Lentes Y Lentillas by NinaWill at Inkitt
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lentes y lentillas

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Segunda mini historia.

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1
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n/a
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13+

Historia 02

**lentes y lentillas

Era el receso en una preparatoria, y cada quien estaba con su grupo de amigos, sonriendo o echando relajo entre ellos. Una chica de hermosos cabellos dorados y larga cabellera estaba rodeada por muchos chicos y todos preguntandole si podían ser los afortunados en ir con ella al baile del día de San Valentín, que sería esa noche en el auditorio de la escuela, y esta fiesta era de etiqueta, todos irían con sus mejores ropas.

Invitación tras invitación y regalo tras regalo recibía la joven más hermosa y más popular de la escuela. Entonces de igual manera el chico más popular de la escuela, se acercó a ella por el camino que sus amigos habían hecho empujando y quitando a los demás.

-Silencio- decía el joven alzando la voz.

Llamando la atención por el sonido de ésta, que era muy varonil dando pequeños escalofríos a quien lo escuchara, todos alrededor guardaron silencio. El joven se acercó seguro de sí mismo y besó la mano de Orra y ésta se quedó en silencio viendo el gesto arqueando una ceja.

-Tú mereces ir con un servidor. Populares y afortunados en belleza deben terminar juntos mi bella Orra, y yo soy él y tú eres ella. Ven conmigo esta noche y jamás querrás aceptar alguna invitación de estos que sueñan con que alguien tan maravillosa como tú si quiera los voltee a ver- decía el joven de manera seductora con su mejor cara. Sus ojos azules parecían brillar con más fuerza y hacían un perfecto contraste con su cabello profundamente negro.

Orra lo miraba sin más y sintió asco por cómo él le tomaba de la mano aún dando besos y besos, a lo que ella, la alejó, respondiendo al fin.

-No porque según tú sea hermosa tengo que ir contigo- dijo reclamando.

Todos pusieron cara de incredulidad y algunos se burlaron. Gerardo no sabía qué cara poner.

-Pero, ¿cómo te atreves a decir eso?- decía perplejo el chico ojiazul.

-Y qué te hace pensar que estoy libre, ¿eh?- decía retándolo.

-Es obvio que no le has respondido a alguien, por eso tienes a todos estos buitres rondándote-, decía poniéndose en su pose galán.

-Y tú qué eres, adivino o qué, claro que ya tengo a alguien conmigo- decía cruzándose de brazos.

-Ja ja, y, ¿quién es?, querida Orra- decía retándola.

Orra miró por un huequito que se hacía de los cuerpos de los chicos a su alrededor y distinguió a un joven sentado en las jardineras. Orra se hizo paso entre todos y fue a donde estaba el chico solitario comiendo su almuerzo. Todos la seguían con la mirada. Llegó y se sentó al lado de él, y todos pusieron cara de espanto y confusión.

-¿Entonces pasas por mí para ir a la fiesta?- decía al fin al chico que comía sin darse cuenta que alguien se había sentado al lado de él.

El chico volteó a mirarla y ahí estaba ella con su mejor sonrisa. Después miró alrededor y pudo darse cuenta de qué pasaba. Él respondió que sí sin más. Todos quedaron estupefactos y algunos le hacían burla al pelinegro. Orra le dio un beso en la mejilla y se retiró haciéndole un gesto a Gerardo. Irving era el chico del almuerzo, sin importarle lo sucedido, siguió comiendo ignorando todo a su alrededor.

Llegó la hora de salida y cuando Irving iba saliendo alguien lo jaló con fuerza a los arbustos. Irving se tocó el brazo del dolor del jalón, Orra estaba ahí con él.

-Oye, aquí tienes mi dirección, pasas por mí a las 7, ¿ok?- decía Orra metiéndole el papelito en el bolsillo de la camisa.

-Pero… – dijo, cuando Orra le dio las gracias y de nuevo le dio un beso en la mejilla.

Orra se fue con sus amigas e Irving sacó el papelito y miró la dirección con una letra muy bonita de brillitos y muchas caritas felices alrededor. Suspiró aceptando un destino impuesto, lo guardó y cuando se retiraba escuchó que alguien le habló.

-Estoy seguro que te sientes el hombre más afortunado del mundo, ¿no es así, Irving?- decía Gerardo agarrándolo de un hombro.

Irving no dijo nada, se quitó la mano de él y se retiró. Gerardo puso cara de tristeza pues no creía que Orra lo haya humillado por alguien como él. Sus amigos le dieron ánimos como todo un campeón y siguieron su camino, y vaya que lo animaron.

Orra estaba en casa arreglada en su cuarto pensativa, sabía que lo más probable era que Irving no fuera por ella, cuando escuchó que alguien llamó a la puerta por el timbre. Orra se puso nerviosa y su corazón empezó a palpitar sin control. Escuchó voces abajo y entonces su madre abrió la puerta.

-Hija, un chico está esperándote abajo, es uno muy guapo hija, ¿quién es?- decía mientras se sentaba con ella en la cama.

-Se llama Gerardo, mamá- decía suspirando con la cabeza baja.

-¿Gerardo?, hmmm, me pareció escuchar que dijo que su nombre era… Ay, cómo dijo…- comentaba la mamá pensativa.

-¿Irving?- preguntaba Orra, bastante incrédula.

-¡Ah!, así es, dijo Irving- contestaba la mamá confirmando alzando el dedo índice.

-¡Ahhhh!- gritó Orra saliendo del cuarto corriendo.

Bajó las escaleras y ahí estaba un joven muy bien arreglado y bastante apuesto. Orra se sonrojó al verlo.

-Buenas noches, Orra- hablaba Irving con su voz desinteresada.

-Bu— bu— bu— – tartamudeaba cuando la madre la encaminó a él.

-Irving, te vamos a encargar a nuestro tesoro. ¿La cuidarás por nosotros?- decía la madre amable a Irving.

-Sí- respondió secamente.

Los padres de Orra despidieron a los jóvenes y al salir estaba un auto esperando por ellos. Irving dijo que su padre se lo prestó para que viniera por ella y la dejara al acabar la fiesta. Orra estaba incrédula, pues nada de lo que estaba pasando lo pensó ni siquiera por casualidad que podría estar sucediendo. Irving le abrió la puerta, le tomó la mano y Orra subió, la cerró con cuidado y al final antes de subir se despidió de los padres diciendo que traería a salvo a su hija y a la hora que estipularon. Los Padres estaban contentos de ver a la feliz pareja y con una enorme sonrisa por parte de ambos dijeron adiós a su hija. En el camino, Irving y Orra guardaron silencio, nadie dijo ni “Pio”.

Llegaron a la fiesta y muchos vieron la escena igualmente anonadados, pues se les hacía muy difícil creer que fuera Irving el apuesto joven que llegaba con Orra a la fiesta, del brazo y caminando como toda una pareja de ensueño.

La fiesta estuvo muy prendida y fue un momento inolvidable. Llegó la hora de dejar a Orra en su casa, le avisó Irving que ya debían retirarse para llegar al tiempo que le habían dicho los padres de ella. Orra sonriendo accedió. En el camino, Orra no dejaba de hablar de la fiesta e Irving escuchaba atento a lo que ella decía, cada detalle.

Llegaron y sus padres salieron, su padre miró el reloj y eran 5 minutos antes de la hora que dijo. Orra aún seguía hablando de la fiesta cuando Irving la interrumpió.

-Ya he cumplido, tengo que retirarme. Buenas noches- dijo despidiéndose de Orra y luego de los padres.

Orra guardó silencio y le dijo que lo veía mañana en la escuela, Irving asintió y se retiró. Los padres miraron a su hija que estaba suspirando de amor.

Al siguiente día Orra se arregló más de lo normal, y estuvo toda la mañana increíblemente feliz. Al llegar a la escuela, todos la veían extrañados, algo estaba cambiado en ella. Llegó a su salón y se sentó feliz a suspirar de nuevo. Ahí la miraron muy raro hasta que una de sus amigas se acercó a preguntarle por su aspecto, pues estaba usando algo nuevo, estaba usando lentes. Orra dijo que no había nada que decir, ella siempre había usado lentillas y ahora usaría lentes, que le sentaban mejor. Todos empezaron a murmurar por ese enorme cambio y llegó el maestro a dar la clase.

A la hora del receso Orra salió rápidamente del salón, sus compañeros y amigos la miraban actuar realmente muy diferente a lo habitual, y esos lentes, fue un shock para todos que la habían conocido con sus hermosos claros y limpios ojos.

Fue a aquella jardinera donde le habló a Irving por primera vez y ahí estaba, se arregló antes de acercarse y caminó hacia él muy nerviosa y con el latido de su corazón a tope. Al llegar se agachó para saludarlo agarrándose los lentes. Él alzó la mirada y se hizo para atrás inmediatamente pues se encontró muy cerca de la cara de ella.

-¡Sorpresa!- dijo ella sonriente.

Después se sentó al lado de él y lo miraba feliz y un poco coqueta. Irving no le preguntó ni le dijo nada y siguió comiendo su almuerzo.

-Si te preguntas por qué traigo lentes, es eso. Yo no veo bien, y siempre llevaba lentillas, pero ahora que me los puse de nuevo puedo ver que son geniales los lentes, ¿me quedan bien?- dijo interponiéndose entre su almuerzo para que él la mirara.

-Sí, se ven bien- respondió sin más.

-Así como las lentillas te sentaron bien ayer, Irving- dijo linda y sonriente.

-Lo hice porque mi hermana fue quién me arregló- hablaba sin mirarla mientras seguía comiendo.

-¿Tu hermana te arregló?, ¡Genial!, le atinó a todo, pues te veías muy bien, Irving- decía muy animada.

Irving no hablaba nada y seguía comiendo. Orra se sintió rara en ese silencio, y entonces vino el desánimo y se levantó.

-Ya me voy, Irving- con una voz apagada, le dirigió esas palabras.

-Sí- dijo el chico sin voltear a verla.

Orra se fue, y pasaron los días y ella no volvió a hablarle, pero, algo pasó. Todos poco a poco comenzaron a sentarse con Irving a desayunar en aquella jardinera. Le hacían plática y él poco a poco se fue soltando con las personas que le llegaban, uno tras otro. Orra observaba a lo lejos cómo Irving conversaba con los chicos y chicas que llegaban a él, feliz y muy contenta se retiraba de ver algo tan genial, al Irving amistoso y sociable. Y así pasó el último año de su educación media superior y ellos no volvieron a hablarse.

Al paso de los años, una mujer caminaba por la calle cuando se detuvo en el aparador de una tienda donde había televisiones. Y miró a un apuesto hombre que estaba entrevistando a personas famosas. Era Irving, aquel chico que apenas hablaba y comía siempre su almuerzo con la mirada baja en aquella jardinera de la escuela, solitario y alejado del mundo. Ahora era el conductor más reconocido del más famoso programa de la televisora de espectáculos, y Orra lo miraba tan contenta, ver hasta dónde había llegado ese chico que fue a ser llamado en su vida, “Su primer amor”, le llenaba su corazón de un enorme regocijo.

-Orra- dijo alguien a su espalda.

Ella volteó dudosa, y miró que era el mismo chico de la televisora. Se hizo para atrás y chocó con el aparador.

-I— Ir-ving, ¡Irving!… ahh… hola… ja ja…-decía nerviosa.

-Gracias- Irving usó un tono de voz tan amable que hizo que el corazón de Orra diera un salto.

-¿Eh?- respondió ella sin entender a qué se refería.

-Fuiste tú quién envió a todos esos chicos a hacerme plática, ¿no es así?- dijo él.

Orra no respondió y miraba a los lados, nerviosa.

-Gracias, por ti aprendí que poseía habilidades que si no fuera por lo que hiciste no sé qué estaría haciendo ahora. Me gusta, amo mi trabajo, realmente lo amo- decía mirando al cielo.

-Qué bueno- decía Orra sonriéndole de la misma manera que lo hizo alguna vez en el pasado y ese brillo en su mirada que se había apagado de nuevo resplandeció. Con los ojos en ese chico que miraba arriba al cielo y el viento movía sus delicados cabellos, él bajó la mirada y se encontraron uno a otro.

-Te invito un café- dijo Irving muy amigablemente.

-Sale- contestó Orra de nuevo con esa sonrisa por la cual era conocida en su época estudiantil.

Y ambos se fueron caminando a tomar ese café, en todo el camino ambos no dejaban de hablar como si fueran amigos de toda la vida. Orra usaba sus lentes e Irving sus lentillas.

Fin.

Gracias por leer y tu tiempo, espero no se me haya ido una faltilla de ortografía jeje.

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