𓆝 𝑬𝒔𝒑𝒖𝒎𝒂 𓆟
La marea empezaba a volverse cada vez más agresiva con el pequeño navĂo. HabĂa dejado kilĂłmetros atrás la costa de Veracruz; apenas alcanzaba a divisar la diminuta mancha de tierra entre las nubes grises que azotaban el ocĂ©ano.
Muy pronto, la brisa marina se convirtió en una lluvia torrencial que golpeaba el cuerpo del joven mientras luchaba por llevar el barco hacia aguas más tranquilas.
Era inevitable atravesar el corazĂłn de aquella tormenta. TendrĂa que superarla para dejar atrás el mal tiempo. Solo esperaba que el viejo navĂo de su padre resistiera un poco más, pues si llegaba a romperse estaba seguro de que terminarĂa perdido entre las olas.
VolteĂł hacia el pequeño camarote y vio a su fiel compañera: una gallina blanca con plumas rosadas, acurrucada entre las cobijas. Seguramente estaba temblando de miedo, pero Ă©l no podĂa soltar el timĂłn, no hasta dejar atrás aquella inmensa cortina de lluvia.
Más pronto de lo habitual, la noche cayĂł sobre el mar. Ya no distinguĂa con claridad las nubes, pero al notar que la luna permanecĂa oculta supo que aĂşn seguĂa atrapado en la tormenta.
Su radio habĂa dejado de funcionar varios kilĂłmetros atrás. Aun asĂ, conservaba la esperanza de que tarde o temprano volviera a captar señal.
AjustĂł nuevamente la brĂşjula y la guardĂł en el bolsillo. Las olas seguĂan golpeando con violencia el navĂo, pero la proa resistĂa. Sin duda, la gruesa madera con la que su padre habĂa construido aquella embarcaciĂłn ya habĂa sobrevivido a tempestades mucho peores.
SujetĂł con fuerza el timĂłn y corrigiĂł el rumbo hacia el norte. EchĂł un Ăşltimo vistazo a la oscuridad que lo rodeaba; ni una sola estrella ni la luna iluminaban el mar embravecido.
Sin soltar el timĂłn, dio un paso hacia atrás y caminĂł hasta el camarote. CerrĂł la puerta y rebuscĂł en el viejo baĂşl alguna prenda con la que pudiera secarse el rostro y el cabello, que seguĂan empapados.
La pequeña farola de aceite iluminaba con una cálida luz el reducido cuarto. Afuera, el constante crujido de la madera y el estruendo de las olas acompañaban el avance del barco. CaminĂł tambaleándose; aĂşn no conseguĂa acostumbrarse al agresivo oleaje. Se sostuvo de la pared y terminĂł dejándose caer sobre la estrecha cama incrustada en la madera.
LuchĂł unos minutos contra el sueño, pero el balanceo del navĂo y el incesante sonido de la lluvia terminaron por arrullarlo.
...
Un cosquilleo insistente en la nariz lo hizo removerse. TodavĂa medio dormido, se la frotĂł con la mano y girĂł el rostro hacia el otro lado, pero la molestia continuĂł hasta obligarlo a abrir los ojos con el ceño fruncido.
PegĂł un salto al descubrir que, frente a Ă©l, habĂa un muchacho de cabello negro y grandes ojos oscuros que lo observaba con el mismo asombro.
-¿Qué rayos...?-murmuró.
Apenas alcanzĂł a pronunciar esas palabras cuando el desconocido retrocediĂł y pegĂł su cuerpo desnudo contra la pared de madera.
TodavĂa desorientado, Ken buscĂł a tientas el arma que guardaba junto a la cama.
Si era un ladrĂłn, debĂa arrojarlo por la borda, tal como su padre siempre le habĂa enseñado. Sin embargo, cuando sus dedos rozaron el frĂo metal, la curiosidad terminĂł imponiĂ©ndose.
El cuerpo del intruso estaba completamente húmedo. En ese instante, un rayo de luna atravesó la pequeña ventana e iluminó su piel dorada.
Era sorprendente.
En toda su vida jamás habĂa visto algo semejante. Aquella luz, que sobre el mar era frĂa y grisácea, parecĂa transformarse en un cálido resplandor al reflejarse sobre la piel del desconocido.
Sin apartar la mirada, dio un paso hacia Ă©l, cautivado por la belleza que desprendĂa. Su rostro poseĂa el mismo tono dorado que su pecho, como si brillara con luz propia.
Un suave aroma a mar invadió de pronto sus sentidos, mezclándose con el olor de la madera húmeda. Era una sensación extraña, imposible de describir.
Desde niño habĂa escuchado incontables leyendas sobre el ocĂ©ano. Entre ellas, la de criaturas de voz hermosa capaces de enamorar a los marineros con simples susurros para conducirlos hasta el fondo del mar, donde desaparecĂan para siempre.
Solo una de esas leyendas podĂa explicar a la exquisita criatura que tenĂa frente a Ă©l.
Cuando dio otro paso, el desconocido tembló y se pegó aún más a la pared.
Aquello bastĂł para que Ken se detuviera.
No querĂa asustarlo.
DesviĂł la mirada hacia Gina, la gallina que lo acompañaba en cada una de sus travesĂas.
La tomĂł con cuidado y la dejĂł a medio camino entre ambos.
Como si entendiera exactamente lo que debĂa hacer, Gina avanzĂł despacio. Primero picoteĂł el suelo con cautela y, al notar que el muchacho permanecĂa inmĂłvil, terminĂł acomodándose sobre su regazo.
Fue entonces cuando Ken cayĂł en cuenta de que el desconocido seguĂa completamente desnudo.
El calor le subiĂł de golpe al rostro. Dio media vuelta apresuradamente y comenzĂł a buscar entre sus pertenencias algo que pudiera servirle.
Encontró un viejo pantalón café, bastante desgastado, aunque aún útil, y una camisa blanca de tela ligera, amarillenta por el paso del tiempo.
Cuando volviĂł, el muchacho parecĂa mucho más tranquilo. DejĂł la ropa junto a Ă©l y se acercĂł lo suficiente como para no hacerlo sentir incĂłmodo.
-Gina... -llamĂł en voz baja.
La gallina permanecĂa felizmente acurrucada entre los brazos del desconocido.
-Gina...
Esta vez, el muchacho levantĂł la vista y sus ojos se encontraron con los del joven marinero.
-Hola... -saludĂł Ken con una sonrisa tĂmida.
No obtuvo respuesta.
-¿Qué haces aqu�
De nuevo, solo encontrĂł silencio.
El desconocido abriĂł ligeramente la boca, pero ningĂşn sonido saliĂł de ella.
-ÂżNo puedes hablar?-preguntĂł con suavidad.
El muchacho asintiĂł con cierta timidez.
-Ya veo... Entonces, en cuantoencontremostierra, buscaremos tu hogar.
Los brillantes ojos del joven se clavaron en los suyos, y por un instante, Ken sintiĂł que el rugido del mar desaparecĂa por completo.
Con palabras sencillas y algunas señas, logrĂł que el joven se pusiera la vieja ropa que habĂa sacado del baĂşl. Tanto el pantalĂłn como la camisa le quedaban grandes, pero al menos ya no estaba desnudo.
-No pasa nada. Creo que lo mejor será dormir.
MirĂł a su alrededor. En el pequeño camarote solo habĂa una cama, y apenas cabĂan Ă©l y Gina. Sin pensarlo demasiado, tomĂł la mano del joven, notando ahora que medĂa unos centĂmetros menos que Ă©l.
Su piel era suave, como acariciar el mar, y fresca como las aguas de Veracruz.
Lo ayudĂł a sentarse sobre la cama y, con una delicadeza que ni Ă©l mismo conocĂa, lo arropĂł junto a Gina.
Al terminar, sacĂł una vieja cobija del baĂşl y la extendiĂł sobre el suelo, a un lado de la cama.
-Duerme. Mañana, si todo sale bien, estaremos en tierra y te llevaré con tu familia.
El cansancio terminĂł por vencerlo. SabĂa que quizá estaba cometiendo un error al confiar en un desconocido, pero no podĂa negar que la belleza del joven lo habĂa conquistado de tal manera que le resultaba imposible abandonarlo.
...
-No creo que este chico sea de estas tierras -comentó un viejo comerciante que vigilaba el puerto del pequeño asentamiento del norte.
El anciano examinĂł al desconocido, quien permanecĂa escondido detrás del marinero, observándolo todo con evidente nerviosismo.
Ken suspirĂł y agradeciĂł la ayuda antes de alejarse.
-¿Qué haremos? Tampoco eres de este puerto... ¿Recuerdas algo? ¿Lo que sea?
El menor negĂł lentamente con la cabeza, enterrando las pocas esperanzas que le quedaban.
No era que quisiera deshacerse de Ă©l. Al contrario. Pero si tenĂa una familia, seguramente debĂa estar buscándolo con desesperaciĂłn.
HabĂan pasado toda la mañana y parte de la tarde preguntando en cada puesto del puerto. Nadie lo conocĂa y, por la extraña tonalidad dorada de su piel, parecĂa no pertenecer a aquel lugar.
-Entonces debes venir del sur. Supongo que tendremos que navegar desde mañana.
LevantĂł la vista hacia el atardecer. Apenas habĂan hecho una pausa para comer.
No querĂa que el pobre chico pasara hambre.
...
No fue consciente del enorme apetito que tenĂa el desconocido hasta que pagĂł la cuenta y descubriĂł que habĂa gastado casi todo su dinero.
Aquello los obligó a buscar un lugar donde pasar la noche, pero las habitaciones eran mucho más caras de lo que Ken recordaba.
Al final terminaron durmiendo en la playa, junto al pequeño navĂo.
Era una costa tranquila. Los demás barcos habĂan zarpado antes del anochecer, dejándolos completamente solos.
...
La noche volviĂł a envolverlos y el hĂşmedo calor hizo que el marinero soltara un largo suspiro.
-Lo siento... pero creo que tendremos que bañarnos aquĂ.
Le avergonzaba un poco. El joven estaba perdido y ni siquiera podĂa ofrecerle una habitaciĂłn limpia o un baño digno.
Suspiró una vez más antes de comenzar a desvestirse.
Era marinero; la vergĂĽenza no era algo que existiera demasiado entre quienes vivĂan en el mar.
DejĂł la ropa sobre la arena, se quitĂł las botas y remangĂł el pantalĂłn hasta las rodillas. No pensaba sumergirse, solo refrescarse un poco.
Entonces escuchó el roce de la arena detrás de él.
Al voltear, la luna volvĂa a envolver con su luz al joven de piel dorada.
Otra vez aquel inconfundible aroma a mar golpeó sus sentidos, aunque esta vez fue tan intenso que dio un paso hacia atrás, tambaleándose.
El joven caminĂł hacia Ă©l con pasos seguros. La brisa acariciaba su cabello oscuro mientras el agua parecĂa recibirlo con una calma imposible.
Ken se quedĂł inmĂłvil, completamente absorto.
El oleaje rodeaba aquellos pies como si reconociera a uno de los suyos.
No tuvo tiempo de reaccionar.
De pronto, una fuerte corriente atrapĂł sus piernas y lo arrastrĂł mar adentro.
El agua, que apenas le llegaba a las rodillas, terminó cubriéndolo por completo.
El miedo lo hizo soltar el aire que aĂşn conservaba.
Pronto se ahogarĂa.
Entre el agua cristalina, iluminada Ăşnicamente por la luna, distinguiĂł la silueta del joven que habĂa aparecido misteriosamente en su barco la noche anterior.
-Espera... no respires. Los humanos no pueden hacerlo bajo el agua.
Por fin escuchó su voz. Era suave. Tan cálida como el brillo de su piel.
Pero el aire ya le faltaba.
SentĂa los pulmones comprimirse mientras la presiĂłn del mar lo arrastraba cada vez más hacia la oscuridad, lejos de la luz de la luna.
Entonces unas manos rodearon su cintura y lo elevaron unos metros.
TodavĂa bajo el agua, vio al joven sujetarle con delicadeza las mejillas antes de unir sus labios en un beso desesperado.
Poco a poco sintiĂł que el aire volvĂa a llenar sus pulmones.
El desconocido expulsaba el agua que habĂa tragado mientras seguĂa besándolo con cuidado.
La desesperaciĂłn fue desapareciendo hasta dejar solo una inmensa calma.
Cuando al fin se separaron, Ken observĂł el rostro sonrojado y los labios hinchados del joven.
Sin pensarlo, lo abrazĂł.
-No tan fuerte...-murmurĂł el menor entre risas.
-ÂżTĂş... puedes hablar?
El joven asintiĂł. -Las criaturas tenemos prohibido revelar nuestra naturaleza... solo...
-Solo si es nuestra alma destinada puede romper esa regla.
Otra figura emergiĂł de entre las aguas.
-Brian, ahora no...
-Tu papá está furioso. Será mejor que vuelvas a casa si no quieres que aplaste a tu novio.
El recién llegado sonrió con evidente burla. Sus ojos azules brillaban bajo el agua.
-No creo que haga nada. Tampoco lo hizo contigo cuando descubriĂł lo de Armando.
Brian rodĂł los ojos. -Como sea. Te espero en la orilla, Gil.
-ÂżGil...?-susurrĂł Ken.
El joven sonrió con dulzura, tomó nuevamente su rostro entre las manos y dejó un pequeño beso sobre sus labios.
-Es más largo... pero me gusta que me llames asĂ.
...
Gracias a su ingenio como marinero, habĂa conseguido superar la prueba impuesta por el padre de quien le robaba el aliento.
Ahora habĂan regresado una vez más a la playa. Esta vez, Ken sostenĂa entre sus brazos el cuerpo del más bajo, incapaz de soltarlo.
Después de todo, era marinero... y uno bastante posesivo.
Ni siquiera frente al padre de Gil habĂa soltado su mano. No podĂa asegurar que aquello fuera amor, pero sĂ tenĂa claro que cruzarĂa todos los mares del mundo con tal de volver a encontrarlo si algĂşn dĂa llegaban a separarse.
Quizá el que realmente estaba perdido era él.
No necesitaba palabras para entenderlo. Los brillantes ojos oscuros de Gil hablaban por sà solos, envolviéndolo en una calma tan profunda como el océano. Con una sola mirada bastaba para hacer tambalear toda su voluntad.
Y, sinceramente, no le molestaba quedar a merced de aquella criatura.
Porque ya habĂa perdido.
HabĂa entregado el corazĂłn sin darse cuenta.
Con delicadeza tomĂł su rostro entre las manos y buscĂł sus labios, como si fueran el Ăşnico lugar al que deseaba regresar. El beso comenzĂł lento, apenas rozándose, pero la necesidad de sentirlo más cerca hizo que ambos acortaran la distancia. Sus respiraciones se mezclaron mientras sus labios se encontraban una y otra vez, prolongando aquel instante que ninguno parecĂa dispuesto a terminar.
Cuando por fin se separaron, Ken se quedó contemplándolo.
Sus ojos brillaban, ahora humedecidos; las mejillas estaban teñidas de un suave rubor y sus labios, ligeramente hinchados por el beso, permanecĂan entreabiertos mientras recuperaba el aliento. Sus manos seguĂan aferradas a los hombros de Ken, como si tampoco quisiera dejarlo marchar.
-Ken...-susurrĂł Gil, reclamando con dulzura la atenciĂłn que unos segundos antes habĂa quedado atrapada en sus labios.
Ken sonriĂł con una ternura imposible de ocultar y acariciĂł lentamente su mejilla con el pulgar.
-Eres lo más hermoso que mis ojos han visto en toda mi vida... De todos los mares que algĂşn dĂa navegarĂ©, tĂş siempre serás mi lugar favorito.
𓆝 𝑬𝒔𝒑𝒖𝒎𝒂 𓆟








