El Cara Seria y La Intrépida
Las paredes del pasillo se resquebrajaban al escuchar los bramidos de aquel quien, ajeno a su situación, gritaba desesperado por librarse de su cautiverio.
Dentro del cuarto, con el suelo lleno de restos de madera, un niño de tan solo siete años golpeaba la puerta con tal fuerza que hacía temblar la madera.
Su mirada desprendía miedo camuflado en rabia. Sus nudillos estaban agrietados de tanto golpear el mobiliario. Sabía perfectamente lo que iban a hacer con él. Se había abalanzado sobre uno de ellos, los mismos que lo apartaron de su madre.
«Somos tu familia. Cálmate, muchacho.»
Solo un pensamiento rondaba por su mente:
«¡Yo no tengo familia!».
—¡Sacadme de aquí, cabrones! ¡Devolvedme a mi madre! ¡Mamá! ¡Estoy aquí. Mamá!
Su oído detectó un sonido lento y constante que se detuvo al llegar a la puerta: eran pasos.
Tras unos segundos de silencio, una vocecilla aguda respondió desde el otro lado:
—Hola... ¿Estás bien?
—¿Quién eres? ¿Vienes a hacerme daño tú también?
—¿Por qué querría hacerte daño? —preguntó la voz, con tono inocente—. Eres mi invitado. Papá dice que a los invitados nunca se les trata mal.
—Entonces...—dijo, algo más calmado—. ¿Qué haces aquí hablando conmigo?
—Kevin dice que no hable contigo porque eres malo, pero me da igual.
Se escuchaba un leve carraspeo, como el de alguien listo para decir algo importante.
—Tienes que dejar de romper cosas. Cuestan dinero, por si no lo sabías... Si papá y mamá lo gastan todo en muebles, no tendrán suficiente para poder comprarme más libros. Y eso estaría muy mal, porque me aburriría mucho.
Tras una breve pausa, la voz volvió con su discurso.
—Además, gritando de esa manera, solo vas a conseguir que te tomen por un niño maleducado.
—¿Crees que me importan tus muebles y tus putos libros, niña? —escupió al suelo—. Quiero ver a mi madre, no hablar contigo.
La voz tardó un segundo en responder. Cuando lo hizo, sonaba rota.
—Tu mamá está con Unionar... Lo siento mucho. Papá y los demás hicieron lo que pudieron. ¡No es justo! Mamá me había prometido que hoy conocería a Tita Aida...
La voz empezó a sonar menos afligida.
—Pero en su lugar viniste tú, ¡Alguien nuevo! —se pudo escuchar un pequeño brinco al otro lado de la puerta—. Eso fue lo que pensé cuando te vi llegar desde la ventana... Quería saludarte y presentarme como es debido, pero estabas tan enfadado que...
El niño cayó al suelo en un baño de lágrimas, ajeno al parloteo de la niña. El shock del momento había bloqueado su mente. Las imágenes volvieron de golpe: la sangre, el cuchillo sobre su mano, el cuerpo de su padrastro degollado y, al otro lado, el cuerpo agonizante de su madre.
Recordó acercarse a ella y, antes de que soltara su último aliento, pudo escuchar un último mensaje, apenas audible:
«Siempre estaré contigo, mi pequeño héroe. No temas, tu familia viene a salvarte. Te voy a echar de menos, hombrecito».
Unos golpecitos a la puerta lo devolvieron al cuarto, la niña no se había movido de ahí.
—Hola... —insistió—. ¿Sigues conmigo?
—Déjame en paz... —murmuró mientras se tocaba el mentón, aún dolorido—. ¿No tienes otro sitio a donde ir?
—Sí. Pero quiero estar contigo.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó, agotado—. No te conozco.
—Quiero ayudarte. No tengo mucho, pero... —tardó unos segundos en volver a hablar—. Te puedo dejar mi osito para que lo abraces, siempre que no me lo rompas... ¡Qué ya has roto bastantes cosas hoy!
—No quiero nada de ti, y menos el estúpido muñeco de una niña molesta como tú —gruñó, con voz temblorosa.
La voz soltó una risita.
—Mientes muy mal.
—...
La risa continuó. Lejos de resultar ofensiva, parecía apaciguar la ira del cautivo.
—Voy a abrir la puerta. Kevin me va a regañar, pero me da igual. Él no me manda.
Hizo una pequeña pausa, mientras giró la llave de la puerta.
—Además, papá y mamá dicen que los Kanurath ayudamos a la gente... y más si son de la familia.
La puerta chirrió al abrirse. Todo este tiempo, tras ella, estaba una niña de cinco años, descalza, con el pelo tan largo que le caía hasta el suelo. Lo que más llamaban la atención de ella eran sus ojos verdes: sinceros e inocentes. Llevaba en brazos un peluche de color marrón, con dos botones por ojos, uno más grande que otro.
El niño lo comprendió nada más verla, ella no le tenía miedo.
Con un tono risueño y una gran sonrisa, la niña extendió el peluche hacia él.
—Soy Liliana, pero puedes llamarme Lily.
—Kieran —respondió, con voz neutra mientras examinaba el peluche—. Es bonito, pero es tuyo —lo extendió de vuelta hacia ella—. No puedo aceptarlo.
—Te lo regalo —respondió, sin pestañear—. Así podrás ahuyentar a los monstruos mientras duermes. A mí a veces me funciona…
Tomó aire y sonrió, se le podía ver un espacio libre entre sus dientes, aún de leche.
—No pasa nada. Aurelia puede hacerme otro.
Señaló con su diminuto dedo hacia el mentón de Kieran.
—¿Quién te hizo pupa? —preguntó, con ojos afligidos.
Los ojos de Kieran se humedecieron, nuevamente, sin saber qué decir. Todo le resultaba chocante: una niña que no lo conocía de nada le acababa de regalar algo suyo y se estaba preocupando por él sin esperar nada a cambio.
Liliana, sin esperar a la respuesta, lo achuchó con una seguridad que no encajaba en un cuerpo tan pequeño.
—Tranquilo... Estoy aquí —susurró, mientras le acariciaba la espalda con un cuidado impropio de alguien de su edad—. Ya no estarás solo nunca más.
Comenzó a tararear una nana, balanceándolo al ritmo de la canción.
—¿Qué haces?
—Lo que hace mamá cuando tengo miedo. Pensé que a ti también podría ayudarte.
Observó sus ojos de color ámbar.
—Unos ojos tan bonitos no deberían estar tan tristes —respondió, convencida—. Cara Seria.
Cuando Liliana se separó, el niño hizo algo que creía haber olvidado: una sonrisa genuina.
Ella le devolvió el gesto, orgullosa.
—Perdón por decir que eras molesta y faltarte al respeto. He sido muy injusto contigo.
—Tranquilo. La verdad es que sí soy un poco molesta, pero Tito Jona dice que es parte de mi encanto natural —respondió con picardía—. Oye... si eres hijo de Tita Aida... ¡Eso nos convierte en primos!
Dio un salto de alegría y volvió a abrazarlo. Kieran se vio obligado a saltar con ella para no perder el equilibrio.
—Perdón, Kevin dice que soy muy intensa...
Kieran observó cómo se ruborizaban las mejillas de su prima menor.
—¿Quieres que seamos amigos? No tengo ninguno... los demás niños dicen que estoy como una cabra. Me llaman «la Aberrante de la Colina» los muy cacullos.
—Querrás decir capullos.
Ella le tapó la boca.
—Que no te escuche papá, no le gustan las palabrotas. «Así no habla una Kanurath, jovencita».
Kieran comenzó a reír, la risa fue tan contagiosa que se la pasó a la niña.
—Yo tampoco tengo. Siempre hemos estados solos mi madre y yo...
—Pues eso está a punto de cambiar —afirmó, con orgullo—. Me tienes a mí y al resto de la familia. Somos todos muy majos... menos Kevin, que es tonto.
Le cogió de las manos.
—A partir de ahora tú y yo seremos amigos.
Negó con la cabeza.
—O algo mucho más guay... ¡Mejores amigos!
Kieran levantó los hombros, asintió y se rascó el cuello.
—¿Te pica el cuello, primo? Puedo pedirle a mamá que me deje un poco de esa crema que huele tan bien.
—Es un gesto que hago cuando estoy nervioso o tengo miedo...
—Pues no hay nada que temer, Cara Seria. Yo no muerdo —añade, mientras se acerca a su oído y susurra—. A no ser que me llames la Aberrante de la Colina.
La niña enseñó sus colmillos, en un intento de resultar amenazante.
—Como lo hagas, te morderé en el cuello y me beberé toda tu sangre como si fuera uno de verdad.
Kieran asintió, preso del pánico. Pánico que se desvaneció al ver a su prima guiñarle el ojo.
Liliana comenzó a juguetear con un mechón de pelo y, tras un brinco, extendió la mano para chocarle las cinco añadiendo:
—¿Juntos?
—¿Juntos? —preguntó él, confundido.
—Leí en un libro que los mejores amigos tienen que tener un saludo especial para poder ser oficialmente mejores amigos para toda la vida. Estuve pensando y se me acaba de ocurrir algo: chocamos las cinco, uno pregunta: «¿Juntos?». Luego el otro asiente y dice algo...
Se rascó la cabeza y levantó los hombros.
—No se me ocurre nada.
Kieran se quedó pensativo. Finalmente, tras chocarle los cinco con fuerza y apretarle la mano, dijo:
—Hasta el final.
La alegría volvió al rostro de Liliana.
—¡Me gusta! Ya tenemos nuestro saludo especial. ¡Yupi! Somos oficialmente mejores amigos para siempre.
Volvió a abrazarlo y comenzó a ronronear.
—Gracias por querer ser mi mejor amigo.
—¿Solo sabes abrazarme?
—No te quejes. Tengo que darte todos los abrazos que no te di en cinco años, Cara Seria.
Kieran arqueó una ceja al escuchar el mote.
—¿Por qué me llamas así?
—Ya te lo dije: tus ojos son tristes y sonríes muy poco. Si te parece ofensivo, puedo llamarte de otra forma.
—Qué va... de hecho me hace gracia, Liliana la Intrépida.
Los ojos de Liliana se iluminaron de golpe.
—La Intrépida... suena a superheroína, como Wonder Woman.
—¿Cómo quién? —preguntó él.
—¿No sabes quién es?
Kieran negó con la cabeza.
—Liliana la Intrépida tiene mucho que enseñarte —respondió, con tono cómico mientras posaba con las manos en las caderas y lucía una mirada desafiante.
Una voz grave empezó a reír.
—Siempre con tus cosas, Liliana. Vas a acabar espantando a nuestro invitado.
Al lado de la puerta, sin que ambos infantes se dieran cuenta, una figura observaba la escena en silencio. Se trataba de un hombre alto, de complexión fuerte y rostro sereno. Su melena castaño rojizo, del mismo color que la de Liliana, y su barba, larga pero bien cuidada, junto con su porte firme, imponían respeto sin necesidad de alzar la voz.
Su expresión afable y su mirada tranquila contrastaban con su presencia: la de un hombre que había escapado de un infierno y había decidido no llevárselo consigo.
Liliana se sobresaltó al verlo pero enseguida sonrió.
—Mira, papi —afirma, mientras vuelve a posar—. Ahora soy Liliana la Intrépida. Que tiemblen los malos de Invicta.
—Vaya...—dijo con una sonrisita—. Veo que al menos mi pequeño terremoto ha conseguido conectar contigo, muchacho.
—Te dije que Kevin se equivocaba, papá. ¡Kieran y yo somos mejores amigos para siempre!
—Me alegro mucho, mi niña. Un mejor amigo para siempre es un tesoro muy valioso.
El hombre dirigió su mirada a Kieran. El niño bajó la vista y volvió a rascarse el cuello.
Intentó hablar, dispuesto a disculparse, pero el hombre se adelantó, como si ya conociera ese gesto.
—No pasa nada, muchacho. Los muebles son reemplazables. No quiero imaginar por el infierno que has tenido que pasar en Subterra.
Kieran alzó la vista, sorprendido. No entendió cómo lo supo... ni por qué no se había enfadado.
—Es de los nuestros, papá —intervino Liliana—. La familia se cuida y se perdona. Es lo que siempre me decís mamá, Tito Jona y tú.
El hombre asintió convencido.
—Sí. Tienes toda la razón, pequeña.
Volvió su mirada hacia Kieran.
—¿Sabes qué, muchacho? Empecemos de cero. Soy Maximiliano Kanurath, patriarca de esta familia.
Señaló un retrato en la pared, dónde posa una mujer joven con rostro sereno.
—Hermano de tu madre Aida... y padre de este torbellino que se hace llamar Liliana.
Apoyó la mano sobre la cabeza de su hija, quien sonrió mientras miraba a Kieran.
—Espero que nos des la oportunidad de poder conocerte y ofrecerte un hogar donde puedas ser feliz.
Kieran se arrodilló, abrumado.
—Gracias, señor... compensaré todo el mal que he hecho.
Su tío no tardó ni un segundo en reaccionar.
—Un Kanurath no se humilla ante otro —dijo con firmeza, sin perder el tacto—. Levanta, por favor.
Le tendió la mano y lo ayudó a incorporarse.
—Así está mejor, sobrino. ¿Tienes hambre? Tu tía está esperándonos para cenar. Yo que tú bajaría ahora antes de que te mande a la cama sin probar bocado.
—Si ocurre eso, yo también me voy a la cama sin cenar.
Maximiliano le dio una palmada cariñosa en la sien, una señal de estar orgulloso.
—Tu tío Jonathan también está abajo, está deseando conocerte.
—Tito Jona te van a caer genial, Cara Seria.
Como si fuera un espejismo, Kieran tuvo tiempo de ver cómo alguien daba un portazo a la habitación de al lado. Maximiliano suspiró al escuchar el golpe, ignorando la falta de modales de su hijo mayor.
—¡Sal de tu cuarto ahora mismo, Kevin!
—No quiero cenar con el sin apellido.
—Pues te quedas sin cenar —sentenció su tío, que seguía mirando a la puerta—. Seguro que el hambre te ayuda a reflexionar.
—Vete a la mierda, padre.
Liliana le cogió de la mano a Kieran, obligándole a ignorar la escena.
—Bienvenido a casa, Cara Seria.
Lo último que recordó de su antiguo yo fue la mano de Liliana aferrada a la suya y a su tío Maximiliano abriéndoles el camino hacia un comedor iluminado, donde más figuras le esperaban.
—Nos tenías preocupados a todos, pequeño —dijo una mujer, con una llave de plata colgada al cuello—. ¿Dónde quieres sentarte?
—Kieran se sienta a mi lado —afirmó Liliana, convencida—. Ahora y siempre.
—Así se habla, sobrina. Tienes el mismo coraje que tu madre.
—¡Deja de beber de esa petaca y siéntate, Jona! —exclamó la mujer, ante la risa de su marido—. Eso también va por ti, León de Invicta.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo diferente.
Estaba a salvo. O tal vez sólo era lacalma engañosa tras la tormenta.








