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LAS BOTELLAS

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Summary

"A veces, los peores monstruos no tienen garras ni colmillos; a veces, se esconden en los objetos más cotidianos. Les comparto 'Las Botellas', un relato corto de horror cósmico e inspiración lovecraftiana que escribí basándome en un borrador de mi infancia. Espero que los deje mirando de reojo las repisas de su habitación antes de dormir."

Genre
Horror
Author
MARIO
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Las Botellas

Todavía recuerdo cómo empezó todo. Fue cuando a mi esposa le entró la idea de querer tener una terraza temática al estilo de una “casona vieja”. Quería una carreta antigua, un sombrero de ala ancha colgado en la pared, un lazo de mezcal enrollado en las columnas... En su mente, aquello debía verse exactamente como la entrada al patio de una vieja hacienda; tenía en mente hasta una montura de caballo. Yo realmente pensaba en consentirla, pero solo hasta donde el bolsillo diera.

Después de posponer semana tras semana la salida en busca de los artículos que ella tanto ansiaba, por fin me quedé sin excusas. Salimos en busca de, según ella, “ese algo” que le hacía falta. Perdimos muchas horas y la paciencia se me agotaba, pero ella estaba feliz. No compramos nada en ese primer mercado lleno de bazares; varias cosas le llamaron la atención, pero ninguna cumplía con sus estándares.

Así llegamos a una vieja tienda. Ahí, una señora de no más de sesenta años —lo digo con propiedad, pues su dentadura la delataba— se empecinó en que mi mujer no se iría sin comprarle nada. Le ofrecía de todo, acercándose cada vez más a lo que mi esposa buscaba. Yo lo sabía, y mi cartera ya temblaba.

De pronto, la anciana sacó una caja de madera que contenía diez botellas. Estaban cubiertas por una densa capa de polvo. La vieja tuvo que sacudirlas y el polvo se levantó de tal manera que nos hizo estornudar. Mi esposa se enamoró de la caja completa al instante. Ahí me di cuenta de que se habían encontrado dos personas dignas de admirar: ambas regatearon cual dos judías en busca del precio ideal.

Después de haber encontrado un acuerdo, terminé cargando la caja rumbo al vehículo. Creo que llevaba más polvo que botellas. Lo supe de verdad cuando llegué a casa, las limpié y me fijé a detalle en ellas. Eran todas distintas entre sí, desde su color hasta su forma. En lo único que coincidían era en que, si bien tenían color, este era lo suficientemente traslúcido para ver hacia el interior. Los tonos eran variados: azul, rojo, naranja, amarillo, verde, celeste, rosa, ámbar y un negro ahumado. En tamaño, de la más alta a la menor, la diferencia apenas rozaba el centímetro y medio. Su textura era lisa, salvo por un relieve que definía su frente y su reverso (que bien podía ser cualquiera de los dos lados). El relieve consistía en un rombo, como un pequeño marco. No solo se sentía al rozarlo con los dedos; podías verlo e identificarlo sin problema. No medía más de medio centímetro.

Todas estaban tapadas por un corcho. Cuando destapé la primera, un olor un tanto acre se escapó de su interior, pero no era ofensivo. Al inspeccionarla, me di cuenta de que la parte baja del corcho —la que quedaba dentro de la botella— tenía una pequeña argolla y un trozo de hilo amarrado a ella. El hilo estaba roto. La botella no estaba vacía: tenía dentro una moneda. Pero no era una moneda que yo conociera. Parecía más una de esas monedas de poco valor que salen en las series japonesas, de dos centímetros de diámetro. Lo más curioso es que tenían un agujero cuadrado, de donde colgaba el resto del hilo roto.

Creo que no tuve que implementar mucho cerebro para saber que esa moneda debía formar un péndulo. Fui por más hilo y regresé dispuesto a reparar el mecanismo roto. Porque eso era: el hilo hacía con la moneda un péndulo dentro de la botella. Al colgarla, noté algo fascinante: el cuadrado del hoyo en la moneda era exactamente del mismo tamaño que el rombo grabado en el vidrio de la botella. Me costó un poco, pero con paciencia hice que los agujeros de las monedas coincidieran en el centro con el rombo, alineando el cuadro del péndulo. En su momento, como amante de los juegos de puzles, me sentí orgulloso. Costó trabajo y un poco de paciencia, pero las dejé limpisimas y con los péndulos en su lugar.

Sin embargo, viera donde lo viera, ya no parecían parte de la idea original que mi esposa buscaba para la terraza. Ella pensó lo mismo. Me regañó por arruinar el “adorno”. Resulta que ella las quería sucias, tal y como habían llegado...

Después del regaño y de que me diera a entender que no ocuparía las botellas, las fui a dejar al cobertizo. Por mi parte, se fueron al olvido. Los días pasaron, las semanas, y creo que transcurrieron meses.

Un domingo en el que no había liga de fútbol local, me armé de valor para hacer aseo en mi bodega personal. Ese cobertizo tenía de todo, pero lo que más acumulaba eran las quejas de mi mujer porque, según ella, parecía nido de alimañas. Arremangándome la camisa y con escoba en mano, me dispuse a limpiar. Saqué todo lo inútil al frente, justo por donde pasaría el camión de la basura, decidido a deshacerme de lo que ya no servía. Terminada la faena, mientras me acomodaba frente al televisor para ver un canal deportivo, llegó mi sargento personal... digo, mi esposa, a llamarme la atención de nuevo. Me recordó que aquellas botellas que aguardaban su último transporte no habían salido baratas. La frase que más recuerdo fue: “No estamos para botar el dinero”.

Tuve que ir a recogerlas y a limpiarlas otra vez. La orden era buscarles un lugar donde fungieran para lo que las habíamos comprado: de adorno. Doy mi palabra de que lo intenté. Lo hice, en serio. Pero por más que busqué, fracasé. Terminé dejándolas en el lugar donde menos me estorbaban: en nuestra propia habitación, sobre una repisa. Ahí empezó mi pesadilla.

Desde la primera noche se sintieron los cambios. Estaba en medio del sueño cuando percibí un frío extraño. Desperté y me di cuenta de que mi esposa no estaba a mi lado. Lo primero que pensé fue que andaba en el baño. Sin embargo, al moverme en la cama y girar sobre mí mismo, la vi. Estaba de pie, inmóvil, frente a la repisa de las botellas. No hacía nada. Al acercarme, noté que tenía la mirada perdida, completamente fija en el cristal translúcido; parecía en trance. Cuando le toqué el hombro, fue como desconectarla de golpe. Se desplomó hacia el piso y tuve que ser ágil para atraparla y evitar que se golpeara la cabeza. La llevé a la cama y reaccionó, pero lo último que recordaba era haberse acostado a dormir. Un total desagrado me recorrió el cuerpo, pero en ese momento lo asocié con un simple episodio de sonambulismo.

La segunda noche ocurrió lo mismo. A la tercera, decidí llevarla al médico. En solo tres días, mi esposa se veía demacrada, con unas ojeras profundas como si llevara semanas sin pegar el ojo, y se quejaba de sentir un cansancio absoluto en todo momento. Algo dentro de mi ser me dijo que sospechara de las botellas; antes de tenerlas en el dormitorio, jamás había sucedido nada igual. Esa misma tarde me las llevé de regreso al cobertizo, convencido de que tendríamos una cuarta noche más tranquila.

Cuando el sueño me venció, no pude contenerme y me dormí profundamente. Al despertar horas después, la fría realidad me golpeó: de nuevo estaba solo en la cama. Mi esposa yacía en el suelo del dormitorio, desmayada. Llamé a emergencias con el corazón en la garganta mientras intentaba, desesperadamente, hacerla volver en sí. Los paramédicos llegaron a la brevedad y la trasladamos al hospital. Tras tres horas de angustiosa espera en la sala de urgencias, los médicos salieron con la peor de las noticias: había muerto de extrema fatiga.

Recuerdo muy poco de esa parte de la historia. Me sumí por completo en el dolor de perder a la mujer que amaba; no era perfecta, pero era mi mundo. Mis allegados y mi familia lo sabían. Me dieron todo su apoyo, me ayudaron con los trámites funerarios y me retenían lejos de casa porque sabían que volver a mi hogar me llenaría de recuerdos que me harían daño emocionalmente. Pero tenía que regresar... Después de todo, era mi casa.

Cuando volví, encontré todo tal cual lo había dejado. Todo estaba en su lugar. Me di cuenta de que las botellas seguían ahí, pero por alguna razón no les tomé importancia; después de todo, sin mi esposa ya nada importaba.

Creo que pasaron unos tres días. En medio de mis esporádicos minutos de sueño, mientras trataba de llevar una vida normal aún soportando el peso del dolor, desperté reaccionando a un sonido:

—Shhhhh...

Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. El reloj de la mesa de noche decía que era la una de la mañana, pero no había nada en la habitación.

—Shhhhh...

Era nuevamente ese sonido.

—Shhhh, hey, tú... ven aquí...

No reconocí la voz. Es más, aunque quisiera, no era una voz reconocible. Nunca había escuchado algo así. Se entendía perfectamente, era mi propio idioma el que hablaba, pero explicarlo es difícil: no era un sonido que una persona pudiera emitir. Era una frecuencia clara, limpia, nada comparado con lo que uno está acostumbrado. Era como ver por primera vez una pantalla 8K tras haber pasado la vida entera frente a los televisores CTR de los ochenta. El sonido era tan perfecto que mi propia voz, y la de todos los humanos, me pareció de lo más sucio que había entrado en mis oídos.

—Acércate, quiero hablar contigo...

La voz venía de las botellas. Lo sabía. Nunca las retiré de la habitación desde que volví. No recuerdo cómo regresaron ahí; mi esposa, antes de morir, pudo haberlas movido. No niego que me dio miedo, pero debía hacer algo. Así que me levanté y, curioso pero también aterrado, me paré frente a ellas.

—Sabes, mi amigo... quiero considerarte mi amigo. Necesito de tu ayuda. Tengo hambre...

Quiero dejar claro que no estaba delirando. Las botellas emitían esa voz. Los distintos péndulos temblaban, tensando los hilos dentro del vidrio, y cada botella servía como la cuerda de un instrumento. Al estar a distintas alturas y tener formas diferentes, comprendí que componían en conjunto esa acústica tan limpia. Nótese que me rehúso a decir que era una “bella” voz; cualquier otro tal vez habría ocupado ese epíteto para lo que escuchaba, pero no era belleza. Era otra cosa.

—Mi hambre debe saciarse, y te conviene ayudarme. No quiero verte como alguien de quien pueda prescindir. No te pido mucho: solo llévame a la puerta de la casa de tu vecino...

No quiero dar más detalles. Tomé la caja e hice exactamente lo que me pidió. No sé cómo no se me ocurrió quebrar cada una de esas malditas botellas en ese momento. Después regresé a mi cuarto y traté de olvidarme de todo. Al cerrar la puerta, pensé que cerraba también ese capítulo.

Los días siguieron corriendo en un letargo. La barba de cuatro días empezaba a ser molesta y el dormitorio era un caos absoluto. No recordaba cuándo había sido la última vez que había comido, aunque las sobras de comida rápida sobre la sábana de mi cama decían que había sido hace menos de veintidós horas.

De pronto, el ulular de una sirena me tomó por sorpresa. Busqué la ventana de inmediato. Una ambulancia se estaba estacionando justo frente a la casa de mi vecino. Vi toda la escena desde el cristal: lo vi a él entrando al vehículo con el rostro desencajado por la aflicción, y vi a la unidad perderse en la calle con las luces rojas y blancas encendidas, pidiendo permiso para pasar.

Casi por instinto, un frío helado me recorrió la nuca. Giré el cuello despacio para mirar hacia la repisa... y ahí estaban. Las diez botellas, perfectamente acomodadas dentro de su caja de madera.

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