000: No, un omega
Gilberto Mora bajó del avión con el pasaporte mordiéndole el bolsillo y un hormigueo que creía pura adrenalina. El calor de Madrid en julio le pegó en la cara como un presagio. Diecisiete años, la camiseta de la selección mexicana todavía oliendo a césped de Estados Unidos, y un contrato con el Real Madrid que pesaba más que todas las dudas que jamás admitiría en voz alta.
—Gilberto, por aquí —le indicó el enlace del club, un beta de traje impecable que lo guiaba hacia el coche oficial.
Él asintió con la mandíbula apretada. Llevaba meses leyendo lo que escribían sobre él: “la próxima superestrella alfa”, “el carácter indomable del joven Mora”, “agresividad controlada, liderazgo innato”. Y se lo creía. A sus diecisiete años, sin haberse presentado aún, Gilberto estaba completamente convencido de que cuando su cuerpo decidiera dar el paso, lo haría rugiendo como un alfa dominante.
Todo el mundo lo pensaba. Sus entrenadores en la sub-20, sus compañeros, los periodistas. Incluso su abuela, que le pellizcaba los mofletes y decía que tenía “sangre de mando”. Nadie dudaba. Y si alguien lo hacía, Gilberto respondía con una entrada a ras de césped o una mirada de esas que hacían retroceder a defensas del doble de su tamaño.
Pero debajo de la seguridad, en un rincón que no visitaba nunca, le aterraba no presentarse jamás. Existían casos rarísimos de betas tardíos. Ser beta no era malo, pero no encajaba con la imagen que habían construido de él. Ni con la que él mismo necesitaba creer.
El coche serpenteó entre calles bordeadas de plátanos de sombra hasta Valdebebas. El olor a césped recién cortado, a gimnasio y a producto de limpieza se coló por las ventanillas, mezclado con un perfume de ciudad que no tenía nada que ver con el aire salado de la costa mexicana. Gilberto respiró hondo y su propio aroma, mora azul, frambuesa y zarzamora un bosque de bayas oscuras, se expandió un instante sin que él lo controlara. Los betas del coche no pestañearon, pero él se sonrojó como si hubiera gritado una confesión.
Se obligó a pensar en el fútbol. En el balón. En demostrar. En ser el alfa que todos esperaban.
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Jude Bellingham llevaba dos temporadas en el Real Madrid y ya sabía leer los vientos del vestuario como un depredador lee la estepa. Esa mañana, el aroma llegó antes que el cuerpo: una nube de frutos rojos tan densa que parecía derretirse sobre el asfalto. Jude, que estaba terminando unos ejercicios de fuerza en el gimnasio interior, detuvo la barra en el aire. Sus fosas nasales se dilataron. Cacao amargo, nuez y chocolate negro —su propio aroma— crepitó alrededor como una advertencia.
—¿Qué coño…? —murmuró Modrić, que estaba cerca, pero un gruñido bajo de Jude lo hizo callar.
No era un gruñido cualquiera. Era un sonido que salía del pecho, no de la garganta, el tipo de vibración que un alfa reserva para cuando algo le pertenece y está en peligro. Pero Jude no sabía aún qué estaba en peligro. Solo que ese olor a moras salvajes le había encendido cada terminación nerviosa.
Cuando Gilberto cruzó la puerta de cristal del edificio principal, flanqueado por el delegado del equipo y un miembro de prensa, Jude ya estaba de pie, con las zapatillas clavadas en el suelo de caucho. Vio a un chico moreno, de pelo oscuro rizado, hombros anchos para su edad pero cintura estrecha, mandíbula cuadrada que se sostenía en un desafío perpetuo. Y olió. Olió bayas maduras, frambuesa a punto de reventar, zarzamora silvestre, y debajo, apenas perceptible, una nota lechosa, dulce, que no debería estar en un alfa.
El corazón de Jude dio un vuelco posesivo. Su lobo interno, ese que la prensa llamaba “dominante pero educado”, gruñó por primera vez con intención de reclamar. No era rivalidad. Era otra cosa.
Gilberto sintió el peso de una mirada y giró la cabeza. Sus ojos negros se toparon con los de Jude Bellingham, el inglés, el indiscutible alfa del equipo. El aroma a chocolate amargo y nuez tostada le golpeó la nariz como una bofetada cálida. Instintivamente, Gilberto irguió la espalda. Llevaba años entrenándose para no bajar la mirada ante otros alfas. Él iba a ser uno de ellos. Así que sostuvo la mirada de Jude con la mandíbula apretada y una ceja ligeramente alzada.
Jude casi sonríe. Cree que es un alfa. Pobrecito.
—Bienvenido, Mora —dijo Ancelotti, apareciendo con los brazos abiertos y un aura tranquilizadora de beta experimentado—. Vas a conocer a los chicos. Jude, ven, este es Gilberto.
Bellingham avanzó tres pasos. Cada paso hacía que las partículas de chocolate amargo invadieran el espacio de Gilberto. Cuando se detuvo frente a él, media cabeza más alto, Gilberto no retrocedió. Pero su pulso se aceleró. Y su aroma, sin que él lo supiera, se volvió un poco más dulce, casi sumiso, durante una milésima de segundo.
—Hueles bien —dijo Jude. Su voz era grave, tranquila, pero llevaba un filo que nadie más pareció notar.
Gilberto parpadeó, confundido. —Tú también —respondió por reflejo, y al instante se maldijo. Sonó a cumplido, no a desafío.
Jude inclinó la cabeza. Algo dorado brilló en sus pupilas. Luego sonrió, una curva lenta que a Gilberto se le antojó peligrosa.
—Vas a dar mucho que hablar.
Y se fue, dejando a Gilberto con el corazón martilleándole en las costillas y un calor desconocido en la base del estómago.








