Capítulo 1: La nueva residencia

El cielo matutino se extendía como un manto de lienzo gris que sofocaba la luz del sol. El carruaje avanzaba con lentitud por un camino angosto, franqueado por robles centenarios cuyas ramas se entrelazaban en lo alto, creando un túnel de sombras y hojas oscuras. A los lados, la niebla descansaba sobre la hierba como un velo nupcial abandonado, ocultando los límites de una propiedad que parecía pertenecer a otro siglo.
En el interior del carruaje, Eleanor Ashford contemplaba el paisaje a través del cristal. A sus diecinueve años, llevaba consigo una belleza serena: cabello castaño oscuro recogido con una cinta color marfil, ojos de un azul grisáceo y una piel pálida que contrastaba con el azul celeste de su vestido.
Pero tras su porte refinado se escondía un peso constante. Hacía dos años que un trágico accidente le había arrebatado a sus padres. Desde entonces, el luto no solo había cambiado su vestimenta; habitaba en su pecho como una ausencia helada. Cada melodía le recordaba las manos de su madre sobre las teclas del piano; cada libro, la voz grave de su padre al leer junto a la chimenea. El dolor había refinado su sensibilidad, enseñándole a buscar respuestas en el silencio y a reparar en los pequeños detalles que otros ignoraban.
Frente a ella viajaba su tía, Lady Margaret Ashford. De porte erguido, vestido color esmeralda y mirada firme, Margaret era la hermana menor de su padre. Aunque su disciplina podía parecer severa, Eleanor conocía la devoción con la que su tía se había hecho cargo de ella cuando su mundo se desmoronó.
Margaret cerró el libro que sostenía entre las manos, rompiendo el murmullo de las ruedas sobre la grava.
—¿Estás nerviosa, Eleanor?
—Un poco —admitió la joven con una leve sonrisa—. Resulta extraño pensar que este lugar será nuestro nuevo hogar.
—Será un buen comienzo —respondió Margaret con ternura—. Después de todo lo transcurrido, ambas necesitamos distancia.
Eleanor bajó la mirada. El luto de Londres, las miradas de lástima de la alta sociedad y los salones vacíos de su antigua casa quedaban atrás. Ahora solo quedaban ellas dos y una vasta propiedad heredada de un pariente lejano: Blackthorne Manor.
El carruaje tomó la última curva y la mansión emergió entre la bruma.

El vehículo se detuvo ante la escalinata principal. La portezuela se abrió y un hombre anciano de uniforme impecable y cabello blanco las recibió con una inclinación respetuosa. Era el señor Harold Whitmore, el mayordomo. Su rostro impasible escondía una mirada profunda, la de alguien que guardaba las llaves no solo de las habitaciones, sino de los secretos del lugar.
—Bienvenidas a Blackthorne Manor —dijo Harold con voz pausada.
Al cruzar el umbral, el ambiente cambió. El aire interior era más frío y denso, impregnado de un aroma a madera barnizada, papel viejo y rosas secas. El vestíbulo se abría ante ellas con una escalinata doble de roble y paredes tapizadas de retratos antiguos cuyas miradas parecían seguir cada uno de sus pasos.
En un extremo del vestíbulo, un majestuoso reloj de pie de caoba dominaba la pared. Su péndulo oscilaba con un chasquido metálico. Eleanor se detuvo a observarlo. El minutero avanzó a tirones, retrocedió un milímetro de forma casi imperceptible y luego continuó su marcha. Decía marcar las cuatro de la tarde, pero la lentitud con la que caía la noche sugería otra cosa.
—La casa se conserva en perfecto orden, señorita —comentó Harold, notando su mirada—. Aunque a veces el tiempo aquí parece tener sus propias reglas.
Antes de que Eleanor pudiera responder, un leve crujido resonó en lo alto de la escalinata.
Al alzar la vista, lo vio. Un joven permanecía junto a la balaustrada del primer piso, envuelto en las sombras. No parecía un visitante ni un sirviente; se erguía con la naturalidad de quien forma parte de la arquitectura misma.

El muchacho se detuvo a pocos pasos y realizó una reverencia discreta.
—Bienvenidas —dijo. Su voz era suave, casi un susurro bien articulado—. Mi nombre es Adrián.
Harold intervino con tono neutro: —Adrián es mi sobrino, Lady Margaret. Se ha encargado de mantener el ala este de la mansión en ausencia de los señores.
Adrián sostuvo la mirada de Eleanor. Había en su postura una compostura casi impropia, como si habitara esa casa no por elección, sino por una larga y antigua costumbre.
—Espero que Blackthorne no les resulte demasiado fría —dijo Adrián, con una leve inclinación de cabeza—. Hay lugares donde la soledad se acumula en los rincones durante años.
—No nos asusta la quietud —respondió Eleanor, dando un paso al frente—. Aunque esta casa parece guardar muchas historias.
—Más de las que imagina —murmuró él. Su mirada se volvió distante por un segundo, fija en el gran reloj de caoba.
En ese instante, la maquinaria del reloj emitió un crujido seco. El péndulo pareció trabarse a mitad de su recorrido. Las agujas, que marcaban las cuatro, saltaron bruscamente y la campana comenzó a repicar con un sonido grave y destemplado.
Una, dos, tres...
El eco resonó en el vestíbulo, rebotando en las paredes de piedra. Adrián no se inmutó por el fallo del mecanismo, pero su rostro adquirió una seriedad absoluta mientras miraba a Eleanor.
—Un consejo antes de que caiga la noche, señorita Ashford —dijo en voz muy baja, dando un medio paso hacia ella—. Si más tarde escucha que alguien pronuncia su nombre en los pasillos vacíos... no responda.
Eleanor sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
—¿Por qué?
Adrián no pestañeó. El reloj dio su última campanada desfasada y el silencio volvió a adueñarse de la estancia.
—Porque en Blackthorne —concluyó él, retrocediendo hacia la penumbra de la escalera—, no todo lo que llama desde la oscuridad desea ser encontrado.










Que malwue no uses el guion de diálogo