Capítulo Único
El cielo era algo inalcanzable, a decir verdad, estaba tan lejos de tocar con las manos. Sin embargo, había algo que parecía devorar por completo ese azul grandioso. Un muro que se extendía por kilómetros, una maraña de espinas retorcidas, gruesas como brazos y negras como carbón quemado. Enredaderas venenosas lo cubrían por completo, rodeado de un aroma dulce y podrido. Era inmenso, tanto que jamás podrías alcanzar a ver el otro lado ni desde la montaña más alta.
Era un muro con vida, con el único fin de eliminar a quién se atreva a desafiarlo. Hecho de raíces retorcidas que emanaban energía oscura. Las espinas, afiladas como agujas de acero, brillaban con una sustancia ámbar que goteaba de vez en cuando: veneno letal. Cualquier intento de cortar, quemar o romper ese muro había fallado. Y aquellos que llegaron a tocarlo, no conocieron otro destino que no fuera la muerte. Una muy dolorosa.
Este dividía dos reinos, uno corrompido siendo esclavo de sus pecados y otro donde podías vivir con gozo toda la vida, ignorando el muro. Pero dado que el propio destino es cruel o le gusta jugar con los corazones frágiles de los humanos, nos centraremos en una historia que pudo abrirse paso entre las espinas.
Cada tarde, cuando el sol estaba en su máximo punto, un niño se escapaba de su casa evadiendo los regaños de su madre. Corría por los campos dorados que rodeaban este reino, con una dulce manzana roja entre manos y una sonrisa escondida en sus labios. Era un niño feliz que se detenía unos momentos para ver a otros niños jugar o tirar una piedra al río. Adentrándose en el bosque como si fuera dueño, seguía un solo camino y nadie prestaba atención necesaria a ese acto, pues no imaginaban mucho de lo que podía hacer un pequeño niño de ochos años.
Su meta estaba más allá del bosque. Allí, donde el sol temía aparecer, en lo profundo de los enormes árboles, estaba su gran enemigo. Un muro hecho de odio, que separaba dos reinos condenados a nunca entenderse. Bueno, no era como si fuera a cruzarlo, solo iba a encontrarlo a él.
Al otro lado, lo esperaba, un niño del que no conocía más que por su voz. Y aún sin rostro, sin cuerpo, sin imagen clara de su ser... él ya lo quería más que a nada.
─ ¡Estoy aquí, Deku! ─ gritó, había llegado al punto de encuentro a la hora de siempre, con la respiración cortada por la emoción y esfuerzo. El bosque guardó silencio por unos segundos, hasta que una voz familiar respondió, apagada por las hojas, pero clara como el agua.
─ ¡Ya voy, Kacchan!
Estaba ahí, ese momento donde todo se volvía real y un muro era lo que menos pesaba en su amistad. El mundo volvía a latir, su mundo.
─ Venía hacia acá, pero mamá me detuvo antes de salir. ─ El pequeño niño del otro lado hizo un pequeño sonido de dolor después de decir aquello.
─ Escuche una queja. ─ Más que preguntar, era la sospecha de que había vuelto a caerse antes de llegar.
─ Mmm... Resbalé ─ ríe nerviosamente.
─ Inútil como siempre.
Ambos caminan a lo largo del muro y escucha cantar Deku, quién en realidad le ha repetido incontables veces que se llama Izuku. A veces, el canto se interrumpe por algún crujido o el silbido del viento atravesando las ramas muertas. Ese lugar, aunque familiar, nunca deja de sentirse como un sitio prohibido.
─ ¿Comiste bien? ─ Preguntó Izuku.
─ Lo hice, comí una manzana.
─ Katsuki, deberías comer. ─ Sin decir su apodo, él niño parecía regañarlo. Que no lo moleste. Si no comió bien fuer precisamente para escuchar su voz.
─ ¿Cómo estuvo la mañana? ─ Cambió el tema, aunque escuchó el claro sonido de regaño que le había lanzado.
─ Papá, me dio un perrito. Se llama fresa, es súper suave y blanco. ─ Dijo con total alegría.
─ ¿Ah sí?
─ Quisiera poder enseñarte. ─ El ambiente se volvió silencioso, era uno de esos momentos donde Izuku se deprimía.
─ Si esto no fuera venenoso, lo hubiera cruzado hace mucho.
─ Supongo... ¿Todavía recuerdas mi apariencia?
─ Un arbusto parlante ─ Dijo con una sonrisa. ─ Ojos verdes como esmeraldas y pecas de ajonjolí... Creo que sé perfectamente eso. ─ El niño que describió del otro lado, ríe muy feliz.
─ Cabello rubio cenizo, ojos de color rojo como las manzanas que sueles comer, cara redonda. Alguien guapo, definitivamente.
─ Claro que sí, lo soy. ─ Izuku vuelve a reír.
─ Debo volver. ─ Al otro lado se escucha crujir las hojas del suelo, estaba listo para marcharse.
A pesar de todo, para ellos, ese lugar se había convertido en un confidente. Un testigo silencioso de promesas, secretos, y, con el tiempo, un amor que florecía a escondidas del mundo. Cada vez que podían sus manos a escasos milímetros de esas espinas negras, deseaban, por una vez, dejara de ser un monstruo y se volviera un puente entre ellos.
Ambos miran fijamente a un punto en específico, dónde creían que podía estar ese amigo que conocían simplemente por su esencia. Otra vez, desean cruzar y encontrarse.
─ Nos oímos, Kacchan.
─ Nos oímos.
Los días se volvieron años.
Los juegos, conversaciones.
Las conversaciones, secretos.
Y los secretos llevaban lo más puro de su amor.
Katsuki, pertenece al Reino del Fuego, había crecido fuerte y valiente, tal cual fue su padre. No hubo grandes riquezas, pero vivía cómodamente y sin precariedad; era alguien que a sus dieciocho años podía ganar el mundo con su ingenio y liderazgo. Sin embargo, le faltaba una persona, una que precisamente no podía tener.
Izuku, del Reino del Bosque, donde todo florecía, pero nada era libre. Un pequeño niño que creció con un rey explotador, que lo condenó a servirle hasta que muera. Vivía siempre con la guardia alta de que algún día maten a la última persona que lo acompaña entre las paredes doradas de una jaula.
Le contaba a Katsuki sobre sus días con entusiasmo que brillaba en cada palabra. De su madre, del cielo, de los libros que leía y de las criaturas mágicas que había por ese mismo bosque. De cuando mataron a su padre, sobre como su madre enfermó gravemente y le deseó felicidad antes de morir, de cuando la hija perversa del rey se fijó en él y lo ha hecho su nuevo juguete. De sus miedos y de lo mucho que lo anhela. Había ternura en él, una que cruzaba las espinas y distancias como si fuera el viento.
Con dieciocho años, sus voces ya no son las de niños, hay urgencia en ellas y un dolor contenido desde esa primera vez que se hablaron.
─ Hay una gran fiesta en el reino, la vieja me está obligando a ir temprano. Así que, tendrás que esperarme con ansias mañana. ─ Sonaba burlón, quería hacerlo enojar con aquellos celos que le encantaban. Pero, esta vez no hubo risa ni lloriqueo.
─ Deberías ir y disfrutar.
─ ¿Ah? Si te enoja que vaya, dímelo de una vez.
─ Solo creo que deberías ir y... seguir con tu vida. ─ Y eso último terminó por enojar a Katsuki.
─ ¿Qué mierda estás diciendo, Izuku? Creí que habíamos dejado en claro aquello.
─ Pues te lo digo otra vez, deberías encontrar a alguien más y vivir plenamente.
Era una conversación que habían tenido hace mucho tiempo atrás, cuando Katsuki empezó a relacionarse con la sociedad y lo encontraban como un buen partido para sus hijas. Algo que definitivamente, no era un tema discutir entre ellos.
─ Pues te lo repito, no necesito eso. ─ Estaba juntando sus cosas para irse, esta vez Izuku le había dejado un mal sabor de boca.
─ Me comprometieron con la hija del Rey.
Soltó entre sollozos, su voz que quebró al terminar y no pudo sostener más su mentira. Estaba a meses de casarse con quién había sido su tormento por años, quién lograba torturarlo y callarlo con amenazas.
─ ¿Qué es lo qué dijiste? ─ Su bolsa cayó, las manzanas rodaron por el césped y solo podía escuchar como Izuku trataba de no llorar fuerte.
─ Es una alianza falsa para venderle al pueblo un final feliz. ¿Un plebeyo rey? No quiero, Kacchan. ─ Katsuki guarda silencio, aprieta los puños.
─ No voy a dejar que eso pase. Te lo prometí. Te llevaré conmigo, aunque tenga que hacer estallar el cielo.
Se marcha sin esperar respuesta, ni una palabra, ni una mirada más. Le da la espalda a la gran fiesta que esperaba su presencia con ansias. Sus pasos lo llevan directo a su habitación, ese santuario donde el plan había madurado durante años, donde la desesperación se volvió ciencia, y la esperanza, alquimia.
Sobre la mesa, lo esperaba todo. Los libros están abiertos, las páginas gastadas por las veces que repaso, casi hasta borrarlas. Fórmulas antiguas, teorías olvidadas, hechizos prohibidos. Tal era locura, era anhelo, pero deseaba verlo libre.
La armadura, lejos de ser solo una creación, era magia trenzada con metal, filamentos de cristal linar, retazos de escamas de salamandra encantada, y un núcleo tejido con pelo de unicornio negro. Cada pieza, fue fundida bajo la luz de eclipses parciales, encajada no solo con precisión, sino con el deseo ardiente de proteger. Esta vez, definitivamente, podría resistir cruzar las espinas mortales sin tocar la piel.
Nunca se habían encontrado tan temprano, el sol ni siquiera despertaba a los pueblerinos y el cielo era una cúpula azul oscura suspendida. Pero hoy sería lo que marque el fin de la desgracia... o el inicio de ella.
─ Deku, escucha. ─ dice Katsuki, con tono firme, cargado con tensión. ─ Apenas abra una abertura, debes tomar la bolsa que te voy a tirar, ten mucho cuidado al recogerla. Mientras lo sigo rompiendo, debes colocarte ese traje por completo ¿Entendido?
─ Entendido. Estoy listo.
Katsuki lanza la primera explosión. El muro grita como si el dolor fuera en lo más profundo de su corazón. Un rugido que parece venir del mismo corazón de la tierra. Una sección se abre, ramas retorciéndose como si se desgarraran los nervios de un cuerpo dormido.
Y ahí, entre el humo. Entre espinas y rosas venenosas, lo ve. Tal cual imaginaba. Por primera vez.
Izuku. Ojos verdes como campos verdes después de la lluvia. Cabello revuelto como las olas del mar. Quizás más hermoso de lo que ya imaginaba. Y sus ojos se conectan, por un instante saben lo real que puede ser su libertad.
─ ¡Póntelo! Cubre tu cara también. ─ Katsuki lanza la bolsa. ─ ¡Date prisa, no tenemos mucho tiempo!
Izuku abre la bolsa con dedos temblorosos, no estaba dudando, pero si tenía miedo. Y mucho. Una segunda explosión se prepara para que aquel pequeño espacio de treinta centímetros, sea lo suficientemente grande para que Izuku pueda pasar.
─ ¡Listo!
─ ¡Es un muro de 3 metros, toma la soga y apresúrate!
Un zumbido ensordecedor irrumpe en el bosque. Una alarma los asusta, habían sido detectados.
─ ¡Confía en mí! ─ Katsuki no pretendía perder más tiempo. Empieza a jalar de la soga.
Atrás de Izuku las ramas empiezan a retorcerse para cerrarse, mientras se escucha el caminar de los soldados no muy lejos.
─ ¡Vamos, vamos! ─ Las ramas parecen tragarse a Izuku, entonces toma su mano para sacarlo de una sola vez.
Una espina atraviesa el aire como una lanza, pero no lo alcanza. Entre las espinas queda atrapado con zapato rojo que es devorado por completo por el muro. Katsuki no lo suelta, lo toma de la mano y lo jala con todas sus fuerzas hasta caer.
Asustado revisa los pies de Izuku, sin rasguño alguno, y puede soltar el aire que había estado aguantando por unos segundos.
Los pasos de los soldados siguen su curso, sin notar nada extraño, se pierden en la espesura. No los vieron, no esta vez.
No hay palabras. Solo respiraciones entrecortadas, lágrimas que caen sin permiso por parte de Izuku y una risa tonta por parte de Katsuki. Una risa que dice: “Lo logramos, carajo”.
─ Izuku. ─ susurra. Quiere mirarlo. Quedarse ahí para siempre.
─ No... ─ Izuku sostiene su agarre, abrazado entre sollozos que suplican que no lo suelten.
─ Estoy aquí, mírame.
Despega su cara del pecho de Katsuki, saca aquella armadura que le fue confeccionada. Al fin puede sentir su piel, ver sus ojos, ver esa sonrisa que solo había soñado incontables noches.
Palpar sus mejillas parece un sueño. Uno del que no desea despertar si es así. Besa sus labios, tal perfección que le hace sentir vivo. Sentir que es real y puede disfrutar de ello de una vez por todas, fuera de aquel muro que una vez los separaba.
Epílogo
En el muro permanece una rosa tan hermosa como venenosa, es simplemente admirable. Destaca entre las demás, unos dicen que es una trampa para engatusar a las mujeres, otros que es una bendición de los cielos y otros solo la ignoran.
Pero, excepto dos personas, conocen de su verdadero significado. La libertad.
Esa rosa de dulce fragancia, es el símbolo de que alguna vez la libertad se le concedió a dos almas desesperadas. Es el rastro de un sacrificio que solo el muro es testigo de tal audacia.
Esa rosa imposible creció donde nadie debería hacer pisado jamás. Es el rastro de un escape, de un milagro. La prueba de que dos personas vencieron al muro y con algo tan puro, como es el amor. Y mientras el mundo sigue su curso, solo el muro guarda silencio, sabiendo que hubo una noche en que el amor fue más fuerte que la prisión que lo contenía.





![Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_49edb1dbf9a28b50b9c4d68d8598359b.jpg)


