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Había perdido la cuenta. Esta debía ser la quingentésima vez que la veía por primera vez.
Y aun así, su presencia seguía desarmándolo como la primera.
Desde la distancia, la contemplaba, como siempre: serena, etérea, caminando bajo la brisa que jugaba con su larga cabellera negra. A cada paso, parecía deslizarse entre los árboles como un recuerdo que aún no se atrevía a despertar.
Pero ella aún no lo había visto.Aún no lo conocía.
La joven se volvió de pronto, como si percibiera la mirada de alguien entre los matorrales.Orsted no se movió. Sabía que si sus ojos se cruzaban, el miedo surgiría de inmediato.Su maldición no perdonaba.
Excepto con ella.
Aria.
Desde su primera reencarnación en el mundo humano, había sido la única capaz de mirarlo sin temor. La única alma inmune a la maldición de su sangre.
No importaba la época, el lugar, ni la forma en que renaciera. Siempre era igual.Cuando nadie podía soportar estar a su lado, ella se acercaba.Cuando todos lo odiaban sin motivo, ella lo miraba sin juicio.
Y por eso… desde siempre —desde que era apenas un niño temido por todos—, Orsted la amó.
No percibiendo nada entre los arbustos, la joven se dio media vuelta y caminó hacia la Gran Cascada de Ranoa, oculta entre la espesura de un bosque olvidado por las rutas comerciales. Allí, donde el agua caía con la fuerza de un río sagrado, se deshizo del vestido blanco que la cubría y, completamente desnuda, se adentró en el agua.
Libre. Inocente. Ignorante de todo lo que habían compartido en vidas pasadas.
Orsted la observó en silencio.No por deseo, sino por necesidad.Quería asegurarse de que estuviera a salvo.
Su mujer.Aunque ella no lo recordara.
Incluso ahora, ya comenzaba a sentir su presencia. Como siempre sucedía.
Él, el Dios Dragón.Cabello plateado.Ojos dorados como soles moribundos.Escamas ocultas en los pómulos.
Una criatura maldita. Temida. Aislada.
Todos temían su mirada. Todos… excepto ella.
En una vida, fue su esposa. En otra, su enemiga. En otra, su salvación.Y en muchas... simplemente no fue nada.
Hitogami lo sabía.Ese maldito dios farsante sabía que Aria era su punto débil.Por eso, vida tras vida, intentaba torcerla. Corromperla. Robársela.
Y a veces… lo lograba.
Y entonces, Orsted se veía obligado a levantar su espada. Como en aquel bucle en el que tuvo que matarla con sus propias manos. Donde peleó contra Hitogami en el Mundo del Vacío. Y perdió.
No importaba cuántas veces muriera ella.No importaba cuánto doliera.Él siempre la buscaría.
Esa misma noche
Aria despertó con el corazón en un puño.No recordaba haber soñado, pero sabía que algo había cambiado.
—¿Te sientes sola? —susurró una voz que no pertenecía a este mundo.
Era suave. Cálida.Pero en su ternura había algo que helaba la sangre.
—¿Quién está ahí? —susurró, llevándose una mano al pecho.
—Alguien que te entiende —respondió la voz—. Hay vacíos en ti, ¿verdad? Dolor sin causa. Recuerdos que no te pertenecen.
Ella no respondió.Pero sus ojos se humedecieron.
A veces soñaba con un hombre de mirada dorada y cabello de luna.A veces sentía amor… y odio… por alguien que no conocía.
—Él no es quien crees —continuó la voz—. Te ha hecho daño antes. Te usó. Te traicionó.Yo soy el único que siempre ha estado a tu lado. Vida tras vida.Confía en mí. Déjame ayudarte.
La joven dudó.Su pecho ardía.Pero esa voz era tan dulce. Tan segura.
—¡Aléjate! —gritó de pronto, y la presencia se desvaneció como humo.
Hitogami había intentado corromperla de nuevo.
No era la primera vez.
En una vida, ella fue su apóstol sin saberlo. Y Orsted… tuvo que matarla.Su espada la atravesó.Y en sus últimos segundos, ella lo miró como si, al fin, lo recordara.
Y entonces murió.En sus brazos.Por su mano.
En otro bucle, ella se enamoró de otro hombre.Se casó. Tuvo hijos.Fue feliz.
Y Orsted la observó desde lejos.Con un corazón que ni veinte mil años podían endurecer del todo.
Hitogami no necesitaba controlarla.Le bastaba con robársela.
Ahora, en este nuevo ciclo, Orsted no sabía cuál sería el final.Pero sí sabía lo que sentía:
Amarla en silencio.Perderla una y otra vez.Y protegerla… incluso si esta vez debía arder con ella.








