Capítulo Único
Cuando los búhos cantan, el guardián ya sabe de tu llegada....
Toda su vida ya estaba planeada incluso antes de nacer, no sabe en qué momento creyó que sería feliz, le gustaba pensar que algún día tendría a su persona ideal para casarse y ser felices por el resto de su vida como una familia. Deseó poder enseñar a sus hijos cosas como cazar y pescar, deseó convertirse en un hombre fuerte y ser un guerrero que daría todo por su clan.
Ahora sabe que nunca tendrá ninguna de esas cosas.
Posicionado en la litera que es llevada por otros cuatro miembros del Clan, rodeado de cortinas blancas esconde las lágrimas que con tanto empeño intenta parar, caen con frustración y dolor en sus ropas. Arruga las telas finas de seda de color blanco, rojo y dorado; las quiere desgarrar, pero no tiene la fuerza ni los ánimos para hacer tal cosa.
Fuerza tanto los dientes que rechinan por la fuerza ejercida y se muerde la lengua tratando de que el dolor de su pecho se calme con eso. Quiere morir, desea morir y tampoco puede tener eso, porque todo lo que quiere, se le ha sido negado toda su vida.
─ ¡Llegamos! ¡Los demás regresen!
La litera desciende al piso con cuidado y los pasos de los asquerosos hombres dejan de escucharse después de un rato, sabe lo que tiene que hacer y coloca el velo que le dieron para tapar el sufrimiento de su alma.
─ Ven, apresúrate.
Se levanta, ríe son sorna. Ese hombre quiere largarse de ahí lo más pronto posible y teme morir, pero no teme dejar a un niño indefenso en un bosque peligroso a punto de anochecer, no le causa remordimiento la muerte de un inocente.
─ Ve en esta dirección, no regreses. Ya sabes lo que ocurrirá si lo haces. ─ Ve como el cobarde se marcha sin mirar atrás.
Lo maldice, lo odia, le repugna y le guarda un rencor inimaginable. Tiembla, porque es mejor ir a dónde dice antes que volver y esperar que lo maten por su rebeldía. Puede vivir, puede escapar y no volver a ese estúpido Clan de mierda que acaba de abandonarlo.
─Servirás al Clan Broshko con respeto y lealtad. Katsuki, te entregarás en nombre de la paz con el Dios del Bosque. Con honor y valor ve al bosque, cumple tu misión, se el sacrificio que salve a nuestro pueblo
Maldita su suerte, malditos los dioses y todo el mundo, que se pudran por aprovecharse de ser huérfano, de su vulnerabilidad y soledad. Con solo cuatro años ya conocía lo peor de este mundo. Ser ofrecido como ofrenda de paz y llevarse el honor a la tumba, como si eso sirviera de algo estando bajo tierra. Váyanse al maldito infierno con eso.
El bosque se oscurece totalmente, sabe que está más que perdido al no identificar una luz a lo lejos, completamente rodeado de árboles y animales que empiezan a asustarle por tener formas macabras, aun así, con miedo sigue un camino incierto y se permite llorar con total libertad sin hacer ruido, tirando el estúpido velo que no le dejaba ver.
En plena noche, la luna llena deja de esconderse entre las nubes negras y el camino se hace más visible, escucha la ululación de los búhos y ramas golpearse entre sí, el sonido del viento haciendo eco y sus pequeñas pisadas dejando huellas. Cansado deja de caminar por los alrededores, se sienta cerca de las raíces de árbol y se acomoda como puede con ese kimono matrimonial que posee.
Katsuki ve el cielo una vez más antes de dormir, solo espera morir de una vez, porque no quiere ser objeto de nadie otra vez. Prefiere irse lo más pronto al otro mundo con las personas que piensa si lo amaron una vez, sus padres.
Al siguiente día, se siente como basura. Nadie vino a reclamar su vida y se sentía mucho más inútil que de costumbre, harto, incluso por haber despertado como si nada, vuelve a tomar un camino al azar. Quiere hacer caso omiso al rugido que da su pancita en busca de alimento, pero no puede encontrar nada que logre satisfacerlo, más que unas bayas dulces.
Durante su recorrido, puede apreciar lo profundo del bosque, el cántico de las aves es precioso en ese momento y ya no le teme tanto a lo que puede encontrarse, debe admitir que el lugar es mucho más hermoso, pudo sentirse más relajado en la luz del día. Ya sospecha que exista una divinidad devora-hombres que viva en los bosques, así que sobreviviría lejos de la gente que lo ofreció como comida.
Cerca de un acantilado, a lo lejos ve un río y baja con rapidez para tomar un poco de agua, ensucia y rasga el hermoso kimono, pero no le importa en lo más mínimo. Puede que sea su única ropa en ese momento, pero no deja de ser un recuerdo amargo que todavía lo vive.
Se refresca, lava su cara y manos, por su mente cruza la idea de pescar unos peces para cenar, pero también le desilusiona la idea de que no sabe encender una fogata. Bajo el cálido sol de la mañana, acostado boca arriba queda dormido por el cansado viaje que está haciendo.
...
─ Mi pequeño, Katsuki. ─ es la voz melosa de una mujer a la cual no le ve el rostro, pero se siente querido, amado y protegido. ─ Te amo mucho, querido.
Se levanta abruptamente, llorando y jadeando, en el fondo sabe que esa mujer puede ser su madre por la forma en la que le habla. Limpia el resto de las lágrimas bajo sus mejillas, pero se detiene en seco cuando a un costado encuentra una pequeña cesta con frutas frescas.
─ ¿Qué demonios? ─ dice, mira a su alrededor sin encontrar a alguien.
Aunque quiere encontrar al responsable, su estómago pide algo de alimento y este no se lo niega; come gustoso los mangos que encuentra y las uvas son la misma gloria que toca con su paladar. Después de haber devorado hasta las pepas de las jugosas frutas, completamente lleno se levanta para lavar sus pegajosas manos.
─ Ah, gracias por la comida. ─ Lo dice al aire, agradece sin saber que a lo lejos alguien sonríe por la tierna acción.
El día parecía ir mucho más rápido que el anterior, puesto que, el sol estaba por ocultarse otra vez. ¿De verdad, había dormido tanto? El frío le cala los huesos, antes no lo sintió, pero ahora que su ropa tenía orificios extras el aire helado entraba sin compasión.
─ Demonios, lo que faltaba.
Oh, esa es la frase que siempre trae mala suerte. Apenas gira un poco ve a un oso acercarse lentamente, cazando a su presa... él es la presa. Sus piernas se mueven solas, sale disparado a los árboles para escabullirse entre ellos y el enorme animal le pisa los talones en busca de atraparlo. Corre, pero con la poca visibilidad tropieza con alguna estúpida raíz que sobresale; no iba a ser devorado por el Dios, pero si por un oso idiota que tenía hambre.
Cierra sus ojos con fuerza, cubre su cara con sus brazos como si fueran a salvarlo de ser comido, pero, ya sea por miedo, no puede hacer más. Sin embargo, el depredador se queda inmóvil y no se le acerca, Katsuki abre los ojos lentamente.
─ ¡Ja! ¡Me tienes miedo! ─ como si le hubiera entendido, el oso le gruñe para dar marcha atrás. ─ Maldito.
Cuando gira al lado contrario del oso es que entiende la razón, hay un hombre de kimono verde y blanco parado, mirándolo y este sonríe de manera estúpida para Katsuki.
─ Hola.
Hola y adiós, el pequeño corre de nuevo mientras grita que hay un maldito fantasma en el bosque. Cuando piensa que lo perdió, el ”fantasma” aparece delante de él una vez más.
─ No soy un fantasma, soy un Kitsune.
─ ¡El fantasma habla! ─ quiere correr de nuevo, pero es elevado en el aire hasta acercarse al sujeto que porta una máscara de zorro.
─ Katsuki, no soy un fantasma. ─ El niño se sorprende de que sepa su nombre, tanto que queda mudo y deja que siga hablando. ─ Soy el Dios que protege el Bosque y tú, mi pequeño amigo, creo saber qué haces aquí.
─ Primero, no soy tu amigo. Segundo ¡bájame! ─ el Dios se ríe por la respuesta, el niño que había sido enviado esta vez era muy interesante.
Para el Dios del Bosque, desde que tiene memoria, había un ritual de ofrendas muy extraño en el cual implicaba llevar niños para ser devorados. Recuerda que cada uno de ellos se quedaba en el sitio que les dejaban o intentaban regresar, pero él, Katsuki, camino hasta perderse e intento sobrevivir en la naturaleza.
Ninguno era igual, pero solo él, le llamó tanto la atención como para no dejarlo ir tan rápido, pero este lugar no era para ellos, morirían si no los sacaba.
─ Te ayudaré a salir, pero nunca más debes regresar.
─ ¿Por qué debería confiar en la cosa que me iba a comer? ─ señala con su dedo al Dios.
─ Yo no como niños, menos niños gruñones. ─ bromea con el pequeño, que infla sus mejillas con enojo. ─ Acompáñame, a menos que quieras ser la cena de un oso.
No es que quiera seguirlo, cabe decir, pero no tiene de otra. Tienes miles de preguntas sobre el adulto que lo ha salvado y se ha mofado de su tragedia.
─ ¿Cómo te llamas? ─ el sonido que hacen las sandalias del Dios desaparece, se ha detenido a mirarlo con sorpresa. ─ ¿Qué? Es extraño que solo tú sepas mi nombre.
─ Es que... Nadie antes me había hecho esa pregunta.
Ya sea por miedo, por nerviosismo, por duda o por respeto, ningún niño que ha conocido le ha preguntado eso. Siempre era el Dios del Bosque que nunca tuvo que presentarse ante nadie.
─ ¿No tienes nombre?
─ Izuku, me llamo Izuku. ─ sonríe.
Toda la noche siguieron caminando a quien sabe dónde, pero Katsuki no era como que supiera donde estaba o a dónde llegar. Seguirlo era una opción poco fiable, pero la única que no consistía en estar solo.
─ Pensé que serías más tenebroso, digo tienes hasta orejas de apariencia suave y una esponjosa cola. ─ Katsuki toma entre sus manos la cola verdosa del adulto, le encanta lo suave que es. ─ ¿Cuántos años tienes, Izuku?
─ Eso es algo que no debes preguntar, Kacchan. ─ decir que estuvo milenios atrapado en la soledad, era demasiado triste. Los animales eran su mayor adoración, pero no era lo mismo con alguien semejante a él.
─ Ahora soy Kacchan, ¿Sabes qué Izuku también se puede leer como Deku? ─ Izuku sonríe, reconoce que él pequeño es muy astuto.
─ ¿Quién te enseño a leer?¿Tus padres? ─ El silencio que se produce es incómodo, pues ha tocado un tema sensible.
─ No, en el clan hay libros interesantes y una anciana me enseñó. Soy huérfano, no tengo... ─ no continúa, decir que no tiene padres era algo que siempre le trajo problemas y uno de esos, era justo que estuviera en el bosque. ─ ¿El sacrificio servirá de algo si no me comes? ─ Cambia de tema.
─ Mmm... Supongo, los humanos piensan que con este tipo de ofrendas se expiaran de sus pecados, pero la verdad es que lo hacen a costa de la vida de alguien para ganar beneficios egoístas. La ayuda será efímera, pero sus ansias de poder son sempiternas.
─ ¿Sabes? A donde me lleves estaré solo, no tiene caso que me saques de aquí. ─ dice, camina a su lado con la cabeza gacha.
─ No lo estarás, llámame cuando quieras. ─ toma su mano, con las manos juntas caminan el resto del camino.
─ ¿Por qué no vienes conmigo? ─ le pregunta, pero Izuku no responde y Katsuki no insiste más.
─ Llegamos.
En la cima de una montaña se logra ver una pequeña aldea a más faldas de esta. El sol sale entre las montañas con sus cálidos rayos de luz, despertando a todos de manera casi inmediata.
─ Ellos te recibirán gustosos, vive tu vida como desees, pero ya no vuelvas aquí. ─ Da suaves caricias al pequeño niño, que duda entre lo que dice.
─ ¿Por qué?
─ Esas personas saben de los sacrificios que hacen con los niños, te recibirán como una familia y nunca te abandonarán. Ahí hay gente que ha pasado por lo mismo que tú. ─ explica.
─ No. ¿Por qué no debo volver? ─ especifica, si vuelve nada malo podría pasarle, además, claro está, de que quieran comerlo los osos.
─ Este bosque esconde un poder mágico muy fuerte, los animales que residen aquí nunca pueden salir si pasan mucho tiempo aquí. Nadie puede sobrevivir a los monstruos del lugar y si te tocan... Nunca podrás escapar. ─ se arrodilla hasta la altura del menor. ─ Ahora ve.
El Dios Izuku regresa por donde vino, se despide de Katsuki, este último mira la aldea y a lo lejos a niños jugando con una pelota, a mujeres y hombres trabajando en los sembríos, chimeneas humeantes y pequeñas tiendas de comercio. Puede tener una vida digna ahí, pero... No se mueve.
─ Deku.
Lo llama, pero el Kitsune ya no está y este regresa a buscarlo.
─ Izuku, no pienso hacer lo que dices. ¡¿Me oyes?! ─ grita, no logra verlo en ningún lado, pero espera respuesta.
─ ¿Por qué? ─ no lo encuentra, la voz del chico peliverde hace eco en el espacio en el que se encuentra.
─ Porque toda mi vida he hecho los que otras personas quieren, esta vez será la excepción. Si decido quedarme, es mi maldita decisión. ─ ¿Qué demonios estaba haciendo? Katsuki tenía ganas de llevar la contra de vivir bien.
─ De verdad que no te entiendo, Kacchan. Cualquiera ya hubiera cruzado el camino y se olvidaría esto. ─ dice con seriedad y sale de su escondite, es mejor convencerlo de que se vaya.
─ Las personas son tontas, yo no soy cualquiera. Soy Bakugo Katsuki y no me voy a ir. ─ el infante se cruza de brazos, firme en la loca decisión.
─ Bueno, pero habrá problemas. ─ Señala hacia arriba. ─ Yo no te comeré, pero ellos sí.
Sobre su cabeza había unas criaturas extrañas de color negro que flotaba como fantasmas, sus ojos brillaban y cuando se fijó en ellos, le regalaron una sonrisa macabra mostrando sus dientes filosos.
─ Me retracto. ─ Katsuki gira sobre sus talones, pero tampoco se mueve. ─ ¿Si me quedo contigo me cuidarás? ─ Izuku se ríe a más no poder.
─ Es un trato, sé mi compañía y yo te protegeré.
A pesar de seguir sin comprender la decisión del menor por quedarse, le permitió acompañarlo en todo momento. Para Katsuki era un misterio el Dios del Bosque, pero por el momento quiere cenar; el estómago del cenizo gruñe por alimento. Izuku lo lleva de la mano hasta un lugar más apartado de la civilización, es servido por el Dios con delicias como cerdo, frutas, agua y pescados.
Cuando se termina el banquete que le ofreció, puede notar que Deku está dormido, apoyado en algún tronco caído con musgo. Se acerca para verlo, era la primera vez que lo podía verlo así de cerca, pero sus traviesas manos se mueven hasta hacer el intento de quitar esa fea máscara.
─ No. ─ Izuku detiene las manos del pequeño, para alejarse un poco.
─ Oye, quítate eso. ─ dice.
─ ¿Y si no lo hago? ─ oh, grave problema. Nadie le dice que no a él.
─ Te la quito.
Fue una pelea rápida, un juego entre ellos en el que Izuku terminó por caer de espaldas llevando consigo al pequeño, quien aprovechó para quitar la colorida máscara.
─ ¡No, espera! ─ se cubre.
─ Vaya, sí que eres feo, Deku.
─ ¡Kacchan!
─ Tengo que decir que entregar al niño huérfano hace 15 años fue lo mejor pudimos hacer. ─ un hombre, probablemente que pasó los 40 años, camina junto a su amigo.
─ El clan no solo superó las guerras, sino que fue prosperando un montón. ─ Tiene apariencia mayor al contrario.
─ Debemos agradecer al Dios del Bosque su majestuosidad.
Esa era un pequeña conversación, que un tercero escuchaba trepado en uno de los árboles. Había pasado tiempo desde que escucho algo del clan al que una vez perteneció.
─ Kacchan, baja.
Katsuki era todo un adulto a sus 19 años, era incluso más alto que Izuku. Vivía sin preocupaciones en una cabaña en el bosque junto al Dios, que alguna vez pensó, era alguien sin compasión. Se convirió en alguien magnífico ante la vista de su pecoso compañero.
─ ¿Resolviste todo?
─ Sí, tuve que hacer unas bendiciones extras, pero ya vine. ─ asiente alegre.
─ Vamos a casa.
El cenizo camina adelante de Izuku, quien mira la estrecha espalda del humano. Por su mente el tiempo que ha compartido con él es tan corto, que su corazón pide más y más por tenerlo junto a él, por compartir juntos. Y eso le aterra, sabe muy bien que nunca debió permitir que el niño se quedara en el bosque, porque si llegaba a acostumbrarse a su presencia... También debía acostumbrarse a la perdida.
Los sentimientos de los demonios, yokais, dioses y fantasmas pueden duran eternamente. No cambian, porque se aferran a ellos durante la eternidad; al contrario de los humanos, estos olvidan y transforman lo que sienten, son capaces de amar a distintas personas con el paso del tiempo, ya que su vida es corta y la quieren disfrutar, no tienen tiempo para encerrarse en algo que ya pasó.
─ ¿Qué te pasa? Estás muy callado, Deku. ─ dice. El silencio que suele hacer Izuku siempre resulta algo malo, porque tenía la mala costumbre de callarse las cosas importantes para evitar lastimar a otros.
─ Solo pensaba. ─ responde de manera inmediata, no quiere preocuparlo por nada.
─ ¿Tú piensas?
─ Kacchan eres molesto. ─ ríe y las preocupaciones de antes se desvanecen solo con su comentario, le gusta.
─ Cállate y quítate esto. ─ la máscara de Izuku desaparece y aunque nunca lo diga en voz alta, a Katsuki le encanta ver sus ojos.
Bellas gemas, bello iris verde brillante que las esmeraldas seguro envidian. Le fascina ver como se expresa con ellos, como brillan alegres por algo que dice o solo lo miran con dulzura. Sus extensas pestañas le dan un toque elegante, es inexplicable lo que hace una mirada en su interior.
─ ¿Qué tiene de malo? Toda mi vida la he usado. ─ quiere arrebatarle de nuevo el objeto, pero Katsuki lo levanta sin que pueda alcanzarlo.
─ Conmigo no tienes que usarla.
─ Precisamente, porque eres tú debo usarla. ─ eso se le ha escapado por error, se golpea mentalmente por no ser consciente de lo que dice.
─ ¿De verdad? ─ Lentamente Izuku queda atrapado entre un árbol y el cuerpo de Katsuki. ─ ¿No te gusta que vea como te sonrojas?
Izuku gira su cabeza hacia la derecha cuando siente el rostro del más alto acercarse, pero Katsuki es más rápido y logra el cometido de besarlo.
¿Cómo habían llegado a ese tipo de intimidad?
Cuando Katsuki llegó a los dieciocho años, su primer beso pasó durante una pelea. Izuku era tan necio, que siempre terminaba en líos que lo dejaban mal herido y eso fastidaba mucho al cenizo. Tal vez era el momento, el ambiente en el que ambos se dejaron llevar por sus instintos y eso nunca paró, pero tampoco querían que pare.
¿Cómo no iba a tener miedo de perderlo, si cada día lo amaba más? Sabe que debe terminar, es su deber acabar con estos sentimientos, pero no se puede alejar de las placentera sensaciones que le produce aquel muchacho.
─ Vamos. ─ Katsuki toma la mano del pecoso, este lo sigue todo sonrojado a la casa que comparten.
Ama a ese hombre gruñón, ama todo de él y sabe que está perdido, que arriesgaría todo por él, metería las manos al fuego por él y aún no sería suficiente. Por eso, el día de su muerte era algo que pasaba por su mente cada tanto y no podía evitarlo, tampoco comentarlo con Katsuki porque seguramente se sentiría mal.
Por más que se concentraba en vivir felizmente, sabe que los años le cobraban a Katsuki como a todo ser humano. Deseó ser humano solo por él.
Cuando Katsuki cumplió los 29 años, todo se fue al demonio. Pues una enfermedad empezó a matarle por dentro y eso solo puso en muy mal estado Izuku, a quien la idea de perderlo en unos años era horrible, ahora estaba peor sabiendo que la muerte reclamaba su vida antes.
─ Ya basta, no quiero descansar. ─ se queja, durante dos semanas había estado en cama siendo mimado por Izuku, pero ya estaba harto.
─ Debes hacerlo o vas a empeorar. ─ Izuku lleva una charola de madera, con un poco de arroz y estofado hecho por él mismo. Deja esto en una mesita que hay en la habitación.
─ Vete a la mierda.
─ ¡Kacchan! ¡Por favor, solo quiero que estes bien!
─ ¡Y lo estoy perfectamente!
─ ¡Solo quiero que estés bien y no mueras! ─ Izuku rompe en llanto y empieza a temblar. ─ No me dejes... La idea me atormenta, no quiero que te vayas tan pronto ¿Tienes idea lo difícil qué es imaginar una vida sin ti? ¿De cuántas veces me arrepentí de dejarte acompañarme? ¿De qué te amo tanto que ahora mismo siento que moriré?
Izuku sigue llorando, esos lindos ojos verdoso que tanto amaba Katsuki se marchitaba con el dolor. Es abrazado e intenta consolarlo, él también tenía miedo, porque de cierta forma, ver a Izuku no envejecer solo era un recordatorio que él era un simple humano.
─ Izuku, lo que pasé en un futuro no me importa. Disfrutemos lo que tenemos el tiempo que estemos juntos. ─ Se aleja para ver su rostro, toma sus manos y besa los nudillos con ternura.
─ Kacchan...
─ Te prometo que estaré bien, pero no te descuides por mi culpa. ─ Porque no era nada lindo ver como el Dios del Bosque perdía fuerza, no era bueno verlo derrotado por la culpa de un humano.
─ Te amo, de verdad lo hago.
─ Yo también lo hago, Dios llorón.
Con una promesa de por medio, Izuku se concentró en hacer feliz a Katsuki. A veces el hombre tenía recaídas muy espantosas, pero que sobrellevaban de la mejor manera. Pero eso solo duro tres años más. Cuando ya Katsuki no tenía fuerza alguna para moverse de la cama, no tenía apetito y el encantador brillo de sus ojos carmín se fue apagando.
─ Izuku. ─ este lee un libro cerca de él, se detiene para verlo.
─ ¿Quieres algo? ─ susurra feliz, remueve el cabello ceniza de su amado.
─ Descansar.
Eso termina siendo el balde de agua fría que hace congelar su corazón, es cuando la burbúja de felicidad se rompe al fin. Sabe que el momento a llegado y por más divinidad que sea, él no puede hacer nada.
─ ¿Tan pronto? ─ a pesar de que sonríe, las lágrimas empañan su rostro.
─ ¿Veintiocho años de parece pronto?
─ Sí.
─ No me quiero ir sabiendo que sufres, no puedo hacerlo sin saber que estarás bien. No quiero dejarte, pero ya no puedo. ─ Izuku ha empapado la manta que cubre a Katsuki con sus lágrimas. ─ ¿Me prometes que estarás bien y seguirás siendo el maldito Dios de mano blanda con los idiotas?
─ Sí, Kacchan.
─ ¿Me prometes que pase lo que pase, no intentarás acabar con tu existencia?
─ Sí.
─ ¿Puedo amarte incluso en la muerte?
─ Sí, mi amado y lindo Katsuki. El niño loco que quiso quedarse conmigo. ─ Izuku besa la mano calluda de Katsuki, no quiere soltarlo, no quiere que se vaya, pero ha sido muy egoísta mantenerlo con él.
─ Creo que ya puedo irme. Te amo, Izuku. Espero encontrarte en otra vida. ─ Cierra los ojos, la mano que sostenía cae en la cama, su respiración se corta y la sonrisa que tenía en su rostro permanece congelada.
Ese día, el bosque se cubrió de una neblina espesa. Los días siguientes fueron lluviosos con una gran tormenta y fríos, fue la forma en que el sentimiento de pérdida se mostró ante los demás.
─ Descansa en paz, Bakugo Katsuki. Mi amado, Kacchan. ─ en la tumba que yace el cuerpo de Katsuki, deja un ramo de rosas. En la lápida está la frase“Hasta que nuestros caminos se vuelvan a encontrar”
Según las historias que se cuentan, las personas que hacen su camino por ese sendero, ven una lápida con flores que cambian a diario. Nadie sabe quien es, nadie sabe quien las deja y tampoco les parece importante, pero hacen reverencia de respeto a un tal Katsuki Bakugo, esposo de un tal Izuku, que espera un reencuentro.








