Sentirme un poquito vivo
2010, Distrito Federal, México.
Eran las nueve de la mañana. Cristóbal Denis de las Casas caminaba por la calle vistiendo un atuendo formal: camisa blanca fajada, corbata roja manzana, pantalones beige y zapatos bermellón. Apenas era un estudiante avanzado de la carrera de Trabajo Social, rumbo a su servicio; era su primer día, por cierto. Llevaba un vaso de café en la mano, auriculares de cable blancos y la música sonando en su MP3: una lista conformada por «Unknown Artist - 01», «Unknown Artist - 02»... y así sucesivamente hasta completar setenta y seis canciones. Recordaba cuáles eran únicamente por el orden en que las había descargado.
Se quitó los audífonos y los guardó en el morral beige que le colgaba al costado, de tela desgastada por los años bajo el sol yendo y viniendo de la universidad, adornado tan solo con un llavero de un pollito redondo con anteojos del tamaño de su propio cuerpo.
Su destino era el centro de rehabilitación apodado "Jacaranda", nombrado así por el color lila de sus paredes exteriores y las jacarandas que levantaban la banqueta con sus raíces, dejando libre únicamente la entrada vehicular por donde transitaban trabajadores, pacientes y familiares. Había puestos de comida callejera a unos cuantos metros de distancia sobre la acera estrecha donde no cabían dos personas a la vez, postes de luz creando redes de cables en el aire y automóviles embotellados en el cruce de la avenida.
Frente al portón de reja y acero blanco le esperaba el psicólogo de la institución, encargado de supervisar a Denis durante su pasantía. Era un hombre de mediana edad, patillas canosas, camisa azul navío con corbata de rombos bajo la bata blanca. En la credencial sobre su pecho apenas alcanzaba a leerse el apellido Torres.
Cristóbal peinó su cabello acaramelado con un peine de bolsillo y acomodó sus anteojos completamente circulares. El trabajo de hoy era acompañar al doctor a una sesión de terapia con uno de los chicos internados, y lo sabía de antemano; en Jacaranda también se encontraban jóvenes en recuperación de hábitos nocivos, conductas agresivas y adicciones.
El doctor Torres tenía la esperanza puesta en Cristóbal para atender a un paciente en específico: uno difícil de tratar.
El psicólogo extendió el portapapeles frente a su vista para explicarle, pasando de hoja en hoja. Empezó a gesticular con evidente nerviosismo, sus manos temblando y sudando sobre el corcho mientras se reajustaba el nudo de la corbata, sin saber bien cómo abordarlo
—Necesito apoyo con... este jovencito, Valente Augusto Majado. Igual que tú, veintiún años. Tuvo problemas con el consumo ilícito de metanfetamina y marihuana —leyó con detenimiento—. Ha tenido una racha continua de abstinencia desde entonces, pero el motivo por el que terminó aquí es lo preocupante.
—No soy terapeuta —aclaró Cris, con firmeza—. Llevé psicología como materia, pero...
—Lo sé, solo que Augusto tiene una historia... particular —el doctor aclaró la garganta—. Tiene un diagnóstico por Trastorno de Estrés Postraumático y podría acabar internado en un psiquiátrico por posible psicosis debido a su obsesión. La cuestión es que quizá necesite hablar con otro chico de su edad, ya sabes, para que se sienta cómodo y no se ponga a la defensiva —sonrió con cierto compromiso—. ¿Te parece bien? Te daré veinte minutos con él.
Cris aceptó con un dejo de curiosidad. ¿Cómo será? ¿Se verá tan deteriorado como el resto de los pacientes? ¿Será irascible? Consideró las opciones en silencio.
Cuando apresuraron el paso por el pasillo de mármol limpio y paredes de tablaroca, pasando de la recepción a los consultorios, el doctor notó que Cristóbal tenía una cagada de zanate en la cabeza: una mancha blanca que destacaba demasiado contra su cabello claro.
Simplemente tocó su hombro y le entregó un pañuelo húmedo
—Dicen que da buena suerte —comentó divertido, señalando la coronilla de Cris.
Cris tocó su cabello y, al darse cuenta de la textura seca, comenzó a limpiarlo a toda prisa mientras farfullaba en voz baja preguntándose cuánto tiempo llevaba así.
Se detuvieron frente a una puerta de madera con un cartel colorido de foami recortado que decía «Terapia», además de indicaciones impresas sobre no tocar, no fumar y el uso obligatorio de cubrebocas por la epidemia de influenza del año pasado.
El doctor abrió y entraron a la habitación. Había un escritorio de madera, computadora, silla, archiveros de metal, libreros contra la pared y, en el centro de la estancia, dos sillones de color rojo vibrante, bajos, sin reposabrazos, que asemejaban gotas de agua. Entre ambos había una mesita de vidrio con una pequeña maceta y un rompecabezas que el paciente armaba.
El joven era alto y robusto, de manos callosas por el trabajo manual. Vestía una camisa de lino desgastada color verde menta apagado con diseño de tartán en gris y negro, pantalones de mezclilla, botas y texana negras. El sombrero apenas ocultaba su cabello negro, semiondulado y brillante bajo la luz del foco. Permanecía inclinado, con toda la atención puesta en las piezas de cartón.
Cristóbal revisó el expediente antes de dirigirle la palabra:
MAJADO DUARTE, VALENTE AUGUSTO
Edad: 21 años. | Origen: Pátzcuaro, Michoacán.
Antecedentes: Consumo de metanfetamina y cannabis.
Motivo de ingreso (2008): El paciente refiere haber sido atacado por una criatura desconocida; durante el suceso provocó la muerte de un canino local con un arma blanca. Canalizado a tratamiento por recomendación judicial en lugar de proceso penal.
Cris cerró la carpeta al instante. Respiró hondo, contó hasta tres y volvió a abrirla para procesar el resto del texto. Tenía que hacerlo.
Observaciones clínicas: Mantiene un relato persistente y obsesivo sobre el acontecimiento, negando la versión establecida por el peritaje forense. Presenta alteración en la percepción de la realidad e indicadores compatibles con cuadro psicótico inducido o subyacente.
Asintió para sí mismo, recapitulando en su mente el caso y pensando cómo acercarse a una persona aparentemente peligrosa.
Se sentó en el sillón frente a él por protocolo, buscando mantener una distancia cercana pero no invasiva. Notó las ojeras de Valente, las uñas mordidas y la inquietud de sus dedos. Pero lo que le llamó la atención fue el aro plateado en la comisura izquierda del labio y, del lado derecho, justo debajo de la boca, un pequeño piercing que simulaba un lunar de acero. Un toque rebelde que chocaba de frente con su estampa de muchacho de campo.
Aun así, sus ojos parecían cansados, agobiados por su entorno. Su entrecejo no mostraba ninguna arruga que denotara enojo o frustración constante; parecía alguien harto antes que un asesino despiadado
—Buenas tardes, Augusto —saludó el doctor desde la puerta—. ¿Cómo te sientes hoy? ¿Tienes ganas de conversar?
Val volteó a verlo y luego a Cristóbal, alzando una ceja. La comisura de sus labios se inclinó en una sonrisa apenas perceptible. De manera pausada, enderezó la espalda contra el respaldo y frotó su hombro sin apartar la mirada, exhalando por la nariz mientras se negaba a responder. Parecía curioso ante aquel güerito
—Él es Cristóbal Denis, es mi asistente. Viene a conversar contigo. Quizá te hace falta hablar con alguien más aparte de tus compañeros del anexo —explicó el doctor entusiasmado—. Los dejaré a solas mientras voy a secretaría, ¿de acuerdo?
El único ruido existente fue el de la puerta al cerrarse. Los dos jóvenes permanecieron callados en un silencio pesado, inseguro e incómodo. Valente parecía observar cada mechón del cabello de Cris, imaginando si era rubio o castaño muy clarito.
Denis sacó un cuaderno de su morral para revisar sus apuntes, intentando no hacer el menor ruido posible mientras Val permanecía concentrado en lo que diría su entrevistador.
Hojeó un par de páginas subrayadas con marcador amarillo. Había repasado aquellas preguntas toda la noche anterior.
Sin embargo, se sobresaltó cuando Val aclaró la garganta con fuerza y alzó la mirada de repente. Sus ojos negros eran penetrantes, ocultos bajo pestañas y cejas densas
—¿Tienes chicles? —preguntó, inquieto.
—Solo de canela —respondió Cris en voz baja.
—No mames, de esos no —resopló fastidiado.
Cris revisó uno de los compartimentos de su bolsa y, con una nueva resolución, indagó en el interior. Sacó un caramelo de menta y se lo entregó en la mano; Val lo aceptó enseguida y se lo llevó a la boca. Después, el estudiante dejó sobre la mesa un libro de ejercicios, sudokus, sopas de letras y crucigramas que a veces resolvía en el transporte público.
Mantuvo una postura amigable: hombros relajados, piernas separadas y los antebrazos apoyados sobre las rodillas, ofreciendo una sonrisa tranquila
—¿Por cuál nombre quieres que te llame? —preguntó con amabilidad.
—El primero.
—Dice aquí que eres de Michoacán y que vivías cerca de la isla de Janitzio. En Día de Muertos hay...
—Sí —interrumpió, con la atención ya puesta en el cuadernillo.
Cris se lo acercó, deslizándolo sobre la madera hasta que Val lo tomó y empezó a hojear los ejercicios difíciles que él no había terminado.
—Bueno... ¿estudiabas o trabajabas? —intentó, más directo.
—Llegué a estudiar la telesecundaria y después trabajé con mi apá antes de llegar aquí —explicó, concentrado en los números.
—¿Y te están tratando bien? —preguntó, procurando no sonar invasivo.
—Pues ahí va. Tengo cama, comida y conocí a algunos cuates que dejaron las porquerías antes que yo.
Antes de que Cristóbal pudiera añadir o cuestionar algo más, Valente cerró el librito de golpe y por fin observó a Denis a los ojos. Su mirada era pesada e inquisitiva, la de alguien que vio al diablo en persona y sobrevivió para contarlo
—Quieres saber más del incidente, ¿no es así? Para que me acuses de loco y yo acabe en un psiquiátrico —murmuró, casi amenazante—. De seguro eres uno de esos... loqueros como Torres.
—No, voy a graduarme de trabajador social —aclaró nervioso—. Es diferente. Quiero conocer tu versión, sí, pero también conocerte a ti y entender todo lo que te rodea: tu familia, tu trabajo, tus amigos... qué pasó antes de que te internaran.
—¿Mi versión? Intenté explicarlo una y otra vez...—exhaló irritado.
—El expediente dice que...
—Que maté a un nahual de un machetazo en el cuello y que, en realidad, se trataba de un perro normal —añadió con irritación—. Y aun así me trataron de psicótico.
Pues lo normal, ¿no, wey?, pensó Cris, pero jamás se lo diría en voz alta.
Así, el límite entre lo real y lo imaginado se volvía tan difuso como la fe de quien lo observaba. Porque, para que algo exista, primero hay que creer... o aprender a mirar aquello que los demás juran que jamás estuvo ahí.








