Capítulo 1
Capítulo 1
El sol brillante de marzo se filtraba a través de los vitrales multicolores de la catedral de Morgath, bañando las naves de piedra en tonos carmesí, cobalto y oro. Un murmullo de expectación contenida recorría las bancadas atestadas de nobles, embajadores y representantes de todas las provincias del reino.
En el altar mayor, frente al gran patriarca, Alistair y Catherine permanecían arrodillados sobre cojines de terciopelo púrpura.
El joven rey vestía un traje blanco bordado con hilos de plata y la gran capa ceremonial de la corona; a su lado, Catherine lucía espléndida en un vestido de seda clara que reflejaba la luz de la mañana. Cuando el patriarca alzó la doble corona de oro sobre sus cabezas y pronunció la bendición ancestral, los vítores del pueblo estallaron fuera del templo, retumbando en las pesadas paredes de granito y haciendo vibrar los campanarios de la ciudadela.
Al ponerse en pie ya investidos como soberanos de Morgath, Alistair buscó la mano de su esposa y se la estrechó con calidez. Catherine le devolvió la mirada con una sonrisa sincera, llena de esperanza en el futuro que comenzaban a construir juntos.
Al pie de la escalinata del altar, Lord Vance permanecía erguido como una estatua de hierro. Llevaba la coraza pulida a espejo y la empuñadura de su espada de gala bien afianzada bajo la mano. Al ver a los nuevos reyes volverse hacia la multitud, un orgullo genuino le inflamó el pecho; para el capitán, ver coronado a su amigo de la infancia junto a una reina noble era la promesa de una época de paz por la que valía la pena dar la vida.
Unos pasos más atrás, a la sombra de la gran columna del crucero, el Lord Canciller contemplaba la escena apoyado en su bastón de mando. El anciano diplomático inclinó ligeramente la cabeza con profunda satisfacción: la unión de las provincias del norte y el sur estaba sellada, la sucesión asegurada y las arcas reales dispuestas para la estabilidad de Morgath.
Aquella mañana de marzo, bañada por el sol y rodeada de aplausos, el reino parecía invencible. Nada en la majestuosa catedral insinuaba que esa misma corona que hoy brillaba sobre sus sienes se convertiría, con el paso de las estaciones, en la trampa que terminaría por destruirlos a todos.








