más que la viera, su único destino era la basura. La tomó y la sacudió para quitarle el polvo. Era una tela fina pero antigua. Se la puso y se miró al espejo. Revisó los bolsillos exteriores. Encontró un rosario de plata, el mismo que usaba su madre. Acomodó la solapa y descubrió un bolsillo interno. Metió la mano. Sacó una moneda.La pieza tenía casi medio centímetro de grosor y unos seis de diámetro. Pesada. En un lado mostraba el perfil de una bella mujer llorando. En el opuesto, una letra «I» mayúscula, el número uno en romano, rodeado de laureles. No tenía más relieve.Robertola sopesó. Se admiró de su peso y de lo sólida que se sentía. Dio unos pasos con la mirada fija en el metal y luego levantó la vista.

Entonces lo vio de pie frente a él. Traslúcido y fatuo.Roberto dio un salto del susto. La moneda cayó al piso. Exclamó algo inentendible, pero la expresión de ese ser fue idéntica. El espectro miró extrañado hacia todos lados. Era como si su propio reflejo, tal cual espejo, flotara frente a él. Idéntico.

—¡Mierda!

El miedo lo atravesó. El espíritu también se extrañaba de poder ser visto.

—¿Podés verme? —preguntó la aparición.

Roberto no respondió con palabras. Sus ojos llenos de pánico hablaron por él.

—¡Sí! ¡Podés verme!

Robertoseguía sin salir del shock. Temblaba.

—Ja, ja, ja... podés verme —el ser puso rostro serio—. Soy yo, Dagoberto.

—Dago murió siendo un bebé —respondió Roberto con dificultad.

—Así es. No me preguntés cómo ni por qué... pero yo crecí contigo.

—Mi hermano ni aprendió a hablar bien.

—Pues siempre he estado a tu lado. Asistí a la escuela contigo. Siempre como tu sombra, sin ser escuchado, sin hacer estorbo.

—Eso no es posible.

—¡Pues lo es!

—No, no, no... ¿o sí?

—Siempre me pregunté cómo sería si pudiésemos hablar entre nosotros.

—No, no, no —la expresión de Roberto era de total confusión—.

—¿Querés que te lo compruebe?—...—Tu primera novia se llamaba Sandra, en cuarto grado. Te cortó ese mismo año porque le gustaba otro cipote. Perdiste la virginidad con Wendy, a los catorce años. Te enamoraste de la profesora de ciencias en el bachillerato que, casualmente, también se llamaba Sandra, y copiaste en la PAES.

—No copié. Solo me aseguraba de las respuestas.

—Lo peor es que no dejás el hábito de masturbarte en la ducha. Mamá lo sabía, siempre lo supo. No sabés cómo en sus oraciones pedía que se te quitara esa costumbre.

Roberto cambió el semblante por uno de pura vergüenza. Ambos guardaron silencio, unidos por el recuerdo de la vieja.

—¿Cómo eran las caricias de mamá? —preguntó el espectro.

—Como la más suave seda...

—Tampoco sé qué tan suave es la seda.

—Debe ser triste tu vida.—¡Existencia! Esto no es vida, pero eso hoy cambió. No sabés lo agradable que es poder hablar con alguien.

—¿Nunca te encontraste a otro espíritu? ¿Otro fantasma?

—Sí, los he visto. Pero todos solo lloran, se quejan y, aunque los escucho, parecen no salir de sí mismos. Yo no diría que conversan; repiten cosas. Nada más...

—Eso sí es extraño.

—Me considero único. En mi existencia junto a ti, llegué a pensar que la diferencia la hacés tú.

—¿Yo?

—Bueno... nosotros. El ser gemelos nos hace peculiares en esta situación.

—¿Porque fuimos un solo óvulo en mamá?

—Cabe la posibilidad de que fuimos una sola alma en algún tiempo. Tiene lógica.

Pasado el espanto,Roberto se encontró cómodo hablando con su hermano. Como si fuera algo normal. Dagoberto lo entendía y existía una confianza instantánea. Repasaron viejos momentos de la vida de Roberto que el espectro aseguraba haber disfrutado o sufrido, según el caso. Rieron, se lamentaron y el tiempo avanzó sin que lo notaran. El espectro advirtió de repente:

—Tenés que comer algo... Ya pasó la hora de la cena.

—Ya veré qué busco en la cocina.

—Tú sabés que en la cocina no hay nada.

—Debe haber algo.

—¿Cómo harás para conseguir dinero? Mañana también habrá hambre.

Dagoberto sabía muy bien que, por cuidar a su madre, Roberto perdió su empleo. Un puesto mediocre de asistente contable cuyo salario apenas cubrió la comida de los últimos días. Ya no le quedaba nada.

—Venderé la casa y pondré un negocio —decidió Roberto.

—¿Andá a saber si empezás vendiendo esa moneda? —sugirió Dago—. Así tendrías para pasar los días mientras encontrás quién te compre la casa.

—Tenés razón. El trámite de la venta es lento.

Recogió la moneda del piso, la examinó al detalle y exclamó:

—No soy de joyas ni de monedas, pero creo que podrían darme unos quinientos dólares.

—Pero eso mañana... Busca de comer algo para hoy.

Roberto obedeció. Encontró unas tortillas aún comestibles y un tamal que sobró del novenario. También quedaba café. Luego se acomodó en la cama mientras su hermano pululaba por la casa como un niño inquieto. Por la mañana, al levantarse adormitado y con urgencia de ir al baño, se sobresaltó en el pasillo al escuchar una voz:

—¡Buenos días! —saludó Dagoberto, muy alegre.

—¡Juepu...! ¡No me asustés!

—Ja, ja, ja... perdón.

—Me va a costar acostumbrarme. Pensé que lo de ayer había sido un sueño.

—Pues ya ves que no es así.

Robertotomó una ducha con cierto recelo. Se sentía extraño al asumir que en sus momentos de total intimidad nunca estuvo solo. Eso hoy le parecía totalmente absurdo. Luego se cambió de ropa.

—¿Cómo hacés para cambiar de ropa? —preguntó Roberto.

—Tú lo hacés. En este momento me ves con esta camisa igual a la que usaste antes de ducharte. En unos momentos mi ropa cambiará como la tuya.

—Siempre terminamos vestidos igual?

—Sí, siempre.

—Verte es verme en el espejo.

Salieron a la calle en busca de un lugar donde compraran oro. En el camino hablaron poco.

—No quiero que la gente en la calle me vea como un loco que habla solo —advirtió Roberto.

Recorrieron una parte del centro de San Salvador y llegaron a una compra y empeño de joyas llamada «Klondike», ubicada en la calle Arce.

—¿Por qué ese lugar? —preguntó Dagoberto.

—Porque en Patoaventuras el tío McPato dijo que conoció a Goldie allí.

—¿Allí?

—Bueno... no aquí, pero así se llamaba el lugar. Cuando niño siempre pasaba por esta calle en el autobús. Leía el letrero e imaginaba que era aquí...

—Sos raro...

—¿Yo soy el traslúcido?

Entraron, en el local solo estaba un viejo regordete de lentes gruesos, concentrado en un periódico.

—¡Buenos días! —saludó Roberto.

—¡Buenos días! —contestó el viejo con una sonrisa.

—Quiero que valúe una pieza.

El viejo se levantó de su asiento. Caminó hacia el mostrador y tomó una lupa. Hizo todo como si se moviera en cámara lenta; quizás por la edad o por un problema ortopédico.

Su rostro se iluminó, como si agradeciera la llegada de una buena oportunidad de negocio. Roberto buscó en el bolsillo la moneda, la revisó y se la entregó al viejo regordete, quien exclamó:

—Veamos qué tenemos aquí.

Sopesó el metal. Su rostro evidenció admiración. De la gaveta de su escritorio tomó un líquido y dejó caer una gota sobre el costado de la moneda. La colocó en una báscula. Tras un suspiro de satisfacción, miró a Roberto:

—¿La quiere vender?

—Primero quiero saber cuánto vale.

—Si es por peso, no acepte menos de dos mil dólares. Pero yo le recomiendo que busque a un coleccionista. A pesar de estar bien cuidada, es evidente que la moneda es antigua. El relieve de la mujer que llora puede determinar la fecha y el motivo de fabricación. Quizás pueda ser mucho más valiosa.

—Hmm, por peso... ¿me la compraría usted?

—Claro que sí, ¡sin dudarlo!

—Lo pensaré.

—Como usted guste.

Roberto salió del local con el rostro pensativo. Dagoberto preguntó extrañado:

—¿Por qué no se la vendiste?

—¿No lo escuchaste? Podría ser mucho más valiosa...

—El «podría» no te va a dar de desayunar.

—Si mato mi hambre hoy, puede que no pueda matarla mañana...

—¿Andá a saber si la empeñás?

—Cabe la posibilidad de que le quiten peso o la falsifiquen. No quiero correr riesgos. Además, ¡qué joder con comer! El que está vivo soy yo. Yo debería preocuparme por comer —reclamó Roberto con tono de molestia.

—Me da hambre... —murmuró el espectro en tono suave.

—¿Te da hambre? —Roberto se detuvo, muy extrañado—. ¿Sí? ¿Y qué comés?

—Nada... A mí se me quita el hambre cuando tú comés.

—Eso sí me parece totalmente extraño... pero me has convencido. Enseguida vamos por comida.

—¿Con qué dinero, si no has querido vender la moneda?

—Vámonos para la Catedral. Allá conseguiré algo de dinero.

Caminaron calle abajo. Una cuadra antes de la Catedral Metropolitana se desviaron hacia la avenida España. Allí encontraron una joyería con objetos religiosos en el escaparate. Divino Corazón de Jesús decía el letrero de la entrada.

—Buenos días... —saludó Roberto.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle? —correspondió una señora cincuentona de sonrisa amplia.

—Le traigo una ganga —anunció Roberto, mientras colocaba sobre el mostrador el rosario de plata de su madre. La mujer lo examinó. Sin más que agregar, sentenció:

—No puedo darle más de cincuenta dólares por él.

—Setenta y cinco quiero yo —exigió con voz segura.

—Sesenta.

—Setenta y cinco.

—Sesenta y cinco.

—Setenta y cinco.

—Está bien, pero no vaya a andar diciendo que me ha estafado.

—La que va a ir presumiendo un rosario de plata a la iglesia será usted. Yo a nadie le diré que rematé una reliquia familiar.

—Le daré noventa y ninguno de los dos terminará con remordimientos.

Salieron del bazar. Roberto se dirigió hacia el Palacio Nacional. Dagoberto lo miraba con extrañeza:

—No te conocía esas habilidades de negociante.

—Ni yo sabía que las tenía. Decime, ¿qué querés comer?

—Me da igual. Yo no sé de sabores; solo se me quita el hambre cuando tú has comido.

—Entonces, ya que te da igual, unos choris serán suficientes. Quiero guardar dinero para comprar unas cosas.

—¿Qué pensás comprar?

—Necesito una lámpara y una pala.

—¿Para qué?

—Me extrañás, hermano mío. Deberías estar pensando lo mismo que yo.

—No tengo idea de qué me hablás.

—¿Escuchaste al viejo decir cuánto dinero nos pueden dar por las monedas?

—Sí.

—Ahora imaginate si tuviéramos las doce monedas.

Chapters
1. PRIMERA MONEDA
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