Una copa con hielo
La puerta de madera oscura del reservado del pub se abrió sin hacer mucho ruido; una figura joven, esbelta y de baja estatura asomó la cabeza con una sonrisa adornada con un pintalabios rosado impecable. Se deslizó dentro con gracia delicada y se colocó frente a la mesa baja y los asientos de cuero, donde dos sujetos vestidos con trajes que probablemente costarían más que todos los sueldos de las empleadas de aquel lugar esperaban. Su presencia hizo que ambos hombres posaran sus miradas en ella.
—¿Habían llamado, señores? —preguntó. Su cabeza estaba gacha y sus bellos ojos, ocultos por su flequillo claro, notaba la mirada de los hombres, obviamente lascivas, posarse en su cuerpo.
—Pero qué cositas tan bonitas oculta este lugar. ¿No te parece, Shokei? —dijo el más bajo de los dos, con unos ojos brillantes, similares a los de un hurón. Incipientes entradas de calvicie adornaban sus sienes.
No se movió, se quedó inmóvil esperando a que respondieran a su pregunta. Pero el hombre siguió diciendo:
—¿Eres nueva? Nunca te había visto por aquí. La chica que suele atender este reservado es más alta y tiene más atributos.
—Soy sustituta, señor. Yumi está enferma, señor. Por eso he venido yo en su lugar, señor. —respondió sin levantar la vista—. ¿Puedo ofrecerles algo?
—Sí, guapa. Otra ronda. —Se quedó pensativo unos instantes antes de añadir—: que sea licor de cereza esta vez.
Inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Se dio la vuelta para salir y cumplir el encargo de los clientes, pero antes de que pudiera hacerlo sintió una presión opresiva sobre su muñeca enguantada. Levantó la vista y abrió mucho los ojos; la sorpresa y el miedo se veían en sus facciones.
—Y no tardes, bonita —dijo el más alto, que no había hablado hasta ahora.
Se apresuró a salir, fue a la barra y empezó a preparar el encargo. Mientras servía en sendas copas las bebidas encargadas por los hombres, escuchaba a un cliente que estaba siendo atendido por la camarera de la barra. Discutían varios decibelios por encima de la media sobre si estaba o no cara la cerveza. La chica se defendía como podía y argumentaba una y otra vez que ella no ponía los precios, que de eso se encargaba su superior.
Terminó de preparar la bandeja y se dirigió al reservado a su cargo. Cuando entró, los dos tipos estaban riendo estrepitosamente, pero dejaron de hacerlo en cuanto entró. Las copas tintinearon en la bandeja al depositarla sobre la mesa.
El más bajito alargó la mano y cogió una despreocupadamente. La bebió de un trago antes de dirigirse a su amigo.
—Tal y como te lo cuento, Shokei. Tu secretario me lo dijo así, los tiene bien puestos el cabrón.
El otro hombre, el más alto y de hombros más fornidos, se llevó la copa a los labios y le sonrió sin prestar atención a su compañero. Su cabello oscuro brillaba tenuemente bajo las luces tenues del lugar. Palmeó el lugar junto a él para que fuera a sentarse.
Vaciló, no deseaba hacerlo. Miró a la puerta, después al individuo más bajo; este asentía con una sonrisa satisfactoria en el rostro. Dio un paso vacilante hacia el hombre moreno que le sonreía de una forma casi lobuna. Se sentó junto a él; tenía el cuerpo tenso e intentaba tocarle lo menos posible. Pero él le pasó un brazo por los hombros y pegó su cuerpo al suyo.
—Quédate un rato con nosotros, bonita. —Sonrió mientras bebía otro largo trago. Su piel parecía algo más pálida bajo la luz tenue de las lámparas, pero sus ojos seguían fijos en su acompañante.
—Vaya, Shokei. Sí que tienes buen ojo. —Se carcajeó el otro hombre—. Se ve que esta chica no sabe bien dónde se mete.
—Ya ves, con esa carita de ángel casi parece una cría.
Los hombres volvieron a reír, y el hombre que le pasaba un brazo por encima se apretó más contra su cuerpo. Solo podía sentir asco. Pero no se dejó dominar por sus emociones. Respiró y fijó su mirada en las copas. Una estaba vacía, la otra aún tenía la mitad de su contenido; los hielos flotaban en el líquido rojizo como un alma en pena intentando no ahogarse en sangre.
Alzó la mirada cuando sintió una mano en su espalda baja. El hombre le sonreía con un brillo feliz en los ojos. Alzó la mano y le tocó el rostro, apartando un mechón rubio de su frente, produciéndole un estremecimiento. La mano de él estaba muy fría; sus labios tenían un tono ligeramente enfermizo.
Cerró los ojos, tratando de aparentar indiferencia.
«Veinte, diecinueve, dieciocho...»
Empezó a contar mentalmente. La mano del hombre se depositó de forma indiscreta en su pierna.
«Quince, catorce, trece...» No mostró ningún tipo de reacción ante el contacto; solo le miró abriendo los ojos. Él le sonrió, pero parecía algo atontado, ralentizado; su rostro ahora tenía un matiz enfermizo.
—¡Eh! ¿Te encuentras bien? —preguntó alarmado el otro hombre.
«Diez, nueve, ocho...»
El hombre asintió, pero se incorporó muy erguido llevándose una mano al pecho.
«Cinco, cuatro...»
No se movió del asiento, solo miró al hombre castaño de forma neutra, como si aquello le fuera totalmente indiferente y, en cierto sentido, así era.
—¡Eh! ¿Qué te ocurre? —se alarmó más aún el otro al ver que a su compañero le costaba respirar. Pero seguía sentado en el asiento, como si el miedo, la incertidumbre o algo más perturbador le impidieran actuar.
«Tres, dos...»
—Yo... —intentó responder, pero no pudo. Su cuerpo se convulsionó de forma espantosa.
«Uno... cero.»
El hombre de sonrisa lobuna se llevó las manos a la garganta y cayó desplomado.
Sin vida.
El silencio cayó, imperativo, ante los presentes. Nadie dijo nada durante varios minutos que pesaron más que dos montañas. El aire cargado era opresivo, pero ninguno de los presentes se pronunció.
Por fin, el hombre más bajo, que no se había levantado en ningún momento, se incorporó. Miraba el cuerpo de su socio desplomado en el suelo; se acercó y lo tocó con la punta del pie. Su cara se contrajo en un reconocible gesto de repugnancia.
—¿Qué has usado?
—Cianuro, el que me proporcionó su agente. —contestó. Su voz había cambiado; ahora no era sumisa y frágil. Era fría, impersonal.
—Eres bueno, muchacho, tanto como decía quien te recomendó. —Le aplaudió el hombre tras revisar el pulso inexistente de su compañero caído—. ¿Envenenaste las dos copas?
—Como se me indicaba en la misiva, señor. —Señaló con un gesto los vasos—. Ambos hielos estaban envenenados. Cuando revisen las copas encontrarán restos de la toxina en ambos.
—Actúas bien, parecías una muchacha tan sumisa y débil que no sería capaz de herir ni a una mísera mosca. Casi me has engañado a mí también.
—Es lo que tengo que hacer, no lo hago por gusto. —Se limitó a contestar.
—Bien, bien, dile a tu jefe que ya no me debe ningún favor. Puedes retirarte.
Momentos después, ya había salido del lugar. Se deslizó fuera del local y se apoyó contra la pared que daba al callejón. Se llevó dos dedos a la sien y respiró hondo. No podía permitirse derrumbarse. No ahora.
Se colocó un sombrero y un abrigo que tapaban el uniforme del establecimiento. Caminó con ligereza, alejándose de allí lo más rápido que pudo sin llamar la atención, metiéndose en callejones oscuros y utilizando pasadizos desiertos y sin vigilancia que solo aquellos que pertenecían al lado más podrido de la población conocían.
No sabía por qué el hombre había necesitado que las dos copas fueran envenenadas. Quizás para fingir su propia muerte, o para hacer ver que a él también lo querían envenenar. Ni le importaba ni quería saberlo. Si ese tipo no hubiese estado al corriente de lo que se hacía y hubiese dejado que el hielo se derritiera y que el veneno contaminara la bebida, habría muerto igual que la víctima. Por un momento pensó que quizás habría sido mejor para el mundo que ambos hombres murieran; al fin y al cabo era probable que ninguno fuera trigo limpio. Aunque en ese caso... Apartó el pensamiento y aceleró la marcha.
Llegó a la estación de trenes. Quedaban quince minutos para que saliera el último. Se puso en la cola, tras una joven unos años mayor, a esperar que llegara el tren. A esas horas el ambiente era escaso; había jóvenes que volvían a sus casas antes de que cerraran porque no tenían dinero suficiente para el taxi o no querían gastárselo. Adultos cansados que salían tarde de trabajar, algún que otro borracho, incluso una madre con su hija.
El tren llegó y todos se subieron en silencio. El trayecto no era muy largo, pero se le hizo un infierno. Las manos le temblaban y tenía escalofríos. Miró a su alrededor; la mujer que iba con su hija se sentaba enfrente suya, también había un hombre de mediana edad que le dirigía miradas de soslayo.
—Disculpa, ¿se encuentra bien? —Era la joven que había estado delante suya en la cola. Definitivamente debía tener una pinta catastrófica.
—Ah... Sí, sí. No se preocupe —respondió en un susurro.
Se bajó en la cuarta parada. Las calles conocidas resultaron en parte tranquilizantes, pero no fue hasta que cruzó la puerta de su pequeño apartamento que pudo respirar en paz.
Sus piernas cedieron y sus rodillas golpearon el frío suelo. Sus ojos destellaron con unas lágrimas que no se había permitido soltar. Una sensación horriblemente conocida e intensa le sacudió todo el cuerpo. Se levantó y caminó dando trompicones al baño. Allí se arrodilló y vomitó todo lo que tenía en el estómago, que no era mucho.
Se incorporó jadeante y se apoyó en el lavabo. Todo su cuerpo temblaba. Se miró al espejo y no se reconoció. Una muchacha con pinta de acabar de superar una enfermedad grave le devolvía la mirada. Levantó la mano y se quitó una de las horquillas que llevaba. Una tras otra fueron cayendo en el tarro colocado en el mueble contiguo. Cuando no quedó ninguna, se retiró con fluidez la larga peluca rubia que llevaba.
Se lavó las manos, frotándolas como si aquello pudiera eliminar la sangre que de forma metafórica las manchaba. Tras deshacerse de la ropa, la dejó tirada en el suelo; ya se encargaría de quemarla más tarde. Se deslizó en la ducha y abrió el grifo. El agua fría le impactó en el rostro; el maquillaje se diluyó con el agua. La sensación de frío contra su piel le dolía, pero no cambió la temperatura. Se quedó inmóvil, dejando que el chorro mordiera su piel sin piedad; nada podía ser más frío que lo que llevaba dentro. Permaneció así al menos quince minutos, intentando no pensar en nada.
Salió envolviéndose en la toalla. Ahora el reflejo que le devolvía la mirada sí era uno conocido: el suyo, el de siempre. Su corto pelo azul claro se pegaba a la frente y sus grandes ojos estaban rojos de tanto llorar. Ese era su reflejo, sí. Pero aun así, no se reconocía.
Rozó con los dedos el espejo; su reflejo le imitó. Se miró a sí mismo a los ojos y murmuró con voz trémula:
—¿En qué te has convertido, Nagisa Shiota?







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