DIMITRI
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de la mansión mientras yo esperaba a que la pequeña Leni bajara de su habitación; ya íbamos tarde. Miré el reloj por quinta vez en menos de un minuto y solté un suspiro cansado, acomodando el puño de mi camisa mientras la sala permanecía en un silencio casi irritante. Afuera, Noirvelle seguía envuelta en esa lluvia elegante y fría que parecía no abandonar jamás la ciudad.
—Leni —llamé con paciencia limitada—. Tenemos que irnos ahora.
Escuché pequeños pasos apresurados en el segundo piso y, segundos después, apareció corriendo por las escaleras con uno de sus zapatos mal puesto y el cabello ligeramente despeinado.
—Estoy lista —dijo agitada, abrazando una pequeña mochila rosada.
La observé por unos segundos. Definitivamente no estaba lista.
—¿Eso es estar lista para ti?
Bajó la mirada hacia sus zapatos y sonrió apenas.
—Casi lista.
Negué lentamente, acercándome a ella para arrodillarme frente a sus pequeños pies y acomodar la correa del zapato correctamente. Leni permaneció quieta, observándome con esos ojos curiosos que siempre parecían entender más de lo que deberían.
—¿Por qué tengo que ir al colegio todos los días? —comentó de repente—. Rafael dice que ir al colegio no sirve de nada.
—Rafael habla mucho.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Y tú sonríes demasiado poco?
Levanté la mirada hacia ella.
—¿Ahora también eres comediante?
—Tal vez.
Tomé su mochila antes de ponerme de pie nuevamente. Detrás de los enormes ventanales, la tormenta no daba tregua.
El paraguas negro nos protegió del agua mientras caminábamos hacia el auto estacionado frente a la mansión. Leni iba tomada de mi mano, saltando con cuidado entre los pequeños charcos como si aquello fuera algún tipo de juego.
—Si te mojas, no te quejes después —murmuré, abriendo la puerta trasera.
—No me voy a enfermar —respondió al entrar—. Tengo poderes.
—Claro.
El chofer cerró el paraguas apenas subimos y ocupó su lugar al volante.
—Buenos días, señor Volkov.
—Conduce.
Leni se acomodó junto a la ventana, observando las calles húmedas de la ciudad mientras el auto avanzaba entre edificios cubiertos por la neblina y luces blancas reflejadas sobre el pavimento mojado.
—¿Hugo irá hoy a la empresa? —preguntó ella.
—Lamentablemente.
Ella soltó una risa pequeña.
—Ayer dijo una grosería frente a mí.
Levanté apenas una ceja.
—¿Y tú la repetiste?
—…Tal vez.
—Fantástico.
El trayecto continuó entre el sonido suave de la lluvia y las voces lejanas de la ciudad que despertaba lentamente. Minutos después, el auto se detuvo frente al enorme edificio de la escuela. El chofer abrió la puerta y Leni giró antes de bajar.
—¿Irás por mí hoy?
—Si termino temprano.
—Eso no significa sí.
La observé unos segundos.
—Intentaré llegar temprano.
Ella pareció satisfecha con la respuesta y salió finalmente del auto, corriendo hacia la entrada de la escuela con su pequeña mochila rosada rebotando en su espalda. La puerta volvió a cerrarse.
—A VOLKOV Group, señor —habló el chofer
.
Aflojé ligeramente el nudo de mi corbata mientras el auto retomaba el camino. El día apenas comenzaba y ya tenía demasiado trabajo esperándome.
El edificio de VOLKOV Group apareció entre la bruma unos minutos después, imponente y perfectamente iluminado a pesar del cielo gris de Noirvelle. El auto se detuvo frente a la entrada principal y, apenas bajé, uno de los empleados abrió las puertas de cristal automáticamente.
—Buenos días, señor Volkov.
Asentí apenas, caminando directamente hacia el elevador mientras el sonido de mis zapatos resonaba sobre el mármol brillante del lobby. Todo seguía exactamente igual: pantallas encendidas, personas apresuradas, llamadas constantes, trajes impecables y un silencio incómodo. Las puertas del elevador se abrieron en el último piso y encontré a Rafael revisando algo en su tableta mientras tomaba café.
—Llegas tarde —comentó sin levantar la vista.
—Son tres minutos.
—Para ti eso ya es una tragedia.
Ignoré el comentario y entré a mi oficina. Los enormes ventanales dejaban ver toda Noirvelle cubierta por la tormenta. Rafael me siguió segundos después.
—La junta con inversionistas fue movida para las once. Pietro y Hugo llegarán en media hora… probablemente con resaca.
—Entonces no los dejes entrar hasta que parezcan personas funcionales.
—Haré lo posible. —Dejé la carpeta sobre el escritorio mientras Rafael revisaba algunos documentos—. También llegaron los permisos iniciales para Rosenfeld.
Mis dedos se detuvieron apenas sobre la mesa.
—¿Algún problema?
—Algunos habitantes del pueblo enviaron quejas sobre el proyecto.
Solté una risa seca.
—Claro que lo hicieron.
Rafael levantó la mirada finalmente.
—Parece que la gente allá no quiere que conviertas su pueblo en otro Noirvelle.
—No planeo pedirles permiso para crecer.
Rafael tomó un sorbo de café con calma.
—Eso sonó bastante arrogante incluso para ti.
Antes de que pudiera responder, la puerta de la oficina se abrió sin avisar.
—¡Dimitri! —la voz de Pietro llenó el lugar—. Te juro que Hugo casi muere bajando del auto.
—Sigo vivo —murmuró Hugo, entrando detrás de él—. Desafortunadamente.
Pietro se dejó caer en uno de los sofás de la oficina.
—¿Entonces cuándo nos vamos al famoso pueblo?
—En cinco semanas —respondió.
Hugo hizo una mueca.
—Sigo sin entender por qué quieres construir tiendas en medio de montañas y vacas.
—Dinero —contesté simplemente.
Pietro sonrió de lado.
—Espero que al menos haya mujeres bonitas. Porque si no, pienso regresar el mismo día.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Cinco semanas? —Hugo frunció el ceño—. ¿Y nos hiciste venir para hablar de algo que ocurrirá dentro de más de un mes?
—Sí.
Pietro soltó una risa.
—Te juro que algún día voy a entender cómo funciona tu cabeza.
—Ese día avísame a mí también —murmuró Rafael mientras seguía leyendo la tableta.
Hugo se acercó a la barra de café de la oficina.
—Sigo pensando que construir tiendas en un pueblo perdido es extraño.
—Rosenfeld no está perdido —corrigió Rafael—. Tiene bastante turismo en invierno.
Pietro levantó una ceja.
—¿Desde cuándo sabes tanto de pueblos?
—Desde que trabajo para alguien obsesionado con expandirse hasta en medio de las montañas.
Ignoré el comentario.
—El lugar tiene potencial. Además, Velmire está creciendo demasiado rápido; Rosenfeld terminará conectado comercialmente tarde o temprano.
Hugo tomó una taza de café antes de mirar por los ventanales.
—Aun así… no logro imaginarte viviendo en un lugar tranquilo.
—Porque no viviré allí.
Rafael soltó una pequeña risa por lo bajo, lo suficientemente molesta para que la escuchara.
—Claro.
Lo miré apenas.
—¿Quieres decir algo?
—No. Me gusta verte intentar convencerte solo.
Antes de responder, alguien tocó la puerta.
—Adelante.
Una de las asistentes entró rápidamente con varias carpetas en las manos.
—Señor Volkov, los inversionistas ya llegaron.
Asentí apenas.
—Diles que subo en cinco minutos.
La mujer salió inmediatamente. Pietro se puso de pie, acomodándose la chaqueta.
—Bien, nosotros iremos a sobrevivir a nuestra propia empresa.
—Intenten no destruir nada mientras tanto —murmuré.
—No prometo nada —contestó Hugo antes de salir junto a Pietro.
Rafael cerró la tableta lentamente y me observó unos segundos.
—Sabes que tarde o temprano tendrás que ir a Rosenfeld personalmente, ¿verdad?
Tomé mi reloj de la mesa, colocándolo nuevamente en mi muñeca.
—Solo será trabajo.
Rafael sonrió apenas.
—Eso dices ahora.
Él salió de la oficina unos segundos después, dejándome finalmente en silencio.
Tomé una de las carpetas del escritorio mientras caminaba hacia los ventanales. La lluvia seguía cayendo sobre Noirvelle, cubriendo los edificios con esa neblina gris que parecía eterna en la ciudad. Mi mirada bajó automáticamente hacia el documento abierto entre mis manos: el Proyecto Rosenfeld. Hoteles, locales comerciales, restaurantes y una expansión turística masiva. Todo estaba perfectamente calculado, perfectamente organizado.
La puerta volvió a abrirse.
—¿Puedo pasar o vas a seguir mirando la lluvia como protagonista deprimido de película?
Pietro entró nuevamente sin esperar respuesta.
—¿No se suponía que te habías ido?
—Sí, pero Hugo se quedó peleando con la máquina de café y decidí salvar mi dignidad.
Dejé la carpeta sobre el escritorio.
—¿Qué quieres?
Pietro sonrió apenas.
—Curiosidad.
—Qué peligroso.
Él se acercó, mirando los documentos por encima de mi hombro.
—¿Rosenfeld realmente vale todo esto?
—Sí.
—Entonces debe ser un lugar interesante.
—Es un pueblo.
—Y aun así llevas semanas revisando personalmente cada detalle del proyecto. —No respondí, y Pietro levantó una ceja lentamente—. Eso no es muy normal en ti.
—Es una inversión grande.
—Claro —murmuró con evidente sarcasmo—. Porque tú siempre supervisas personalmente hasta las flores de los jardines.
Lo ignoré nuevamente. Pietro soltó una pequeña risa antes de caminar hacia la salida.
—Solo espero que el famoso pueblo no termine aburriéndote en dos días.
—No planeo quedarme mucho tiempo.
—Ajá. —Abrió la puerta, pero antes de salir volvió a mirarme—. Aunque, si soy sincero… tengo curiosidad por ver quién será la primera persona en Rosenfeld que no soporte tu actitud.
Y luego desapareció, cerrando la puerta detrás de él.
Solté un suspiro corto antes de tomar nuevamente la carpeta. Honestamente, dudaba que alguien en ese pueblo fuera lo suficientemente molesto como para causarme problemas.
El tiempo en la sala de juntas pasó con una lentitud predecible. Mientras los inversionistas exponían proyecciones financieras y gráficos de rendimiento sobre
las pantallas, mi mente operaba en piloto automático, diseccionando cada propuesta con la frialdad que me caracterizaba. Para mí, los negocios no se trataban de entusiasmo o alianzas emocionales, sino de números exactos y dominio territorial.
Cuando uno de los socios intentó titubear sobre los márgenes de riesgo en el sector hotelero, bastaron dos frases mías y un desglose detallado de la competencia para devolver el silencio a la mesa. Sabían perfectamente que, bajo mi dirección, VOLKOV Group no dejaba cabos sueltos. Sin embargo, en medio del murmullo de las discusiones corporativas y el tintineo de los bolígrafos, la advertencia de Pietro regresó a mi mente como un eco fastidioso. Una molestia absurda, por supuesto. Un puñado de campesinos y comerciantes locales en Rosenfeld no iban a detener el progreso de mi firma.
Cuando la sesión finalmente concluyó y los asistentes comenzaron a retirarse entre tibios apretones de manos, revisé mi reloj. Eran casi las cuatro de la tarde. Acomodé los puños de mi saco y salí directo hacia el elevador, ignorando las llamadas pendientes que Rafael intentaba señalarme desde su escritorio. Tenía un compromiso que cumplir.
El trayecto de regreso hacia la escuela de Leni estuvo marcado por el mismo tráfico pesado y la neblina densa de Noirvelle. Cuando el auto se detuvo frente a las puertas del colegio, la campana de salida acababa de sonar. No pasaron más de dos minutos antes de que divisara la pequeña mochila rosada moviéndose entre la multitud de uniformes idénticos. Leni caminaba con paso lento, pero
en cuanto reconoció el vehículo negro, sus ojos se iluminaron y apresuró el paso.
El chofer abrió la portezuela y ella subió de un salto, visiblemente sorprendida de verme en el asiento trasero.
—¡Viniste! —exclamó, acomodándose a mi lado mientras dejaba caer su mochila en el suelo del auto.
—Te dije que lo intentaría —respondí, manteniendo el tono neutral, aunque permitiendo que el ambiente tenso de la oficina se disipara por completo.
—Pensé que te ibas a quedar firmando papeles aburridos toda la noche.
—Aún tengo que hacerlo, pero primero debías volver a casa. ¿Cómo estuvo el día?
—Bien. El profesor de artes dijo que dibujo muy bonito, pero que uso demasiados colores oscuros. Creo que Noirvelle lo tiene un poco aburrido.
Una sutil sonrisa, casi imperceptible, asomó en mis labios.
—Quizás el profesor no entiende el estilo de la ciudad.
El auto avanzó de vuelta, dejando atrás los edificios corporativos para adentrarse nuevamente en la zona residencial más exclusiva. A medida que nos acercábamos a la mansión, el golpeteo de la lluvia sobre el techo del vehículo se convirtió en el único sonido que llenaba el espacio, un recordatorio constante de la rutina impecable y predecible que gobernaba nuestras vidas.
Al llegar, las enormes puertas de hierro de la propiedad se abrieron para recibirnos. Leni bajó primero, corriendo bajo el paraguas del chofer hacia el umbral de la entrada, ansiosa por deshacerse de los zapatos del colegio. La seguí con paso firme, contemplando la imponente estructura de piedra de la mansión recortada contra el cielo plomizo. Todo estaba en orden, tal como me gustaba. Nada salía de su sitio en el mundo que había construido, y estaba convencido de que Rosenfeld no sería la excepción.




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