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Yo soy el padre

Summary

-¡Mamá! Yuuji parpadeó. -...¿Eh? Nobara giró la cabeza lentamente. Megumi frunció el ceño. -¿Mamá? -repitió. El niño lo abrazó con fuerza. -Llegué a tiempo. -Entonces, si Yuuji es la mamá... ¿quién es el papá? -Papi Yuuta. El silencio fue absoluto.

Status
1mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Julio 2018

La prisión estaba en silencio.

El aire era denso, cargado de humedad y polvo viejo, y cada paso resonaba en los pasillos vacíos, amplificado por las paredes de concreto desnudo y las rejas oxidadas que se extendían a ambos lados.

—Odio este tipo de lugares —murmuró Nobara, frunciendo el ceño mientras observaba los alrededores—es un lugar no apto para chicas bonitas.

—Concéntrate —respondió Megumi, recorriendo el lugar con la mirada, atento a cualquier movimiento.

Yuuji caminaba unos pasos delante de ellos, empuñando el arma maldita Tozama. Aunque su postura parecía relajada en realidad, todos sus sentidos estaban alerta. Era su primera misión como estudiante oficial . Sin Gojo. Sin instrucciones de último momento. Sin respaldo inmediato.

Solo ellos tres.

—Entonces, solo debemos buscar sobrevivientes, ¿no? —preguntó Yuuji, rompiendo el silencio mientras avanzaba con cautela.

—Eso decía el informe, pero llevamos un buen rato caminando y no he visto a nadie. Ni vivo ni muerto.

—Porque aún no hemos llegado al punto clave.

Yuuji frunció el ceño.

—Pero ya deberíamos haber encontrado algo, ¿no?

—Cuando una maldición es débil, suele esconderse.

Nobara chasqueó la lengua, claramente incómoda.

—Genial. Un lugar horrible, y con algo acechando.

Las luces parpadeaban con mayor frecuencia, y el sonido de sus pasos parecía multiplicarse, como si el edificio mismo los escuchara. El ambiente, que antes parecía solo abandonado, comenzó a sentirse distinto.

Un crujido lejano resonó entre los muros.

Yuuji apretó con más fuerza el arma maldita.

—¿Oyeron eso...?

—Ya estamos cerca.

Las paredes parecieron retorcerse sutilmente, el suelo se deformó bajo sus pies, y los pasillos dejaron de sentirse rectos. La prisión, que hasta hace unos segundos era un edificio común, comenzó a transformarse en algo antinatural, como un laberinto mal construido.

—¿¡Qué demonios está pasando!? —exclamó Nobara, retrocediendo.

—Ya no es una maldición común.

—¿Eso significa que—?

Antes de que pudiera terminar la frase, una presión aplastante cayó sobre ellos, haciendo que el aire se volviera pesado y difícil de respirar.

Megumi habló con voz grave:

—Se convirtió en un grado especial.

Entonces, algo se movió.

No fue un sonido claro, sino una vibración que recorrió los muros deformados de la prisión. Desde lo más profundo del laberinto retorcido, algo comenzó a desplazarse.

—¡Debemos irnos!

Megumi no perdió tiempo. Juntó las manos e invocó a sus shikigamis.

—¡Salgan!

Los dos perros se lanzaron hacia adelante, corriendo por el pasillo más cercano. Los tres los siguieron sin dudar, esquivando paredes que se ondulaban como carne viva. Pero en un parpadeo, uno de los shikigamis fue estrellado violentamente contra la pared, deshaciéndose en sombras negras.

—¡Demonios!

—¡Esto no estaba en el informe! —gritó Nobara, apartándose justo cuando un fragmento del techo se deformó y cayó frente a ella.

—¡Tenemos que encontrar una salida!

El shikigami restante corrió delante de ellos, guiándolos entre pasillos que no llevaban a ninguna parte. Escaleras que se doblaban sobre sí mismas. Corredores que se estrechaban y luego se alargaban, como si la prisión estuviera jugando con ellos.

Las sombras se deslizaban por las paredes, moviéndose incluso cuando ellos se detenían.

Siguieron corriendo hasta que el aire les quemó los pulmones.

—Es... imposible salir de aquí... —murmuró Yuuji, apoyando una mano contra una pared que aún se retorcía lentamente.

—No tengo señal —dijo Megumi, mirando su teléfono con frustración.

Su mente trabajaba a toda velocidad. Era la primera vez que lideraba una misión sin supervisión directa. La primera vez que cada decisión pesaba únicamente sobre él. Era consciente que en toda misión existía la posibilidad de una baja pero no quería aceptarlo.

No aquí. No ahora. No a ellos.

—Fushiguro.

La voz de Yuuji lo sacó de sus pensamientos.

—Ustedes salgan de aquí y busquen refuerzos. Yo me quedaré.

Nobara abrió los ojos de par en par.

—¿Estás loco? —le gritó—. ¡Si te quedas aquí, te van a matar!

—No —respondió Yuuji, señalándose el pecho—. Olvidas que tengo a este tipo conmigo.

Megumi frunció el ceño, el corazón latiéndole con fuerza.

—¿Crees que cooperará? Es una maldición, no tu amigo.

—Si no quiere desaparecer... lo hará —respondió—. Me ayudará.

Megumi sintió un nudo cerrarle el estómago.

Sabía exactamente lo que Yuuji estaba proponiendo.

Sabía lo que significaba confiar en Sukuna y no podía aceptarlo tan fácilmente.

De pronto, una boca se abrió en la mejilla de Yuuji.

—“¿Crees que soy tu sirviente? —la voz de Sukuna se deslizó con burla—. Aprende tu lugar, mocoso.”

—¡Sukuna! —exclamó Yuuji.

—“Me niego —continuó la boca, curvándose en una sonrisa cruel—. No te ayudaré.”

Yuuji chasqueó la lengua.

—Tch... Megumi, ¡apresúrate! ¡Salgan de aquí!

—¡No! ¡Aún podemos encontrar la salida!

—¡FUSHIGURO! —gritó Yuuji, la voz quebrándose por la urgencia.

—¡CÁLLATE!

—¡Dejen de pelear y—! —intervino Nobara.

No terminó la frase.

Algo pasó junto a ellos.

Fue tan rápido que apenas pudieron percibirlo. Un desplazamiento, una presencia que atravesó el pasillo como una ráfaga.

Los tres tragaron saliva al mismo tiempo. Sus cuerpos se quedaron rígidos, paralizados por un instinto primitivo.

Miedo.

Frente a ellos, emergiendo entre los muros deformados, se alzaba una maldición humanoide. Su cuerpo retorcido conservaba vagos rasgos humanos, y su rostro estaba torcido en una sonrisa grotesca, como si disfrutara cada segundo del caos que había creado.

La criatura rió.

Nobara reaccionó al instante.

—¡Maldita sea!

Sacó los clavos y el martillo, lanzándolos con precisión. La energía maldita vibró al contacto pero fue inútil.

La maldición movió un solo brazo.

El cuerpo de Nobara se elevó bruscamente del suelo como si la gravedad hubiera dejado de obedecerle.

—¿¡Qué—!?

No tuvo tiempo de reaccionar.

Fue lanzada contra la pared con violencia.

El impacto resonó por todo el pasillo. El concreto se agrietó al contacto y Nobara cayó al suelo, jadeando, con sangre deslizándose por su frente.

—¡Nobara!

Megumi intentó invocar a sus shikigami, pero la maldición fue más rápida. Un golpe directo lo hizo salir despedido varios metros. Rodó por el suelo hasta quedar inmóvil, con la respiración entrecortada.

—Tch... —escupió sangre—. Es demasiado fuerte...

—¡Maldita sea...!

La criatura avanzó, lenta, segura de su victoria.

El corazón de Yuuji latía con fuerza. Sentía el peso de la decisión acercándose, inevitable.

“No hay opión.”

Sintió la presión familiar en su interior. El calor oscuro que respondía a su desesperación.

—Sukuna... —susurró.

—“jejejejej”

—¡Yuuji, no! —alcanzó a decir Megumi, con dificultad—. ¡No lo hagas!

Yuuji cerró los ojos.

Entonces—

—¡Mamá!

La voz infantil cortó el aire como una hoja afilada.

Yuuji abrió los ojos de golpe.

—...¿Eh?

Allí, a unos metros de distancia, había un niño.

Estaba de pie en medio del pasillo deformado, pequeño frente a la destrucción que los rodeaba, pero con la postura firme. Sus ojos brillaban con una claridad inquietante. No temblaba. No lloraba. No mostraba miedo alguno.

“¿Qué hace un niño aquí...?"

El pensamiento apenas se formó en la mente de Yuuji cuando algo en el ambiente se torció.

La maldición reaccionó al instante. Su atención se desvió como si hubiera percibido una presa nueva, más frágil. Más fácil.

“Va por el niño.”

Yuuji no dudó.

Sus músculos se impulsaron con desesperación, el suelo quebrándose bajo sus pies mientras avanzaba a toda velocidad. Extendió los brazos, decidido a cubrirlo con su propio cuerpo, a interponerse aunque eso significara—

Nunca llegó.

La maldición se movió primero.

El dolor explotó.

Los brazos de Yuuji fueron cercenados de un solo golpe, limpios, brutales. La sangre brotó con violencia, caliente, espesa, salpicando las paredes deformadas y el suelo resquebrajado. El mundo se inclinó cuando el impacto lo golpeó de frente, lanzándolo como una muñeca rota contra el concreto.

El aire abandonó sus pulmones en un gemido ahogado.

—¡YUUJI! —gritó Nobara, la voz quebrándose.

El niño lo observó caer. Sus ojos se abrieron apenas, incrédulos. Algo dentro de ellos se resquebrajó, como vidrio bajo presión.

—¿...Mamá? —murmuró, con una voz tan pequeña que dolía oírla.

El niño dio un paso, luego otro, intentando llegar hasta él.

Pero la maldición se interpuso, riendo. Un sonido áspero, grotesco, que reverberó en el lugar. Aplaudía alegremente, disfrutando del terror, del dolor, del espectáculo.

Megumi reaccionó de inmediato, invocando a su perro shikigami y colocándose frente al niño. Nobara se movió a su lado, apretando los dientes, con el martillo firme en su mano ensangrentada.

No sabían quién era ese niño, pero ahora su misión era protegerlo.

El pequeño bajó la mirada. Vio el charco de sangre. El espacio vacío donde debían estar los brazos de Yuuji.

—Lastimaste a mamá.

La maldición ladeó la cabeza con curiosidad.

—Vas a pagar por eso.

Cuando el niño levantó la mirada, algo invisible se desató. La maldición salió despedida varios metros hacia atrás, arrastrada por una presión abrumadora.

Por primera vez, el miedo no estaba en los humanos. Estaba en ella.

El niño avanzó, caminando entre Megumi y Nobara como si no existieran, como si el peligro no lo afectara en lo más mínimo.

—¡Espera! —gritó Megumi.

No lo escuchó.

Se movió en un parpadeo.

Su velocidad era antinatural, casi comparable a la de la propia maldición. En un instante, tomó a la criatura por la cabeza y la estrelló contra el suelo con una fuerza brutal.

El impacto fue ensordecedor.

El concreto se resquebrajó bajo sus pies y colapsó de golpe, el piso cediendo como si fuera papel húmedo. Todo se vino abajo en una explosión de polvo y fragmentos.

Megumi y Nobara cayeron al nivel inferior, rodando entre escombros, el aire arrancado de sus pulmones.

—¡¿Quién demonios es ese niño?! —exclamó Megumi mientras se incorporaba con dificultad, escupiendo polvo.

Un nuevo estruendo sacudió el edificio. Algo pesado chocó contra una pared, haciendo vibrar el suelo bajo sus pies.

Nobara tosió, sacudiéndose los restos de concreto del uniforme.

—No lo sé, ¡pero es un maldito monstruo!

—Tch. Debemos ayudarle —murmuró Megumi, mirando hacia el origen del ruido.

—¿A quién? ¿A él o a la maldición? —replicó Nobara, tensando la mandíbula.

Megumi frunció el ceño. Estaba confundido. ¿Cómo podía aparecer un niño de la nada y enfrentarse a una maldición de ese nivel? No tenía sentido y aun así, la energía que había sentido no era normal.

Una tos los hizo girar la cabeza.

Yuuji estaba apoyado contra una pared semiderruida, cubierto de sangre y polvo.

—Salgamos de aquí. Yuuji necesita atención médica.

Megumi vaciló. La curiosidad le quemaba por dentro.

—Fushiguro, apresúrate. Nos está dando tiempo. Salgamos y llamemos a los refuerzos.

—...Sí.

Sin perder más tiempo, se alejaron de una batalla que ya no podían comprender ni controlar.

Megumi lanzó una última mirada hacia atrás. El polvo aún no se asentaba. El aire estaba saturado de energía residual y sombras distorsionadas.

“¿Quién demonios es...?”

Grruak.

El sonido lo hizo girarse.

El shikigami sapo avanzaba con paso torpe, sosteniendo el cuerpo inconsciente de Yuuji entre sus fauces.

—Descuida, Yuuji —murmuró, ajustando el paso—. Vamos a salir bien de esta.

Y entonces—

La maldición se incorporó con torpeza. Su cuerpo temblaba de forma antinatural. Uno de sus brazos colgaba inerte a un costado, apenas sostenido por jirones de carne ennegrecida. La expresión burlona que antes deformaba su rostro se había borrado por completo.

—¿Qué pasa? —preguntó aquella voz con ligereza, casi divertida, flotando en el aire como una caricia venenosa—. ¿Tienes miedo?

La maldición retrocedió, temblorosa, emitiendo un sonido bajo y quebrado. No era un gruñido. No era furia. Era nerviosismo.

El niño soltó una risa corta.

Cruel.

—Ah... ah... —se llevó una mano al rostro, ocultando parcialmente sus labios mientras sus hombros se sacudían con una diversión contenida—. Me pregunto por qué las maldiciones son tan estúpidas.

Avanzó un paso.

El suelo crujió bajo su peso, aunque no parecía ejercer fuerza alguna.

—En este mundo o en el otro, siguen siendo lo mismo.

Sus ojos brillaron.

—Escoria.

La maldición intentó reaccionar. Su energía maldita se agitó, buscando forma, buscando defensa.

Pero su cuerpo no respondió.

El niño inclinó ligeramente la cabeza mientras observaba el brazo que aún colgaba de la criatura, como si estuviera examinando un objeto cuya utilidad todavía no terminaba de comprender. Entonces se movió. Nadie alcanzó a ver cuándo lo hizo; en un instante se encontraba frente a la criatura y, al siguiente, su pequeña mano ya sujetaba la extremidad mutilada.

—Encuentro esta mano un poco irritante.

Sin cambiar siquiera su expresión, tiró de ella con un movimiento seco y preciso, arrancando de una vez lo que todavía permanecía unido al cuerpo de la criatura. El grito que siguió fue desgarrador, un alarido cargado de dolor que resonó entre las paredes destruidas y se perdió por los alrededores.

El niño, sin embargo, no pareció impresionarse. Levantó el brazo que acababa de arrancar hasta colocarlo frente a su rostro.

—Así fue como lo hiciste, ¿no? ¿No fue así como trataste a mamá?

Su sonrisa se ensanchó mientras dirigía la mirada hacia el otro brazo. Lo tomó con firmeza, pero, a diferencia de la vez anterior, no tiró de él de inmediato. Esta vez quería que sintiera cada instante. Sus dedos comenzaron a desgarrarlo lentamente, arrancando la carne centímetro a centímetro, con una deliberada parsimonia que hacía que el dolor se prolongara mucho más de lo necesario.

La maldición gritaba, suplicaba, intentaba liberarse, pero cada intento era aplastado por aquella presión invisible que la mantenía inmóvil.

—¿Qué ocurre? —susurró el niño, inclinándose apenas hacia ella—. ¿No te gustaban este tipo de cosas?

Rió.

Una risa infantil.

Vacía.

El alarido se volvió insoportable. La energía maldita de la criatura se descontroló, explotando en ráfagas caóticas.

La maldición de grado especial fue pulverizada, desintegrándose bajo aquella presión imposible, borrada de la existencia como si jamás hubiera estado allí.

El polvo cayó lentamente.

Algo rodó por el suelo y se detuvo frente a él.

Un dedo.

El dedo de Sukuna.

—Hmph.

Lo tomó y se lo tragó sin pensarlo.

—Puaj... sí que sabe mal.

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