Prólogo
El tren avanzaba lentamente entre la neblina de la madrugada mientras el joven observaba por la ventana con la misma atención con la que un niño contempla el mar por primera vez.
La ciudad aún dormía, cubierta por luces amarillentas y calles húmedas a causa de la lluvia de la noche anterior.
Entre sus manos sostenía una pequeña maleta de cuero desgastado. No llevaba demasiado consigo: algunas prendas, un cuaderno viejo y un reloj averiado que había dejado de funcionar semanas atrás.
La ciudad aún no despertaba del todo, pero el sol se encargaría de eso en unos cuantos minutos más. El cansancio comenzaba a pesarle en los ojos. Poco a poco, el murmullo constante del tren y el leve balanceo de los vagones fueron arrastrándolo hacia un sueño ligero, permitiéndole descansar mientras aún el tren recorría el pequeño tramo restante.
Sin embargo, cuando sus ojos habían caído antes el cansancio, un sonido agudo y metálico interrumpió abruptamente su pequeño descanso.
Las ruedas devoraron los últimos centímetros de vía antes de detenerse con violencia contra el parachoques terminal.
Sobresaltado, abrió los ojos y miró a su alrededor. Los pasajeros comenzaban a levantarse lentamente de sus asientos mientras acomodaban sus pertenencias con evidente sueño.
Aunque el sueño todavía entorpecía sus movimientos, se apresuró a ordenar su maleta y limpiar discretamente el polvo que cubría sus zapatos.
—Hijo, despierta. Ya hemos llegado—dijo una señora mientras acomodaba al pequeño.
—Por favor pasajeros, recojan sus pertenencias y bajen del tren. Hemos llegado a su destino—anunció un joven oficial.
«¿Así es la ciudad?», pensó con emoción mientras terminaba de ordenar sus cosas.
Tomó su abrigo, acomodó cuidadosamente el sombrero sobre su cabeza y descendió del tren con las pocas pertenencias que poseía. Quizá su rostro era muy expresivo aunque intentara contenerse, porque la gente, notoriamente cansada, no paraban de mirarlo y preguntarse como es que ese joven no tenía ni una pizca de agotamiento.
Apenas puso un pie fuera de la estación, una fuerte ráfaga de viento le dio la bienvenida, arrancándole el sombrero de la cabeza.
Los ojos se le abrieron de inmediato.
«¡No puede ser!»
—¡Mi sombrero!
Él se apresuró a correr detrás del sombrero, que era arrastrado por el viento como si tuviese vida propia.
El objeto descendió lentamente hacia un enorme charco de agua de lluvia.
«Ay no.»
«AY NO.»
«¡AY NO!»
Ya no había forma de salvarlo.
Tendría que resignarse a lavarlo nuevamente a mano y rezar para que, cuando regresara a casa, su padre no notara que habían ocurrido ciertos... inconvenientes durante el viaje.
Solo unos pequeñísimos inconvenientes.
Sin embargo, antes de que el sombrero pudiera tocar el agua, alguien logró atraparlo justo a tiempo.
—¿Es suyo? —preguntó una voz femenina.
Todavía agitado por la pequeña persecución, levantó la mirada apresuradamente.
Frente a él, se encontraba una joven, quizá de su misma edad, sosteniendo cuidadosamente su sombrero entre las manos.
—Si...—dijo tomando una bocada de aire—Muchas... Muchas gracias señorita.
Se acercó a ella y recibió el sombrero con gratitud.
—De veras, muchas gracias señorita.
«Que vergüenza»
Lo único que se permitía demostrar era una pequeña sonrisa tímida y avergonzada que no expusiera el sonrojado que se había plasmado en sus mejillas.
—S-si usted gusta, me encantaría devolverle el favor...—intentó sostenerle la mirada—Y-yo no es que posea mucho dinero ahora, pero cualquier cosa que guste pedirme se la daré con gusto señorita.
Ella reprimió una risa que luchaba por salir de su garganta.
—No se preocupe joven, solo es un sombrero. Pero me siento muy contenta de haberlo ayudado.
Ambos sonrieron, ella con amabilidad y él un poco nervioso.
—Espero que a la siguiente su sombrero no desee ser un ave nuevamente—dijo con una pizca de diversión—Cuídese mucho y que tenga un agradable día.
Ella volteó y comenzó a caminar en dirección contraria hacia donde estaba él.
—¡Mu-muchas gracias!—exclamó fuerte para que lo escuchara.
Ella volteó y volvió a sonreírle amablemente, él también le sonrió agradecido, aunque para el momento que lo hizo, ella ya se había mezclado entre la multitud de gente que salía de la estación.
Se colocó el sombrero y comenzó a alejarse también, aunque discretamente, volteaba por ratos para buscarla.
Después de unos minutos deambulando por las calles, en una ciudad donde el sol ya había abrazado el cielo y los autos ya habían abastecido las calles, por fin llegó a la dirección que le había dado su padre.
Pero cuando estaba a punto de entrar, un rugido de su barriga le quitó toda la fuerza de voluntad que tenía. Y, para su gran suerte, había una tienda de repostería al lado de la casa.
«Quizá un pequeño descanso no le haga daño a nadie»








