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NOSTALGIA INEXISTENTE

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Summary

Nostalgia Inexistente te invita a un viaje intrigante a un mundo donde la memoria se esconde detrás de sombras olvidadas. Acompaña a Emilio Foss, un archivista que descubre un vacío inquietante en los documentos históricos que ha amado durante años. Cuando las vidas de personas y eventos comienzan a desvanecerse de la memoria colectiva, Emilio y su colega Mara se embarcan en una búsqueda que desafía la realidad misma. ¿Es posible que el mundo haya sido construido sobre historias borradas? 💭✨ Sumérgete en un relato lleno de misterio, emociones y la búsqueda desesperada por recordar lo que nunca debió ser olvidado. ¿Te atreves a descubrir la verdad? 📚💫 ¡No te pierdas esta fascinante historia que cuestiona nuestra percepción del pasado!

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


Nadie supo exactamente cuándo comenzaron las omisiones. Pero el mundo siguió funcionando con absoluta normalidad. Los trenes llegaban a tiempo. Las ciudades continuaban iluminándose cada noche. Las estaciones cambiaban lentamente, como siempre. Y, sin embargo, algo se estaba borrando. La primera señal apareció en el Archivo Central. Un complejo inmenso construido bajo los acantilados costeros de Meridia, donde se almacenaban documentos históricos provenientes de todos los continentes conocidos. Allí trabajaba Emilio Foss desde hacía casi quince años. Le gustaba el silencio de los archivos. El olor de los papeles antiguos. La rutina precisa de clasificar memorias ajenas. La sensación tranquilizadora de que todo, de algún modo, podía conservarse. Por eso notó el problema antes que nadie.

Una mañana encontró una estantería completamente vacía. No debería haber sido extraño. Los archivos se reorganizaban constantemente. Pero aquella sección tenía algo inquietante: Las etiquetas seguían allí. Códigos. Fechas. Números de clasificación. Todo indicaba que cientos de documentos habían ocupado ese lugar durante décadas. Excepto que nadie lo recordaba. Emilio consultó los registros digitales. Nada. Sistemas antiguos. Nada. Incluso las copias de seguridad aparecían incompletas, como si la ausencia hubiese existido siempre.

—Probablemente un fallo de catalogación —dijo su supervisora sin levantar demasiado la vista. Pero Emilio no logró convencerse. Había trabajado suficiente tiempo allí para reconocer la diferencia entre desorden y vacío. Aquello era otra cosa. Durante las semanas siguientes comenzaron a aparecer pequeñas inconsistencias. Fotografías en las que sobraban espacios vacíos entre grupos de personas. Monumentos dedicados a individuos cuyos nombres ya no figuraban en ninguna base de datos. Libros de historia mencionando acontecimientos vinculados a personas imposibles de identificar. Nada espectacular. Detalles mínimos. Pero constantes.

Una noche, mientras revisaba documentos marítimos del siglo anterior, Emilio encontró una referencia repetida varias veces en distintos informes navales. “La Defensa de Norh-Lys”. No reconoció el nombre. Buscó información. No encontró ninguna. Sin embargo, existían demasiadas menciones dispersas como para tratarse de un error. Bitácoras de capitanes. Discursos políticos. Cartas personales. Todos hablaban de Norh-Lys como si hubiera sido un hecho trascendental. Y aun así… Nadie recordaba qué había ocurrido allí. La curiosidad comenzó a consumirlo lentamente. No de forma obsesiva. Peor. De forma silenciosa. Empezó a notar vacíos también fuera del Archivo. Canciones populares con versos evidentemente incompletos. Películas antiguas donde ciertos personajes parecían haber sido eliminados sin afectar completamente la trama. Incluso conversaciones cotidianas. Personas mencionando frases como:

—“Siento que olvidé algo importante”.

—“¿No había alguien más?”.

—“Ese lugar me resulta familiar… aunque nunca estuve ahí”.

Emilio intentó ignorarlo, pero no pudo. El descubrimiento real ocurrió gracias a Mara Elsen. Mara trabajaba restaurando material fotográfico deteriorado dentro del Archivo Central. Era meticulosa. Reservada. Extrañamente paciente. La mayoría del personal apenas la conocía. Fue ella quien llevó hasta Emilio una caja encontrada en depósitos subterráneos recientemente reabiertos. No tenía códigos oficiales o registro de ingreso. Sólo una inscripción escrita a mano:

“Departamento de Continuidad”.

—“¿Existe algo así?” —preguntó Mara.

Emilio, extrañado, negó lentamente. Nunca había escuchado ese nombre. Abrieron la caja juntos. Dentro encontraron decenas de fotografías. Todas mostraban personas desconocidas. Pero había algo extraño en ellas. Algo difícil de explicar. Las imágenes parecían incompletas. Como si los rostros retratados hubiesen sido importantes alguna vez. Profundamente importantes. Y el mundo simplemente hubiera dejado de recordarlos. En una fotografía aparecía una mujer frente al océano sosteniendo un casco metálico bajo el brazo. Detrás de ella, una multitud celebraba algo. En el reverso alguien había escrito:

“Después de la Puerta de Ceniza. Ella nos salvó.”

No existía ningún registro sobre la Puerta de Ceniza. Ni sobre aquella mujer. Otra fotografía mostraba un grupo de personas observando el cielo nocturno desde una ciudad iluminada. Todos parecían agotados. En la esquina inferior aparecía una frase parcialmente borrada:

“Últimos sobrevivientes de…”

El resto había desaparecido. Mara observó las imágenes en silencio durante varios minutos. Luego dijo algo que dejó incómodo a Emilio.

—“Siento que los conozco”.

No hablaba metafóricamente. Su voz tenía una sinceridad perturbadora. Emilio comenzó entonces a investigar seriamente. No como un simple archivista. Como alguien intentando reconstruir un sueño olvidado. Descubrió referencias dispersas por todas partes. Nombres que aparecían fugazmente en documentos antiguos para luego desaparecer sin explicación. Lugares imposibles de localizar. Eventos aparentemente trascendentales que no dejaron consecuencias visibles. Y siempre la misma sensación. Como si alguien hubiera arrancado páginas enteras de la memoria del mundo. Emilio esperaba encontrar una especie de conspiración. Alguna manipulación histórica. Pero la verdad resultó mucho más extraña. La encontró en los niveles inferiores del Archivo. Sectores clausurados décadas atrás. Las puertas estaban cerradas electrónicamente, aunque los sistemas parecían demasiado antiguos para seguir funcionando. Mara logró abrirlas utilizando credenciales olvidadas dentro de registros administrativos obsoletos. El aire olía a humedad y polvo antiguo. Las luces tardaron varios segundos en encenderse. El corredor descendía profundamente bajo los acantilados. Más abajo de lo que el complejo oficial debería permitir.

Finalmente, llegaron a una sala circular cubierta de archivadores metálicos. Miles de ellos. Y en el centro… Una máquina. No parecía moderna. Tampoco tan antigua. Era simplemente extraña. Una estructura formada por anillos concéntricos y placas translúcidas donde flotaban símbolos luminosos moviéndose lentamente como peces bajo el agua. Encendida. Mara se acercó primero.

—“Todavía funciona”.

Junto a la máquina encontraron grabaciones. Cintas magnéticas Algo extremadamente inusual. Emilio reprodujo la primera. La imagen mostraba a un hombre mayor sentado frente a la cámara Tenía el rostro agotado. Con evidente miedo.

—“Si alguien está viendo esto” —dijo—, significa que el Protocolo de Conservación falló parcialmente”.

La grabación sufrió interferencias breves.

—“Las realidades fusionadas no podían coexistir intactas. Había demasiadas contradicciones. Demasiadas historias incompatibles”.

Emilio sintió un escalofrío eléctrico recorriéndole por la espalda.

—“Para estabilizar el nuevo mundo fue necesario realizar supresiones selectivas”.

Mara intercambió una mirada silenciosa con él.

—“Personas. Eventos. Lugares completos. Algunos fueron eliminados físicamente. Otros sólo de la memoria colectiva”.

El hombre respiró profundamente antes de continuar.

—“No desaparecieron completamente. Los ecos permanecen. Siempre permanecen”.

La cinta terminó abruptamente. Ninguno habló durante varios segundos.

Finalmente, Emilio rompió el silencio.

—“¿Qué significa realidades fusionadas?”

Mara observó la máquina girando lentamente.

—“Creo que nuestro mundo no siempre fue este”.

Las semanas siguientes cambiaron completamente sus vidas. Comenzaron a estudiar los archivos ocultos del Departamento de Continuidad. Miles de documentos clasificados. Mapas incomprensibles entre sí. Registros astronómicos pertenecientes a cielos distintos. Y listas. Muchas listas de personas olvidadas. Algunas tenían apenas un nombre. Otras incluían descripciones más extensas. “Piloto interdimensional”. “Último guardián de Vey-Or”. “Niña sobreviviente del corredor blanco.” Parecían fragmentos de historias arrancadas de otro lugar. Pero lo verdaderamente inquietante era esto:

Mientras más leían sobre ellos… Más comenzaban a recordarlos. Sensaciones. Emociones antiguas. Como si aquellas vidas hubieran dejado marcas invisibles dentro de la memoria humana. Emilia soñó por primera vez con una ciudad llamada “Aurigan”. Luego, despertó sabiendo exactamente cómo olía la lluvia allí. Qué música sonaba en sus calles. Cómo brillaban las ventanas durante el invierno. Aurigan no existía. O tal vez sí. Alguna vez. Mara experimentó algo similar. Comenzó a dibujar paisajes desconocidos automáticamente mientras trabajaba. Puertos suspendidos sobre mares violetas. Trenes atravesando océanos congelados. Edificios imposibles. Una noche confesó algo que llevaba tiempo ocultando.

—“Desde niña siento nostalgia por lugares donde nunca estuve”.

Emilio entendió perfectamente. Porque él también empezaba a sentirla. La investigación avanzó lentamente hasta descubrir el propósito real de la máquina subterránea. No era un archivo. Era un estabilizador. Su función consistía en mantener coherente la realidad fusionada, evitando que los recuerdos incompatibles regresaran masivamente. Porque el nuevo mundo había sido construido utilizando fragmentos de incontables historias anteriores. Algunas personas sobrevivieron al proceso. Otras no. Y otras tantas… Habían sido olvidadas para permitir que todo continuara funcionando.

No era un proceso hecho por maldad. Sino más bien, por necesidad. Aquello resultaba difícil de aceptar. Emilio pasó noches enteras caminando junto al mar intentando ordenar sus pensamientos. Las olas golpeaban suavemente los acantilados bajo la niebla nocturna. Todo parecía normal. Hermoso, incluso. Y aun así, bajo esa normalidad descansaban millones de ausencias invisibles. Comenzó entonces a preguntarse algo insoportable:

“¿Cuántas cosas de sí mismo pertenecían realmente a este mundo?”.

La respuesta llegó inesperadamente.

Mientras revisaban archivos dañados, Mara encontró un expediente parcialmente destruido. Solo sobrevivía una línea legible:

“E. Foss — Transferido desde…”.

El resto estaba borrado. Emilio sintió vértigo.

Horas después encontró otra referencia. Una fotografía. Aparecía él. Más joven. Vestido con un uniforme que jamás había visto. Detrás podía observarse una ciudad iluminada por tres lunas. En el reverso alguien había escrito:

“Si sobrevives a la transición, no olvides quién eras.”

Emilio dejó caer la fotografía. Porque no recordaba aquella vida. Pero una parte de él sí.

Durante días evitó regresar al Archivo. Necesitaba distancia. Necesitaba creer que aún existía algo estable. Caminó mucho junto a la costa. Observó pescadores trabajando normalmente. Niños jugando cerca del puerto. Parejas discutiendo trivialidades. La vida seguía adelante. Y quizá eso era precisamente lo más extraño. El mundo no estaba roto. Solo incompleto.

Finalmente, volvió. Encontró a Mara esperando junto a la máquina.

—“Tomé una decisión” —dijo ella.

Había descubierto algo importante. Los ecos olvidados seguían creciendo lentamente. La realidad comenzaba otra vez a recordar. No de manera peligrosa. No como un colapso. Más parecido a cicatrices reapareciendo bajo la piel. La máquina podía impedirlo. O permitirlo.

—“¿Qué pasa si apagamos el sistema?” —preguntó Emilio.

Mara permaneció mucho tiempo en silencio.

—“Tal vez las personas recuerden”.

—“¿Y eso sería malo?”.

Ella observó lentamente los archivadores infinitos a su alrededor.

—“No lo sé”.

Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos. No existía una solución correcta. Recordar significaba recuperar historias perdidas. Personas olvidadas. Sacrificios invisibles. Vidas enteras borradas para construir estabilidad. Pero también podía destruir el delicado equilibrio del presente.

Esa noche permanecieron junto a la máquina observando los anillos luminosos girar lentamente. Como un corazón artificial latiendo bajo el mundo.

—“¿Crees que ellos querrían ser recordados?” —preguntó Emilio.

Mara sonrió apenas. Una sonrisa triste.

—“Creo que todos queremos eso”.

No apagaron la máquina. Tampoco la dejaron igual. Modificaron apenas algunos parámetros. Pequeños cambios. Sutiles. Lo suficiente para permitir que ciertos ecos sobrevivieran. No como revelaciones violentas. Como susurros. Desde entonces comenzaron a ocurrir cosas pequeñas. Personas soñando con lugares imposibles. Canciones antiguas reapareciendo sin autor conocido. Niños mencionando nombres que nadie les enseñó. Y a veces… Algunas personas sentían nostalgia inexplicable por héroes que jamás conocieron.

Emilio continuó trabajando en el Archivo Central. Clasificando documentos. Restaurando memorias. Escuchando el océano golpear suavemente los acantilados cada noche. Pero ahora comprendía algo distinto. Ya no era una línea fija. Menos un relato completo. Era un mar. Y bajo su superficie permanecían incontables cosas perdidas esperando ser recordadas otra vez.

FRANCISCO ARAYA PIZARRO Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Diseñador Gráfico, Community Manager, Escritor y Empresario Digital, publicó seis libros y más de treinta relatos antologado, sus relatos están publicado en diversas revistas literarias en español, en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro

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