Piloto
¡Hola! :D
Si la historia te parece rara o notas que faltan algunas puntuaciones... es porque fumé de la María mientras escribía. 😅
Espero que la disfrutes. Seguiré subiendo capítulos cuando pueda, pero lo importante es que **seguiré haciéndolo**.
Sin nada más que decir... ¡disfruta la historia!
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capitulo 1
El viento arrastraba el olor de la sangre sobre un reino reducido a cenizas.
Las murallas, que alguna vez protegieron la capital, eran poco más que montañas de piedra derrumbada. El acero chocaba en la distancia, aunque cada vez con menos frecuencia. La guerra había terminado hacía unos minutos... solo que nadie parecía dispuesto a aceptarlo.
El príncipe abrió los ojos de golpe.
Tosió con fuerza mientras intentaba incorporarse. Su cabeza latía con un dolor insoportable y apenas recordaba cómo había terminado allí.
A su alrededor solo había cadáveres.
Caballeros.
Soldados.
Criaturas imposibles de reconocer.
Espadas clavadas en la tierra.
El joven apoyó una mano sobre el suelo empapado de sangre y consiguió ponerse de pie tambaleándose.
—¿Qué... ocurrió...?
Volteó a su lado. su fiel mano derecha también estaba poniéndose de pie. Los dos cruzaron miradas, hasta que entonces lo recordó.
El palacio.
El tirano.
La última carga.
Su corazón se aceleró.
Levantó la espada del suelo y comenzó a correr. justo detrás de él, su compañero lo siguió.
A lo lejos, encima de una pila de cuerpos y unos edificios, cinco figuras yacían
tres de ellos siguieron al príncipe
si decir una palabra.
uno de los otros dos rió mientras hacía mímica con uno de los cadáveres y molestaba al otro, quien suspiraba de decepción.
Las enormes puertas del salón del trono estallaron.
Siete hombres atravesaron la entrada como una tormenta.
Tres de ellos blandían espadas de aspecto fino como una simple aguja, armas cuya sola presencia hacía vibrar el aire. En contraste, dos de ellos blandían espadas enormes: la mano derecha del príncipe y su hermano.
El séptimo...
Era el príncipe.
—¡Mi señor! —gritó uno de los dos hermanos.
Los sietes se dispersaron al instante.
No hablaban.
No lo necesitaban.
Uno de los tres bloqueó una lluvia de lanzas.
Otro, junto a la mano derecha del príncipe, partieron varias columnas...
con movimiento casi invisible para el ojo humano para impedir el avance de decenas de enemigos.
El último de los tres sujetó una puerta que comenzaba a derrumbarse para abrirle paso al príncipe.
El hermano de la mano derecha del príncipe simplemente permanecía inmóvil.
Hasta que desenfundó su enorme espada.
No pareció moverse.
Solo se escuchó el sonido del acero abandonando la funda.
Un instante después...
Los soldados frente a él quedaron inmóviles.
Luego, sus cuerpos comenzaron a separarse lentamente por la cintura antes de desplomarse.
El príncipe ni siquiera miró atrás.
Corrió directamente hacia el trono.
Sentado sobre él, como si toda aquella guerra fuera un simple espectáculo...
estaba el tirano.
Sonreía.
—Hasta que llegas.
El príncipe levantó su espada.
—Tu reinado termina aquí.
El tirano soltó una carcajada.
—¿De verdad crees que una espada puede matar aquello en lo que me he convertido?
Desapareció.
El acero chocó contra el del príncipe con una fuerza que hizo temblar todo el salón.
El combate comenzó.
Ninguno desperdiciaba movimientos.
Cada choque levantaba grietas sobre el mármol.
Las estatuas se desplomaban.
Las columnas explotaban bajo la presión de sus espadas.
El principe logró cortar el hombro del tirano.
Este respondió atravesándole el costado.
Ninguno retrocedió.
El principe respiró hondo.
Esperó una apertura.
Una sola.
Cuando llegó...
Avanzó.
Giró sobre sí mismo.
Y hundió toda la hoja de su espada en el pecho del tirano.
El salón quedó en silencio.
El tirano bajó lentamente la mirada hacia la espada que lo atravesaba.
Después sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Casi... satisfecha.
—Al fin...
El príncipe frunció el ceño.
—¿Qué dices?
El tirano levantó una mano temblorosa y sujetó la armadura del príncipe.
Su fuerza era absurda para alguien que estaba muriendo.
—Muchacho...
—Hijo...
— ¿Tú también puedes sentirlas, verdad?
Las cinco...
Las cinco espadas...
—Estás enfermo...
—Padre... —Dijo el príncipe antes de dejar caer una lágrima.
Los ojos del príncipe se abrieron.
El tirano comenzó a reír.
Una risa rota.
Enfermiza.
Después abrió la boca.
Demasiado.
Muchísimo más de lo que debería ser posible.
Una densa niebla negra brotó de su garganta como si tuviera vida propia.
El príncipe intentó apartarse.
Ya era tarde.
La oscuridad atravesó su boca, su nariz y sus ojos.
—¡¡AAAAAAAHHHH!!
El grito hizo vibrar el salón entero.
El príncipe cayó de rodillas mientras se sujetaba la cabeza.
La armadura comenzó a crujir.
Las venas de su cuello se oscurecieron.
Desde la entrada, los tres espadachines y los dos hermanos dejaron de pelear.
Por primera vez desde que había empezado la batalla...
sus rostros mostraban miedo.
—¡Mi señor! —gritó uno de ellos.
Otro dio un paso hacia adelante.
Pero se detuvo.
Nadie sabía qué estaba ocurriendo.
El príncipe seguía gritando.
Y la oscuridad continuaba entrando en su cuerpo.
El silencio de la guerra fue reemplazado únicamente por aquel grito desesperado.
Un grito rompió el silencio del barracón.
El joven se incorporó de golpe, respirando con dificultad. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Sus ojos recorrían desesperados el techo de madera mientras intentaba distinguir la realidad de aquel sueño.
Un campo de batalla.
Un príncipe.
Un hombre gritando.
Sangre.
Siempre el mismo sueño.
—de nuevo... —murmuró llevándose una mano a la cabeza.
Antes de poder calmarse, resbaló al intentar bajar de la litera y cayó de espaldas al suelo con un golpe seco.
—¡mierda!
Varias risas apagadas se escucharon entre las demás camas.
—¿Otra vez te caíste? —se burló un cadete.
—Empieza bien el futuro caballero.
El protagonista soltó un suspiro avergonzado mientras se levantaba.
En ese momento, la puerta del barracón se abrió de golpe.
—¡¡EN PIE!!
La voz del Mayor hizo temblar la habitación.
Todos los cadetes se levantaron de inmediato.
El hombre recorría las filas con las manos detrás de la espalda.
Era alto, de cabello gris y mirada severa. Su armadura mostraba cicatrices de incontables campañas.
—Si alguno cree que convertirse en caballero consiste en dormir hasta tarde como una nene, puede largarse ahora mismo.
Nadie respondió.
—Entonces... al patio malditas ratas.
El entrenamiento comenzaba antes del amanecer.
Decenas de muñecos de paja esperaban alineados.
—¡Postura!
Todos levantaron sus espadas.
—¡Golpe!
El sonido del acero golpeando la madera retumbó una y otra vez.
Todos menos uno.
El protagonista falló el golpe y la espada terminó clavándose en el suelo.
Un compañero soltó una carcajada.
—Ni mi abuela loca es tan mala.
El protagonista sonrió con vergüenza mientras sacaba la espada.
No era malo por falta de ganas.
Simplemente...
Nunca había tenido talento.
El Mayor pasó junto a él.
—Sujetando la espada así solo conseguirás que te la arranquen de las manos.
Corrigió ligeramente la posición de sus brazos.
—No luches contra tu espada. Deja que el peso haga parte del trabajo.
—Sí, señor.
El protagonista volvió a intentarlo.
Esta vez acertó.
Aunque el golpe fue tan fuerte que perdió el equilibrio y casi cayó de cara contra el muñeco.
Más risas.
El Mayor negó con la cabeza.
—Torpe... pero al menos golpeas con fuerza.
Después llegaron las carreras.
Cinco vueltas alrededor de la muralla.
Luego otras cinco.
Y después ejercicios con armadura.
Cuando terminó, sentía que las piernas ya no le pertenecían.
—¡Patrulla!
Los cadetes tomaron sus lanzas y espadas.
Las enormes puertas de la capital se abrieron.
La ciudad despertaba lentamente.
Panaderos.
Mercaderes.
Niños jugando.
Ancianos conversando.
Era una paz tan cotidiana que costaba creer que el reino hubiera conocido alguna guerra.
—Algún día... —pensó el protagonista mientras observaba a una niña correr detrás de un perro—...quiero proteger todo esto.
No buscaba fama.
Ni riquezas.
Solo quería convertirse en un caballero digno.
La noche cayó.
El turno terminó.
Regresó al barracón completamente agotado.
Ni siquiera se quitó las botas antes de acostarse.
Cerró los ojos.
Y volvió a soñar.
El mismo grito.
La misma oscuridad.
Las mismas cinco espadas.
Los hermanos
Se despertó jadeando.
Otra vez.
Al día siguiente, el entrenamiento terminó igual que siempre.
Con músculos adoloridos y alguna reprimenda del Mayor.
Sin embargo, aquella patrulla sería distinta.
El grupo recibió la orden de inspeccionar el distrito comercial.
Las calles estaban abarrotadas.
El olor a carne asada y pan recién hecho llenaba el aire.
Las risas salían de cada taberna.
Entonces...
Un estruendo llamó su atención.
—¡Ya te dije que quiero otra ronda!
—¡No ya bebió suficiente cerveza!
—¡Soy un héroe de guerra, maldita sea!
Los cadetes intercambiaron miradas.
—Otra vez ese viejo loco... —murmuró uno.
El protagonista empujó la puerta de la taberna.
Dentro reinaba el caos.
Mesas volcadas.
Jarras rotas.
Clientes observando la escena entre risas.
En el centro estaba un hombre enorme.
Llevaba una gabardina vieja cubierta de polvo y una capucha que ocultaba parte de su rostro.
Un enorme bulto descansaba sujeto sobre su espalda.
Con una botella en una mano y apenas capaz de mantenerse de pie, discutía con el tabernero.
—¡Una cerveza más!
—¡E dicho que no hombre!
—¡Vamos pagaré extra!
—¡Con que dinero!
—Y si ya sabes te pago luego.
Las carcajadas llenaron el lugar.
El protagonista dio un paso al frente.
—Señor... creo que ya es hora de irse.
El hombre giró lentamente la cabeza.
Sus ojos, enrojecidos por el alcohol, parecían completamente perdidos.
Pero por un instante...
Hubo algo en su mirada.
Algo que hizo que el protagonista sintiera un escalofrío.
—¿Y tú... quién demonios eres?
—Un caballero en entrenamiento.
El hombre soltó una carcajada.
—¿Caballero?
Le dio un largo trago a la botella.
—¿Sabes quién soy yo?
El protagonista negó con la cabeza.
El desconocido abrió los brazos como si esperara aplausos.
—¡Soy un maldito héroe!
Nadie respondió.
Un cliente levantó su jarra.
—Sí, sí... claro que lo eres.
Más risas.
El protagonista apoyó lentamente la mano sobre la empuñadura de su espada.
No quería pelear.
Solo estaba preparado por si la situación empeoraba.
El borracho lo notó.
Bajó la mirada hacia la espada.
Después volvió a verlo a los ojos.
Su sonrisa desapareció.
—¿Quieres pelear conmigo... pañales?
La taberna quedó en silencio.
El protagonista tragó saliva.
—No he dicho eso.
—Pero pusiste la mano sobre tu espada.
El aire parecía más pesado.
Los demás cadetes comenzaron a acercarse.
Uno de ellos incluso llevó discretamente la mano a su arma.
El desconocido dio un paso tambaleante.
—Otro más.
Parecía que iba a sacar el enorme objeto que llevaba a la espalda.
Entonces...
Se quedó completamente inmóvil.
Parpadeó dos veces.
Y cayó de cara contra el suelo.
¡PUM!
El silencio duró apenas un segundo.
Después toda la taberna estalló en carcajadas.
El tabernero suspiró resignado.
—No se preocupen.
—sigue vivo solo se desmayó...
—Mañana hará exactamente lo mismo.
El protagonista observó al hombre tendido en el suelo.
No podía explicarlo...
Pero por un instante, justo antes de que se desmayara...
Sintió como si aquel viejo hubiera dejado de ser un borracho cualquiera.
Como si hubiera visto a alguien completamente distinto alguien a quien ya avía visto antes.
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**Nota del autor**
Algo salió mal mientras escribía este capítulo y el siguiente. De alguna manera, terminé el tercero... ¡pero no el segundo! ✌🏽😂
Pero no te preocupes, querido lector teórico. Me encargaré de arreglar ese desastre lo antes posible.
¡Y que viva la María! 🥬🥬
Chao. 👋


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