La cajita de Madera que tiene Amor
Mateo era un chico tranquilo y humilde que ayudaba a su papá en el taller de madera. Un día una chica llamada Luna fue al taller para ver si alguien le arreglaba su cajita de madera que tenía desde que era chica. Justo el padre de Mateo se había ido al pueblo a comprar cosas y Mateo quedó a cargo del taller. La vio entrar y se quedó sin palabras: ella tenía unos ojos que brillaban con el sol y una sonrisa que enamora. Mateo se derritió al verla y le dijo que él podía arreglarla, aunque en el fondo no sabía mucho cómo hacerlo.
Luna se despidió y se fue, dejando la cajita en sus manos. En cuanto se cerró la puerta, Mateo la miró bien: era de madera vieja, con dibujos gastados por el tiempo, y la tapa estaba suelta. La acarició con cuidado, sintiendo lo importante que era para ella. Tomó las herramientas, intentó pegarla, acomodarla, probar de todas las formas que sabía… pero nada le salía bien. Sus manos temblaban un poquito, no por la madera, sino porque sabía que estaba arreglando algo que no era suyo, algo que significaba todo para Luna. Probó una y otra vez, con paciencia, con cuidado, pero cada intento parecía empeorar las cosas. Y entonces, sin querer, la cajita se le cayó de la mesa y se rompió.
Mateo, desesperado y muy nervioso, sin saber qué hacer, salió afuera a tomar aire. Miró hacia el cielo y se dijo a sí mismo: —¿Por qué soy tan torpe? Encima era tan especial para Luna… Entonces recordó los ojos de ella, tan lindos y tan brillantes, y se llenó de valor. —Voy a hacer una cajita nueva, tan linda que Luna va a quedar sorprendida —se dijo. Regresó al taller con la mente puesta en hacer algo tan especial para ella, y con sudor y un poco de nervios, terminó justo cuando Luna tocó la puerta.
Mateo le entregó la cajita nueva. Luna la vio y dijo: —Es lo más lindo que vi en mi vida. Mateo, con una mano en la nuca, le dijo: —Te tengo que confesar algo: esta no es la que me diste. La que trajiste se me cayó y se rompió, me puse muy mal y te hice esta nueva… perdón. Luna sonrió con todo el corazón y le dijo: —No pidas perdón para nada. Está bellísima, y encima la construiste vos sabiendo que era tan especial para mí. Gracias. Y ahí fue cuando, al verla sonreír con tanto amor, Mateo quedó feliz, sabiendo que al final del día, de un error que cometió, salió algo más hermoso de lo que imaginaba: un cuento de fantasía, hecho de madera y de corazón.
FIN








