Prólogo
El color plata que recubría gran parte del espejo, reflejaba un sutil destello. En aquella habitación recubierta de cortinas gruesas y telas, se habían olvidado de una esquina por donde la luz de la luna decidió asomar. Una habitación parecía estar forrada, con paredes gruesas y de piedra, una habitación alejada y escondida... un sitio olvidado y aislado.
Un joven, en una pijama elegante y sencilla yacía frente a aquel espejo grande, pálido, demacrado... somnoliento y sin fuerzas para gritar o correr. Incluso después de lo que sus ojos estaban viendo...
Sus manos parecían esfumarse entre su reflejo, su cabello apenas si podía verse y su rostro, su rostro era atravesado por un destello de la luna. Cada vez su reflejo parecía esfumarse hasta el punto de simplemente verse como un pequeño borrón en aquel espejo que solo reflejaba aquellas prendas que portaba.
–Hijo...
Una mujer alta, pálida y de un cabello profundamente negro se acercó con un semblante triste, sostuvo los hombros de su hijo que ya no podía verse en el reflejo de aquel espejo. Un quejido salió de sus labios, incluso el roce de su propia madre lo lastimaba.
Su cama que hace apenas unos días era su lugar preferido para descansar, ahora estaba por convertirse en su prisión y su tumba por los siguientes cuatro días. Hasta que el día de su muerte llegara.
–Aquí te esperaremos hijo...