¡Prometo Protegerlos! by Chocolate at Inkitt
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¡Prometo protegerlos!

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Summary

Felipe murió durante una pelea de demostración de esgrima en un torneo internacional. Cuando volvió a abrir los ojos, había reencarnado en un mundo medieval dominado por la magia, el aura y guerreros capaces de destruir ejércitos enteros. En esta nueva vida nació como hijo de un espadachín honorable, aunque de escaso prestigio, y creció decidido a perfeccionar las técnicas de combate que conservaba de su mundo anterior. A los veinte años fue aceptado como aprendiz de caballero en el castillo real. Sin embargo, lejos de recibir un puesto importante, terminó asignado a la protección de cinco jóvenes príncipes y princesas que nadie deseaba cuidar. Entre los ciento nueve descendientes del rey, ellos eran considerados los menos prometedores. No poseían talentos extraordinarios, aliados poderosos ni influencia política. Pero Felipe pronto descubrió que aquellos jóvenes no eran arrogantes ni crueles como el resto de la familia real. Eran amables, sinceros y completamente ajenos a las conspiraciones del palacio. Con el paso de los años, dejaron de ser una simple responsabilidad. Se convirtieron en su familia. Entonces comenzó la tradición más cruel del imperio: la elección del próximo monarca. Los ciento nueve príncipes y princesas debían enfrentarse entre sí hasta que solo quedara un vencedor. Algunos contaban con héroes, magos de élite, mercenarios legendarios, asesinos y ejércitos privados. Los cinco protegidos de Felipe no tenían nada. Ni siquiera deseaban competir por el trono. Pero sus hermanos no estaban dispuestos a dejarlos con vida. Felipe sabe que no puede derrotar de frente a los guerreros más poderosos del reino. Por eso deberá usar cada recurso a su alcance, reunir a unos pocos aliados, engañar a sus perseguidores, destruir sus ventajas y convertir cada enfrentamiento en una batalla que el enemigo no pueda librar. No luchará por fama. No luchará por honor. No luchará por la corona. Luchará para mantener con vida a los cinco jóvenes que confiaron en él. Aunque tenga que enfrentarse a todo el reino. Aunque el esfuerzo parezca inútil. Aunque cumplir su promesa le cueste la vida. —No importa quién venga por ustedes… Yo los protegeré.

Genre
Action
Author
Chocolate
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prologo.

Prólogo — La promesa de Felipe

Felipe estaba a punto de cumplir uno de los mayores sueños de su vida.

Durante décadas había estudiado cuantas artes marciales estuvieron a su alcance. Había entrenado su cuerpo hasta conocer sus límites, aprendido diferentes métodos de combate y soportado incontables golpes en busca de una perfección que siempre parecía alejarse un poco más.

A los cuarenta y cinco años, lejos de sentirse satisfecho, comenzó a dedicar todo su tiempo al estudio de la esgrima. Practicó con diferentes armas y exploró estilos procedentes de diversas partes del mundo, aunque ninguno consiguió cautivarlo tanto como el manejo de la espada larga.

Cinco años después, su esfuerzo finalmente rindió frutos.

A los cincuenta años fue invitado a participar en un combate de demostración durante un torneo internacional celebrado en México. En aquel evento se habían reunido algunos de los mejores espadachines del mundo moderno, hombres y mujeres que habían convertido las antiguas artes de la espada en una disciplina deportiva.

Felipe aguardaba frente a su oponente con el arma preparada.

Escuchaba al público, sentía el peso de la espada entre sus manos y contenía la emoción mientras esperaba la señal de inicio. Después de tantos años de práctica, por fin podría poner a prueba todo lo que había aprendido.

Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso, un dolor abrasador atravesó su pecho.

Sus dedos perdieron fuerza.

La espada cayó al suelo.

Felipe intentó respirar, pero sus piernas cedieron y su cuerpo se desplomó frente a los espectadores. No murió atravesado por una espada ni durante un combate memorable. Tampoco tuvo la oportunidad de demostrar aquello para lo que se había preparado durante buena parte de su vida.

En el momento de la verdad, sufrió un paro cardiaco.

Así terminó su primera vida.

Cuando volvió a abrir los ojos, no encontró médicos, luces de hospital ni rostros conocidos. Era incapaz de mover correctamente el cuerpo y sus manos se habían vuelto diminutas. Una mujer desconocida lo sostenía mientras dormía y un hombre que parecía agotado estaba a su lado.

Había reencarnado.

Conservaba todos sus recuerdos, pero ahora era el hijo de un espadachín perteneciente a una familia de escasa influencia. No poseían grandes riquezas, territorios importantes ni títulos capaces de abrirles las puertas de la nobleza. Sin embargo, su padre era respetado por algo mucho más difícil de conseguir.

Su honor.

Felipe creció empuñando nuevamente una espada. Repitió los movimientos que había practicado en su vida anterior, adaptó sus conocimientos a su nuevo cuerpo y dedicó cada día a perfeccionar su técnica.

Pero no tardó en descubrir una verdad desalentadora.

En aquel mundo, la habilidad por sí sola no era suficiente.

Los guerreros podían fortalecer sus cuerpos mediante el aura, los hechiceros dominaban fuerzas capaces de destruir ejércitos y las bestias que habitaban más allá de las ciudades podían despedazar a un hombre con facilidad. Felipe, en cambio, jamás consiguió despertar aura.

Para muchos, aquello era una condena.

No obstante, Felipe se negó a abandonar la espada por segunda vez.

Con los años, la reputación honorable de su familia le permitió recibir una invitación para trabajar en el castillo real como aprendiz de caballero. No le concedieron un puesto prestigioso ni lo enviaron a servir a alguno de los herederos más importantes. En su lugar, fue asignado al anexo más pobre del palacio, donde tendría que proteger a cinco de los príncipes y princesas menos valorados del reino.

Felipe creyó que aquel trabajo sería solamente otra etapa de su entrenamiento.

Todavía no sabía que ese encuentro cambiaría su vida por completo.


Tiempo después, en la cima de una montaña cubierta por los restos de una feroz batalla, Felipe se encontraba frente a uno de los guerreros más poderosos del mundo.

Su brazo izquierdo estaba bañado en sangre. Apenas podía moverlo y cada intento por cerrar los dedos provocaba que un dolor punzante recorriera todo su cuerpo. Aun así, se negaba a soltar la espada. La hoja permanecía levantada, aunque el temblor de sus brazos revelaba lo cerca que estaba de alcanzar su límite.

El viento descendía desde las alturas, agitaba su ropa destrozada y arrastraba el polvo acumulado entre las grietas de la montaña.

Frente a él se encontraba un hombre de avanzada edad. Su larga cabellera plateada se mecía con el viento, pero su postura permanecía firme. Ni los años ni las cicatrices habían disminuido la presencia imponente que desprendía.

El anciano dio un paso al frente.

—Debo reconocer que tus trucos han puesto en aprietos a mis discípulos.

Felipe dejó escapar un suspiro mientras ajustaba la empuñadura entre sus manos.

—Aunque quisiera burlarme de usted como hago con los demás, debo admitir que es un honor enfrentarlo en igualdad de condiciones.

El anciano entrecerró los ojos.

—¿Igualdad? Tú ni siquiera posees aura. Solamente puedes mantenerte en pie porque utilizas piedras mágicas como sustituto. Gracias a ellas has conseguido enfrentarte a…

—No estaba hablando de mí —lo interrumpió Felipe.

Una sonrisa desafiante apareció en su rostro ensangrentado.

—Me refería a que, por fin, tuvieron que traer al mejor espadachín del mundo para detenerme. Al mismísimo Santo de la Espada. Ahora sí estamos igualados.

Durante unos segundos, el anciano permaneció en silencio. Después soltó una carcajada, como si acabara de escuchar la broma más absurda de su vida.

Sin embargo, cuando volvió a mirar a Felipe, toda expresión de diversión había desaparecido.

Desenvainó lentamente su espada.

—Tienes agallas, muchacho, pero no te atrevas a ponerme a tu mismo nivel, defectuoso.

Felipe rio a pesar del dolor.

—¡Ja, ja, ja! Ya lo veremos.

El Santo de la Espada levantó su arma. La presión liberada por su aura hizo vibrar las piedras bajo sus pies.

—Ya que has invocado el honor de un duelo, me presentaré como corresponde. ¡Soy el Santo de la Espada y protector de la tercera princesa, Phoenia Lapizulis Grand!

Felipe respiró profundamente.

Su brazo izquierdo estaba casi destrozado, pero aun así sujetó la empuñadura con ambas manos. El dolor se extendió hasta su hombro. Sus piernas amenazaron con ceder y la sangre continuó descendiendo por sus dedos.

No bajó la espada.

Tampoco apartó la mirada.

—¡Y yo acepto ese honor! ¡Soy Felipe, recientemente ascendido a caballero! Defiendo a Edric, el décimo príncipe; a Aurelio, el vigésimo príncipe; a Octavio, el cuadragésimo segundo príncipe; a Rosalía, la sexagésima novena princesa; y a Elira, la nonagésima quinta princesa.

Felipe afirmó los pies sobre la tierra y apuntó su espada contra el hombre considerado la cúspide de todos los espadachines.

—¡Yo los protegeré!

El viento dejó de soplar.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió.

Después, Felipe y el Santo de la Espada avanzaron el uno contra el otro.

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